Relato de brujas de Rossi Vas: La amada de Constantino Urriaga

La echaba de menos, sin duda era cierto que necesitaba oír su voz y tocarle el rostro mientras ella preparaba el desayuno. Quería verla de nuevo, una y otra vez, oler su piel, acariciarle el pelo que le quitaba el sueño… Sin embargo, ya no lo podía hacer. Simplemente, un día cuando volvió a casa no la encontró.

Desganado, Constantino Urriaga se levantó de la cama que ahora le parecía aun más grande sin Stella. Sacó un cigarrillo y jugó con él un rato antes de encenderlo. Por la ventana llegaba el ruido de la calle que se estaba despertando. Eran las siete de la mañana. Entre la multitud, le pareció ver la silueta de ella y enseguida corrió la cortina.

Pensativo, tomó un sorbo de café. Fumaba de pie al lado del fregadero. El montón de platos sin lavar le sacó una sonrisa de amargura. Ni siquiera tenía ganas de ir a trabajar, aunque se tendría que esforzar por el estreno de la pieza que protagonizaba. Se arregló el pelo con la mano y entró en el baño. Era un hombre de una belleza de envidia, cuya innata elegancia se estaba perdiendo por el estrés acumulado.

En el recibidor, alguien apagó las luces. Unos pasos invisibles apenas se escucharon por el camino hacia el cuarto de baño. Cautelosos, se pararon en el umbral sin entrar. En el espejo de enfrente, se vio la sombra de un rostro femenino con unos rasgos bellos pero arrogantes; el color escarlata de los ojos era espantoso.

En la mesita de noche del dormitorio, estaban esparcidas varias fotos en las que Constantino y su amada disfrutaban mutuamente de su compañía. Tenían caras de felicidad. No obstante, eso no era del todo cierto. Stella estaba obsesionada por los viajes misteriosos, y aun más por el libro que quería escribir sobre ello. Discutieron mucho, pero al final ella se fue de viaje sin su consentimiento.

Desde que la conoció en aquel aniversario en el teatro, el actor había notado algo extraño en su comportamiento: la voz melódica le cambiaba de repente, cuando alguna de las actrices se le acercaba. Él no le dio importancia a esta actitud; sin embargo, se le hizo un nudo en la garganta. Había percibido un cambio incluso en el iris de sus ojos. Las veces que intentó hablar con ella, le contestó nerviosa que esto se debía a su timidez. Él dudó de esa respuesta, y poco a poco, se tiró a la bebida, empezó a llegar tarde al trabajo, no se sabía los guiones…

Había otra cosa que le inquietaba: mientras le hacía el amor, Stella quitaba el espejo con la excusa de que la intimidaba. Una noche, Constantino tuvo pesadillas. Se levantó con la sensación de que el sueño fue real. Turbado, se fue a beber agua en la cocina y la encontró ahí desnuda y bebiendo algo de color escarlata en su taza de café. Fue en ese momento cuando perdió la conciencia. Se despertó en el hospital sin recordar nada. Aunque no creyera en el misticismo, el día siguiente visitó a una vidente. Y quedó impresionado, porque le dijo que su apartamento albergaba el espíritu de una bruja.

Cuando acabó con la ducha y quiso coger la toalla colgada en la puerta, una mano temblante se extendió de atrás. Seguidamente, se escuchó una voz femenina susurrando su nombre, mientras que por debajo de la puerta un chorro escarlata se deslizó hacia sus pies.


Rossi Vas, escritora y traductora búlgara. Para saber más sobre ella, visita su blog

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