Juan Villoro, escritor y periodista

Escribí hace un tiempo que me parecía que Juan Villoro  era más periodista que escritor. Hoy me encuentro con declaraciones suyas, en una entrevista que le concedió a Jorge Luis Herrera, donde revela que comenzó escribiendo cuentos “y no pensé que me dedicaría posteriormente a la crónica”.

Y dice también que esto es muy raro porque, por lo general, el proceso es a la inversa: “Empezamos haciendo periodismo y luego nos dedicamos a la literatura”.

Gracias estimado, Juan, por respaldar esta arriesgada y personal opinión.

En otro punto aparte, el narrador mexicano dice que él, como escritor, cada cierto tiempo debe “salir a la calle a tomar un poco de aire”. Explica que es para sentir emociones renovadas que le ayuden a crear ficción o captar el ruido de los barrios y bulevares, de cara a sus crónicas.

Sabia reflexión, argumentada con dos ejemplos singulares.

Por un lado, recalca, hay autores como ✅ Borges  que necesitan un tiempo o una vida de ostracismo o forzada reclusión para sobrellevar su permanente proceso creativo. “Borges – dice Villoro– se sentía muy bien en su biblioteca; ahí estaba el universo entero para él”. En la otra esquina (frase muy típica del boxeo) está ✅ Hemingway  que no soportaba los encierros. Requería vivir en condiciones extremas para poder escribir. Ir de caza, salir de pesca, entrar en las líneas enemigas, o ir a los toros”.

“En mi caso –confiesa el autor de ✅ El disparo de argón –, hay un punto intermedio entre estas dos actitudes. Yo, fundamentalmente escribo ficción, pero, de vez en cuando, necesito ‘salir al mundo’ para encontrar una historia, en la marea confusa de la realidad. Todo esto me ha servido para regresar después a la ficción con otros reflejos, con otros argumentos y también con el conocimiento de ciertas cosas que sólo te puede dar la realidad. Desearía escribir más crónica, pero nunca he estado asignado a un periódico o a una revista en donde me permitan hacerlo; casi siempre ha sido un trabajo a contrapelo y he tenido que convencer a diversos editores de que las crónicas que tienen un contenido literario pueden entrar en un semanario político o en un periódico de información nacional.

Y acota, finalmente:

“La percepción general sobre la crónica ha ido cambiando con los años, porque cuando empecé a escribirlas eran consideradas como algo bastante exótico. Ahora veo mi actividad en la crónica y en la ficción como mi mano izquierda y mi mano derecha; son complementarias”.

Ernesto Bustos Garrido

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El célebre periodista Jon Lee Anderson en el frente de batalla en Irak

Ejemplo del Juan Villoro cronista

La caída de Bagdad, según Jon Lee Anderson (*)

Lo más extraño del periodista Jon Lee Anderson es que no se trata de un personaje de ✅ Graham Greene . Desde hace algún tiempo nadie lo supera en el arte de dar bien las malas noticias. Su monumental crónica “La caída de Bagdad” combina el heroísmo de quien escribe en situaciones extremas con la cuidadosa tensión narrativa de un viajero que reserva cuartos en tres hoteles y depende de la intuición para dormir en el que no va ser bombardeado.

Anderson fue uno de los pocos periodistas norteamericanos que permanecieron en Iraq durante la guerra. A la dificultad de obtener información bajo las bombas, se agregaba el hecho de hacerlo en el idioma del enemigo. El cronista necesita pactos de confianza y el más importante que logró Anderson fue el de Ala Bashir, médico y pintor favorito de Sadam Husein. La caída de Bagdad ofrece el retrato de una nación en ruinas, pero también y sobre todo, el perfil de un hombre culto que aceptó estar cerca del dictador para evitar males mayores y sembró el país de atormentadas esculturas surrealistas. Anderson encuentra en el poeta iraquí Mutanabbi una clave para la peculiar relación del médico-pintor con su mecenas: “La experiencia más amarga de un hombre libre es entablar amistad con alguien que no le agrada”. El tirano aceptó que Bashir lo contradijera, ocasionalmente, porque no podía perder la terapia de ser sincero al menos con una persona. Por su parte, el médico vio esa amistad como una imposición histórica que despertaba su curiosidad ante el poder y el deseo compensatorio de introducir cierta sensatez en medio del delirio.

¿Puede haber resistencia en la complicidad? “La caída de Bagdad” indaga este tema inagotable.

Jon Lee Anderson, en Baddag

Entre las muchas postales de los desastres de la guerra que recoge Anderson reproduzco una: en un palacio en ruinas un soldado norteamericano, incapaz de distinguir lo público de lo privado, defeca con tranquilidad sobre una lata de leche, mientras lee la revista Playboy. ¿Hay estampa más elocuente de la procaz normalización del horror?

Durante tres años Anderson viajó a Iraq como enviado de la revista New Yorker. Uno de los méritos de “La caída de Bagdad” es que reproduce los asombros en tiempo presente, como si se ignorara el desenlace. No escribe un historiador que busca el orden retroactivo del caos, sino un cronista en la indecisa línea de fuego.

Nacido en Estados Unidos en 1957, Anderson pasó buena parte de su infancia en Colombia, donde aprendió el español que domina con la inquietante pericia de los agentes dobles, y en Corea, donde entendió que las culturas distantes pueden ser una forma de la naturalidad. Su padre tenía un cargo diplomático un tanto vago: agregado agrícola. Más que un agrónomo, era un asesor político destinado a supervisar que el “new deal” (el nuevo trato) se aplicara en naciones donde la propiedad y la explotación de la tierra son asuntos delicados. Cada cambio de país entusiasmaba al hijo que mataba los ratos perdidos, revisando atlas.

La familia se iba a trasladar de Corea a Egipto, donde Jon Lee planeaba tener un camello, pero la crisis política en Medio Oriente hizo que fueran repatriados. Llegaron a Washington justo a tiempo para atestiguar los asesinatos de John F. Kennedy y Martin Luther King. A Jon Lee le costó trabajo adaptarse a un colegio donde se ganó el apodo de “Chino Blanco” por lo mucho que sabía de Oriente y donde el único camello que perdía pelo estaba en el zoológico.

Una nueva pasión lo acompañó en esos días: la taxidermia. El gusto por recrear de cuerpo entero ejemplares estofados de aserrín, regresaría años después en su exactitud para trazar perfiles del Rey Juan Carlos, Hugo Chávez o Gabriel García Márquez. A los doce años se convirtió en el colaborador más joven del Instituto Smithsonian. Ahí trabó contacto con la secta de los taxidermistas extremos que saben todo de la vida sexual de las salamandras, pero ignoran la hora en la que viven.

El cronista busca fijar la vida con una pasión equivalente a la del médico. Esto une a Anderson con su personaje Ala Bashir, a tal grado que le pregunta si se considera el embalsamador de Sadam Husein. Su interlocutor sonríe y guarda silencio. Poco después, comenta que ha leído un libro sobre la momia de Lenin. La crónica y la medicina son disecciones aplazadas.

Anderson heredó de su padre el gusto por la aventura en países lejanos, y de su madre, la pasión por escribir. Esta mezcla se advierte en cualquiera de sus crónicas. Después de conversar cuatro días con él en Cartagena de Indias, en la Fundación de Nuevo Periodismo creada por García Márquez, recordé una frase que mi hija me dijo a los cinco años: “Había pensado ser escritora, pero prefiero ser heroína”.

Aunque Anderson se sitúa en el segundo plano del cronista, es obvio que su escritura depende de adentrarse en el horizonte de la acción. El heroísmo del corresponsal de guerra consiste en no cerrar los ojos.

Aunque profesa ideas de izquierda democrática, Anderson escribe sin agenda preconcebida: recrea el oportunismo de Aznar ante la Corona española con la misma distanciada ironía con que cuenta la relación de Hugo Chávez con su psiquiatra. La caída de Bagdad ofrece una subtrama elocuente: la forma en que los demás cronistas cubren los sucesos. El libro recrea el desplome y el modo en que Occidente lo registra. Anderson desconfía tanto del periodista ideologizado que llega a Bagdad intoxicado de certezas y rechaza todo lo que ve, como del león mediático que busca el ángulo fotogénico de la desgracia y acepta la invasión como un asunto de alto rating. La caída de Bagdad parte del presupuesto de que toda guerra es una disputa por la información: el retrato de los hechos incluye a sus testigos (algunos tan fastidiosos como el peluquero que insiste en que Anderson mantenga quieta la cabeza para mejorarlo con ínfimos recortes).

¿Es posible que un testigo radical aspire a relajarse? Desde los desiertos de Afganistán o las selvas de Bolivia, Anderson sintoniza el pronóstico de las tormentas para los pescadores ingleses. El reporte de los vientos le produce el sedante efecto de una canción de cuna.

En los rincones donde la historia se desordena en frentes de batalla, el americano impaciente sueña tempestades y despierta para contarlas. (*) Texto escrito por Juan Villoro

La masajista de la historia

Ejemplo del Juan Villoro escritor

Un disparo

El ferry parecía aún más lento que el río. Sólo un crujido metálico sugería que nos movíamos. Flotábamos en aguas de color terroso. El viento soplaba desde la isla, y desperdicié seis cerillos para encender un cigarro. El humo cubrió mi rostro como la huella de una mano en las sábanas. No la vería nunca más. Así me lo dijo en la isla. Sacó las desgracias como si las hubiera doblado y las desplegara para que volviera a hacer con ellas lo que había provocado en su vida. Tenía que irme, aún había un ferry. Habló de horarios mientras yo veía la huella de su mano en la sábana, los pliegues que comenzaban a alisarse.

Exigí detalles, circunstancias que me iban a humillar pero me ayudarían a salir de ahí. Se había enamorado de un masajista de boxeadores. Lo dijo como si eso fuera normal en la isla. “Aquí no hay box”, dije. Me vio como si yo no entendiera que la vida se descompone y es rara y exige que alguien se vaya. Luego explicó que el hombre atendía un negocio de videos. Tal vez mencionó lo del box para que me doliera menos ser sustituido por los dedos que habían acariciado cuerpos semipesados. Nosotros nos habíamos aburrido en la isla sin que los videos fueran necesarios. A saber cómo encontró al amante en cuyas manos Bambi parecería un pequeño sarcófago. Vi un papel con los horarios del ferry, escritos por una caligrafía extraña (el último del domingo estaba subrayado). También vi la cámara con la que ella mataba el tiempo en la playa. Le quedaba una foto. Cuando ella se agachó para limpiar una mancha de ceniza, metí la cámara en mi mochila.

Mientras el humo del cigarro me cubría la cara en el ferry, pensé que el masajista podía estar a bordo. Quizá él escribió los horarios y subrayó ese trayecto. Ella lo sabía y quiso que viajáramos juntos para mezclar su futuro y su desastre. Pero yo tenía la cámara; podía descubrir el rostro degradado de tanto acariciar campeones sin corona, dispararle ahí, fijarlo a traición, con infinita venganza.

Entonces vi a la pareja, rodeada de gente que ya no tenía ojos para nada (los domingos cansan, nadie se concentra en las horas finales). Parecían suspendidos en el tránsito inmóvil. Él la besó en la frente, con despreocupada ternura, y luego apartó la vista. Ella cerró los ojos, en un gesto de dicha absoluta, como si cayera dentro de sí misma. Ajena al crujir del ferry, al viento que le agitaba el pelo, todo lo que no fueran los dedos entrelazados del hombre. Seguramente, habían hecho el amor en la isla. Ahora volvían y él miraba lejos.

Los vi con una curiosidad hambrienta. Ella aún no advertía los hombros rígidos, el cuerpo que empezaba a ser indiferente, los ojos que salían de ahí y buscaban la distancia, las cosas que aguardaban en el embarcadero, un destino extenso y ajeno. Pensé que la escena era triste porque yo la miraba y le imponía mi desgracia; poco a poco entendí que la alegría amenazada de la mujer era más terrible que la soledad que comenzaba para mí; me protegía contemplar algo peor: lo que ella iba a sufrir y aún no sufría.

El ferry crujió, como si dudara entre ir y volver. Ella sonreía, para nadie, o para sí misma, que no podía verse. Me quedaba una foto. Dejé de pensar en el hombre que me había sustituido. La felicidad fugitiva de la mujer llegaba como un dolor que no tiene remedio porque todavía no sucede. Yo estaba del otro lado, en lo ya sucedido. Tomé la cámara y disparé. Ella no lo notó. Caía dentro de sí misma, en una pausa entre lo que pasó y lo que aguarda su turno.

Terminé de fumar ante las aguas que no se movían.  Noviembre 2005.

Este texto, así como la imagen, forma parte del libro Fotografía, publicado bajo el sello de Fundación Televisa. El libro se pondrá en circulación próximamente y será presentado el 27 de noviembre en la Feria del Libro de Guadalajara. Fuente: Letras Libres.

Nota: Muchos cronistas y escritores a veces cometen el yerro o el gazapo de usar la palabra box para referirse al boxeo. El boxeo es el boxeo y así se escribe. Box es ocasionalmente una abreviatura de boxeo, pero cuidado porque en inglés significa otra cosa: caja. Ejemplo:  I keep my valuables in a metal box. Guardo mis artículos de valor en una caja metálica. También se le llama box al sector de una pista de automo-vilismo donde se instalan las zonas de descando de los pilotos y el lugar de mantención mecánica y abastecimiento de combustible. Por último, box es el compartimento en una cuadra o nave para asear a los caballos. El plural en inglés en boxes.

Ernesto Bustos Garrido

Villoro: parte de su producción

El escritor Juan Villoro nació en Ciudad de México en 1956. Estudió la licenciatura en Sociología en la UAM. Fue agregado cultural en la Embajada de México en Berlín, en los tiempos de la RDA. Fue docente de literatura en la UNAM, Yale y la Universidad de Pompeu Fabra de Barcelona. Es autor de una amplia obra que incluye libros infantiles, crónica periodística, ensayo, cuento y novela; sobresalen La noche navegable (1980), Palmeras de la brisa rápida, Un viaje a Yucatán (1989), El disparo de argón (1991), La alcoba dormida (1992), Los once de la tribu (1995), Materia dispuesta (1997), La casa pierde (1999), Efectos personales (2000), El testigo (2004), y Safari accidental (2005). Ha recibido múltiples galardones como el Premio Xavier Villaurrutia (1999), el Premio Mazatlán (2000) y el Premio Herralde (2004).

Leer la entrevista de Jorge Luis Herrera a Juan Villoro, en formato PDF, tomada de Dialnetunirioja.es

Otros textos de Ernestos Bustos Garrido sobre literatura

Cuento de Juan Villoro: El mal fotógrafo

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