La matrona de Éfeso, uno de los grandes relatos clásicos

Ernesto Bustos Garrido ha hecho un valioso estudio y nos ofrece algunos referentes del clásico relato “La matrona de Éfeso”, que sigue manteniendo, pese a los siglos transcurridos desde su escritura, todo el vigor literario.

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Satiricon, El (Biblioteca Edaf)
  • Petronio
  • Editor: Edaf
  • Tapa blanda: 240 páginas

La matrona de Éfeso

Un estudio de Ernesto Bustos Garrido

Escrito por Petronio e incluida en su novela El Satiricón, “La matrona de Éfeso” es una obra conocida en la etapa final del Siglo I d.C. El autor que firma el texto con el nombre «Petronio Arbiter» sería muy posiblemente un tal Cayo (o Tito en ocasiones) Petronio Níger (o incluso Cayo Petronio según Jean-Claude Feray), quien fuera más tarde gobernador de Bitinia, y luego cónsul sustituto (consul suffectus) en 61 o 62, según Hubert Zehnacker y Jean-Claude Fredouille.

El historiador Tácito cita a un tal Petronio Arbiter, que lo describe como un personaje “voluptuoso, lleno de refinamiento y despreocupado”, convertido en amigo y protegido de Nerón, que en esa corte pasa por un elegantiae arbiter en latín, (árbitro de la elegancia, en español).

La lista de seguidores –imitadores– de las obras de Petronio, en la línea de El Satiricón, es extensa y variopinta. Abundan en esos autores los temas morales con claros toques de lujuria. Los antecedentes más profundos en el tiempo primigenio de algunas de sus tramas –y esta no sería una copia– arrancan en China antigua. Spinoza cita “La leyenda de Chuang Song”, escrita presumiblemente en el s. IV. Trata de una narración que habla sobre la infidelidad de las mujeres. Esta sería la primera del género.

Según el maestro Miguel Díez R., a este noble romano (Petronio Arbitro) se le atribuye esta novela satírico-picaresca El Satiricón, de la que solamente se conservan algunos fragmentos en los que se narran costumbres romanas de la época, algunas declaradamente obscenas. Es una obra en prosa con algunos pasajes en verso que narra las aventuras de unos jóvenes libertinos. Estructurada en diferentes episodios y repleta de novedosos recursos estilísticos, constituye una sarcástica descripción de la sociedad romana de la época, años 50 y 60 d.C., partiendo, con especial énfasis, de la observación de la vida real, de la cotidianidad social y de la manera de ser y sentir de la gente común.

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Petronio visita regularmente la corte del emperador Nerón. Se comenta que organizaba veladas y fiestas interminables. También se asegura que tomó parte en una conjura o traición a Julio César. Apremiado por el cargo, se mató abriéndose las venas, pero antes dejó un escrito con todos los atropellos y crímenes cometidos por Nerón.

La matrona de Éfeso es un relato que se conoció ampliamente en Europa durante y después del auge de Grecia y Roma clásicas. Pormenoriza la historia de una viuda que llora y sufre desconsoladamente la muerte de su esposo, sin embargo muy pronto, aun velándolo ante la tumba del fallecido, se deja seducir por un soldado.

El cuento se popularizó en diferentes idiomas y lenguas. Su desarrollo se halla dentro del episodio conocido como la «Cena de Trimalción», de El Satiricón“. En la literatura greco-latina se encuentran asimismo versiones atribuidas a Esopo y Fedro. También se documenta en la tradición budista (Uther 2004).


La situación a que alude la anécdota, a juzgar por la multiplicidad de versiones provenientes de diversas épocas, parece convocar inquietudes poderosas del inconsciente social. En la tradición medieval –dice Karol Freigmaier– encontramos la historia de “La matrona de Éfeso” en la obra del clérigo inglés, Juan de Salisbury, Policraticus, y en un Novellino italiano del siglo XII. Paradigma de la lujuria y la falsedad de las mujeres, pasó enseguida a los ejemplarios medievales, como la famosa Historia Septem Sapientum Romae (s. XIII) y los exemples de Jacques de Vitry y de Etienne de Bourbon. Y en el siglo XIV es el tema de un exemplum de la Scala Caeli del dominico francés Jean de Gobi, de donde la toma la Novella de Diego Cañizares (s. XV), en la que aparece una nueva versión que se aparta de la clásica.

Junto a las nuevas versiones que se van elaborando, la fábula latina se recoge en las colecciones fabulísticas europeas, en textos literarios y en tratados didácticos hasta el siglo XVIII. Así, aparece documentada en el Fabulario Portugués del s. XV con el título de “A viúva e o alcaide”, y en versos endecasílabos la recoge el Romancero general de Miguel de Madrigal (1605) como “Carta contra los vicios de las mujeres”.

La versión oral más conocida en España sobre el tema es “La falsa esposa”, que cuenta la historia de un labrador que –para probar la fidelidad de su mujer– acuerda con su criado fingirse muerto y comprueba, finalmente, cómo la inconsolable viuda acaba cediendo a las propuestas de cariño del criado.

Con el fin de ilustrar mejor la universalidad del relato romano, hemos hallado dos referentes que fueron muy conocidos en su tiempo. Hablamos en primer lugar de una novela latina con un largo título en latín: “De viro qui uxoris fidem periclitatus est”, escrita por un tal Girolamo Morlini (“Sobre el marido que puso a prueba lafidelidad de su esposa”).

Los datos que conocemos sobre la vida de Morlini son muy escasos. Este novelista italiano vivió en Nápoles entre los siglos XV y XVI. Fue utriusque iuris doctor, doctor en derecho civil y eclesiástico, y escribió ocasionalmente algunas obras literarias. La primera edición de su obra más conocida, “Las Novelas”, fue publicada en Nápoles en 1520. Se trata de una serie de ochenta y una novelas escritas en latín. La novela muestra que las esposas no aman al marido ni en la vida, ni en la muerte, ni después.

El texto de la novela XXIII es el siguiente:

“Un joven encantador amaba ardientemente a su esposa, que era bastante atractiva, pero al mismo tiempo la peor de todas las mujeres de esta ciudad de Nápoles. Cierto día. mientras charlaban uno con otro según la costumbre de los amantes, le preguntó si lo amaba verdaderamente. “Más no es posible”, respondió ella. Entonces dijo el marido al punto:

–Si, por casualidad, me tocara morir a mi antes que tú, ¿qué sudario o qué mortaja me pondrías para ir al sepulcro?

–Palabra de honor, ¡te pondré la mejor y más preciosa! –respondió la mujer.

Queriendo el marido poner a prueba la fidelidad de su esposa y sus palabras, se fingió muerto. Entonces la mujer, cubierta con un vestido negro, con los cabellos sueltos por delante, en medio de grandes lamentos y fortísimos gritos, comenzó a llorar a su marido. Ante estos gritos, acuden inmediatamente los padres, parientes, clientes, ahijados, criados y toda la vecindad. Y, asustados todos por lo repentino de la cercana desgracia, corrieron angustiados para consolarla, aconsejándole el silencio, diciendo que contra la cruel Parca las lágrimas servían de poco o nada y que se derramaban inútilmente. Ya que él mismo no le podía ser devuelto –le decían–, que se le enterrara, y que pensara en otro.

Consolada la mujer con éstas y otras palabritas por el estilo, comenzaron a hablarle del funeral y de las honras fúnebres. En ese momento una de las plañideras (lloronas) consultó a la esposa con qué hábito o mortaja debía ser envuelto el cadáver. Y así, revisado entre todos todo el mobiliario, le pareció a la viuda un delito que se le envolviese y cubriese con buen lienzo; al fin tomando una red de pesca destinada a ser remendada, la esposa lo recubrió con ella. Hecho esto, terminados los cantos fúnebres y colocado el cadáver en el ataúd, cuando los sepultureros lo hacían salir, estando la esposa ante el umbral en compañía de otras damas, comenzó en medio de grandes voces a dar muestras de aflicción muy vehementemente, y a golpearse el pecho haciéndose daño con las palmas de las manos, y a agitar según la costumbre patria su atractivo rostro, diciendo:

–¡Esposo mío, al que tanto he amado! ¿Dónde marchas ahora? ¡Responde!

–Al mar –contestó aquél con sonora voz–, voy a pescar con la red. ¿Lo ignoras acaso, esposa mía, zorra? ¿Esto es lo que me prometías? ¿Qué puedo aguardar ya de ti como marido tuyo? ¿Qué puedo esperar, infiel y pérfida?

Los porteadores, cuando oyeron que el cadáver había regresado del confín de la muerte, lo soltaron a toda prisa. Y así el marido puso a prueba la fidelidad y el amor de su esposa”.

Otra historia relacionada: Las facitiae de Poggio Bracciolini. Este fue un humanista italiano nacido en Terranuova, cerca de Arezzo en 1380 y muerto en Florencia en 1459.

 “En Montevarchio, ciudad próxima a nosotros, un hortelano al que yo conocía, un día que había regresado del huerto a casa, estando ausente su joven esposa, que había ido a lavar la ropa, deseando saber lo que su mujer diría, una vez muerto él, y escuchar cómo se comportaría, se dejó caer en tierra boca arriba como si estuviera muerto.

La esposa, habiendo regresado a casa cargada con la ropa que había lavado, al encontrar muerto, según creía, al marido, se quedó un rato dudando de si empezaría inmediatamente el duelo por la muerte del esposo, o si primero (pues había permanecido en ayunas hasta el mediodía) sería mejor comer.

Urgiéndole el hambre, decidió comer primero y, puesto a calentar un trozo de tocino, se lo tragó a toda prisa, sin beber nada a causa de la premura. Como estaba muerta de sed a causa de la carne salada, tomando un jarro, empezó a bajar las escaleras, para sacar vino de la bodega. Se presentó entonces de repente una vecina, que venía a pedir fuego, y la mujer, que estaba subiendo las escaleras, arrojando inmediatamente el jarro, muerta de sed, empezó a lanzar grandes gritos, como si el marido acabara de exhalar el alma, y a lamentar con muchas palabras su muerte.

Acudió entonces, ante los aullidos y los llantos toda la vecindad, hombres y mujeres, a causa de muerte tan repentina. Yacía el marido, y retenía de tal modo la respiración y mantenía los ojos cerrados, que parecía totalmente que hubiera expirado. Finalmente, cuando le pareció que ya estaba bien de juegos, mientras la mujer vociferaba y repetía una y otra vez: “Marido mío, ¿cómo lo pasaré ahora?”, él, abriendo los ojos, dijo: “Mal, esposa mía, si no empiezas a beber ahora mismo”.

Todos pasaron de las lágrimas a la risa, sobre todo al escuchar el cuento y la causa de la sed”.

Vistos los textos no se encuentran, sin embargo, grandes semejanzas entre la facetia de Gian Francesco Poggio y la novella de Morlini, salvo por el hecho de que ambas historias pertenecen al mismo tipo. Dentro de los cuentos sobre viudas, en la tradición narrativa culta y popular, ambas historias corresponden a aquellas en las que sólo hay dos personajes esenciales: la esposa y el marido, y en los que falta el personaje esencial, que encontramos tanto en la “Matrona de Éfeso” en El Satiricón de Petronio, como en muchos cuentos populares, del amante de la mujer –o cómplice del marido– que provoca la tentación de la protagonista.

El mecanismo narrativo es ciertamente el mismo. Falta, sin embargo, en Poggio la referencia al pretendido cariño de la dama por su marido, que sí aparece en Morlini (lo que constituye la formulación textual de la expectativa que el relato va a resolver)”.

En ambos casos, como expresa el profesor Marcos Ruiz Sánchez, de la Universidad de Murcia, se da la misma peripecia fundamental que define este tipo de relatos: el marido se finge muerto para averiguar cuál será la reacción de la esposa. En ambos el comportamiento de la protagonista es inadecuado. En Poggio la esposa no soporta la tentación de comer y beber antes de celebrar el funeral, y es a esto a lo que se refiere el rasgo humorístico final, que constituye el último elemento fijo del esquema de este tipo. En Morlini, en cambio, la ofensa al cadáver se refiere a la mortaja y a la negativa de la protagonista a perder sus mejores galas y telas para amortajarlo. Falta en Poggio, por otra parte, otro de los elementos usuales del tipo, que en cambio sí aparece en Morlini, al igual que en algunos cuentos populares paralelos: el supuesto cadáver ya está colocado en el ataúd, y los sepultureros lo llevan a enterrar.

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  • Editorial Tusquets. 1995
  • Italo Calvino
  • Editor: Siruela
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  • Tapa blanda: 292 páginas

No se trata, pues, de una influencia directa de Poggio sobre Morlini, como asegura el profesor Marcos Ruiz Sánchez de la Universidad de Murcia. Hay una gran cantidad de motivos, dice, que se encuentran a la vez en Morlini y en los cuentos populares y que no están presentes en Poggio. Debemos pensar, por consiguiente, que se trata de la existencia de una fuente popular parecida para ambos relatos, y que perfectamente podría ser “La Matrona de Éfeso” de Petronio u otro de los tantos relatos del género habidos en esa época.

La matrona de Éfeso (de Petronio)

Cuento incluido en la novela El Satiricón, de Petronio, capítulos 111 y 112

En Éfeso había una matrona con tal fama de honesta que hasta venían las mujeres a conocerla desde países vecinos. Esta matrona perdió a su esposo y no se contentó entonces con ir detrás del cuerpo con los cabellos en desorden, como es costumbre entre el vulgo, ni con golpearse el pecho desnudo ante los ojos de todos, sino que fue detrás de su finado marido hasta su tumba y luego de depositarlo, según la usanza de los griegos, en el hipogeo, se consagró a velar el cuerpo y a llorarlo día y noche. Sus padres y familiares no pudieron hacerla cejar en esa actitud que, llevada a la desesperación, la haría morir de hambre. Hasta los magistrados desistieron del intento al verse rechazados por ella. Todos lloraban casi como muerta a esa mujer que daba ejemplo sin igual consumiéndose desde hacía ya cinco días sin probar bocado. La acompañaba una sirvienta muy fiel que compartía su llanto y renovaba la llama de la lamparilla que alumbraba el sepulcro cuando comenzaba a apagarse. En la ciudad no se hablaba de otra cosa que no fuera de esta abnegación, y hombres de toda condición social la daban como ejemplo único de castidad y amor conyugal.

En ese tiempo el gobernador de la provincia ordenó crucificar a varios ladrones cerca de la cripta donde la matrona lloraba sin interrupción la reciente muerte de su marido. Durante la noche siguiente a la crucifixión, un soldado que vigilaba las cruces para impedir que alguno desclavase los cuerpos de los ladrones para sepultarlos, notó una lucecita que titilaba entre las tumbas y oyó los lamentos de alguien que lloraba. Llevado por la natural curiosidad humana, quiso saber quién estaba allí y qué hacía. Bajó a la cripta y, descubriendo a una mujer de extraordinaria belleza, quedó paralizado de miedo, creyendo hallarse frente a un fantasma o una aparición. Pero cuando vio el cadáver tendido y las lágrimas de la mujer, su rostro rasguñado, se fue desvaneciendo su propia impresión, dándose cuenta de que estaba ante una viuda que no hallaba consuelo. Llevó a la cripta, su magra cena de soldado y comenzó a exhortar a la afligida mujer para que no se dejase dominar por aquel dolor inútil ni llenase su pecho con lamentos sin sentido.

-La muerte -dijo- es el fin de todo lo que vive: el sepulcro es la íntima morada de todos.

Acudió a todo lo que suele decirse para consolar las almas transitadas de dolor. Pero esos consejos de un desconocido la exacerbaban en su padecer y se golpeaba más duramente el pecho, se arrancaba mechones de cabellos y los arrojaba sobre el cadáver. El soldado, sin desanimarse, insistió, tratando de hacerle probar su cena. Al fin la sirvienta, tentada por el olorcito del vino, no pudo resistir la invitación y alargó la mano a lo que les ofrecía, y cuando recobró las fuerzas con el alimento y la bebida, comenzó á atacar la terquedad de su ama:

-¿De qué te servirá todo esto? -le decía-. ¿Qué ganas con dejarte morir de hambre o enterrada, entregando tu alma antes que el destino la pida? Los despojos de los muertos no piden locuras semejantes. Vuelve a la vida. Deja de lado tu error de mujer y goza, mientras sea posible, de la luz del cielo. El mismo cadáver que está allí tiene que bastarte para que veas lo bella que es la vida. ¿Por qué no escuchas los consejos de un amigo que te invita a comer algo y no dejarte morir?

Al fin la viuda, agotada por los días de ayuno, depuso su obstinación y comió y bebió con la misma ansiedad con que lo había hecho antes la sirvienta.

Se sabe que un apetito satisfecho produce otros. El soldado, entusiasmado con su primer éxito, cargó contra su virtud con argumentos semejantes.

–No es mal parecido ni odioso este joven –se decía la matrona, que además era acuciada por la sirvienta que le repetía:

–¿Te resistirás a un amor tan dulce? ¿Perderás los años de juventud? ¿A qué esperar más tiempo?

La mujer, después de haber satisfecho las necesidades de su estómago, no dejó de satisfacer este apetito… y el soldado tuvo dos triunfos. Se acostaron juntos no sólo esa noche sino también el día siguiente y el otro, cerrando bien las puertas de la cripta de modo que si pasase por allí tanto un familiar como un desconocido, creyeran que la fiel mujer había muerto sobre el cadáver de su esposo. El soldado, fascinado por la hermosura de la mujer y por lo misterioso de estos amores, compraba de todo lo mejor que su bolsa le permitía y al caer la noche lo llevaba al sepulcro.

Pero he aquí que los parientes de uno de los ladrones, notando la falta de vigilancia nocturna, descolgaron su cadáver y lo sepultaron. El soldado, al hallar al otro día una de las cruces sin muerto, temeroso del suplicio que le aguardaría, contó lo ocurrido a la viuda:

–No, no –le dijo–, no esperaré la condena. Mi propia espada, adelantándose a la sentencia del juez, castigará mi descuido. Te pido, mi amada, que una vez muerto me dejes en esta tumba. Pon a tu amante junto a tu marido.

Pero la mujer, tan compasiva como virtuosa, le respondió:

–¡Que los dioses me libren de llorar la muerte de los dos hombres que más he amado! ¡Antes crucificar al muerto que dejar morir al vivo!

Una vez dichas estas palabras, le hizo sacar el cuerpo de su esposo del sepulcro y colgarlo en la cruz vacía. El soldado usó el ingenioso recurso y al día siguiente el pueblo admirado se preguntaba cómo un muerto había podido subir hasta la cruz.

Confía tu barco a los vientos

pero jamás tu corazón a una mujer

porque las olas son más firmes

que la fidelidad de la mujer.

No hay ninguna mujer buena

o si alguna vez lo ha sido

No comprendo cómo algo malo

pudo ser bueno alguna vez.

Nota: El verso del final aparece en las traducciones españolas, pero no en la francesa, inglesa, italiana o el original en latín consultados electrónicamente.

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