Historia corta de José Luis Ibáñez Salas: Calor

El año en que la mar se llevó el Balneario y el verano duró tres meses completos fue el mismo año en el que ella nació y él comenzó a morir.

Lástima que habiendo comenzado ahí, tan arriba, la línea de resistencia vaya a ser tan poco resistente y esto que escribo no pueda ser capaz de convertirse en una novela de reconocido prestigio y se quede en rondarle los pies a un relato de andar por casa. En zapatillas, al menos. No descalzo. Un relato irresistible, eso sí.

Pero es verdad, es que aquel año en el que el Balneario se fue casi literalmente a pique y agosto comenzó el 30 de junio y finalizó el 2 de octubre, el año cuando Elsamar —a quien nadie llamara Elsamar, porque era la hija de Mareja y Mareja la llamaron siempre— vino al mundo allí, cerca del naufragado restaurante, y su padre perdió la cabeza, literalmente y esta vez sin casi alguno, aquel año se quedó en la memoria de todos los anabarcianos que pudieran permitirse tener una.

La guerra había terminado dos años antes y el nuevo rey se jactaba de no dormir nunca la siesta. Aunque aquí, en Anabarce, el rey nos seguía trayendo sin cuidado. O eso decíamos.

Onofre no era mucho de reyes ni de reinas, pero había ido a la guerra para que su padre, Onofre el Muerto, se quedara tranquilo en su tumba. Para siempre. Onofre perdió un ojo, regresó renqueante al pueblo y estuvo a punto de perder también la guerra. Su mujer le esperaba con un nuevo misterio alojado en su vientre. Mareja y Mareja. Mareja llamarían a la niña, como su madre. Y el campo, que también le aguardaba al hombre de la casa, pero aquél con sus brazos cerrados, se dejó hacer una vez más, como desde hacía siglos venía comportándose con la estirpe de los Brucelas. Patatas, sobre todo se dejó hacer patatas. Patatas enormes, de dura piel cántabra y cantábrica.

Mareja, la niña Mareja, no podía ser hija de Onofre. Tampoco Mareja, la madre de la niña Mareja, había sido nunca en realidad de Onofre el hijo de Onofre el Muerto. Mareja era una tempestad desde el día en que vino al mundo, el mismo día de la Gran Huelga Revolucionaria diezmada por las tropas africanas del Ejército monárquico. Aquellas tropas donde tuvo lugar, lo leímos después, aquella forja de aquel rebelde.

Conoció a Onofre en el entierro de Onofre el Muerto. Le dio el pésame y Onofre recibió su teacompañoenelsentimiento como una bendición de lujuria y mar. Aquella misma noche holgaron a sus anchas en la cuadra de los padres de Mareja, en la cuadra de las vacas de los padres de Mareja, de las dos vacas de los padres de Mareja: Parda y Parda. Porque las dos vacas de los padres de Mareja en los años de las huelgas y la Guardia Civil en el pueblo se llamaban igual. La una Parda, la otra Parda.

Onofre y Mareja se casaron pocas semanas antes de que se alzaran en las islas algunos militares partidarios del tío del rey, Uan de Bocia, y la guerra entre hermanos, entre vecinos, entre enemigos y entre amigos fuera inevitable. Una guerra cruel, se escribió. Como si las guerras pudieran no serlo. Nunca se dijeron que se amaban. No se estilaba en aquellos decenios del siglo YY. No en Anabarce y en la comarca donde Anabarce dormía apacible un sueño de siglos. Apacible hasta que las huelgas, los disparos y la Guardia Civil lo frecuentaron.

Una pequeña celebración de boda tuvo lugar en el Balneario para sellar, después de que la iglesia del pueblo acogiera la ceremonia del pacto matrimonial, la unión del labriego y la hija de los vaqueros Lucía y Lucio, Lucía Anabarce y Lucio de Bocia, descendiente el padre de la novia de la misma casa familiar del rey de Señapa, pero en este caso por una rama adocenada y vulgar. Sin cetro. Más bien cetrina.

Cuando Onofre fue reclutado como soldado del rey, Mareja no lloró. Se limitó a decirle una vez más túsabrás. Tú sabrás. Y él salió de aquella casa dando un portazo. Sin querer. Un portazo que Mareja entendió como una muestra incandescente de lo que Onofre era para ella a todas horas: un silencio descascarillado. Lincoln, el perro de Onofre, viejo pastor, creyó llorar cuando Onofre se despidió de él acariciándole el cuello con cariño de can.

La muerte, su olor, su sabor, su sonido. El tacto de la muerte. El hijo de Onofre el Muerto fue llevado en un camión nuevo a la guerra junto a otros jóvenes de la comarca de Nabar. Allí sentado, en aquel camión, pudo pensar hondamente en el hambre y las lágrimas de sus antepasados. Pero no lo hizo. Lo intentó, pero no lo hizo. Sólo pensó en Mareja. En los rizos del alma oscura de Mareja. En el sumidero del corazón helado de Mareja. En el sudor ácimo de Mareja durante las noches de soledad partida por el deseo.

Qué buena novela haría podido salir de este entramado de párrafos, con su ámbito y sus vivencias y sus personajes de acero singular. Pero no. No hay paciencia, ni mimbres ni actitud. Ni aptitud.

Mareja le escribió a Onofre al frente dos cartas que olían a Anabarce y al mar Cantábrico cuando se solaza en Anabarce antes del viento helado del Norte del Mundo. Las dos cartas se perdieron en medio de la guerra y con ellas las torpes palabras de amor de la campesina Mareja. Torpes palabras de amor inadvertidamente poéticas. Una poesía entre las balas y el cuero de los hombres de cuero. Si pudiéramos elegir las mejores palabras de ambas cartas, las más convenientes para una poesía de la Señapa de aquellos tiempos veloces y sonrojantes, si pudiéramos habrían sido quizás estas:

            “Calor, lo que más echo de menos

            desde que huiste de mí hacia la guerra

            es el calor. El calor de tu cuerpo.

            El calor de tus dos manos y yo dormida.

            El calor de tu aliento de coñac,

            el calor del humo oscurecido de tu tabaco.

            Calor, lo que me gustaría decirte es que

            tú eres todo el calor de mis ojos,

            lo que me gustaría pedirte es que

            me des calor desde donde has huido

            de mí y adonde te has llevado el calor.

            El calor es todo lo que creo que seré capaz

            de amar en ti. Hoy te extraño como

            si cuando estamos juntos nos amásemos.

            Quiero quererte. Cuando vengas lo volveré

            a intentar. A cambio de ese calor tuyo

            que sale de todo tu cuerpo, también de tu boca.

Onofre no pudo escribir ninguna carta. No sabía escribir. Sólo su nombre y el de Mareja. Pero una tarde de muerte y sueño consiguió un pequeño papel y en él trazó con dificultad Onofe ena Maregja, creyendo que aquella era una declaración del amor que no sabía que había estado a punto de aprender a amar. El papel ardió tres días más tarde. La misma tarde en que Mareja concibió a Mareja. La misma tarde en que nació en Onofre sin él saberlo su locura y su muerte.

Lincoln murió la tarde en la que Onofre regresó del frente. Estaba esperándole. Onofre Brucelas llegaba a Anabarce con un solo ojo, cojeaba con garbo y supo antes de la vida que de la muerte. Mareja llevaba en su interior un ser humano que no tenía la sangre de los Brucelas. Onofre el Muerto debía temblar dentro de su tumba de muerto. El temblor del destierro de aquella eternidad hacia la eternidad de los verdaderos muertos. Su hijo era ya Onofre el Tuerto. Onofre el Tuerto el Engañado.

Parda, que sí era parda, y Parda, que era más bien pelirroja, también murieron el año en que acabó la guerra, el año en que la mar se llevó el Balneario. Murieron por culpa del calor. Del calor atmosférico. No del calor que Mareja, ya madre de Mareja, había echado de menos cuando Onofre huyó de ella para cumplir con su misión de hombre y luchar por su rey.

El calor. El calor que desvanece las palabras de una futura novela y las deja ahí, detenidas como fin de un cuento de amores sin cuento. Calor de cuento. Mareja, la hija de Onofre el Tuerto que no era hija de Onofre el Tuerto. Mareja, hija de Mareja. Mareja, nacida de una nostalgia del calor.


Imagen: Jesús Zamarrón

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José Luis Ibáñez Salas, autor de “El franquismo”

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