Dos historias cortas de Silvio Litvin

NO FUE

¡Ah!… cerrar la puerta, bajarse de esos zapatos, sentir el silencio cotidiano, ver el geranio contra la ventana, quedarse quieta.

Ahora camina hacia el cuarto y tira el impermeable sobre el sillón mientras se acuerda, por un segundo, de la llamada que le debe a Laura. Puede esperar. Vuelve y lleva el impermeable al ropero. Se va a dar un baño antes de hacer unas compras. ¡Un vaso de leche fría!, como dándose cuenta que le hace falta, que lo desea. No, a la mañana dejó el último resto en el cuenquito de la micha. Toma agua, la va llamar a Laura, que si lo deja para después… No tiene ni un poquito de ganas. Busca el celular en la cartera, no está. Fue a parar al armario, en el bolsillo del impermeable, sí, cuando buscó la llave para entrar al departamento, tenía el celular en la mano.

Va a discar, siente el apremio de golpe, que se hace encima y va al baño, sentada llama. Habla con Laura, se levanta y lleva la bombacha al canasto. Laura le pregunta por Camilo, ella le miente, que hoy no lo vio. Que cómo no fue a verlo. Y bueno, ya le dijo, no lo vio. Otra vez la misma historia, protesta Laura. Después que no se queje, dice Laura y a ella no le importa. Nada le importa. Abre el grifo de la bañera. Después la llama, promete, porque sí. Levanta los brazos, se quita el suéter, siente en la piel de su hombro el olor de Camilo, lo siente subir. Sonríe borracha. “¡Camilo el muy turro!”, El recuerdo de su voz la envuelve en espirales. Desde los tobillos hasta los ojos, la siente como una cinta que la recorre, caliente, delicada y firme. Ahora lo dice fuerte y se escucha, ¡es muy turro! Y sonríe dócil, obediente a la oleada de bruma que la lleva a cualquier parte. Lejos. Lejos en el tiempo. Porque hace mucho…

Está demasiado caliente el agua, espera que se entibie. Lleva toda su ropa al canasto. Vuelve. Por fin se sumerge.

Una nostalgia impregna su mano que va recorriendo la piel enjabonada. Ella era tan joven, tan lozana tan dispuesta a darse entera. Amor. Y todo lo demás que reviente. Hasta que casi revienta. Ella.

Dieciséis años se fueron hasta que Camilo volvió, diciendo que no se había atrevido a pretenderla, entonces, jóvenes, porque era feo, porque no tenía las palabras, porque las chicas miraban a otros, porque era un pelotudo.

Ella no se quedó esperando. Fracasos. Colección de fracasos.

En el agua tibia las tensiones se diluyen. Queda indefensa para la tristeza, que la invade, que la hunde. Náufraga en ese océano perfumado de violetas solitarias.

Desde que Camilo se casó, ella…

¡Basta, idiota! Le resuenan las palabras de Laura. Ahora lo tiene.

Sabe que si se hubiera casado con ella, hoy sería la ex. O mucho antes…

Sale del agua.

Con una punta de la toalla repasa el espejo empañado.

Se mira de cerca y sin maquillaje.

Y alrededor de los ojos y de los labios, la piel… la piel…

Y ahora sería la ex. O mucho antes.

Envejeció sola.

Él jura recordarla siempre. A ella le duele más que el olvido.

Ya no distingue qué duele más. La nostalgia. La presencia.

Ahora lo tenés vos, dice mil veces Laura.

Ahora, ahora… ¡Ahora!

Los ojos se le inundan, las lágrimas brotan, resbalan, gotean sobre las tetas, se pasa la toalla, ¡qué blandas las siente! Si apenas unos años atrás… 

Ahí donde su carne revive voluptuosa, las garras de la memoria la arrancan a pedazos.

A Laura le mintió porque ya no puede mentirse. Camilo volvió, pero ella no. Su amor tampoco.

No fue. Y es para siempre.

Abre el botiquín.

Mira por última vez la caja de sedantes que compró ayer.

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CON LICENCIA

Uno miró la hora en su muñeca izquierda. La mesa percibió el gesto. Cada cual hizo lo suyo. El que se acomodó en la silla. El que miró por la ventana. El que fue al baño. El más fraterno que preguntó si otra cerveza. Un coro de no, no, por mí ya está, lo dejamos para la próxima.

Era mediodía. Era sábado. Se cumplía otro capítulo de esta tertulia irresistible. Tenía su cadencia: la entrada escalonada, el riguroso apodo, el qué vas a tomar, lo que tomen todos, las dudas y las miradas, cerveza, cerveza y siguen llegando, oh! el rezagado y pensábamos que no venías.

Hasta ese momento algún cambio de información sin importancia. Ahora, con la asistencia perfecta, se larga el asunto de fondo. Algún valiente que lo ponga sobre el tapete. Se miran.

Una sonrisa burlona, una mirada cómplice y ahí va. Antes que la palabra se complete, uno que grita no, no empecemos, por un penal de diferencia, a quién le ganaron. Toda la saña lapidaria, a fondo, hasta el hueso, que duela. Es la vendetta. Por fin, no podía ser eterna la racha. La taba se tenía que dar vuelta. El burlador tarde o temprano iba a caer burlado. Le tocó hoy. Él lo sabía, por eso se esmeró en llegar temprano, no era cosa de levantar suspicacias de arrugue.

Y las gastadas van y vienen, las argucias, los retruécanos, los sarcasmos, los índices provocativos a la altura de los ojos, el golpe seco del diario doblado sobre la mesa.

El amague de irse, la agresividad fingida, el enojo pactado, el amor fraterno de viejos como niños.

Hoy se había cumplido. Cuando vuelve del baño el último, pueden marchar en paz. Y la ronda en la vereda de la esquina, ríen, se tocan, se palmean. Y cada uno a su casa. Son tipos maduros, parejitos. Les ha ido bien, tienen un buen pasar, sus familias, algunos nietos.

Se dispersan de a poco, caminando sin apuro, sintiendo el solcito que está por mostrarse siestero, apacible en otoño.

Plac, plac, plac, las puertas de los autos.

Brun, brun los motores modernos poderosos.

Ahora ya no juegan, ahora manejan

Y un especial y secreto clic en el cerebro de todos. El brun del motor enciende el clic de la cabeza y a manejar y todos los pies derechos se enervan y se lanzan a pisar con furia y los brazos se agitan y los ojos se desorbitan y las naves lanzadas al viento rugen un himno ensordecedor que invoca a la sangre, a la carne, a la cacería antropofágica y saltan los cuerpos descuartizados sangrando sus lluvias infernales y las frentes de los cofrades gotean el sudor de la batalla y otro niño vuela despanzurrado y otra vieja y dos chicas más y una moto con dos enamorados y la mujer policía de la esquina y llegamos.

Cada amigo detiene la marcha frente a su casa, se seca el sudor con un fino pañuelo, recoge el paquete con las facturas, acaricia el perro, besa a su mujer y se sienta a la mesa.

La sagrada mesa familiar.

El autor de los cuentos

Silvio Litvin es escritor, radicado en la ciudad de La Rioja (Argentina). Es psicoanalista, ha publicado un audiolibro en CD, fue colaborador ad honorem del diario El Independiente y docente de la Carrera de Psicología de la Fundación Barceló. En breve verá la luz su primer libro de cuentos, Otra vez, en Lampalagua Ediciones, La Rioja. 

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