Relatos cortos sobre faros

Una de las grandes innovaciones en los faros fue introducida en 1822 Augustin-Jean Fresnel, que inventó una lente que permitía concentrar la luz y que hacía que esta llegara mucho más lejos que en los anteriores faros, que se empezaron a popularizar en 1860.

De este modo, la literatura ha recogido historias por miles sobre estos verdaderos monumentos del ingenio humano. Uno de los más célebres es el de Julio Verne

Historias de faros luminosos y siniestros

Una nota de Ernesto Bustos Garrido

El faro es una invención de antes de Cristo. Uno de los faros más conocidos y posiblemente el primero de la antigüedad fue el de Alejandría, construido en tiempos de Ptolomeo II, en el año 280 a. C en la isla de Pharos en Egipto. El arquitecto Sóstrato de Cnido, por orden de Ptolomeo, construyó el primero en el siglo III a. C. en esa isla, frente a Alejandría. A 50 kilómetros podía verse el resplandor de una hoguera que, situada en lo alto de una torre de 134 metros, orientaba a los navegantes, lo mismo que hoy lo hace el GPS.

La construcción tenía entonces más de 100 metros de altura con una gran hoguera arriba, y aguantó en pie durante más de mil años, pero varios terremotos que se produjeron en la Edad Media acabaron con él, utilizándose finalmente sus restos para construir la ciudadela de Qaitbay en 1480. Su estructura permite hoy hacerse una idea de su composición, gracias a faros romanos que aún siguen en pie en la actualidad, como la Torre de Hércules o los restos del faro de Dover.

Una de las grandes innovaciones en los faros fue introducida en 1822 Augustin-Jean Fresnel, que inventó una lente que permitía concentrar la luz y que hacía que esta llegara mucho más lejos que en los anteriores faros, que se empezaron a popularizar en 1860.

De este modo, la literatura ha recogido historias por miles sobre estos verdaderos monumentos del ingenio humano. Uno de los más célebres es el de Julio Verne. Lo tituló “El faro del fin del mundo” y lo situó en un sector de islas perdidas entre el continente sudamericano y el Cabo de Hornos, junto al temible Mar de Drake.

El citado cuento ha dado la señal de partida para una larga lista de relatos relacionados con los faros y sus solitarios habitantes.

***

El faro del fin del mundo (Julio Verne)

Capítulo I

Inauguración

El Sol iba a desaparecer detrás las colinas que limitaban el horizonte hacia el oeste. El tiempo era hermoso. Por el lado opuesto, unas nubecillas reflejaban los últimos rayos, que no tardarían en extinguirse en las sombras del crepúsculo, de bastante duración en el grado 55 del hemisferio austral.

En el momento que el disco solar mostraba solamente su parte superior, un cañonazo resonó a bordo del “aviso” Santa Fe, y el pabellón de la República Argentina flameó.

En el mismo instante resplandecía una vivísima luz en la cúspide del faro construido a un tiro de fusil de la bahía de Elgor, en la que el Santa Fe había fondeado. Dos de los torreros del faro, los obreros agrupados en la playa, la tripulación reunida en la proa del barco, saludaron con grandes aclamaciones la primera luz encendida en aquella costa lejana.

faro del fin del mundo

Otros dos cañonazos siguieron al primero, repercutidos por los ruidosos ecos de los alrededores. La bandera fue luego arriada, según el reglamento de los barcos de guerra, y el silencio se hizo en aquella Isla de los Estados, situada en el punto de concurrencia del Atlántico con el Pacífico.

Los obreros embarcaron a bordo del Santa Fe, y no quedaron en tierra más que los tres torreros, uno de ellos de servicio en la cámara de cuarto. Los otros dos paseaban, charlando, a la orilla del mar.

—Y bien, Vázquez —dijo el más joven de los dos—. ¿Es mañana cuando zarpa el “aviso”?

—Si, Felipe, mañana mismo, y espero que no tendrá mala travesía para llegar al puerto, a menos que cambie el viento. Después de todo, quinientas millas no es ninguna cosa extraordinaria, cuando el barco tiene buena máquina y sabe llevar la lona.

—Y, además, que el comandante Lafayate conoce bien la ruta.

—Que es toda derecha. Proa al sur para venir, proa al norte para volver; y si la brisa continúa soplando de tierra, podrá mantenerse al abrigo de la costa y navegará como por un río.

—Pero un río que no tendrá más que una orilla —repuso Felipe—. Y si el viento salta a otro cuadrante…

—Eso sería mala suerte, y espero que no ha de tenerla el Santa Fe. En quince días puede haber ganado sus quinientas millas y fondear en la rada de Buenos Aires.

—Sí, yo creo que el buen tiempo va a durar.

—Así lo espero. Estamos en los comienzos de la primavera, y tres meses por delante son más que algo.

—Y los trabajos han terminado en muy buena época.

—Sí, y no hay miedo que nuestra isla, se vaya a fondo con su faro.

—Seguramente, Vázquez; cuando el “aviso” vuelva con el relevo, encontrará la Isla en el mismo sitio.

—Y a nosotros en ella —dijo Vázquez frotándose las manos, después de lanzar una bocanada de humo—. Ya ves, buen mozo, que no estamos a bordo de un barco al que la borrasca zarandea; y si es un barco, está sólidamente anclado a la cola de América… Convengo en que estos parajes no tienen nada de buenos; que la triste reputación de los mares del cabo de Hornos está bien justificada y que los naufragios menudean… Pero todo esto va a cambiar, Felipe: Aquí tienes la Isla de los Estados con su faro, que todos los huracanes no lograrían apagar. Los barcos lo verán a tiempo para rectificar su ruta, y guiándose por su claridad se librarán de caer en las rocas del cabo San Juan, de la punta Diegos o de la punta Fallows, aun en las noches más obscuras… Nosotros somos los encargados de mantener el fuego, y lo mantendremos…

La animación con que hablaba Vázquez no dejaba de reconfortar a su camarada, que acaso no miraba tan de color de rosa las largas semanas que había de pasar en aquella isla desierta, sin comunicación posible con sus semejantes, hasta el día que los tres fueran relevados. Para concluir, Vázquez añadió:

—Ya ves, desde hace cuarenta años estoy recorriendo todos los mares del antiguo y nuevo continente, de grumete, de marinero, de patrón… Pues bien, ahora que ha llegado la edad del retiro, yo no podría desear cosa mejor que ser torrero de un faro: ¡y qué faro! ¡El faro del Fin del Mundo!

Y en verdad que aquel nombre estaba bien justificado en aquella isla, lejana de toda tierra habitada y habitable.

—Di, Felipe —repuso Vázquez, sacudiendo la ceniza de su pipa—, ¿A qué hora vas a relevar a Moriz?

—A las 10.

— Bueno; entonces yo te relevaré a las 2 de la mañana y estaré de guardia hasta el amanecer.

—Convenido, Vázquez; entretanto, lo más acertado será irnos a dormir.

—¡A la cama, Felipe, a la cama!

Vázquez y Felipe se dirigieron hacia la pequeña explanada en medio de la cual se alzaba el faro, y entraron en el interior.

La noche fue tranquila. En el instante en que alboreaba, Vázquez apagó la luz que alumbraba hacía doce horas.

Generalmente débiles en el Pacífico, sobre todo a lo largo de las costas de América y de Asia que baña el vasto océano, las mareas son, al contrario, muy fuertes en la superficie del Atlántico y se hacen sentir con violencia en aquellos lejanos parajes.

El amanecer de aquel día comenzó a las seis de la mañana, y al “aviso” le hubiera convenido aparejar desde luego. Pero sus preparativos no estaban del todo concluidos, y el comandante no contaba salir de la bahía de Elgor hasta la marca de la tarde.

El Santa Fe, de la marina de guerra de la República Argentina, era un barco de 200 toneladas, con una fuerza de 160 caballos, mandado por un capitán y un segundo, con 50 hombres de tripulación. Estaba destinado a la vigilancia de las costas, desde la desembocadura del río de la Plata hasta el estrecho de Lemaire en el Océano Atlántico. En aquella fecha, el genio marítimo no había construido todavía los barcos de marcha rápida: cruceros, torpederos y otros. Así es que el Santa Fe no pasaba de nueve millas por hora, velocidad suficiente para la policía de las costas de la Patagonia, frecuentadas únicamente por los barcos de pesca.

Aquel año, el “aviso” había tenido la misión de vigilar la construcción del faro, a expensas del gobierno argentino. A bordo del Santa Fe fueron transportados el personal y los materiales necesarios para esta obra, que acababa de terminarse con arreglo a los planos de un hábil ingeniero de Buenos Aires.

Hacía unas tres semanas que el barco se hallaba fondeado en la bahía de Elgor. Después de haber desembarcado provisiones para cuatro meses, y de haberse asegurado que nada faltaría a los torreros del nuevo faro hasta el día del relevo, el comandante Lafayate se hizo cargo de los obreros enviados a la Isla de los Estados. Si circunstancias imprevistas no hubiesen retardado la terminación de los trabajos, el Santa Fe hubiera estado hacía algún tiempo de regreso en el puerto de Buenos Aires.

Durante su permanencia en la bahía nada tuvo que temer su comandante contra los vientos del norte, del sur y del oeste. Únicamente la mar gruesa hubiera podido molestarle; pero la primavera se había mostrado bien clemente, y ahora que ya reinaba el verano, era de esperar que solo se producirían pasajeras borrascas en los parajes magallánicos.

Eran las siete cuando d capitán Lafayate y su segundo, Riegal, salieron de sus camarotes. Los marineros concluían el baldeo del puente. El primer contramaestre tomaba sus disposiciones para que todo estuviese dispuesto cuando llegase la hora de zarpar. Aunque esto no se efectuaría hasta la tarde, se limpiaban los cobres de la bitácora y de las claraboyas, y se izaba el bote grande hasta los pescantes, dejando a flote el pequeño para el servicio de a bordo.

Cuando salió el sol, el pabellón nacional subió hasta el extremo de mesana. Tres cuartos de hora más tarde, la campana tocó para el primer rancho.

Después de desayunar juntos los dos oficiales, subieron a la toldilla, desde donde examinaron el estado del cielo, bastante despejado por la brisa de tierra, y después desembarcaron.

Durante esta última mañana, el comandante quiso inspeccionar el faro y sus anexos, el alojamiento de los torreros, los almacenes que encerraban las provisiones y el combustible, y, por último asegurarse del buen funcionamiento de los diversos aparatos.      

Saltó a tierra, acompañado del oficial, y se dirigieron hacia el faro, pensando en la suerte de los tres hombres que iban a permanecer en la soledad de la Isla de los Estados.

—Es verdaderamente duro —dijo el capitán—; sin embargo, hay que tener en cuenta que esta pobre gente había llevado siempre una existencia dura, la existencia de los marinos. Para ellos, el servicio del faro es un reposo relativo.

—Sin duda —contestó Riegal—; pero una cosa es ser torrero en las costas frecuentadas, en comunicación fácil con tierra, y otra vivir en una isla desierta que los barcos no abordan más que muy de tarde en tarde.

—Convengo en ello, Riegal. Por eso se hará el relevo cada tres meses; Vázquez. Felipe y Moriz van a debutar por el período menos riguroso.

—Efectivamente, mi comandante, no tendrán que sufrir los terribles inviernos del cabo de Hornos.

—Terrible —afirmó el capitán—.

Desde un reconocimiento que hicimos hace algunos años en el estrecho, en la Tierra del Fuego y en la Tierra de Desolación, del cabo de las Vírgenes al cabo Pilar, yo no he pasado peores días. Pero, en fin, nuestros torreros tienen un solo refugio, que las borrascas no destruirán. No les faltará ni víveres, ni combustible, aunque su facción se prolongase dos meses más del tiempo prefijado. Los dejamos buenos y buenos los encontraremos; pues si es cierto que el aire es vivo, al menos es puro y saludable. Y después de todo, existe este hecho: cuando la autoridad marítima ha solicitado torreros para el faro del Fin del Mundo, la única dificultad ha sido la de la elección.

Los oficiales acababan de llegar ante el faro, donde les esperaban Vázquez y sus camaradas. Se les franqueó la entrada, e hicieron alto, después de contestar al saludo reglamentario de los tres hombres.

El capitán Lafayate, antes de dirigirles la palabra, les examinó desde los pies, calzados con fuertes botas de mar, hasta la cabeza, cubierta con el capuchón de la capota impermeable.

—¿No ha ocurrido novedad esta noche? —Preguntó, dirigiéndose al torrero jefe.

—Ninguna, mi comandante — contestó Vázquez.

—¿No han divisado ustedes ningún barco en alta mar?

—Ninguno, y como la atmósfera estaba despejada, hubiéramos visto sus luces lo menos a cuatro millas.

—¿Han funcionado bien las lámparas?

—Perfectamente, mi comandante; no ha habido el menor entorpecimiento.

—¿Han pasado ustedes mucho frío en la cámara de cuarto?

—No, mi comandante; está muy bien cerrada y el viento no puede franquear el doble cristal de las ventanas.

—Vamos a visitar el alojamiento; y luego el faro.

—A sus órdenes, mi comandante —contestó Vázquez.

En la parte baja de la torre se habían instalado las habitaciones de los torreros al abrigo de espesísimos muros, capaces de desafiar todas las borrascas magallánicas. Los dos oficiales visitaron todas las piezas convenientemente acondicionadas. Nada había que temer de la lluvia, del frío ni de las tempestades de nieve, que son formidables en aquella latitud casi antártica.

Las piezas estaban separadas por un pasillo, en el fondo del cual se abría la puerta que daba acceso al Interior de la torre.

—Subamos —dijo el capitán Lafayate.

—A sus órdenes —repitió Vázquez.

—Hasta con que usted nos acompañe.

Vázquez hizo un signo a sus compañeros para que se quedasen, y empujando la puerta de comunicación, empezó a subir la escalera, seguido de los dos oficiales.

La escalera, de rocosos peldaños, era estrecha pero no obscura. Diez troneras la alumbraban de trecho en trecho. Cuando estuvieron en la cámara de cuarto, encima de la cual estaban instaladas las linternas y los aparatos de luz, los dos oficiales se sentaron en el banco circular adosado al muro. Por las cuatro ventanitas la mirada podía dirigirse a todos los puntos del horizonte.

Aunque la brisa era moderada, silbaba con fuerza en aquella altura, sin ahogar, no obstante, los agudos chillidos de las aves marinas, que pasaban dando grandes aletazos.

El capitán Lafayate y su segundo, a fin de tener una vista más despejada, gatearon por la escala que conducía a la galería que rodeaba la linterna del faro.

Toda la isla por la parte oeste estaba desierta, así como el mar en un vasto arco de círculo, interrumpido únicamente por las alturas del cabo San Juan. Al pie de la torre se abría la bahía de Elgor, animada a la sazón por el tráfago de los marineros del Santa Fe. Ni una vela, ni una columna de humo en todo cuanto la vista abarcaba. Nada más que la inmensidad del océano.

Después de permanecer un cuarto de hora en la calería del faro, los dos oficiales, seguidos de Vázquez, descendieron y retornaron a bordo.

Terminado el almuerzo, el capitán Lafayate y su segundo Riegal saltaron de nuevo a tierra.

Las horas que precedían a la partida iban a consagrarlas a pasear por la orilla norte de la bahía de Elgor. Varias veces ya, y sin piloto —se comprenderá que no lo había en la Isla de los Estados—, el capitán había entrado de día para fondear en la caleta al pie del faro: pero, por prudencia, Jamás dejaba de hacer un reconocimiento de aquella región, tan poco y tan mal conocida.

Los dos oficiales prolongaron su excursión.

Atravesando el estrecho istmo que une al resto de la isla el cabo San Juan, examinaron la orilla del abra del mismo nombre, que al otro lado del cabo forma como el fendant de la bahía de Elgor.

—El abra San Juan —observó el comandante— es excelente. Hay en toda ella bastante profundidad para los barcos de mayor tonelaje. Es de lamentar que la entrada sea tan difícil. Un faro de poca intensidad, establecido a la misma altura que el de Elgor, permitiría a los barcos que se encontraran comprometidos encontrar aquí un refugio.

—Y es el último puerto que se encuentra saliendo del estrecho de Magallanes observó el teniente.

A las cuatro, los oficiales estaban a bordo, después de despedirse de Vázquez, Felipe y Moriz, que permanecieron en la playa esperando el momento de la partida.

A las cinco, la negra humareda que salía por la chimenea del “aviso” indicaba que las calderas del barco estaban bajo presión. El Santa Fe levaría anclas en cuanto el reflujo se hiciera sentir.

A las seis menos cuarto, el comandante dio orden de virar. El vapor se escapaba, silbando, por la válvula de seguridad.

El segundo de a bordo vigilaba la maniobra desde la proa.

El Santa Fe se puso en marcha, saludado por los adioses de los tres torreros. Y si Vázquez y sus camaradas experimentaron una profunda emoción al ver partir el “aviso”, no fue menor la sentida por los oficiales y tripulación al dejar a estos tres hombres en aquella isla de la extrema América.

El Santa Fe, a velocidad moderada, siguió la costa que limita al noroeste la bahía de Elgor, y no serían las ocho cuando ya estaba en plena mar. Doblado el cabo San Juan, empezó a navegar a todo vapor, dejando el estrecho al oeste, y cuando cerró la noche, el faro del Fin del Mundo apareció en el horizonte como una esplendorosa estrila.

***

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Leyenda sobre el submarino de Hitler a la cuadra del Faro Carranza

Antonio Gil

Para los aficionados a los misterios, las conjuras y la política ficción (que abundan), pocas cosas resultan más fascinantes que aquellas sabrosas historias relacionadas a submarinos nazis emergiendo en las costas chilenas para desembarcar a selectos contingentes de jerarcas del hitlerismo nacional socialista. Un caso emblemático es el del famoso y controvertido sumergible U2 de Cabo Carranza, tema ampliamente difundido internacionalmente y documentado gráficamente por revista Ercilla en sus ediciones de junio y septiembre del año 2006. Según este medio, nada menos que el mismísimo Hitler habría llegado hasta las proximidades del Faro Carranza para quedarse a vivir sus últimos años oculto, bajo una identidad falsa, entre los hospitalarios vecinos del Maule, mientras el mundo entero lo hacía suicidado y calcinado en su bunker junto a Eva Braun, tras la poco amistosa entrada del Ejército soviético en Berlín.

No son pocos los que juran de rodillas haber visto al sumergible aparecer de entre la espuma en dichas costas de la VII Región, junto a otras misteriosas naves fantasmas que hasta hoy parecieran resistir, contra toda lógica conocida, a la corrosión y al paso inexorable de la Historia que, como sabemos, es un elemento altamente oxidante. Para condimentar aún más este ya harto sazonado mito, se han relacionado los arribos secretos a la relativamente cercana Villa Baviera y sus peculiares habitantes germanos con trazas de zombis.

Como saben muy bien todos los hombres de mar, estas costas han sido escenario, a lo largo de centurias, de innumerables naufragios, entre los que destaca el protagonizado por el vapor “Cazador”, encallado 1856 en Punta Loanco. Un suceso trágico que costó la vida nada menos que a 458 personas entre tripulantes y pasajeros. Dado que efectivamente la zona en cuestión es harto traicionera para la navegación y que ha sido la tumba de muchas embarcaciones, constatándose más de 13 naufragios en sus fatídicos roqueríos, la autoridad se vio obligada en 1895 a erigir el famoso faro Carranza, como luminosa advertencia a los pilotos y navegantes de esta Costa de la Muerte. Las mismas que, como en los cuentos de piratas, habrían dejado bajo el oleaje incalculables fortunas en lingotes de oro y plata, hoy desaparecidos tras la incansable cosecha de un equipo de buzos venidos del extranjero con este propósito.

hundimiento del Carranza

Volviendo al submarino nazi, con Adolf Hitler incluido, que se apreciaría a simple vista varado entre las escolleras y cuyas fotos son internacionalmente conocidas, un grupo de investigadores altamente calificados ha llegado a una conclusión definitiva: el supuesto U2 del Führer y sus lugartenientes en realidad correspondería a restos de la nave “John Elder”, y más específicamente de su caldera, la misma que a simple vista se puede fácilmente confundir con la torreta de un submarino alemán.

Es triste tener que derrumbar un mito tan apreciado por algunos amigos del misterio y la conjura, pero los porfiados hechos demuestran que ni existió tal nave, ni que el mitológico Adolf Hitler jamás arribó a las costas chilenas huyendo del furor de las tropas de Stalin. De tal suerte que en la Región nos tendremos que conformar con los enigmas de Enladrillado y sus naves extraterrestres y otras fantasías que alegran la vida de fabuladores y amigos de los acontecimientos curiosos, enigmáticos e inexplicables.

***

Hundimiento de la embarcación

La tragedia del vapor Cazador frente a Carranza

El vapor Cazador, era una nave de la Armada de Chile, que cumplía funciones de carga. Fue construido en 1848 en Francia y adquirido por el gobierno chileno poco antes de la revolución de 1851, ante la necesidad de trasladar en forma rápida tropas entre los diferentes puertos de Chile. Tenía 250 toneladas y una velocidad máxima de 9 nudos. Estaba al mando del capitán Ramón Cabieses y contaba con una tripulación de 65 marineros.

El día 26 de enero de 1856, el vapor llegó a Talcahuano con la misión de trasladar a la sexta compañía del Segundo de línea (actual Regimiento Maipo de Valparaíso) y sus familias a la nueva plaza en Valparaíso que se les había asignado. Esta compañía había estado los últimos 5 años en una zona al sur de Concepción pacificando a los últimos reductos del general José María de la Cruz que se dedicaban al pillaje y al bandolerismo.

El vapor zarpó de Talcahuano con rumbo a Valparaíso a las 11:30 a. m., llevando consigo no solo a la sexta compañía y sus familias, sino también pertrechos militares, cañones y caballos. Asimismo, el barco llevaba como pasajeros a algunos funcionarios públicos y sus familias. En total se estima que trasladaba más de 450 personas, 65 marineros, 94 soldados, 168 mujeres, 146 niños y 12 pasajeros. Posteriormente se estableció que el barco llevaba un número indeterminados de polizones.

De acuerdo a la bitácora la salida del vapor se verificó con viento sur y mar llana, a la una de la tarde y a 15 millas de puerto, la máquina se puso a media fuerza y con ayuda de las velas llegó a las 9 millas por hora, desde esa hora en adelante viajó a 6 millas de la costa, hasta las 20:00 horas, en que encalla en los roqueríos de Punta Carranza, 18 millas al sur de Constitución.

Luego del encallamiento, el capitán Cabieses, ordenó poner marcha atrás el barco, con esta maniobra el casco del vapor se partió en sentido longitudinal, anegando rápidamente sus compartimentos. En este punto se produce un sálvese quien pueda, ya que solo lograron bajarse 4 botes salvavidas con capacidad para más de 50 personas cada uno, dos de los cuales se estrellaron en los roqueríos cercanos, muriendo sus ocupantes, los otros dos botes se alejaron del naufragio a mar abierto, llegando tan solo al medio día del día siguiente a tierra. Los sobrevivientes que llegaron a la costa en estos botes fueron 23, entre ellos el capitán Cabieses y parte de su tripulación, tan solo sobrevivieron 2 militares.

Los días posteriores al naufragio, el mar arrojó sobre la costa de Constitución los cadáveres de los viajeros, en grupos de 12 a 15 personas aparecían cadáveres de mujeres sosteniendo a sus hijos y de gente abrazada entre sí.

El parte oficial hecho por Cabieses deja constancia que murieron ahogados, 166 mujeres, 86 soldados del segundo de línea, 4 oficiales del segundo de línea, 42 tripulantes y 9 pasajeros, totalizando 307 personas, omitiendo el número de niños y polizones que superaban los 150.

La opinión pública de ese entonces condenó la labor jugada por el capitán y se le siguió un Consejo de Guerra en la ciudad de Valparaíso. El Consejo de Guerra absolvió a Cabieses y se le reincorporó a la Marina de Chile, pero fue redestinado a realizar levantamientos hidrográficos en las difíciles aguas al sur de las Islas Guaitecas en el Pacífico Sur.

El día 20 de febrero de 2004, el municipio de Chanco (forma parte de la antigua provincia de Cauqunes Maule) instaló un monolito con una placa conmemorativa en la playa Santos del Mar, en homenaje a quienes naufragaron y perecieron en las costas de Chanco en 1856. ​

***

La tercera guardia (Contribución de Martin Casatti)

La tercera guardia siempre era eterna, el tiempo se detenía por completo y el universo entero conspiraba para quitarte cualquier distracción. En esa situación uno comenzaba a vagar por los corredores de la mente, sin rumbo y sin motivo, buscando, inútilmente, algo en qué posar la atención.

En ese estado se encontraba Bart Carrigan. Era un trabajo importante, y lo sabía. Los faros no solo son útiles, muchas veces son lo único que separa un navegante extraviado de una muerte segura. Pero aun así… odiaba la tercera guardia. Se preparó una taza de café, negro, bien cargado, para que lo ayudara a despejar su mente.

la tercera guardia, faro

—Somos solo tú y yo —le dijo a la gigantesca máquina que controlaba el faro—, solo nosotros dos y la infinidad allí afuera.

En una especie de acuerdo tácito todos saben que los guardafaros hablan solos. Necesitan el eco de las viejas paredes para no sentirse solos. Corren algunas historias indicando que los faros se diseñan, desde tiempos inmemoriales, de forma que produzcan ecos, aún cuando eliminarlos hoy en día es extremadamente simple.

Pero a esos hombres se les pueden permitir algunas excentricidades, después de todo, están solos, cargando a sus espaldas la seguridad de innumerable cantidad de navíos. Tomó un libro del estante y se puso a leer, pero solo algunas páginas después se cansó y lo depositó sobre la gastada mesa.

Revisó la bitácora. Nada, ningún tráfico programado para el día de hoy. —Va a ser una noche muy aburrida— pensó en voz alta.

Revisó el historial de reparaciones pendientes, esperanzado de que al menos pudiera entretener sus manos en algún menester, mínimo por supuesto. Las reparaciones importantes requerían equipos completos de trabajadores, pero no encontró ninguna. Por puro ocio decidió controlar nuevamente las funciones del viejo faro. Eso lo entretendría al menos una hora.

Bajó al sótano, ocupado casi completamente por las enormes baterías. Revisó los bornes, los cables y los transformadores. Luego verificó el nivel de cada una de ellas, constatando que estaba todo correcto. Siguió los paneles de las paredes verificando que llegar alimentación a cada uno de ellos.

Lentamente subió las escaleras, descansando la mirada en las estrellas que brillaban en la sólida oscuridad, tras las gruesas ventanas de la torre.

Subió hasta la cúpula, donde descansaban las enormes lentes del faro. La visión por sí sola era suficiente como para que olvidara la depresión que le causaba la tercera guardia, era una visión de tal belleza y majestuosidad que parecía tirar del alma, elevándola sobre las cosas mundanas, las que parecían ridículamente pequeñas e irrelevantes.

Sobre su cabeza el techo negro del firmamento, como un negro manto con pequeños agujeros, a través de los cuales se vislumbraban los resplandores de innumerables soles. Estuvo un largo tiempo observando el panorama, recorriendo el horizonte, hasta donde alcanzaba su vista.

La alarma de la sala de guardia lo sobresaltó, forzandolo a volver a la realidad. Bajó corriendo las escalares, casi tropezando con el escritorio sobre el que destellaba la luz roja. Encendió el comunicador.

—Aquí el guardia de la estación de señalización AF465, identifíquese por favor – dijo, agitado, por el intercomunicador. Tres veces tuvo que repetir la llamada.

—Somos el transporte de carga Argos —le respondieron—, transportamos gran cantidad de mineral de aluminio y estamos con serios problemas en el motor principal. Estimamos entrar en su rango en aproximadamente 15 minutos, solicitamos toda la señalización disponible, ya que no tenemos mucho margen de maniobra con los motores principales apagados.

—No se preocupen, informo a las autoridades para que envíen equipos de emergencia y rescate y enciendo el faro ahora mismo.

La estática se hacía cada vez más fuerte.

—… gracias amigo —respondieron—. Creíamos que estábamos solos en esta región.

—No están solos —dijo, más para sí mismo que para sus invisibles protegidos.

Subió nuevamente a la torre, sin apatía esta vez. La noche no iba a ser tan larga después de todo. Revisó las conexiones, todo correcto. Encendió el interruptor. Nada. Volvió a revisar las conexiones. Intentó de nuevo. Nada. Con la preocupación dibujada en su rostro subió hasta donde estaban las lentes, solo para confirmar su peor sospecha.

—¡Tenían que ser las lentes!¡Las malditas y desalineadas lentes, tenían que esperar hasta mi guardia!

Bajó corriendo a buscar algunas herramientas, pero no se hacía muchas esperanzas, generalmente las lentes requerían un alineamiento perfecto, mucho más perfecto del que podía lograr con sus toscas herramientas. Midió la desviación de las lentes. Era mucho. Mucho más de lo que podía ser reparado manualmente.

— … fallos en los transmisores… – la voz, entrecortada y cargada de estática, le hablaba nuevamente -… imposible recibir… información de telemetría inexistente… no podemos recibir instrucciones… guía visual… única alternativa… La comunicación se cortó de una manera que auguraba ser definitiva.

Tenía que decidir, intentar alinear las lentes manualmente, con los riesgos que eso acarreaba, o esperar a los equipos de mantenimiento, y desentenderse del problema. Pero si algo le sucedía al Argos eso lo perseguiría como un fantasma sobre su conciencia. Decidió correr el riesgo. Si de algo servían diez años en el servicio de vigilancia y señalización este era el momento de comprobarlo.

Tomó sus herramientas y comenzó a trabajar. El reloj corría, inexorable, y sus manos se movían como si tuvieran vida propia. Ajustó las últimas conexiones cuando solo faltaban 3 minutos para que el Argos entrara en alcance, y comenzara a buscar desesperadamente al guía visual que lo llevara a un puerto seguro.

Miró hacia abajo desde la zona de observación, hacia la pequeña estrella amarilla que estaba bajo la estación orbital. Los campos que tenían controlado su resplandor por medio de las lentes magnéticas la mantenían en un umbral casi indetectable. Ahora era el momento de abrir las lentes y aumentar el brillo, encendiendo el faro más imponente que nunca hubiera usado la humanidad.

Había una pequeña probabilidad de que el aumento de potencia de la estrella fuera demasiado repentino, una avalancha de hidrógeno que encendería los mismísimos fuegos del infierno, pero no había opciones. Apartó esos pensamientos y comenzó a comprobar nuevamente las conexiones.

Encendió el interruptor cuando el Argos estaba a 15 segundos e instantáneamente se dio cuenta de que algo andaba mal. Las malditas lentes seguían desalineadas. El campo se estaba formando 100.000 kilómetros fuera de foco.

Como resultado, el combustible de la pequeña estrella amarilla se quemaba rápidamente, fuera de control. La suerte estaba echada.

–Adiós, mis desconocidos amigos —fue lo último que pensó—, espero que mi muerte al menos salve sus vidas.

La onda expansiva lo golpeó 5 segundos antes de la llegada del Argos, envolviéndolo en una nube de plasma que vaporizó la estación y a su cuidador instantáneamente. El Argos salió del hiperespacio a 2 millones de kilómetros de la estrella y sus sensores de corto alcance se sobrecargaron. Emitieron sus señales de identificación, a pesar de que nadie las contestó. Los dos hombres, única tripulación del pequeño carguero se miraron extrañados.

—¿Sabías que hubiera un faro aquí? —preguntó el capitán.

—Solo una pequeña boya —le respondió el copiloto—. Esta es una ruta comercial secundaria.

—¡Esto no es una boya, es una nova clase tres! Esto puede guiar tráfico de varios sistemas estelares.

—No estaba en las cartas de navegación de hace un mes —dijo el otro, revisando las cartas en su pantalla.

—Hay que agradecerle al guardafaros —comentó el capitán—, nos sacó de un aprieto serio.

El copiloto asintió, pensativo.

Desde el corazón de la nova, Bart Carrigan, el guardafaros de la tercera guardia, los guiaba a puerto seguro.

***

El faro (Sylvia Iparraguirre)

Cabo de Hornos, 1932

 Arrojó las últimas paladas de tierra y colocó con cuidado unas piedras que señalaron la pequeña tumba. Su perro, su única compañía, había muerto aquella noche. Muerto de viejo, pero Donovan no encontraba consuelo. Había cavado a pocos metros de la barraca de herramientas del Faro. Allí descansaría, cerca de donde siempre había vivido. Con esfuerzo, levantó la cabeza. El basalto casi negro de las islas vecinas desplomado a pique sobre el mar, era su único horizonte. Calculó todavía una hora de luz. Por costumbre, su mirada cayó sobre el islote de los lobos marinos. Absorto, contempló los pesados cuerpos deslizándose al agua; dos machos, las cabezas erguidas y los colmillos al aire, se provocaban a una lucha que, por pereza, no entablarían. Metros abajo, entre los recovecos de las piedras, grandes trozos de hielo subían y bajaban al compás de la rompiente. Cuando el frío se hizo insoportable, entró en el Faro. Se quitó el rompe-vientos, la gorra de lana y los guantes, avivó la estufa y se sirvió un vaso de ron. “A tu salud”, dijo, y lo tomó de un trago. Miró el vaso vacío: no le convenía la melancolía. El último peñón del mundo, de cara a la nada o al encuentro de los dos océanos exasperados por el aguijón huracanado del polo, no era lugar para la gente débil. Donovan sintió una punzada de rebeldía. Su compañero debía estar allí desde hacía tres meses. Pero había caído enfermo y le solicitaron que siguiera haciéndose cargo del Faro hasta que encontraran un relevo. Ninguna noticia alentadora había llegado. Lo que tenía por delante eran interminables meses blancos en la inclemencia brutal del invierno del Cabo de Hornos. Y la soledad, más espantosa todavía sin la leal compañía de su perro. Bruscamente se puso de pie y examinó las mediciones meteorológicas. Desde que supo que estaría solo no confiaba en su ánimo y se obligaba a actuar, a seguir minuciosamente la rutina de cada día. Solo había una cosa que no podía controlar, que no se ajustaba a ninguna voluntad y que ejercía un poder maléfico: el viento. Afuera se prolongaba una débil luz cenicienta, pero la noche ya estaba encima. Subió de dos en dos la interminable escalera en espiral. Desde ahí arriba el paisaje era sobrecogedor. Donovan no lo enfrentaba de inmediato, lo miraba de a poco, inclinando la cabeza, con el costado del ojo. “Todo debe estar bajo control”, dijo en voz alta. Como si diera la orden a un subalterno, no dejaba de repetir esta frase varias veces al día. Midió el viento, que soplaba del sudeste, la humedad, la presión y anotó todo en el registro. En el panel verificó la frecuencia del destellador y, al fin, cuando no quedaba nada por hacer, encendió la óptica. El haz del faro barría una superficie de veinte millas a la redonda. En vez de animar su espíritu, el giro intermitente, constante, lo amedrentaba más. Haciendo un esfuerzo se asió de la baranda interna y miró afuera. Como fantasmas desmesurados, las crestas temibles de las islas surgían por un instante en el haz de luz para hundirse enseguida en la oscuridad. La bruma se espesaba en los fiordos, donde el faro parecía develar por primera vez en la historia de la tierra aquellos arcanos. Volvió la cabeza. En los años que llevaba allí, sirviendo a los barcos que temerosos doblaban el cabo, Donovan había experimentado muy pocas veces la felicidad del cielo abierto. Una noche del verano de 1930, recordaba, él y su compañero, con las caras hacia un cielo súbitamente despejado, habían enmudecido ante la belleza de la Cruz del Sur. En el cenit, solitaria, remota y helada parecía haberse encendido para ellos solos. Inexplicablemente, el recuerdo le produjo un sobresalto. “¿Por qué?”, preguntó en voz alta. Se sentó en un peldaño de la escalera, la cabeza entre las manos, y se dijo que era la muerte de su perro. “Fue lo mejor, estaba enfermo y viejo”, murmuró. Se puso de pie. “Lo que pasa es que papá –Donovan nunca hubiera usado esta palabra; frente a otro, habría dicho mi padre– me transmitió el amor por los perros”. Su padre, ovejero en las Islas Malvinas, había emigrado al continente y se había casado con su madre, chilena. “Es por eso”, dijo. Se quedó quieto mirando el hueco de la escalera. El haz de luz rompiendo la oscuridad sin fondo, llena de témpanos des-prendidos de inmensos campos de hielo, ocupó, sin que pudiera evitarlo, su mente: témpanos obturando un canal, encallados en un pasaje, hasta marea o la fuerza del viento los desprendía y arrastraba en su lenta deriva, hacia Dios sabía dónde. ¿Por qué había aceptado quedarse? Estaba débil, sin embargo, pensó Donovan irguiendo el torso, sabía que podían contar con su voluntad. Era fuerte como el mismo faro. Se obligó a bajar. Encendió la pipa y decidió que haría la cena más temprano, luego llamaría por radio a la base. Esperaba todo el día ese momento, el único de comunicación con otro ser viviente, y lo preparaba para cuando hubiese terminado de cenar. Con la pipa, el vaso de ron y su libro favorito de historias marinas sobre la mesa, levantaba el auricular y sostenía una breve conversación con su compatriota que, a cientos de kilómetros, sonaba tan reconfortante y familiar. Y tan lejano. Comió sin ganas, atento al viento que había comenzado a soplar con el silbido confuso, vacilante, que conocía tan bien. Algún Dios del lugar, un dios burlón y cruel, se divertía a su costa mediante esa treta bien simple: engendrar aquel viento, no el de las tempestades sino otro, más débil, que cambiaba de cuadrante sin cesar y producía un silbido que subía y bajaba, se adelgazaba y enroscaba en la torre hasta desaparecer. Para volver enseguida a rondar más allá de las paredes, como un monstruo de tiempos geológicos rodeando aquel insignificante punto humano, atacándole los nervios. La voz familiar del operador de guardia, tras la estática y las descargas, le trajo la calma. No estaba solo. Cumplía una función, como ese mismo compañero que ahora le contestaba. Por algo lo habían destinado a este punto inhumano: por su foja de servicios. Era respetado; podía sentirlo en la voz del muchacho que le respondía desde la base del norte. Intercambiaron saludos y los datos del tiempo. Donovan esperó que le hiciera la pregunta rutinaria: “¿Alguna novedad?”, pero cuando finalmente el operador de guardia la hizo se quedó mudo, incapaz de contarle de la muerte de su perro y de la espantosa soledad que sentía. Con voz metálica contestó: “Ninguna novedad”. Se despidieron y cortó la comunicación. Se sirvió un jarro de café al que le echó una buena medida de ron. El ruido del viento había cambiado. No es que hubiera amainado, todo lo contrario, se había vuelto más fuerte, pero no era ya el viento sibilante, maligno. Esto terminó de calmarlo. Abrió el libro en la página señalada con una pluma de albatros, eligió un mapa para seguir el relato, y se dispuso a leer. Entre 1520 y 1580 aquella zona, no precisamente el cabo de Hornos no descubierto aún, sino el estrecho de Magallanes, era el centro de lucha de dos imperios formidables: el español y el inglés. Las dos potencias se encarnizaban por la posesión del único paso interoceánico conocido. Una tras otra, las expediciones de relevamiento eran enviadas a costa de muertes y padecimientos sin fin. Pero qué les importaba a los reyes, pensó Donovan, las penurias y muertes por hambre o desesperación de aquellos infelices marinos. Ahí estaban los mapas con los derroteros de los primeros navegantes. Primitivos portulanos donde quedaron para siempre los nombres que los marinos dieron a un territorio que los rechazaba con ferocidad, nombres que patentizaban su decepción: Isla del Socorro, Golfo de las Penas, Isla Desolación, Puerto Hambre, Bahía Inútil, Cabo Decepción, Isla de las Furias… la lista seguía. “No había nada de nada, salvo mar y tormentas y las hogueras de los indios”, explicó en voz alta Donovan, acostumbrado a compartir con su perro los comentarios que le suscitaba la lectura. Pero hubo algo más que dos imperios, pensó, deteniéndose en la parte de la historia que más lo atraía, hubo hombres tan grandes y singulares, que su lucha particular era todavía más apasionante que las de sus reyes. Porque mientras los reyes sentados bajo los palios, sobre tarimas cubiertas de terciopelo, no arriesgaban nada, cada uno en su momento, Magallanes y Francis Drake, y Sarmiento de Gamboa, arriesgaron su nombre, su tripulación y sus naves. Magallanes, sofocando sangrientos motines, solo contra todos, da la orden de seguir hacia el sur. Descubre el estrecho y lo atraviesa en un mes y una semana. Más tarde, fue notable la travesía de Drake, acusado de tratos con el diablo por su demoníaca pericia en el mar. Amparado por la Reina Virgen se había lanzado a los mares del sur para arrebatarles a los españoles el secreto del paso. Tan celosamente quería guardar la corona española este secreto de estado que hasta había hecho correr la voz de que una peña gigantesca, arrastrada por tormentas ciclópeas, había caído sobre la boca del estrecho ocultando para siempre su entrada. Los ingleses no creyeron la historia y menos que menos Drake. Aquí Donovan se rio entre dientes y dijo en voz alta “¡Cómo para creerla!”. Alarmados, los españoles comprobaron cómo el estrecho, rebelde a todo conocimiento marinero, fue cubierto por Drake en diecisiete días. Sucesivas tormentas habían empujado escuadras enteras, tanto españolas como inglesas, hacia el sur, a latitudes nunca alcanzadas, hasta ser tragadas por la helada boca de lo desconocido. El propio Drake, una vez cumplido su extraordinario curso y cuando se asomaba al Pacífico, fue arrastrado con toda su escuadra más y más abajo, donde el mundo se terminaba en una nada inimaginable. Solo que Drake, perdida la mitad de sus barcos, volvió para contarlo. Donovan se puso de pie, exaltado. La lectura excitaba su ánimo con aquellas imágenes de naufragios y cuerpos arrancados de las cubiertas. Cerró el libro, incapaz de seguir leyendo, y se quedó inmóvil, mirando el rincón vacío donde durante tantos años Nahuel se echaba a dormir. Entró en el cuarto y se tiró vestido en la cucheta. El viento había empezado otra vez su letanía. Se revolvió inquieto. Hacía mucho que no dormía bien. “Todo debe estar bajo control”, repitió, la mirada fija en un ángulo del techo. Pasaron dos, tres horas, no supo cuántas en realidad, en las que dormitó de a rachas. En un momento, completamente despierto, se sentó en la cama. ¡Allí estaba otra vez! Detrás del monótono silbido, desde el fondo de la noche, llegaba la melodía apenas audible pero perfectamente nítida de un violín. No era posible confundirlo. De un salto estuvo de pie en el medio del cuarto. No era en el viento, sino detrás del viento de donde venía aquella tristísima música de un violín solo. Caminó de un lado al otro sacudiendo la cabeza. Siempre había ocultado estas… ¿cómo llamarlas? debilidades. Tal vez sus compañeros las experimentaban y, de igual modo que él, no lo decían, ni se decidían por una confidencia que podía ser tomada como falta de valor. Se quedó inmóvil. Aquí estaba otra vez esa música del infierno. Se adelgazaba y bajaba, pero volvía, plañidera. “Es el viento”, dijo en un susurro. Se pegó a la pared respirando agitado. “Ya se va, ya se va”, repitió en voz baja. Pero hubo algo que lo dejó sin aliento. Algo más se escuchaba detrás de la melodía lúgubre. Una nota más baja y oscura, como una mancha sonora que latía una y otra vez. Callaba y volvía. ¿Algún batiente? ¿Algo que había quedado mal cerrado, arriba? Cesó. Desapareció. Al cabo de pocos segundos, los oídos alertas de Donovan volvieron a registrar aquella nota distante. Ladridos. Apagados, en sordina. Su cuerpo vibró como una lámina de metal que recibe un golpe seco. El ladrido quejumbroso, inconfundible de… En el momento en que se lanzaba sobre la puerta para salir, se paró en seco. “¡No! –murmuró con los dientes apretados– ¡Esto no existe!”. No había ladridos ni violines, no había nada de nada. Eran las trampas de la noche. Una ebriedad de los sentidos, un engaño de los elementos que se volvían contra él reduciéndolo a un miedo miserable. En aquellas latitudes, todo parecía otra cosa. Las jugarretas del mar, que podía producir espejismos como el desierto, a causa de las diferentes temperaturas del agua y la atmósfera. Cierta vez había sufrido esas confusiones. Un albatros posado sobre el agua le pareció tan grande como un barco; más tarde, había tomado un banco de bruma por una montaña, y dos focas dormidas sobre las piedras de una playa, por dos enormes ballenas varadas. Pocos días más tarde, el fenómeno se repitió, pero a la inversa, el mundo se había empequeñecido y seres y barcos eran mínimas reducciones de la realidad. En el faro, un gozne oxidado podía sonar toda la noche, como el quejido de un moribundo. “Todo está bajo control”, repitió Donovan, las palmas abiertas empujando el aire, mirando hacia la mesa, como si en la silla vacía estuviera sentado alguien invisible. Súbitamente, la melodía del violín y los ladridos cesaron. Se oyó entonces el ruido turbulento de las olas azotando las rocas, a los pies del Faro. Un vacío de alivio cayó sobre la espalda fatigada de Donovan. Con cuidado, como el que teme romperse, se acostó. En el acto, se hundió en el sueño como en un pozo. El día lo recibió con un sopor cansado. El otoño terminaba y amanecía muy tarde. Subió a la torre y apagó la óptica. El mar gris, con correntadas de un verde casi negro, estaba más tranquilo que la víspera. Hacia el sudeste, divisó una forma en el horizonte. Enfocó con el larga-vista. Un gigantesco iceberg derivaba en la corriente, rodeado por otros más pequeños, como un transatlántico escoltado por una escuadra de botes en su salida al océano abierto. La mole semejaba una montaña flotante, despidiendo torrentes de agua por sus cavernas cuyas bocas se abrían a diferentes alturas. Tomó los datos meteorológicos, ordenó los elementos de trabajo y unos minutos después bajaba a servirse una taza de café. Había recobrado toda su lucidez y a pesar de que se sentía débil, consecuencia de la mala noche pasada, se encontraba sereno y dispuesto a la tarea del día. Se puso el equipo de abrigo y salió. Aunque opaco y glacial, no estaba malo el día. En dos semanas llegaría el barco de los víveres y entonces pediría su urgente relevo. Este pensamiento lo tranquilizó por completo. Decidió que cruzaría en el bote hasta el otro lado de la bahía a buscar nidos de cormoranes. Se daría una cena con huevos frescos y cholgas. Durante los diez días de la agonía de su perro, por no dejarlo solo, había comido comida enlatada y galleta. Subió al bote y empuñó los remos. Todo estaba inmóvil, gris y nítido. No se veía volar ni un pájaro. “Va a nevar”, dijo torciendo la boca como si hablara con alguien sentado a su lado, en el bote. “Dios mío, el invierno polar…”, murmuró meneando la cabeza. Lo golpeó la vaharada acre de la isla de los lobos marinos. Las rocas permanecían desiertas, la colonia no estaba, ni siquiera uno había quedado. Habrán salido como yo en procura de su cena, pensó Donovan. Saltó del bote y lo arrastró unos metros por el borde angosto entre el agua y la montaña. Desde allí veía la mancha clara del plumón de un nido. Trepando por las piedras con la canasta en bandolera, recogió algunos huevos y unos cuantos moluscos. En la quietud helada, empezó a nevar. Los copos, llevados de un lado a otro por el viento, rodearon a Donovan y espolvorearon de blanco su gorro y sus hombros. Empujó el bote hacia el agua y subió. Cuando se quitaba la correa de la canasta, lo vio. Asomándose imponente por detrás del abrupto perfil de la isla, como si hubiese estado esperándolo, acechándolo escondido, doblaba lento y majestuoso y aparecía en toda su forma. Un témpano del tamaño aproximado de una casa chica y muy alto navegaba a una lentitud hipnótica, directo hacia él. Uno de los laterales, cortado recto, a pique, era de un blanco denso, antiguo, como si por allí se hubiera separado del iceberg madre. Las otras paredes, irregulares y curvas, horadadas por el agua, habían adquirido una forma vagamente piramidal. La pared lateral que Donovan podía ver solo a medias, se curvaba hacia el interior donde el hielo tomaba una transparencia celeste pálido. En el fondo de la hendidura, vio que el bloque albergaba una mancha más oscura, extraña a la impoluta y transparente materia del agua solidificada. Una mancha con una confusa forma de un núcleo más denso y unos como… ¿filamentos? ¿patas? Atónito, esperó a que la masa de hielo, imponente a medida que se acercaba, ahora podía calcular su altura en unos diez metros, se desplazara hacia el este y pasara, en su sigiloso viaje entre los copos de nieve, frente al bote. Un extraño silencio rodeaba la escena, como si el sonido del viento y el constante golpear de la rompiente se hubieran retirado lejos. La mancha oscura, arriba, en el corazón de iceberg, quedó momentáneamente velada. Maniobró para mantenerse a prudencial distancia, pero el iceberg ejercía, como los cuerpos en el espacio, una atracción sobre el bote que se aproximaba irreprimiblemente a su encuentro. Entonces, en la pálida luz del día, Donovan tuvo una visión que poblaría sus pesadillas en todos los años que le quedaran por vivir, porque ahora el bloque había realizado un leve giro y frente a él, unos metros arriba, un hombre suspendido en su ataúd de hielo, desde el fondo de los siglos, lo miraba. Un hombre con el pelo pegado al cráneo y los ojos abiertos en una cara de una lividez apenas más densa que el hielo. El labio superior recogido mostraba los dientes en una mueca inverosímil, los brazos y las manos de dedos transparentes abiertos a los costados del cuerpo, igual que las piernas, en la actitud del que flota en el agua, las ropas de un desvaído color ocre pegadas al cuerpo momificado que subía y bajaba, inmerso para siempre en su inmóvil trampa mortal. La gorguera, las calzas, la espada… Los ojos desorbitados de Donovan contemplaron aquel cadáver de cuatrocientos años detenido entre la vida y la muerte, porque antes de caer en un estado de semiinconsciencia, alcanzó a ver en un jirón de paño bordado con hilos de oro ennegrecidos el nombre de la Marygold, la nave de la escuadra de Francis Drake, arrastrada por la tempestad hasta aquellas aguas desconocidas y desaparecida en el fondo del abismo oceánico en agosto de 1578. Dos semanas más tarde, la tripulación del barco de abastecimiento encontró en el faro a un hombre al borde de la inanición, que deliraba. No lograron entender de qué hablaba, pero era evidente que no podía continuar en el servicio del Cabo de Hornos y fue inmediatamente relevado.

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Camaradería en la frontera (Gustavo González Cortés)

El faro Cabo Espíritu Santos está ubicado en tierras patagónicas, geográficamente al Sur de la boca oriental del Estrecho de Magallanes en Chile. Al lado del citado faro, se encuentra una repartición de la Armada Argentina, ambas separadas por aproximadamente 30 metros entre sí y por la alambrada que señala claramente la frontera entre ambos países en el hito 1 de la Patagonia. Corría el año 1985, el permanente y fuerte viento que azota las tierras patagónicas cortó la driza que sostenía la enorme bandera del puesto de vigía Argentino, izada en un grueso mástil de 8 metros de alto, cayendo al suelo.

Nuestros hermanos argentinos hacían esfuerzos infructuosos tratando de volver a colocar la driza en el mástil, el intenso viento patagónico y el frío les impedía, volver el pabellón a su lugar, tenían una lucha casi imposible ante la falta de medios, frente a ellos el pequeño pabellón chileno para vientos, diseñado para este tipo de ambientes, flameaba con fuerza y gallardía sin cesar día y noche en su posición, mostrando algunas hilachas que el viento se encargaba de enredar, con su ajada apariencia y flamear constante señalando orgullosamente tierra chilena.

El personal argentino trataba de subir por el mástil, del mismo modo como se sube al palo encebado, con la driza entre los dientes una y otra vez para poder pasar por el rolete sin lograr el objetivo, al ver esta situación salimos y les ofrecimos a viva voz, ¡¡Eh che!!, ¿les prestamos escalera?… Bueno, Che, se escuchó aceptando nuestro ofrecimiento.

Con el beneplácito de ellos y la ayuda que llevábamos cruzamos la alambrada, nuestra escalera, cordeles para hacer firme esta y driza nueva, nos saludamos cordialmente y comenzamos a trabajar, ante el fuerte viento reinante unimos nuestros esfuerzos y luego de luchar con el tiempo logramos volver a su ubicación la inmensa y pesada bandera celeste flameando nuevamente en el vetusto mástil.

En agradecimiento a nuestro desinteresado apoyo, los hermanos argentinos nos invitaron a compartir un exquisito asado patagónico, “regado por algunos mostos” de origen transandino, ese día conversamos amenamente, logrando entablar una muy cordial y sincera amistad, de ahí en adelante la actividad se repitió en ambos lados de la reja por varias ocasiones.

Estar aislado haciendo Patria en un lugar tan remoto como la frontera en la Patagonia, sin dejar de lado las funciones que están dispuestas, no es impedimento para tender una mano a quien lo necesite y por supuesto compartir un rato de esparcimiento estrechando lazos de amistad entre países hermanos.

***

El pequeño faro

Conchita Bayonas

El faro blanco, pequeño y discreto observaba tímidamente todos los días las aguas bravas del Cantábrico, como si mirase al horizonte asomado desde un balcón.

No recibía a los barcos imponentemente cerca de la costa, en medio del batir de las olas, como alguno de sus compañeros, no; él aparecía colgado de una pequeña elevación del terreno en la punta de un cabo que cerraba la bahía.

Sin embargo, cuando había temporales, el agua llegaba hasta él y estaba cansado de aguantar sus embestidas, que azotaban continuamente sus costados: en invierno las tormentas y borrascas, y en verano las galernas. Eran estas las que más le asustaban.

El viento, que se producía casi repentinamente, empezaba como una fresca brisa, hasta que se convertía en un huracán; entonces todas sus paredes crujían bajo su fuerza y temía desmoronarse en cualquier momento, como si fuera un castillo de arena, de los que hacen los niños en la playa.

La humedad se introducía entre sus vigas y ladrillos y, de vez en cuando, sufría de artritis. Solo su escalera de caracol se mantenía vigorosa, aunque se cimbreaba desde el primer peldaño hasta el último, como hacen las palmeras cuando son movidas por el viento.

En la torre estaban las dependencias en donde vivía la familia del farero: José y Lucía con sus dos hijos Pedro y Rosarito. José cuidaba del faro, lo limpiaba, bruñía la escalera de caracol para que estuviese perfecta y lo mantenía siempre encendido, iluminando la bahía cuando la noche era tan oscura, que las miradas de los marineros buscaban desesperados encontrarse con su pequeña luz, señal de que ya estaban en casa.

Entonces, cuando algún barco se acercaba a la costa guiado por él, todos sus sufrimientos se sentían recompensados. Antes, lo encendían con leña, después llegó el petróleo y por último lo electrificaron. Ahora siempre estaba más limpio y tosía menos. Pero de todas formas, él se sentía viejo y sin fuerzas. Había conocido varias familias de fareros, pero afirmaba que a la que más había querido de todas era a la de José.

-Papá, esta escalera de caracol es mágica, en un momento subo desde el suelo hasta el cielo- decía Rosarito a grito pelado mientras se asomaba desde el balconcillo que rodeaba la linterna.

—Es más divertido bajar que subir- le replicaba Pedro deslizándose por la barandilla a una velocidad muy peligrosa para un niño tan pequeño.

—¡Te vas a matar! —le gritaba su madre.

—¡José! tienen que prohibirles que hagan eso. Como sigan desobedeciéndome, me marcho a vivir al pueblo; no puedo estar con el corazón encogido continuamente.

José se divertía viendo a sus hijos deslizarse por ella; era la única distracción que tenían, tan apartados de la ciudad. Las voces de los pequeños alegraban sus paredes y se elevaban por la torre, como la savia sube por los árboles. Un día, de repente, un golpe tremendo contra el suelo cambió las risas de los niños por un grito desgarrador, después un leve quejido y por último el silencio.

José y Lucía habían ido al pueblo a por comida para la semana. Nunca dejaban a los niños solos, pero aquel día se decidieron a hacerlo: Pedro ya era casi un hombre. Al llegar, les esperaba Rosarito en la puerta con los ojos enrojecidos por el llanto y la cara pálida: -Pedro, no se mueve, decía a sus padres.

El pequeño faro- lleno de terror- escuchó una frase que le llenó de esperanza:

-Todavía respira, vamos rápido al hospital, gritaron José y Lucía mientras llevaban el cuerpo del niño en sus brazos. Después de lo que había sufrido aquella mañana, estaba muy triste; en cierto modo se sentía culpable de lo sucedido, así que aquel día, poco a poco se fue apagando, hasta que dejó de alumbrar la pequeña bahía.

Pasaron unos meses que a nuestro amigo se le hicieron eternos, pero una mañana, Pedro y Lucía aparecieron por allí: volvían a por sus pertenecías. Lucía ya no quería vivir en ese lugar, le traía malos recuerdos. A partir de aquel suceso se habían instalado en el pueblo. José abrió la puerta de la torre y, un torrente de vida entró de golpe en el edificio; dentro se volvieron a escuchar risas: eran Pedro y Rosarito; ¡el niño vivía! solo había perdido el conocimiento con el golpe.

La alegría que sintió nuestro amigo fue enorme. Las manos de los niños volvieron a acariciar la barandilla de la escalera y el faro vibró de felicidad al sentirlos ¡no le guardaban rencor! Cuando sacaron todos los paquetes y se cerró la puerta por última vez, el farero miró a su amigo de muchos años y lloró.

Pasó casi un año y, los habitantes del pueblo reclamaron a las autoridades portuarias, la construcción de un faro más moderno, con toda la tecnología que requerían los nuevos tiempos ¡Por fin le dejarían descansar para siempre! Ya nadie le visitaba, solo José, de vez en cuando, subía a verle; abría la puerta y las contraventanas de la torre y, el sol entraba a raudales calentando la vieja construcción.

-Te echo de menos viejo amigo, le decía mientras pasaba la mano por la escalera, las paredes y, acariciaba todos los instrumentos que había en la linterna y que él, durante tanto tiempo, había manejado. Ese era el único momento feliz que le quedaba.

Pasaron los años y, un día quiso la casualidad que se acercara por allí el dueño de un parque de atracciones que, al verlo, se quedó prendado de él. Le encantó la sencillez y la blancura de sus paredes.

—Farito, vas a ser mío; quedarás precioso en la zona reservada a las atracciones acuáticas, dijo mientras observaba detenidamente toda la edificación. Sin pensárselo dos veces, bajó al pueblo y fue a la Comandancia de marina.

-Pues sí señor, como iba diciéndole, su faro estaría de miedo en mis instalaciones infantiles. Si usted me lo vende, antes de que termine el invierno, lo desmontaré y lo volveré a montar en nuestra ciudad. Seguro que queda magnifico con su torre y su linterna bien limpia y brillante.

El comandante hizo las indagaciones precisas para podérselo vender y antes de dos semanas, el faro era propiedad de D. Camilo. Ya no tenía frío ni miedo a las galernas ni dolores en su cuerpo. El clima cálido de su nueva ciudad le había secado todas sus vigas y ladrillos. Ahora solo las risas de los chiquillos importunaban su descanso, pero eso a él no le importaba.

Don Camilo adaptó encima de los peldaños de su escalera un magnifico tobogán, por donde se deslizaban, ahora sin peligro ninguno, todos los niños que lo visitaban. Lo único que no consiguió arreglar fue la linterna, por lo que no volvió a dar luz por la noche.

Una tarde, unos ojos vivarachos le recordaron otros que él había conocido años atrás.

—Está igual que siempre ¡Cuánto hemos echado de menos en el pueblo al viejo faro! No te puedes imaginar la alegría que me has dado María: ¡llevaba tantos años sin verlo! Este faro estuvo siempre unido a mi infancia y, si yo no hubiese sido tan desobediente, no nos hubiésemos ido a vivir al pueblo.

–Ya sabía que te iba a gustar mucho mi regalo de cumpleaños. En cuanto me enteré de que estaba aquí, no lo dudé ni un momento, pensé que debíamos venir a verlo.

—Es la mejor sorpresa que me han dado en mi vida. El faro escuchó la conversación perplejo. No lo podía creer. Tantos años separados y aquí estaba Pedro mirándole embobado: ¡todavía se acordaba de él! Se había convertido en un hombre y aún le quería. Le había llevado siempre consigo como algo importante en su vida. Para él también había sido una gran sorpresa.

Pedro traía de la mano a un niño que se parecía mucho a él.

—Papá quiero montarme en el tobogán.

—No le dejes Pedro, pensó el faro atemorizado, acordándose de otros momentos vividos.

—Ven, Pedrito, quiero que sientas lo mismo que yo, cuando era tan pequeño como tú. Pedro subió por las escaleras con su hijo y le colocó en la parte superior del tobogán.

A nuestro faro se le cortó la respiración mientras observaba como Pedrito se deslizaba suavemente por sus curvas. Ahora se daba cuenta de verdad, de que Pedro nunca le culpó a él de su caída. El niño por fin estaba en el suelo sano y salvo. Con su nuevo tobogán, no había que preocuparse. Los niños estaban seguros.

Sin darse cuenta, la felicidad que le invadió fue como una descarga, como una corriente eléctrica que subió por las paredes hasta la linterna y, sin saber cómo empezó a alumbrar tímidamente todo el parque. Después fue aumentando la intensidad, hasta que su luz llegó a iluminar toda la ciudad.

Don Camilo no se lo podía explicar:

—Parece mentira, he intentado durante años que la linterna iluminase el parque y nunca lo he conseguido y, ahora, sin venir a cuento ilumina todo el vecindario.

Pedro reconoció la luz que se desprendía de la torre. La había visto así muchas veces cuando algún barco, en noches de tormenta, llegaba a la costa sano y salvo, y sabía lo que significaba: era la forma que tenía su faro de recibir y dar la bienvenida a todos sus amigos. Era su forma de expresar que, otra vez, había recobrado la alegría.

***

El faro

Traducción de Mónica Lavín

Autor: Arturo Vivante

Donde terminaba el malecón y empezaba el muelle estaba el viejo faro, blanco y redondo, con una pequeña puerta, una ventana circular hasta arriba y una inmensa linterna. La puerta estaba usualmente entreabierta y se podía ver una escalera de caracol. Era tan invitadora, que un día no pude resistir aventurarme en su interior, y una vez dentro, subir. Tenía trece años, un niño alegre de pelo oscuro; mi paso cargaba la mitad de mi peso actual en todos sentidos, y podía entrar a lugares donde no lo puedo hacer ahora, deslizarme con ligereza y sin escrúpulos de si sería bien recibido.

El pueblo -un balneario a la orilla del mar con un buen puerto en Gales del Sur- era ajeno a mí. Mi casa estaba muy lejos del mar, en un pueblo italiano en las montañas, y había sido enviado a Gales por mis padres para pasar el verano, quedarme con amigos y mejorar mi inglés. Nunca antes había salido de Italia. El pueblo lejano, el mar, las vacaciones, el verano, todo se sumaba a mi júbilo. El año también. Era 1937, e Inglaterra había comenzado a rearmarse; había una sensación de despertar en el aire. “En Bristol”, recuerdo que el jefe de familia donde me quedaba decía en voz baja y con una sonrisa agazapada, “están construyendo más de cien aviones al mes.” Las amenazas, escarnios y alardes de los fascistas estaban frescos en mis oídos, así que me hacía muy feliz escuchar esto. Todo me hacía feliz. Observaba a las gaviotas volar en círculo, salvajes; hacían parecer mansos a los petirrojos en el pasto. En Italia, excepto las palomas en las plazas, las aves nunca se acercaban. Miraba a las olas chocar contra el muelle con una violencia de la que nunca había sido testigo, después rebotar para encontrarse y apaciguar la bravura de la siguiente. Hice muchas cosas que nunca había hecho antes -volé papalotes, patiné en ruedas, exploré cuevas tapizadas con estalactitas, chapoteé en los charcos que dejara la marea, visité un faro.

Visité un faro. Subí la escalera de caracol y toqué a la puerta hasta arriba. Me abrió un hombre que parecía la imagen de lo que un farero debía ser. Fumaba una pipa y tenía una barba canosa. Como un hombre de mar, llevaba una gruesa chaqueta azul marino con botones dorados, pantalones haciendo juego y botas. Sin embargo, también tenía algo de la tierra —una mirada bien puesta, plantada con firmeza, y sus botas podían haber sido las de un campesino. Bañados por el océano, sostenidos por la roca, el faro y su cuidador estaban en medio, sobre la delgada y larga franja de agua y tierra, perteneciendo a ambos y a ninguno.

“Entra, entra”, dijo y de inmediato, con ese particular poder que tienen algunas personas de ponerte a gusto, me hizo sentir como en casa. Parecía considerar muy natural que un niño viniera a visitar su faro. Desde luego un niño de mi edad lo querría, toda su actitud parecía estarlo diciendo -debía haber más personas interesadas en él, más visitas. Prácticamente me hizo sentir que él estaba allí para enseñar el lugar a los extranjeros, como si ese faro fuera un museo o una torre de importancia histórica.

Bueno, no era nada de eso. Estaban los barcos, y ellos dependían del faro. Sus mástiles estaban a nuestro nivel. Las gaviotas cruzaban por las ventanas a cada lado. Afuera del puerto estaba el Canal de Bristol, y en el lado opuesto, apenas visible, a unas treinta millas de distancia, la costa de Sommerset como un banco de nubes. A nuestra espalda estaba el pueblo con sus techos de pizarra, y el malecón con sus caminantes que no advertían ser observados desde arriba.

Tenía un gran telescopio -el latón muy bien pulido- sobre un pedestal y apuntando al mar. Dijo que podía mirar a través de él. Vi un barco bajar por el Canal de Bristol, una ola rompiendo a lo lejos -su salpicar, la espuma- y escarpados distantes y gaviotas volando. Algunas estaban tan cerca que eran sombras rápidas sobre el campo de visión; otras, muy distantes, parecían apenas moverse, como si descansaran en el aire. Yo descansé con ellas. Aún otras, volando en línea recta, aleteando con firmeza, progresaban muy poco a través del pequeño círculo, tan amplio era el círculo de cielo que el telescopio abarcaba.

“Y esto”, dijo, “es un barómetro. Cuando la manecilla se hunde, hay una tormenta en el aire. Ahora señala `Variable’. Eso quiere decir que en realidad no sabe lo que va a pasar, como nosotros. Y eso”, agregó, como alguien que está dejando la mejor parte para el final, “es la linterna.”

Levanté la vista hacia el inmenso lente con su bulbo de muchos miles de bujías en el interior.

“Así es como lo enciendo en el crepúsculo.” Se dirigió a la caja de controles cerca de la pared y puso la mano en una palanca.

No pensé que lo encendería solo por mí, pero lo hizo, y la luz apareció, lenta y poderosamente, como lo hacen las luces fuertes. Podía sentir su calor sobre mí, como el del sol. Yo brillaba con aprecio, y él se veía satisfecho. “¡Chispas, es maravilloso. Súper!”, eExclamé y lancé todas las nuevas palabras elogiosas que había aprendido –las viejas también, como “hermoso”’ y “encantador”’.

“Se queda prendido por tres segundos y apagado por dos. Uno, dos, tres; uno, dos”, dijo marcándole el tiempo, como un maestro dando una lección de piano, y la luz parecía obedecer. En verdad sabía cuánto tiempo exactamente permanecía encendida. “Uno, dos, tres”’ dijo y bajó la mano como un director de orquesta. Después con las dos, como el Creador, parecía pedir por la luz, y la luz llegaba.

Yo miraba encantado.

Apagó la lámpara. Se extinguió despacio. “¿De dónde eres?”’, me preguntó.

“De Italia”.

“Bueno, todas las luces de distintas partes del mundo tienen ritmos distintos. Un capitán de barco, mirando esta y tomándole el tiempo, sabría cuál es este faro.”

Asentí.

“Ahora, ¿querrías una taza de té?”’, dijo. Tomó una taza y una jarra azul y blanco de la alacena y vertió el té. Después me dio una galleta. “Debes venir y ver la luz en la oscuridad alguna vez”’, dijo.

Una noche volví allí ya tarde. La luz del faro iluminaba un gran estrecho del mar, los barcos, el malecón; y la oscuridad que seguía parecía más oscura que nunca. Tan oscura, tan penetrante y tan duradera que la luz de la linterna, poderosa como era, no parecía más fuerte que la de una luciérnaga y casi tan efímera.

Al final del verano regresé a Italia. Para la Navidad compré un panforte –un tipo de panqué de frutas, la especialidad del pueblo donde vivía– y lo mandé al farero. No pensé que lo volviera a ver otra vez, pero al año siguiente estaba en Gales, no de vacaciones sino como refugiado. Una mañana después de haber llegado, fui al faro para enterarme de que el viejo se había retirado.

“De todas maneras, todavía viene”’, dijo el hombre mucho más joven que ahora ocupaba su cargo. “Lo encontrarás sentado afuera cada tarde, si el clima lo permite.”

Regresé después de la comida y allí, sentado en una saliente del faro junto a la puerta, fumando su pipa, estaba mi farero con un perro pequeño. Parecía más pesado que el año anterior, no porque hubiera subido de peso sino porque parecía haber sido colocado en esa saliente y que no se podría desprender de allí sin ayuda.

“Hola”’, dije, “¿Me recuerdas? Vine a verte el año pasado”.’

“¿De dónde eres?”.’

“De Italia”.

“Ah, yo conocí a un niño de Italia. Un niño muy agradable. Me mandó un panqué de frutas para Navidad”.

“Era yo”.

“Ah, era un niño estupendo.

“Yo fui el que lo mandó”.

“Sí, vino de Italia. Un niño muy agradable”.’

“Yo, yo, era yo”, insistí.

Me miró directo a los ojos por un momento. Sus ojos me descontaron. Me sentí como un intruso, alguien que intentaba tomar el lugar de otro sin tener derecho a ello. “Ah, era un niño muy agradable”’, repitió como si el visitante que veía ahora nunca pudiera igualar al del año pasado.

Y viendo que tenía tan hermoso recuerdo de mí, no insistí más; no quería destruir el cuadro. Estaba en el momento de la vida en que los niños de pronto se vuelven torpes, pierden lo que nunca podrá ser ganado de nuevo -una mirada floreciente, una frescura temprana- y entran en una etapa desacostumbrada en donde cientos de cosas se las ingenian para estropear la gracia de su ejecución. Yo no podía ver este cambio, este extraño periodo en mí, desde luego; pero de pie frente a él, sentí que nunca podría -nunca sería posible- ser tan agradable como había sido el año anterior.

“Ay, era un niño muy agradable”’, dijo de nuevo el farero y pareció perderse en sus pensamientos.

“¿Lo era?’”, dije como si estuviera hablando de alguien que yo no conocía.

***

El último faro (Lazurus Kilyx)

El intenso viento de otoño golpeaba sobre las rocas sueltas haciendo girar a las más pequeñas. En el telón oscuro de la noche, la luna fría y redonda iluminaba al faro con su reflejo de tal manera, que daba la impresión de ser más blanco que lo habitual, como si estuviese construido en mármol puro.

Nicolás se encontraba sentado en la cabina de aquel último faro del mundo, ubicado muy al sur, donde nadie se atrevía a ir. Esta antigua torre estaba construida desde hacía muchísimo tiempo, sobre las ásperas rocas que sobresalían del mar. No existía nada más en aquel sitio, solo ripio y un viento voraz, ni habitantes ni casas. Y el pueblo más cercano a 140 kilómetros de distancia.

Tres generaciones habían estado encargadas de custodiar el lugar, guiando a los barcos fuera de los peligros existentes del mar. Los tiempos habían cambiado, primero su abuelo que orientó a cientos de barcos por días y días, y cuyos capitanes le contaban historias sorprendentes que él a su vez le contaba a su hijo y este a su propio hijo, Nicolás, que aprendía las leyendas sobre el mar.

Y como todo en la vida, las cosas fueron cambiando, y por estos lugares, ya no pasaban los barcos como lo hacían antes, todo se encontraba completamente desolado, y muchas veces Nicolás se sentía la última persona en el fin del mundo. Lo acompañaba su soledad, y lo único interesante que sucedía era que, en cada otoño, pasaba por esas aguas un barco blanco, con sus velas del mismo color, proveniente del sur, con un andar siempre calmo y pausado, y que por más que las olas lo golpeasen o las tempestades arremetiesen sobre el mismo, no mutaba su andar.

En cada oportunidad, sentía que el barco lo llamaba para emprender un viaje fantástico. Esta vez Nicolás corrió sobre el muelle rocoso, hasta llegar a la nave, vio al capitán de barba blanca que le hacías señas, para unirse a su aventura, y así lo hizo. Al subir al barco, notó la sincronía de los marineros que cantaban y remaban al unísono, mientras navegaban por las aguas oscuras. Se acercó para hablar con el capitán y este le contó que se dirigirían más allá del sur, recorriendo varias islas adonde muy pocos marineros han ido, islas que no se encuentran en los mapas y que están ubicadas más allá de lo conocido.

Cuando amanecía sobre el mar, pudo observar a la distancia un verde profundo sobre unas tierras remotas, se veían enormes arboledas y las columnas blancas de inmensos templos. Al aproximarse más a esas playas, el capitán le contó sobre ese lugar, la tierra de “Novix”, el lugar donde habitaban los sueños e ideas que encienden a los hombres una sola vez en su vida para luego ser completamente olvidados. Y así, al mirar otra vez aquellas tierras notó que el hombre de barba tenía razón, se advertían figuras e inventos majestuosos y excepcionales, que jamás habría imaginado.

En aquellas tierras deambulaban poetas adolescentes que murieron en la pobreza sin que nadie supiese lo que habían soñado. No desembarcaron en estas tierras. El capitán le dijo entonces, que quien se atreviese a pisar aquel suelo, nunca más podría salir de ahí. Continuaron su viaje y vieron otra tierra.

El capitán dijo: es “Noryan”, la tierra de las mil maravillas. Cuando pasaron muy cerca de sus costas, vio que las cúpulas de sus templos se perdían en las nubes blancas del cielo; eran impresionantemente altas. En los murallones grises se distinguían tejados misteriosos y espeluznantes, estatuas seductoras y calles hechas como de huesos humanos.

Tal fue la atracción que Nicolás sintió que le imploró al capitán poder atracar para recorrer aquel lugar, pero aquel amablemente se rehusó, le dijo que muchos habían entrado a “Noryan”, la ciudad de las mil maravillas, y ninguno había vuelto, solo entidades demoniacas y perversas que dejaron de ser humanas deambulaban por aquellas callejuelas. Esta transformación era producida al cruzarse con el rey oscuro de aquellas tierras.

Y así el barco siguió su curso durante muchos días, tras un pájaro que volaba rumbo al sur. Su plumaje era rojizo. Tiempo después arribaron a otras tierras, con hermosas flores de múltiples formas y colores, y arboledas de fondo con una música celestial. Cautivado por semejante cuadro, les rogó nuevamente al capitán, atracar en aquellas playas. El hombre de barba no dijo nada pero lo observó detenidamente.

Al pasar el barco por aquel lugar, se produjo un fuerte viento que llenó todo de un fuerte hedor a muerte, de cuerpos corrompidos, de cementerios exhumados, de un lugar arruinado por la peste. Mientras partían presurosamente de aquellas tierras, el capitán dijo: eso es “Kiliox”, el país de los goces insatisfechos.

Y nuevamente el barco siguió al pájaro rojizo, y así pasaron los días de aguas calmas y fragancias agradables, hasta que finalmente una noche de luna, anclaron en el puerto de “Enyx”. La entrada era un arco de cristal, en este lugar que era el país de la fantasía, lo más parecido al paraíso que Nicolás hubiese imaginado.

En este lugar no existía el tiempo ni el espacio, ni el dolor ni la muerte, ni la maldad. Allí permaneció muchísimo tiempo, años quizás, recorriendo cada rincón interminable de aquellas tierras, con hermosas flores y fragancias, fantásticos templos y castillos. En aquel lugar eran todos plenamente felices y libres.

Una noche, vio nuevamente y después de mucho tiempo al pájaro rojizo volando bajo la luna llena. Nicolás sintió la necesidad de abandonar aquel paraíso y continuar su camino hasta llegar a las tierras de “Kiilyon” lugar donde habitan los dioses, donde llegan las aguas de todos los mares existentes.

El capitán no quería abandonar “Enyx”, pero no podía dejar partir solo a Nicolás, así que subieron al barco y siguieron su curso hacia a la tierra de los dioses. El hombre de barba siempre le repetía que deberían volver, que no tendrían que seguir adelante, pero Nicolás estaba obsesionado con aquellas tierras.

Cuando se cumplieron 31 días de perseguir a aquel pájaro rojizo, finalmente habían llegado a la entrada de “Kiilyon”. Eran dos enormes esfinges con caras felinas donde el agua caía de sus bocas generando una bruma impresionante sin poder divisar más allá. El barco siguió navegando y una vez que hubieron traspasado aquellas inmensas estatuas, no se encontraron en las tierras de “Kiilyon”, sino en aguas sumamente tumultuosas, y así el barco no pudo controlar su curso ni maniobrar y la fuerte corriente se lo llevó con muchísima fuerza.

Caían rayos sobre la nave, hasta que sucedió lo peor. Se escuchó un ruido de cascada. Allí adelante se encontraba una gigantesca catarata donde los océanos del planeta se hundían en un abismo, todos gritaban desesperadamente con caras de espanto mientras el capitán repetía, “Nunca debimos venir, ahora es demasiado tarde, el poder de los dioses esta sobre nosotros”.

Nicolás solo atinó a acurrucarse y cerrar los ojos, y así el navío cayó en las profundidades del abismo, entre gritos y personas volando, para luego perderse en la bruma, y esto fue lo último que vio.

Al abrir los ojos, se encontraba en la cabina de la torre del faro. Miró el reloj en la pared y el tiempo no había transcurrido, eran la misma hora y el mismo día en que había partido. Al día siguiente en los acantilados encontró parte de un mástil blanco entre las rocas y un pájaro rojizo muerto.

Y el barco blanco nunca más apareció por aquellas aguas.

***

La banda de Kongre

Capítulo IV de El Faro del fin del mundo

Si Vázquez, Felipe y Moriz se hubiesen trasladado hasta el extremo occidental de la Isla de los Estados, hubieran podido comprobar cuánto difería este litoral del que se extendía entre el cabo San Juan y la punta Several.

Ahí no había más que rocas, que se elevaban hasta 200 pies de altura, la mayor parte de ellas cortadas a pico y prolongándose bajo aguas profundas, incesantemente batidas por violenta resaca, aun en tiempo de calma. Delante de estas áridas rocas, en cuyos intersticios anidaban millares de aves marítimas, destacábanse un buen número de arrecifes, que se prolongaban hasta dos millas mar adentro. Entre ellas se situaban estrechos canales de pasos practicables tan solo para barcas de muy poco calado. No faltaban grandes huecos cavernosos, grutas profundas y secas, obscuras, de angostísima entrada, el interior de las cuales no era aireado por las ráfagas ni barrido por las olas, ni aun en la temible época del equinoccio. Para ganar por aquella parte la meseta central de la isla, hubiera sido necesario franquear cuestas de más de 900 metros de altura, y la distancia no bajaría de 15 millas. En resumen, el carácter salvaje, desolado, acentuábase más de este lado que por el litoral opuesto, en el que se abría la bahía de Elgor.

Aunque el oeste de la Isla de los Estados estaba protegido contra los vientos noroeste por las alturas de la Tierra del Fuego y del archipiélago magallánico, el mar se desencadenaba con tanto furor como en el cabo San Juan, la punta Diegos y la Several. De suerte que, si se había establecido un faro del lado del atlántico, no era menos necesario otro en la parte del Pacifico para los barcos que buscasen el estrecho de Lemaire, después de doblar el cabo de Hornos. Tal vez el gobierno chileno pensase ya en seguir el ejemplo de la República Argentina.

En todo caso, de haber comenzado al mismo tiempo los trabajos en los dos extremos de la Isla de los Estados, se hubiera comprometido la situación de una banda de bribones que se había refugiado en las cercanías ¿el cabo San Bartolomé.

Algunos años antes, estos malhechores se habían instalado en la entrada de la bahía de Elgor, descubriendo una profunda caverna oculta entre el acantilado. Esta caverna les ofrecía un seguro asilo, y desde entonces ningún barco que hiciese escala en la Isla de los Estados podía considerarse en seguridad.

Estos hombres, una docena en total, tenían por jefe a un individuo llamado Kongre. a quien un tal Carcante servía de segundo.

Toda esta escoria era originaria del sur: cinco de ellos procedían de la Argentina o de Chile; los otros, reclutados por Kongre, no habían tenido más que pasar el estrecho de Lemaire para completar la banda en aquella isla, que ya conocían por haber pescado en sus aguas durante el estío.

De Carcante sabíase que era chileno, pero hubiera sido bien difícil especificar en qué ciudad o aldea de la república había nacido y a qué familia pertenecía. De treinta y cinco a cuarenta años de edad, de mediana estatura, más bien delgado, pero todo nervios y músculos, y por lo tanto, vigoroso en extremo, de carácter taimado y de alma perversa, jamás hubiese retrocedido ante un robo o un crimen que perpetrar.

Del Jefe nada se sabía. Jamás había dicho cuál era su nacionalidad. ¿Se llamaba realmente Kongre? Tampoco se sabía. Lo único seguro era que este nombre es muy corriente entre los indígenas del archipiélago magallánico y de la Tierra del Fuego. Cuando el viaje de la Astrolabe y de la Zélée, el capitán Dumont dUrville, al hacer escala en el abra Peckett, en el estrecho de Magallanes, recibió a bordo a un patagón que se llamaba así. Pero era dudoso que este Kongre fuese originario de la Patagonia. No tenía el rostro estrecho por arriba y ancho en su parte inferior, que caracteriza a los hombres tic esta comarca: la frente estrecha, los ojos prolongados, la nariz aplastada, la estatura, por regla general, elevada. Además, su fisonomía, en conjunto, estaba lejos de presentar la expresión de dulzura que se encuentra en la mayor parte de estos pobladores.

Kongre era un temperamento tan violento como enérgico, lo que se reconocía al primer golpe de vista, al mirar sus rasgos duros, mal disimulados bajo la espesa barba, que ya empezaba a blanquear, aunque no pasaba de los cuarenta. Era un verdadero bandido, un temible malhechor capaz de todos los crímenes que no había podido encontrar otro refugio que aquella isla desierta, el litoral de la cual únicamente él conocía.

Pero, después de encontrar refugio, ¿Cómo habían conseguido subsistir en ella Kongre y sus compañeros?

Esto es lo que vamos a explicar sucintamente.

Cuando Kongre y su cómplice Carcante, a consecuencia de una fechoría que les hubiera valido la horca o el garrote, huyeron de Punta Arenas, el principal puerto del estrecho de Magallanes, ganaron la Tierra del Fuego, donde hubiera sido difícil perseguirles. Allí, viviendo entre los pescadores, supieron cuan frecuentes eran los naufragios en la Isla de los Estados, que todavía no alumbraba el faro del Fin del Mundo. No había duda que aquellos parajes debían estar llenos de restos de barcos náufragos, algunos de los cuales debían ser de gran valor. Kongre y Carcante concibieron entonces la idea de organizar una banda de recogedores de restos, con dos o tres bandidos de su calaña, a los que se añadirían unos cuantos pescadores, que no valían más que ellos. Una embarcación indígena les transportó a la orilla del estrecho de Lemaire. Pero aunque Kongre y Carcante eran marinos y habían navegado bastante tiempo por los parajes sospechosos del Pacífico, no pudieron evitar una catástrofe. Un golpe de mar los echó hasta el este, y las olas destrozaron su embarcación contra las rocas del cabo Colnett, en el momento en que se esforzaban en ganar las aguas tranquilas del puerto Parry.

Entonces fueron a pie hasta la bahía de Elgor, y no vieron defraudadas sus esperanzas. La playa, entre el cabo San Juan y la punta Several, estaba cubierta de despojos de naufragios antiguos y recientes: fardos, cajas de provisiones capaces de asegurar la subsistencia de la banda durante mucho tiempo; armas, revólveres y fusiles, que podrían ponerse en estado de servicio; municiones bien conservadas en sus cajas metálicas; barras de oro y plata de gran valor, procedentes de ricos cargamentos australianos; muebles, planchas, maderas de todas clases y algunos fragmentos de esqueletos; pero ningún superviviente de los siniestros marítimos.

Los navegantes sabían a qué atenerse respecto a esta temible Isla de los Estados. Todo barco que la tempestad lanzaba de este lado se perdía irremisiblemente.

No fue en el fondo de la bahía donde Kongre se estableció con sus compañeros, sino a la entrada, lo que convenía más a sus proyectos, pues así podía vigilar el cabo San Juan. La casualidad le hizo descubrir una caverna, cuya entrada estaba oculta bajo espesas plantas marítimas, suficientemente espaciosa para alojamiento de toda la banda. Situada al reverso de un contrafuerte del acantilado, en la orilla norte de la bahía, nada tenía que temer de los vientos del mar. Se transportó a ella todo lo que podía servir para acondicionarla: muebles, vestidos, conservas, barricas de vino… Una segunda gruta, vecina a la primera, servía para almacenar todo lo que no tenía una aplicación inmediata: las barras de metales preciosos, las alhajas, los diversos objetos arrojados por las olas sobre la playa. Si más tarde Kongre conseguía apoderarse traidoramente de un barco fondeado descuidadamente en la bahía, lo cargaría con todo este pillaje y regresaría a las islas del Pacífico, teatro de sus antiguas piraterías.

Como hasta entonces no se había presentado la ocasión, los malhechores no habían podido abandonar la Isla de los Estados. Verdad es que en el espacio de dos años su riqueza no cesó de aumentar. Produjéronse en este tiempo otros naufragios, de los que sacaron gran provecho. Y hasta, siguiendo el ejemplo de otros miserables, ellos mismos provocaron las catástrofes en las noches de tormenta, llamando la atención de los barcos hacia los arrecifes por medio de luces u hogueras, y si alguno de los náufragos lograba ganar la costa era inmediata y despiadadamente sacrificado. Tal fue la obra criminal de estos bandidos, cuya existencia se ignoraba.

Sin embargo, la banda continuaba prisionera en la isla. Kongre había podido provocar la pérdida de algunos barcos, pero no atraerles hacia la bahía de Elgor, donde hubiera intentado un golpe de mano. Por otra parte, ningún barco había hecho escala en el fondo de la bahía, poco conocida de los capitanes, y aunque así hubiera sido, era menester que la tripulación fuera escasa para no poder hacer frente a aquella pandilla de bandidos.

El tiempo transcurría; la caverna estaba abarrotada de cosas de gran valor. Ya puede suponerse cuál sería la impaciencia, la rabia de Kongre y de los suyos. Era el eterno tema de la conversación entre Carcante y su jefe.

—¡Estar varados en esta isla como un barco en la costa, cuando tenemos un cargamento que vale más de cien mil piastras!.

—¡Sí —contestaba Kongre—, es preciso partir, cueste lo que cueste!

—¿Cuándo y cómo? —replicaba Carcante.

Y esta pregunta quedaba sin respuesta.

—Nuestras provisiones acabarán por agotarse —añadía Carcante—. Si la pesca da lo que nos hace falta, puede faltar la caza. Y luego, ¡Qué inviernos hemos pasado en esta isla!. ¡Mil rayos!. ¡Cuando pienso en los que todavía nos quedan!.

A todo esto, ¿Qué podía decir Kongre? Era poco locuaz, poco comunicativo ¡Pero qué cólera bullía en su interior al sentir su impotencia!

No podía hacer nada, ¡nada!. Si, a falta del barco que la banda deseaba sorprender en el fondeadero, alguna embarcación se aventurase hacia el este de la isla, Kongre podría intentar que, si no él, Carcante y uno de los chilenos fuesen recogidos a bordo, y una vez en el estrecho de Magallanes, se presentaría ocasión de ganar Buenos Aires o Valparaíso. Con el dinero que poseían en abundancia, se compraría un barco de ciento cincuenta o doscientas toneladas, que Carcante, con algunos marineros, conducirían a la bahía de Elgor. Una vez en la caleta, se desembarazarían de la tripulación, y la banda se embarcaría con sus riquezas para ganar las Salomón o las Nuevas Hébridas.

En tal estado estaban las cosas, cuando, quince meses antes de los comienzos de esta historia, se modificó bruscamente la situación.

A principios de octubre de 1858 un vapor, con pabellón argentino, apareció a la vista de la isla, maniobró de tal suerte, que no había duda se proponía entrar en la bahía de Elgor.

Kongre y sus compañeros reconocieron desde luego que era un barco de guerra, contra el cual nada podían intentar. Después de haber hecho desaparecer todo rastro, y disimulado la entrada de las dos cavernas, se refugiaron en el interior de la isla, en espera de la retirada del barco.

Era el Santa Fe, procedente de Buenos Aires, que llevaba a bordo un ingeniero, encargado de la construcción de un faro en la Isla de los Estados, y que iba a determinar su emplazamiento.

El “aviso” permaneció más que algunos días en la bahía de Elgor, y zarpó sin haber descubierto el nido de la banda de Kongre.

Carcante, que se había aventurado de noche hasta la caleta, pudo averiguar por qué el Santa Fe había hecho escala en la Isla de los Estados. ¡Iba a construirse un faro en el fondo de la bahía de Elgor! La banda no tenía más remedio que abandonar aquellos lugares.

Kongre tomó el único partido posible. Conocía perfectamente la parte oeste de la isla, en los alrededores del cabo San Bartolomé, donde otras cavernas podían asegurarle refugio. Sin perder un día —puesto que el “aviso” no debía tardar en volver con los obreros para dar comienzo a los trabajos—, se ocuparon de transportar todo lo indispensable para asegurarles un año de vida, creyendo, con razón, que a aquella distancia del cabo San Juan no corrían el riesgo de ser descubiertos. No tenían tiempo suficiente para desocupar las dos cavernas, y tuvieron que limitarse a retirar la mejor parte de las provisiones, conservas, vinos, vestidos y algunos de los preciosos objetos que guardaban. Luego, disimulando cuidadosamente las entradas con piedras y hierba seca, dejaron lo demás bajo la custodia del diablo.

Cinco días después de su partida, el Santa Fe reaparecía de mañana a la entrada de la bahía y fondeaba en la caleta, desembarcando acto seguido los obreros y el material que conducía. Los trabajos empezaron desde luego, y como ya sabemos, llevados a cabo rápidamente.

La banda Kongre no tuvo más remedio que ocultarse en el cabo San Bartolomé. Un arroyo, alimentado por el deshielo, proporcionaba la cantidad de agua necesaria. La pesca y la caza les permitieron economizar las provisiones que habían llevado desde la bahía.

¡Pero con qué impaciencia Kongre, Carcante y sus compañeros esperaban que el faro fuese concluido y que el Santa Fe partiese, para no volver hasta tres meses después, cuando llevara el relevo!

Dicho se está que los bandidos estaban al corriente de todo lo que se hacía en el fondo de la bahía. Bien fuera alejándose por el litoral, aproximándose hacia el interior u observando desde las alturas que bordean el abra New-Year, pudieron ir dándose cuenta del estado de los trabajos y calcular en qué fecha terminarían.

Entonces sería el momento en que Kongre pondría en ejecución un proyecto detenidamente meditado. Y quién sabe si mientras tanto no haría escala algún barco en la bahía de Elgor, y podrían apoderarse de él matando a la tripulación.

En cuanto a una posible excursión por la isla de los oficiales del “aviso”, Kongre no creía deber preocuparse. Nadie intentaría, al menos por entonces, aventurarse hasta los alrededores del cabo Gómez, a través de las áridas llanuras y de los parajes casi intransitables de la parte montañosa, que no podían franquearse sino a costa de grandes fatigas. Verdad es que acaso el comandante del “aviso quisiera dar la vuelta a la isla; pero era inadmisible que se decidiera a desembarcar en la costa, erizada de escollos, y, en todo caso, la banda tomaría sus medidas para no ser descubierta.

Esta eventualidad no tuvo lugar, y llegó el mes de diciembre, durante el cual, quedaría el faro definitivamente instalado. Los torreros iban a quedarse solos, y Kongre lo sabría por los primeros destellos que el faro lanzase en las tinieblas.

Durante las últimas semanas, uno de los de la banda se colocaba de noche en observación en una altura, desde la que se podía ver la luz del faro a la distancia de siete u ocho millas, con orden de comunicar lo más rápidamente posible que ya se había encendido.

Carcante fue precisamente quien en la noche del 9 al 10 de diciembre llevó la noticia al cabo San Bartolomé.

—¡Si —exclamó el bandido al unirse con Kongre en la caverna—, el diablo acaba de encender ese maldito faro que el infierno extinga!.

—¡No, no nos hace falta! —repuso Kongre, extendiendo hacia el este su mano amenazadora.

Transcurrieron algunos días, y a principios de la semana siguiente fue cuando Carcante, que cazaba en los alrededores del puerto Parry, hirió a un venado. Como ya se sabe, el animal huyó herido, y vino a caer en el lugar donde Moriz le encontró. A partir de este día, Vázquez y sus camaradas, convencidos que no eran los únicos habitantes de la isla, vigilaron más cuidadosamente los alrededores de la bahía de Elgor.

Llegó el momento en que Kongre se decidió a abandonar su madriguera para trasladarse al cabo San Juan. Resolvieron dejar el material en la caverna, sin llevar más víveres que los necesarios para tres o cuatro días de marcha, pues contaban con las provisiones del faro.

Era el 22 de diciembre. Al lucir el alba, y por un camino del interior de la isla, a través de su parte montañosa, recorrerían la tercera parte de la distancia durante el primer día. Al concluir esta etapa, harían alto al abrigo de los árboles o en alguna anfractuosidad del terreno.

Después de este descanso, en la madrugada siguiente. Kongre y su banda emprenderían una segunda etapa, igual, aproximadamente, a la víspera, y en una tercera podrían llegar a la bahía de Elgor.

Kongre suponía que para el servicio del faro no habría más que dos torreros, cuando eran tres, como ya sabemos. Pero poco importaba la diferencia. Vázquez, Moriz y Felipe no podrían rechazar el ataque de toda la banda, cuya existencia no sospechaban. Les sorprenderían de noche, y bien pronto darían buena cuenta de ellos.

Kongre seria, pues, dueño del faro, y luego se dedicarían a transportar de nuevo todo el material que se llevaron de la caverna de la bahía de Elgor.

Tal era el plan ideado por este temible bandido, y que llevaría a cabo si la suerte le era favorable.

Para completar la fechoría, era preciso que un barco hiciese escala en la bahía, lo cual era probable, porque los navegantes debían ya conocer la existencia del faro. Era lógico esperar que cualquier embarcación, comprometida por el temporal, quisiera refugiarse en aquel punto, en vez de huir a través de un mar embravecido, fuera por el estrecho o por el sur de la isla. Kongre había resuelto que este barco cayera en su poder, pudiendo huir en él a través del Pacífico, asegurando la impunidad de sus crímenes.

Pero era menester que todo esto sucediera antes que el “aviso” estuviera de vuelta en el relevo. Si para aquella época no habían logrado abandonar la isla, se verían obligados nuevamente a refugiarse en el cabo San Bartolomé. Y entonces las circunstancias variarían radicalmente. Cuando el comandante Lafayate conociese la desaparición de los tres torreros, no le cabría duda que habían sido víctimas de un asesinato o de un secuestro, y organizaría una batida por teda la isla, registrando hasta el último rincón.

¿Cómo escapar entonces a la persecución, y cómo poder subsistir si la situación se prolongaba? Si era necesario, el gobierno argentino enviaría otros barcos; y aunque Kongre lograra apoderarse de una embarcación de pescadores —cosa bien improbable—, el estrecho sería vigilado con tanto celo, que sería imposible ganar la Tierra del Fuego.

En la noche del 22, Kongre y Carcante se paseaban hablando, y, siguiendo su costumbre de antiguos marinos, observaban el mar y el cielo.

En el horizonte se elevaban algunas nubes y soplaba una fuerte brisa nordeste.

Eran las seis y media, y la banda se disponía a retirarse a la caverna.

En aquel momento, Kongre dijo: —Carcante, mira allí…, allí…, a través del cabo…

Carcante observó el mar en la dirección indicada.

—¡Oh! No hay duda, es un barco.

Efectivamente; un barco con todo el velamen navegaba a dos millas del cabo de San Bartolomé.

Aunque el viento le era contrario, buscaba el estrecho, en el que estaría antes de la noche. —Es una goleta —dijo Carcante. —Sí, una goleta de ciento cincuenta a doscientas toneladas— añadió Kongre.

La banda entera habíase agrupado en el extremo del cabo.

No era la primera vez que aparecía un barco a tan corta distancia de la Isla de los Estados. Los bandidos propusieron provocar un naufragio más.

—No —contestó Kongre—, no conviene que esta goleta se pierda… Procuremos apoderarnos de ella… La corriente y el viento le son contrarios; la noche va a ser como boca de lobo; le será imposible dar en el estrecho. Mañana la tendremos todavía a la vista, y ya veremos lo que nos conviene hacer.

Una hora después, el barco desaparecía en medio de una profunda oscuridad, sin que ninguna luz denunciara su presencia.

Durante la noche, el viento saltó al sudoeste.

Al lucir el día, cuando Kongre y sus compañeros bajaron a la playa, vieron a la goleta embarrancada en los arrecifes del cabo San Bartolomé.

Ernesto Bustos Garrido

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