Relatos cortos (para sobrevivir al coronavirus)

Vivimos tiempos difíciles, sometidos como estamos a la tiranía del coronavirus, que se cobra nuevas vidas día a día, sin que dispongamos (todavía) de una vacuna que pueda frenarlo. Mientras dure la epidemia, poco podemos hacer los escritores más allá de escribir y compartir nuestros textos.

Y eso es lo que hacemos en esta sección: compartir con los lectores de Narrativa Breve relatos cortos que nos hagan más llevadero el retiro por culpa de la pandemia. Iremos publicando estos cuentos hasta que se levante el estado de alarma.

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¡Muchas gracias!

Un saludo

RELATOS CORTOS

(Varios autores)

Al final de todo

Antonio Flores Schroeder

María pensó en levantarse, caminar por esos pasillos llenos de tierra y escuchar cómo suenan las hojas secas de los árboles cuando se pisan. Tal vez confundir algún pensamiento con un graznido mientras el mundo se toma el primer café del día. A esa hora los automovilistas inician con su marcha de colores sobre el asfalto, y a ella le gusta caminar por las banquetas y sentir cómo se despierta la ciudad. Imaginó llegar al edificio donde vive. Subir por las escaleras y encontrarse a don Julio, quien es el encargado de la limpieza de los apartamentos. Preguntarle cómo iba la salud de su esposa y darle un abrazo por el adiós inesperado de sus pequeñas. Luego ideó tocar la puerta de Pedro, como casi siempre, con tres golpes, pero sabía que nadie le iba a abrir. María quería seguir su paso por las escaleras para llegar a su hogar, y decirle a su esposo e hijo que no pasaba nada, que todo era una confusión. Pensó en su familia convertida en polvo, en cómo cada segundo el Universo se expandía y después sonrió porque no podía regresar el tiempo. Ese virus era real, tan real como el frío que sentía en todo el cuerpo dentro de ese ataúd.

Otros textos de Antonio Flores Schroeder

Andrés

Silvio Cavini Benedetti

Aunque esta sea la historia de Andrés, es muy poco lo que se puede decir acerca de él: nunca se casó y trabajó siempre en el mismo lugar, una librería del centro donde, además de llevar la contabilidad, atendía a los clientes en horas de pico. 

Vivía en un pueblecito no muy lejano de la ciudad, por lo que todas las mañanas tomaba el mismo tren para ir a trabajar. El andén de la estación estaba siempre vacío a excepción de la chica que tomaba el mismo tren. Pasaron los años sin que hubiera cambio alguno sino por la relación, si así se puede llamar, entre ellos. Al principio se ignoraron y solo mucho después empezaron a dar señales de reconocimiento con casi imperceptibles movimientos de la cabeza. Tuvieron que pasar treinta años para que empezaran a sonreírse, pero sin dirigirse nunca la palabra. 

cuento tren

Cuando el tren paraba, Andrés hacía pasar antes a la chica y él la seguía: se sentaba siempre en el mismo asiento, que quedaba en el lado del pasillo a mitad del vagón, mientras que la chica cruzaba al siguiente vagón y Andrés no la volvía a ver. 

Cuando Andrés se jubiló, después de treinta y cinco años de trabajo, sus compañeros lo invitaron a un almuerzo y los dueños le regalaron un reloj. Y al día siguiente se despertó muerto. 

Que algo no iba bien lo dedujo porque, al llegar a la estación, el andén estaba desierto. Se sentó en el lugar de siempre y bajó en su estación habitual, donde lo esperaba la chica que con una gran sonrisa le dijo: “Por fin llegaste” y, felices, salieron de la estación tomados de la mano.

Silvio Cavini Benedetti

Clave dicotómica para clasificar aterrizajes

Paz Monserrat Revillo

Últimamente mi casa actúa como un auténtico imán para seres con alas. Acuden directamente a mi vivienda, no tengo noticias de que le esté pasando a nadie más en el vecindario. Ignoro si el hecho de que yo sea ornitóloga es relevante o una mera coincidencia, pero en dos semanas hemos recogido tres “seres alados”. Lo único que nos falta es que descienda un ángel por la chimenea.

El caso es que los acontecimientos recientes han provocado que tenga que revisar con frecuencia las fronteras exteriores de mi vivienda para comprobar si algún pájaro ha quedado enredado en una planta trepadora de mi terraza o ha tomado el suelo del patio interior por una pista de aterrizaje.

Esto último es lo que sucedió la primera vez, con el vencejo. Lo encontré por casualidad cuando fui a cambiar la bombona de butano vacía por una que tengo de reserva cubierta con una funda con cremallera que parece el vestido de una señora sin cintura. Estaba tendido en el suelo, con las alas totalmente desplegadas, como si fuera una mariposa clavada en el corcho de un entomólogo. Se diría que había tropezado con sus propias alas, desproporcionadas y excesivas para un cuerpo y un cerebro con tan poca autoridad.

Era un viernes por la tarde. Las niñas acababan de llegar del colegio.

Antes de seguir, he de puntualizar que el amor que mis hijas profesan por los animales lo llevan grabado en los genes, además de que probablemente lo recibieran a raudales a través del cordón umbilical y lo bebieran con la leche materna durante los trabajos de campo que realicé mientras se formaban dentro y fuera de mí. De otra forma no podría explicar esa pasión sin medida que muestran hacia cualquier ser vivo que se mueva. Si además el animal desprende calor y está cubierto por algo suave como plumas o pelo, el amor es incondicional e implacable.

Las niñas miraron al vencejo desde todos los ángulos, lo cogieron, sintieron su corazón desbocado y vieron el pánico en sus ojos. Lo intentaron echar a volar y lo recogieron cuando volvió a caer torpemente en el patio. No lo tuvieron mucho rato en sus manos por miedo a que el negro rotundísimo de su cuerpo destiñera. A continuación me miraron con gesto interrogante y preocupado. Todas las experiencias previas con gorriones caídos del nido, que habíamos tratado de criar a base de pan mojado, no servían para este animal salvaje que se alimentaba de insectos y que no comprendía que la ingravidez habitual del aire se hubiera convertido en este sumidero plano en el que se encontraba. Después de cazar una mosca despistada y metérsela en el pico, se dirigieron las dos a la tienda de mascotas y volvieron al rato con un pienso especial para animales insectívoros. Durante la noche nos levantamos cada tres horas para embuchar al pájaro. Comprobamos con inquietud la ansiedad creciente del animal y su ala derecha descolgada.

Por la mañana no tuve más remedio que intervenir para evitar la muerte del animal y la desesperación de mis hijas. Una llamada telefónica al centro de recuperación de aves y en dos horas tuvimos en casa un guardia forestal con una jaula. Las dos madrinas de Negret —que así lo habían bautizado— lo despidieron con esa solidaridad que rezuman hacia todo lo vivo y con la promesa de llamar por teléfono para enterarse de su destino. Si se quedaba en el centro irían a verlo. Esa tarde no pudieron hacer los deberes de la emoción.

La segunda vez fue por la noche. Estaba tumbada en el sofá leyendo cuando lo vi. Agarrándose a la tela que cubría el sofá se acercaba a mí algo negro y anguloso. ¿Una tarántula? ¿Otro vencejo? Me costó darme cuenta de que tenía un murciélago a dos palmos de mis gafas. No estaba preparada para ver unas alas sin plumas, un ratón apoyándose en una especie de muletas que actuaban como palancas para escalar el sofá.

murciélagos

Un grito tremendo salió de mi garganta. Víscera pura. Registros tonales de soprano desconocidos previamente por mí. Esencia de susto atravesando la laringe. La niña del exorcista era una estrecha introvertida a mi lado. Salté por encima del sofá. Al instante siguiente estaba muy enfadada conmigo misma por semejante reacción. Todos salieron de sus habitaciones y en un momento se montó un consejo de sabios para decidir qué hacíamos con aquello que parecía un ave pero no lo era (enseguida quedó claro que, como no pertenecía a mi especialidad, yo no tenía más autoridad para opinar al respecto que ellos). Siguiendo el esquema habitual, empezamos por los primeros auxilios: una sesión en la que intentamos inyectar leche y agua en su boca de ratita enfadada. Después, el retorno al medio: lo dejamos en la terraza, con la seguridad de que durante la noche regresaría a patrullar el aire con los de su especie. Cuál fue nuestra sorpresa al verlo a la mañana siguiente trepando por la pared, completamente exhausto y deshidratado.

No tuve más remedio que reactivar mi base de datos mentales sobre recursos para la protección de animales. Yo que pensaba que lo más complicado y estresante que había realizado en mi vida había sido mi tesis sobre “Dispersión juvenil y cuidado maternal en la avutarda (Otis tarda)”. Lo intenté de nuevo en el centro de recuperación de aves, cuidándome mucho de que no se me escapase que yo era ornitóloga. Me dijeron que aunque no fuera un ave, también recogerían al murciélago pues se trataba de una especie protegida.

Alivio general. Despedida memorable. Los guardias forestales últimamente se movían por mi casa como amigos íntimos: cervezas y patatas chips para todos. Otro día con excusa para no estudiar.

Parecerá que me lo invento —si fuera un relato de ficción no añadiría este dato por temor a pecar de demasiado fantasiosa— pero lo que voy a contar a continuación ocurrió de verdad. El fin de semana siguiente fuimos de excusión con las niñas a una zona de bosque, y cuando estábamos bajo un roble en la mitad del picnic aterrizó sobre el mantel de cuadros una cría de mochuelo. Mis hijas lo recibieron como un regalo caído del cielo, una maravilla redonda y aturdida, forrada de plumón blanco. La mejor experiencia que pudieran haber deseado, pues en este caso bastaba con marcharse- tras un largo rato de contemplación extasiada- y dejar que la naturaleza hiciera lo que debía.

Pero todavía nos esperaba un último aterrizaje -hasta el día que escribo esto, para dejar constancia de que la realidad a veces le da cien patadas a la ficción- ante el cual los demás no fueron sino el preludio, una preparación insulsa para que por fin las niñas (y yo) aprendiéramos un par de lecciones cruciales sobre cómo funcionan las cosas entre las especies.

En una de mis justificadas exploraciones de la terraza, oí un batir de alas desesperado. Me costó localizar a la pobre paloma enredada en la hiedra de la pared. Con un ala rota por el esfuerzo al tratar de desligarse de los zarcillos de la enredadera, la paloma se debatía incómoda y confundida. Cuando la tomé entre mis manos, noté su cuerpo palpitando, su cansancio y su desconcierto. No la pude esconder de las niñas, que insistieron en activar el protocolo de salvamento.

—¿Cómo voy a llamar al centro de recuperación para que vengan a buscar a una paloma?

¡¡Porfi, porfi, porfi!!

—Las palomas son una plaga. Se hacen redadas para matarlas porque hay demasiadas.

Porfiiiii.

Llamé al ayuntamiento, y por supuesto me dijeron que lo mejor sería dejarla o matarla. Mis hijas me miraban esperanzadas mientras yo escuchaba esto y percibía la sonrisa despectiva de mi interlocutor a través del teléfono.

—No pueden hacer nada. No hay ningún servicio que haga estas cosas.

—Pues la llevamos al veterinario. Vaaa, no la vamos a dejar morir, está sufriendo mucho. Mami, no nos falles, tú eres ornitóloga.

—Pero qué cosas dices, Nuria. Yo solo sé clasificar a los pájaros, no curarlos. Ningún veterinario querrá atender a una paloma. No puede ser. Punto final.

Las niñas continuaron toda la tarde con la paloma, dándole de comer, acariciándola, cantándole nanas. Y sin hacer los deberes.

Yo acabé olvidándome del tema porque tuve que atender y controlar al grupo de jardineros que vinieron a hacer la poda de los árboles del jardín. Ayudé al que podaba el limonero, recogiendo los limones maduros y olorosos en un cesto.

Entonces vi cómo mis hijas entraban en el jardín empujando un cochecito de muñecas y lo llenaban con los limones.

Cuando me enteré del plan ya era demasiado tarde para evitarlo.

Ellas delante. Yo, controlándolas disimuladamente una manzana más atrás. Quién se podría resistir a dar un euro por tres limones a dos niñas que paseaban a una paloma enferma dentro de una caja en un cochecito lleno de limones.

Mis hijas enseñaban a la paciente y les explicaban a las señoras que necesitaban dinero para llevarla al veterinario. Una pequeña pancarta con el dibujo de una paloma triste con una muleta ayudaba a la comprensión de la emergencia.

Volvieron a casa con trece euros y una sonrisa que no me atreví a mancillar. Llamé a la veterinaria y le expliqué el caso. Me dijo que fuéramos inmediatamente.

El ritual fue impecable: la veterinaria entablilló el ala de la paloma y se la devolvió a las niñas, con el pedido de que la cuidaran bien esa noche y al día siguiente se la llevaran para que ella se hiciera cargo de su recuperación. Las niñas no vieron el guiño que la especialista me dedicó mientras daba las instrucciones. Ellas saltaban de alegría. Por lo visto aún no les había llegado el momento de enterarse que existen categorías, incluso entre las aves.

Cumplieron su cometido a la perfección. Estaban felices de haber salvado a otro ser vivo. Yo me sentía razonablemente satisfecha, aunque me rondaba una vaga tristeza que no supe a qué obedecía.

Esa semana tuve reunión con la tutora de Nuria. No se explicaba cómo había podido suspender el examen de biología, si era su asignatura favorita.

Paz Monserrat Revillo

Publicado en Hormonautas (Nazarí, 2015).

Este cuento pertenece a la hormona Oxitocina: Segregada por la hipófisis, su tejido diana es el útero. Produce las contracciones del parto e interviene durante la crianza. Se podría decir que es la causante del apego característico del instinto maternal.

Rebajas
Hormonautas (Mexuar)
  • Paz Monserrat Revillo
  • Editor: Editorial Nazarí S.L.
  • Edición no. 1 (11/01/2015)
  • Tapa blanda: 134 páginas

Sueño y vida

Francisco Rodríguez Criado

La gente duerme muy poco. Necesitan estar despiertos para trabajar, enamorarse o hacer planes para el futuro. Si hay algo de los demás que no envidio es el exceso de actividad. Tampoco comparto la teoría de que dormir es desperdiciar la vida; más bien diría que vivir es desperdiciar el sueño. Ocho horas de sueño y dieciséis en pie me parecen excesivas. Las dieciséis, quiero decir.

Cuando era niño aún albergaba cierto espíritu aventurero que me mantenía despabilado de vez en cuando. Ya como adulto mis tres aspiraciones primordiales han sido dormir, dormir y dormir. A veces consigo una buena racha y me despierto un jueves después de haberme acostado un domingo. Pero estos logros son inusuales. Tengo que conformarme con un promedio de doce horas de sueño al día, lo cual me obliga a torear con la realidad durante las otras doce. La realidad me asusta, debí haberlo dicho desde el principio. Por eso duermo tanto, para evadirme. Hay otras fórmulas de evasión: la lectura, el cine, la contemplación de las estrellas o incluso la escritura. Fórmulas un tanto exóticas que muy pocos practican. Al cine, al libro o a las estrellas hay que acudir a solas, porque si hay suerte y en ese momento te entra la modorra es mejor que no haya nadie cerca que pueda tocar el trombón o hacer explotar un globo. Con la escritura, sin embargo, hay que estar bien despierto para no adormecer al sufrido lector.

La cotidianidad es difícil, tienes que tratar a diario con personas muy avispadas que te miran con mala cara. La mía no les gusta: siempre tengo ojeras porque siempre estoy recién levantado. Años atrás estuve trabajando en un hostal en horario de doce de la noche a ocho de la mañana. Mis únicas tareas eran entregar las llaves y despertar a los clientes. No tardaron en despedirme porque eran los clientes quienes tenían que despertarme a mí. Y además, decían, roncaba.

No tengo solución. El único tipo que duerme más que yo es mi amigo Gandía. Cuando nos cierran la librería El Buscón solemos ir al bar La Metralleta a tomar unas cervezas, y a los cinco minutos de entrar ya tenemos a Gandía pernoctado sobre la barra. Respetamos su descanso y por eso no le dirigimos la palabra hasta que llega el momento de pagar. Le sale rentable el asunto: mientras los demás tomamos cinco o seis consumiciones él no pasa de la primera. Curiosamente tiene aspecto de bebedor empedernido, pero le puede más el sueño que el vicio. Aquí no sabría decir si se está malogrando una vida o tan sólo se arruinan unas horas de sueño. Hay que conocer muy bien a Gandía para saber, cuando hablas con él, si está despierto o dormido. Los amigos le tenemos mucho afecto: lo recordamos como ese ser querido que ha pasado a “mejor estado” aunque todavía le sobren energías para tomarse una cerveza con nosotros. De cualquier modo, nunca lo he visto triste, y eso refuerza mi teoría de que trabajar, enamorarse o hacer planes para el futuro dan más problemas que una buena siesta.

Francisco Rodríguez Criado

El aburrimiento

Mireya Maldonado Hualde

Menudo coñazo. Sólo son las 9.30 y ya estoy asqueado. En estos tres primeros días de aislamiento ya he terminado mis deberes, me he pasado todas las pantallas del último juego de la Play, he agotado todos los memes con mis amigos, he discutido con mis padres, me he comido todos los filipinos que descubrí, con sorpresa, en un cajón del recibidor y tengo racionado el uso de papel de wc.
Dentro de media hora está programada en el salón la clase de gimnasia diaria que mi madre, a modo de Jane Fonda, ha decidido impartir cada mañana. Merece la pena sólo por ver a mi padre sin su habitual traje, usando de chándal un pijama viejo y duro como una tabla. Con lo que se ha burlado de mi obsesión por el gimnasio y de mi estilo “poligonero” me dan ganas de decirle: “qué, ¿ahora quién es el ridículo?”

relato corto, coronavirus
Imagen: Pixabay

Mi hermana parece llevarlo mejor. Creo que ha descubierto su vocación de diva porque cada tarde, cuando suena la alarma para salir a aplaudir, ella lo hace vestida como si fuera a ir a la ópera, ¡ayer hasta llevaba pestañas postizas y todo! Es un momento raro porque mi madre aplaude mientras llora, mi hermana mientras sonríe al infinito y mi padre de forma descompasada, ¡no tiene ritmo ni para eso!

Las comidas son agotadoras, y no sólo porque ahora comamos a todas horas sino, sobre todo, porque ahora todos se han convertido en expertos en gestión de pandemias y tienen clarísimo lo que habría que hacer para que durante este encierro lo único que se paralice sea la propagación del virus y no la economía. Me pregunto por qué, con tanto derroche de ingenio, no se habrán dedicado a la política o la medicina.

Las tardes las llevo mejor porque todo el mundo se recluye dentro de la reclusión. Mis padres hacen siestas infinitas que me hacen pensar si es posible tener tanto sueño acumulado o si no nos dirán dentro de nueve meses: “¡Sorpresa!”. Y mi hermana se encierra en su habitación para hacerse selfies, lo sé porque su instagram ronda las siete foto-frases diarias: “Sigo aquí”, “Os quiero”, “Gracias por tanto”, “Sois lo mejor”…

El mejor momento del día, sin duda, son las diez de la noche, cuando una vecina del bloque de enfrente, a la que he conocido en este encierro, sale a pasear a su perro y yo a sacar la basura. Lo malo es que este momento empieza a peligrar porque mientras en su familia ha aumentado de manera exponencial el sentimiento animalista, en la mía se cotiza al alza la basura.

En fin, os tengo que dejar porque acabo de escuchar el silbato de mi madre, lo que significa que ya nos está esperando en el salón con una cinta en la cabeza. Por el pasillo veo pasar a mi padre con su pijama viejo y algo nervioso. Hoy toca zumba.

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Rebajas
Flores y Rejas (Caligrama)
  • Mireya Maldonado
  • Editor: Caligrama
  • Tapa blanda: 224 páginas

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