Un cuento sobre el coronavirus

El coronavirus se había encargado de minar la serenidad familiar. Al principio, como tantos ciudadanos, habíamos tratado de quitarle importancia. Creíamos que el virus, procedente de China, tendría un recorrido corto y que antes de que nos diéramos cuenta habría desaparecido. Sin embargo, conforme pasaban las semanas y aumentaban drásticamente los casos de contagio y el número de fallecidos, la confusión se adueñó de todos nosotros. A falta de vacunas, el mejor modo de prevención, según los epidemiólogos, era el aislamiento. El coronavirus ya no era un cuento chino, era una amenaza real.

Mamá, por su parte, no ayudaba en absoluto. Trabajaba de enfermera en el hospital y cada vez que llegaba a casa tras una dura jornada nos daba el parte médico. Entre ella y los medios de comunicación, era difícil abstraerse del clima de histeria colectiva. El coronavirus llevaba camino de convertirse en pandemia, como aseguraba la OMS.

–A mí no me da miedo contraer el coronavirus. En personas con salud no suele ser demasiado dañino. Paracetamol y punto. Quien me preocupa es el abuelo. Como lo pille, la espicha –dijo mamá. “Espicharla”, en su jerga de hija asustadiza, significaba “morir vilmente, como un perro”–. Debemos conseguir que el abuelo acepte una cuarentena voluntaria –sentenció.

Asociar la expresión “cuarentena voluntaria” al abuelo era tarea complicada. El buen hombre, aun en el ocaso de su vida, tenía más energías que todos nosotros juntos. El verbo “aceptar” no encajaba en su filosofía de vida. Por ese motivo nos miraba siempre por encima del hombro, y cuando le preguntaban por su familia se limitaba a vomitar algún exabrupto. “¡Panda de renegaos!”, exclamaba. “¡Carecen de valor!”.

Había sido un empresario de éxito, corajudo y emprendedor, un hombre muy alto, de buen porte, con un carácter noble pero desmedido, y ahora, a los 84 años, lo primero que hacía cada mañana, después de acicalarse y ponerse traje y corbata (a la hora de vestir siempre había sido muy distinguido), era irse al parque a jugar a la petanca con sus amigos, un grupo de aguerridos vejestorios que desafiaban el paso del tiempo. Me admiraba que, con tantos años a cuestas, aún tuvieran tiempo y ganas de doblar la espalda para jugar a la petanca. Era como si la tercera edad se diera la mano con la primera, cerrando así el círculo de la vida.

El abuelo, el mayor de todos, tenía que limitarse últimamente a observar: sus piernas habían comenzado a fallarle. No lanzaba la bola de metal, pero hacía todo lo demás: discutía, jaleaba, bromeaba, festejaba, abrazaba o amenazaba (según se terciara). Vivía el juego, en fin, como uno más. Para aquellos hombres la petanca era la metáfora de la vida: jugar equivalía a sobrevivir.

Y ese era el panorama: teníamos que meter en vereda, es decir, obligar a pasar por una cuarentena voluntaria (valga la contradicción) al miembro más vitalista de la familia. Nosotros que, en palabras del patriarca y futuro rehén, carecíamos de valor.

Y puede que mamá, como los demás, no tuviera valor, pero si algo le sobraba era obstinación. Obstinación y miedo.

Un día nos convocó a una reunión familiar. Quería que decidiéramos de una vez si íbamos a recluir al abuelo en casa hasta que el coronavirus fuera historia pasada.

Y sí: hicimos una votación. Después de su exaltado discurso, tuvimos que levantar las manos. ¿Quién estaba a favor de recluir al abuelo? ¿Quién estaba a favor de dejar que las cosas siguieran su curso? El resultado fue de tres a favor y tres en contra. Había que romper el empate. Entonces me acordé de la película 12 hombres sin piedad. Ungido de cierto espíritu justiciero, interpreté el papel de Henry Fonda echando mano de mi mejor oratoria.

Pero mamá, empujada por un pánico que ella, haciendo virtud de la necesidad, convertía en pundonor, argumentaba que el coronavirus era muy peligroso, especialmente en las personas mayores, pacientes de alto riesgo:

–Morirá si lo contrae.

–Quizá –contrataqué yo–. Pero impedir que el abuelo salga de casa es también condenarle a muerte.

–Tonterías.

Después de una acalorada discusión, le pregunté a mamá por qué no dejaba que fuese el propio abuelo quien tomara la decisión.

–¿Estás loco? Mi padre no aceptaría quedarse en casa bajo ningún concepto. Se cree que tiene quince años.

–Precisamente por eso debemos abstenernos. Es su vida. Debe disfrutar lo poco o mucho que le quede de ella como le plazca. Si debe morir, que lo haga disfrutando de su “juventud”.  

“No como nosotros, que somos una familia de renegaos”. Esto no lo dije, pero lo pensé.

En fin, debí de resultar tan convincente que al final papá (¡quién lo hubiera dicho, él que detestaba significarse!) se pasó al bando que yo encabezaba. Cuatro votos a favor, dos en contra. El abuelo podría seguir saliendo a la calle y mirarnos por encima del hombro.   

Esta es la primera parte de la historia.

La segunda, como habrá adivinado el lector, es que el abuelo finalmente contrajo el coronavirus. Así que el protagonismo estelar hollywoodense que yo había tomado durante la reunión familiar se tornó en punzante sensación de culpabilidad cuando el abuelo fue hospitalizado de urgencia.

Mi madre no me dijo nada, pero me lanzó una mirada furibunda, lo cual me resultó aún más doloroso. Ese era yo: un Henry Fonda en los grandes momentos, y un apestado cuando las cosas se torcían.

Por suerte, el abuelo estaba hecho de otra pasta y salió del hospital para contarlo. ¡Y vaya si lo contó! Él, que se había pasado toda la vida relatando mil batallas que no habían sucedido en realidad (y negando otras que eran ciertas), aprovechó esta experiencia para hacerse oír. Se había metido en el papel de superviviente, y aunque había salido mermado en lo físico tras la enfermedad, mentalmente estaba más fresco que nunca. Narraba su estancia en el hospital a todo aquel que quisiera escucharle, y lo hacía poco menos que si se tratara de un Episodio Nacional de Galdós o una nota a pie de página de la catástrofe de Chernóbil.

En parte como castigo por haber ayudado a que el abuelo contrajera el coronavirus, y en parte para apaciguar su histeria, mi madre me impuso escoltar al abuelo en sus salidas. Yo trataba de escurrir el bulto alegando exigencias laborales, pero ella puntualizaba que mi trabajo como comercial para una empresa de productos de farmacia bien me permitiría hacer alguna que otra escapada para pasear con el abuelo.

Y eso hacía yo, al menos dos o tres veces por semana. Huelga decir que el abuelo, un bon vivant por naturaleza, no quería tener al lado a nadie de carabina, y mucho menos a alguien de su estirpe, alguien “que no conoce el valor”, alguien, en definitiva, por quien no sentía demasiado respeto.

Pero yo seguía sintiéndome culpable, así que algunas mañanas sometía al pobre hombre a mi presencia.

Un día traté de pedirle perdón.

–Abuelo: mamá tenía razón. Deberías haberte quedado en cas…

–¡Cállate, pardiez, que no me dejas escuchar el gorjeo de los pájaros! –se quejó, con la indisimulada intención de ningunearme.

–Abuelo…

–¡Que te calles, joder!

–Si llegas a morir…

–Eso era lo que quería tu madre: matarme en vida.

Se giró hacia mí y, con una sonrisa en los labios, pasó su brazo por mi hombro. Era su forma de darme las gracias.

Desde su salida del hospital, usaba bastón. Estaba más flojo, le costaba caminar y algunas veces se trastabillaba cuando hablaba. Aunque seguía siendo un hombre de estatura considerable, me pareció que en poco tiempo había menguado varios centímetros. Se había convertido en una versión difusa de sí mismo, si bien, como digo, mantenía el mismo espíritu combatiente de siempre.

Después de unos minutos caminando, llegamos al campo de petanca, que pasamos de largo por voluntad expresa del abuelo.

–Hoy no quiero ver a estos malandres. Tengo cosas que hacer. Acompáñame, que he quedado con mi novia. –Yo iba a decir algo, pero los amigos del abuelo nos vieron y, desde la distancia, comenzaron a hacer comentarios jocosos, a los que el abuelo respondía corajudo. Y así, con tanto ruido ambiental, no tuve oportunidad ni ganas de abrir la boca–.  Ya debe de estar junto al estanque–dijo poco después, comprobando la hora en su coqueto reloj de pulsera, que guardaba en el bolsillo de su chaleco de Tweed.

Como dos hormiguitas, continuamos caminando en dirección al estanque, que estaba al final del parque, en una zona solitaria y tranquila, cobijada por hermosos árboles (varios olmos y un par de acacias), testigos mudos de las habituales reuniones de jóvenes amantes. Era, por así decirlo, la parte ilustre del lugar.

Observé al abuelo, fatigado pero ilusionado al mismo tiempo. Creí que había perdido la cabeza. Me dio pena. Llegaríamos al estanque y allí no habría nadie; o al menos no estaría “su novia”. Di por hecho que el deterioro mental del abuelo comenzaba a manifestarse.

–¡Mira, allí está! –exclamó ilusionado, apuntando con el bastón.

Me giré hacia un lado y, para mi sorpresa, allí se encontraba una anciana, a la sombra de un álamo, tan coqueta como el abuelo. Al reconocer nuestra presencia, se levantó del banco en un movimiento tan esforzado como aristocrático. Se mantenía erguida, contenta pero sin hacer aspavientos. Era, desde luego, una mujer con clase.

–¿Ves? ¡Te lo dije! Seguramente, creías que me había vuelto loco. Bueno, en realidad, loco sí que estoy. Loco por ella. ¡Es una mujer admirable! Se llama María –Y a continuación añadió bajando el tono de tu voz–. Espero que tu difunta abuela sepa perdonarme. La vida son cuatro días…

Yo apenas escuchaba al abuelo. Al igual que él, no quitaba los ojos de la anciana. Había una luz en su mirada, gemela a la luz que emanaba del abuelo. Era más joven que él (tal vez cinco o seis años) y, desde la distancia, me pareció, tal como su enamorado había anticipado, una mujer admirable. Como ocurría con el abuelo, su cuerpo apergaminado envolvía una vida que no se resistía a dar sus últimos coletazos. Tímida ella, atrevido él, parecían dos niños que acordaban verse los días de vacaciones para corretear por el parque.  

Sentí una profunda envidia de aquellos dos jóvenes octogenarios que se citaban en su particular jardín del amor, desafiando las leyes de la Naturaleza.

–¡Ea, márchate para casa! Luego iré yo. Pero antes dame un beso.

El abuelo, fuese porque estaba enamorado o porque a su manera se sentía en deuda conmigo, estaba especialmente cariñoso. No manifestaba esa empatía con palabras, sino con gestos.

Y allí lo dejé, caminando lento pero seguro hacia María, que seguía de pie, regalándole una sonrisa a su novio.

De vuelta a casa, no paraba de pensar en el suceso. El abuelo había aprobado con sobresaliente el que iba a ser sin duda uno de sus últimos exámenes, mientras que yo, con toda la vida por delante, era un suspenso ambulante, un coronavirus que no mata pero que tampoco desaparece.

Incapaz de abandonar el nido familiar (pese a que había ahorrado lo suficiente para comprar mi propio piso), incapaz de confesarle a Rosa que estaba secretamente enamorada de ella, incapaz de dejar un trabajo que no me hacía feliz, incapaz de confesar abiertamente que me había equivocado en casi todo…

En mi caso, el adjetivo renegao que tanto usaba el abuelo era sinónimo de incapaz.

Venía fustigándome con estas y otras cosas, cuando llegué a la cancha de petanca. Ni siquiera me digné mirarles, tan abstraído como estaba en mis cavilaciones. Pero entonces escuché una voz.

–¡Eh, ¿dónde has dejado al Marqués?!

“El Marqués” era mi abuelo. Se referían a él así, por sus aires de grandeza y, todo hay que decirlo, porque lo parecía.

Quien había hablado era uno de sus amigos, seguramente uno de los que más confianza tenían con él.

–Lo he dejado un rato junto al estanque, descansando.

–Ya… Descansando… ¿Quieres jugar con nosotros? –me preguntó.

La pregunta me pilló desprevenido. Iba a decirle que no sabía jugar, que no me apetecía, que la petanca me resultaba un entretenimiento absurdo, que no estaba dispuesto a agacharme inútilmente, que los renegaos no perdemos el tiempo en estas actividades inocuas. Y, sin embargo, por motivos que desconozco, respondí que sí.

–¡Por supuesto! –Desinhibido, me quité la chaqueta y la corbata que tanto odiaba (exigencias del trabajo) y las arrojé sobre un banco, sin miramientos–. ¿Qué nos jugamos? –pregunté mientras arremangaba mi camisa.

Los amigos del abuelo celebraron cómplices mi decisión, como si yo fuera otro joven más del grupo.


Francisco Rodríguez Criado es escritor, corrector de estilo y editor de blogs de literatura y corrección lingüística. Algunos de sus cuentos han aparecido en las mejores antologías de narrativa breve.

Imagen de Peter Kraayvanger en Pixabay 

Libros de Francisco Rodríguez Criado en Amazon

Artículos recomendados para lectores y escritores:  bloc de notas Sigel  | pluma estilográfica Lamy Safari  | diccionario María Moliner  | ordenador HP 

Artículos de escritura recomendados

Cuento de terror de John Collier: El cazador (o Una pócima para el amor)

narrativa_newsletterp

Última actualización el 2020-03-30 / Enlaces de afiliados / Imágenes de la API para Afiliados

Visita mi tienda Influencers Amazon.

Recomendaciones libros, tecnología y artículos de escritura

Deja un comentario

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.