Entrevista a Mario Montalbetti

Mario Montalbetti (Callao, Perú, 1953) es poeta y lingüista, autor de una vasta obra con títulos como Fin desierto y otros poemas (1995), Cinco segundos de horizonte (2005, reeditado en 2018), El lenguaje es un revólver para dos (2018), o Lejos de mí decirles (2013, reeditado en 2014 y 2018).

Recientemente, ha publicado en la editorial Mula Plateada el ensayo El pensamiento del poema, donde analiza y complementa la idea del filósofo francés Alan Badiou de que “el poema es una forma de pensamiento”. (De ahí el título). 

Hablamos hoy con Montalbetti sobre El pensamiento del poema.

El poema es a la prosa lo que las matemáticas son a las ciencias aplicadas. Los límites del razonamiento verbal son poéticos, en el sentido de que son definidos por el poema—así como los límites del razonamiento científico son definidos por las matemáticas. De esta forma, los poemas (como las matemáticas) tienen poco que ver con eso que llamamos realidad, pero todo que ver con eso que llamamos lenguaje.

Mario Montalbetti

Francisco Rodríguez Criado: En el prólogo, David Bestué relata la paradoja de que usted “a medida que escribe más sobre poesía deja de escribir poemas, como si sintiera una especial fascinación en hablar del acto poético, bordeándolo, sin hacerlo”.

En su caso, ¿hasta qué punto reflexionar sobre la poesía, negro sobre blanco, es un inconveniente para escribir poemas?

Mario Montalbetti: Creo que uno debe tratar de llegar lo más lejos posible en lo que hace. ¿Qué es lo que uno hace? Trabajar el lenguaje con lenguaje. A veces uno lo logra escribiendo poemas, a veces escribiendo ensayos sobre los poemas. Yo trato de que ambas actividades converjan y que la diferencia entre ambas se borronee (¿se borromee?) progresivamente. No veo que existan inconvenientes serios, aunque es cierto que para muchos es el poema el que más sufre con estas convergencias.

El pensamiento del poema no parte de cero, sino que congrega en él una serie de ideas que ya ha tratado, en cierta manera, en otros libros suyos. ¿Podría explicarnos a grandes rasgos cuáles son las tesis que defiende en este libro?

Hay dos ideas centrales y contradictorias. La primera es que “No hay lenguaje”. El lenguaje es un miembro fantasma: creemos que tenemos uno, que lo movemos, que lo usamos, que duele,… pero, en verdad, ha sido amputado. Lo que pasa por lenguaje es la repetición trillada y obediente de formatos impuestos, formas de salutación, rituales de decoro. Esto no solo ocurre en nuestros intercambios más cotidianos sino también en aquello que suele llamarse “literatura”.

La segunda idea es que “Hay lenguaje”. El lenguaje es nuestra posesión más preciada. Hablo del lenguaje verbal de los seres humanos, de aquello que se expresa en lenguas como el castellano o el quechua o el swahili. El lenguaje verbal tiene operaciones únicas (preguntar, negar, reflexividad) que nos constituyen como especie. No se puede preguntar, por ejemplo, si no empleamos el lenguaje verbal. Por eso es que el lenguaje verbal (no el visual) es el enemigo público número uno del capitalismo, observación que le debemos a Deleuze y Guattari en 1972. La necesidad del “hay lenguaje” es uno de los imperativos éticos de nuestros tiempos.

Entre esas dos ideas navega y naufraga el libro.

Usted ya ha denunciado que el lenguaje está en crisis, que se ha convertido en subsidiario de la imagen. ¿Quedamos entonces en que el aserto “Una imagen vale más que cien palabras” es erróneo?

Depende de qué entendamos por “valor”. Tal vez para nosotros, en pleno siglo XXI, la imagen tiene mayor “valor de entretenimiento” que el lenguaje verbal. Pero la imagen, creo, tiene menor valor de resistencia, menor valor de reflexión, que el lenguaje verbal.

La frase encierra, además, un malentendido que es preciso notar. Lo que “vale” en el lenguaje verbal no son las palabras sino las relaciones entre las palabras. Nunca entendí la frase católica “Una palabra tuya bastará para salvarme”; hubiera preferido “Un lenguaje tuyo bastará para salvarme”. No es una cuestión de palabras sino de lenguaje.

Usted dice en El pensamiento del poema que “la prosa (novela, cuento, narraciones, mitos, fábulas) son aplicaciones del poema”, y pone como ejemplo los inicios de cuatro libros de la literatura universal: Don Quijote, de Cervantes, Cien años de soledad, de García Márquez, El Aleph, de Borges y Pedro Páramo, de Juan Rulfo. ¿Podría desarrollar brevemente esta idea?

El poema es a la prosa lo que las matemáticas son a las ciencias aplicadas. Los límites del razonamiento verbal son poéticos, en el sentido de que son definidos por el poema—así como los límites del razonamiento científico son definidos por las matemáticas. De esta forma, los poemas (como las matemáticas) tienen poco que ver con eso que llamamos realidad, pero todo que ver con eso que llamamos lenguaje.

Hay cierta controversia sobre la desnaturalización de la poesía una vez traducida a otros idiomas. ¿Cree que un gran poema se deja traducir, tal como afirma Badiou?

La idea de Badiou es que “el gran poema” (Safo, Mallarmé, Rilke,…) puede traducirse a… una “prosa filosófica”. No comparto esa idea. Es como si te explicaran un chiste que no entiendes: después de la explicación ya no te ríes. Kafka, una vez más, lo vio muy bien: la belleza de un trompo bailando se estropea si coges el trompo con la mano para examinarlo. Por eso es muy importante reflexionar sobre qué hacer con un poema.

Usted reniega del poema como metáfora. ¿A qué se debe esa reticencia?

No, no reniego del poema como metáfora. La metáfora es, probablemente, un mecanismo inevitable del poema (tal vez del lenguaje). Sí estoy en contra de reducir los mecanismos del poema a los de la metáfora porque si lo hacemos corremos el riesgo de querer “interpretarlo” en el sentido de: “dime qué quiere decir”. Y eso es lo que hace Badiou, traducirlo a una prosa filosófica. No es muy distinto lo que hace el grueso de la crítica: traducir el poema a una prosa “literaria”.

Mientras leía El pensamiento del poema no pude evitar preguntarme si se puede ser gran un/a gran poeta sin tener un corpus académico-filosófico sobre la poesía como el que usted exhibe en sus libros, conferencias y cursos. ¿Qué opina al respecto?

La mayoría de los “grandes poetas” no tienen un corpus académico-filosófico detrás. Esquilo, por ejemplo, o Safo, o Garcilaso o Brodsky o Derek Walcott… Al contrario, tener un corpus académico-filosófico va en contra de que termines siendo un gran poeta. Hay excepciones, claro: Carson, Seamus Heaney. Y esto se explica porque el poema no es sobre ideas sino sobre lenguaje. El poema es original y fundamentalmente, una cosa hecha con sonido. Que esa cosa fónica logre finalmente plasmar un pensamiento es un hecho maravilloso.

Ya sabemos que el poema piensa, ¿pero también alivia? Lo digo porque, mientras redacto esta entrevista (abril de 2020), gran parte de la población mundial está confinada en sus hogares, sorteando el coronavirus, que sigue cobrándose miles de vidas cada día. Ahora que vivimos en una situación de urgencia, ¿decir que la poesía es –o podría ser– una tabla de salvación casa con la realidad o es tan solo un mito bienintencionado?

Tú dices “tabla de salvación”, yo diría “objeto de consolación”. Tal vez se trate de lo mismo. Pero eso no es privilegio del poema sino de todo el arte. La sonatas para chelo solo de Bach son eso (además de muchas otras cosas). Por lo tanto, es cierto que el poema investiga los límites del lenguaje, pero, al hacerlo, también se vuelve un objeto que nos permite, digamos, “reconciliarnos” con nuestra condición como seres humanos, con lo que somos y con lo que no somos. Y eso se muestra con gran claridad en situaciones como ésta que vivimos.

Y, ya para terminar, ¿podría recomendarnos un poema para la sección 1001 poemas?

Un haiku de Ikkyu:

            Una barca es y no es.

            Cuando se hunde

            ambas desaparecen.

Muchas gracias por su atención. Le deseamos mucha suerte en todos sus proyectos

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Fuente de la imagen y más información sobre el autor: Wikipedia

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