3 relatos cortos de Nilo Espinoza Haro

SALE DEL CAJÓN

Braulio Baca, sastre remendón, orejudo, poseedor de una prodigiosa habilidad para hacer los zurcidos invisibles, diligente promotor de las corrientes de aire, amador de las sombras, estupendo mago con las agujas y las tijeras, picado de viruelas, cumplido devoto de San Judas Tadeo y más conocido en todas las esquinas del barrio como como el más bacán de los bacanes , cada domingo por la mañana, después de misa en la parroquia de San Marcelo, en el Centro histórico de Lima, sigilosamente, iba al mercado de La Aurora Eterna a comprar cualquier pájaro (mejor si fuera de cuenta) enjaulado y lo soltaba al aire. Luego se lavaba las manos.

EL REY

Sentado en un rincón lóbrego trató de responderse qué cosa exactamente lo había traído a aquellas ruinas. Por qué había venido a un lugar donde los hombres, las mujeres y los niños de disputaban a dentelladas la basura y los gatos muertos.

La oscuridad lo estaba aplastando. Entonces extendió uno de sus brazos y sintió que una rata lo mordió. Se levantó inmediatamente con el dolor recorriéndole el cuerpo. Respiró y nuevamente extendió el mismo brazo. Buscaba papeles, cartones, maderas y trapos. Los encontró y los reunió en un montón.

De su alforja sacó un par de piedras, parecidas a las que más de veinte años atrás lo habían deslumbrado cuando descubrió el fuego. Las frotó y saltó una chispa que encendió el montón que había preparado.

El rincón se iluminó y allí mismo vino su memoria un río inmenso que reflejaba el rostro de un hombre. Cerró los ojos y el rostro apareció nuevamente. Esta vez con un enorme puñal. Abrió los ojos y todo se disolvió: el río, el rostro y el puñal.

Con la luz encendida pudo ver los restos de edificios, de calles rotas y miles de vehículos destartalados e inmóviles. Pasó una mujer que le dijo algo. No la entendió. En realidad, aquel hombre jamás había hablado con nadie. Salvo con los animales, con los monos de la floresta de la que había venido impulsado por una fuerza misteriosa.

De pronto el fuego congregó a un grupo numeroso de gente desarrapada. Gente asombrada y atónita.

El fuego empezó a agonizar y aquel hombre lo revivió echando más papeles, más cartones y maderas. La gente, al ver lo que hacía, empezó a imitarlo. Trajo puertas, ventanas, maderas de todos los tamaños y el fuego se elevó hasta el cielo.

Entonces, aquel hombre empezó a mandar con gestos, como cuando lo hacía con los perros de la floresta. Cuando la gente le obedeció, cuando la gente lo hizo su conductor, recordó claramente que su padre, cuyo rostro apareció en el río de su memoria, lo había dejado en plena selva amazónica muy niño, con sólo un puñal en la mano. También recordó las palabras de su padre: Pedro, hijo mío, vive tu vida, hazte hombre, conquista el mundo”.

Con el placer dibujado en su rostro, por fin aquel hombre supo a qué había venido a la ciudad gris, a la ciudad a la que alguna vez llamaron Lima. Donde ahora es el rey.

EL NACIMIENTO DE VENUS

Gran señor de señores, no en vano llamado El Magnífico, don Lorenzo de Médicis, permítame en primer lugar agradecerle me tenga frente a usted sentado en su mesa.

Estar aquí, noble y poderoso señor, no porque lo diga yo, un humilde y anciano fraile, es como estar ya en la gloria. Bueno, y, rogándole su atención, procedo a decirle que estuve en Papua, en la Capilla que pintó Giotto para Enrico Scrovegni.

Tal como usted me mandó, estudié sus dibujos y comprobé que Giotto pintó lo que vio. Todo allí es vital.

 Sus figuras dan la sensación de estar respirando. Nada es inventado, se lo juro por la Santísima Trinidad.

 Hasta diría que las madonas de Giotto respiran.

Nada hay ahí de ensueño o de ilusión. Todo es real. Pero, además, sus bellas formas llaman a que uno tenga grandes ideas. Esa, a mi modesto entender, es una gran regla. Y esa es la regla que siguen los verdaderos maestros en sus obradores.

Ahora bien, estuve dando vueltas por todo el mundo de la pintura y los pintores, buscando a alguien capaz de hacer lo que usted, gran señor de señores, quiere.

Usted, amado señor, como me lo ha expresado, quiere que alguien capaz dibuje y pinte sueños e ilusiones: lo inasible.

Claro que eso, a pesar de que el vulgo diga lo contrario, no es un capricho.

Capricho es no hacerlo. Ya le he dicho que yo tengo el pulso tembloroso y mis ojos se llenan cada vez de brumas, de manchas antojadizas. Solo por eso, mi buen señor, no puedo cumplir su sabia voluntad.

Sabe usted, señor de señores, mi máximo deleite es hacer lo que usted pide, lo que usted ordene… disculpe, se me ha escapado una insensata ventosidad.

¿Me dice que no me detenga?

Bueno, pues, así lo haré gran protector de las artes. Como le estoy informando, seguí buscando lo que usted, sabio señor, me ordenó.

No crea, como seguramente algunos envidiosos le han dicho, que estuve divirtiéndome en burdeles, que borracho me acosté con pecadoras.

Eso no ocurrió. Yo concurrí a esos venéreos lugares simple y llanamente a buscar a los maestros pintores. Ellos, como todos lo saben, van allí para rescatar a las mujeres. Lo hacen para convertirlas en virginales madonas y así pintarlas en sus lienzos. Pero no encontré a nadie capaz.

Cuando fatigado y triste ya iba a abandonar la empresa que usted me confió, me acordé de uno de mis discípulos: de Sandro, al que le dicen “Boticcelli”; boticelli, como usted sabe, quiere decir gordo. Sin embargo, él no es gordo.

En Florencia pocos hay, como él, tan flacos. Su gordura, lo de boticcelli, es solo una invención: un apodo. Me acordé, pues, de ese falso gordo y me dije, oye, Fray Felippo Lippi, ese lo puede hacer.

Le diré por qué, gran señor: un día me lo trajo su hermano, el verdadero boticcelli, el gordo de verdad, y lo dejó en mi obrador. No me dijo nada. Lo dejó y se fue corriendo al burdel que estaba cerca de mi obrador.

 El flaco rogó ser mi aprendiz. Cuando yo lo iba a arrojar de mi taller, intercedió por él mi modelo Lucceta, la que dicho sea de paso me llevó al paraíso varias veces.

Por ella, se quedó conmigo. Bueno, pues, se quedó y noté que el flaco dibujaba bien.

Usted me dice que vaya al grano, que no me pierda en palabras inútiles.

Disculpe, mi ilustre señor, de rodillas le ofrezco las disculpas que usted merece.

Pero es necesario que usted sepa por qué creo que el falso gordo puede hacer lo que usted desea… otra vez, le suplico me perdone, se me ha salido otra ventosidad…

El caso es que Lucceta me abandonó. Volvió al burdel de donde la saqué. Yo no la había pintado todavía. Entonces, después de cinco meses, Boticcelli, al verme abatido, de memoria la pintó. Es decir, la pintó cuando ella ya no estaba en mi taller. Pintó un recuerdo.

Los recuerdos siempre son inasibles, mi querido señor. Uno no puede agarrar recuerdos con las manos, pero el recuerdo que pintó el falso gordo, sí.

 Por eso, yo puedo mirar y sobre todo tocar a Lucceta todas las veces que desee. Está de más decirle que, cuando lo hago, alcanzo lo sublime.

Bueno, luego Boticcelli pasó a servir a otros talleres. Ha estado en Polliauolo y Verochio y ha hecho otras cosas aún más prodigiosas.

 Boticcelli, es decir, Alessandro di Mariano Felipepi, es el que puede hacer lo que usted desea.

Sí, poderoso patrón de las artes, con Boticelli en su villa de Lemmi, esa gran fábrica de formas inmortales, tendrá lo que usted sueña… Las mujeres que él pinta son sensuales, tienen un tipo de mórbida belleza, sus cuerpos son ondulantes, casi danzantes.

Usted, amadísimo señor, quiere que todos los humanos vean y hasta palpen lo que desde antiguo, con palabras, la gente cuenta cómo nació Venus, la diosa el amor. Esa es una realidad que nadie ha visto.

¿Quién ha visto la lucha de Urano y de Cronos? ¿Quién ha visto las gotas de sangre saliendo del cadáver de Urano? ¿Quién ha visto esas gotas cayendo a las espumosas olas del mar y transformándose en Venus? Eso solo lo ha visto usted y su hermano Giuliano y acaso Simonetta Vespucci y otros poderosos.

El vulgo es incapaz de tener esas visiones tan finas, tan exquisitas.

El nacimiento de Venus, la diosa del amor, aquella que luego de aparecer en el mar fue llevada por las deidades del viento sobre una concha hasta la isla de Citeres y después a Chipre desde donde ascendió al Olimpo, morada de los dioses. Eso jamás nadie ha pintado.

Creo que Boticcelli se sentirá honrado de hacerlo. Lo he traído conmigo. Él todavía no sabe para qué. Está en la antesala esperando, ¡oh magnífico entre los magníficos!, la gloria de hacer lo que usted ha soñado.

El autor

Nilo Espinoza Haro estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En México (1983), con su libro País de papel, obtuvo el primer premio del Concurso Hispanoamericano de Cuento. En ese país también trabajó con el maestro Juan José Arreola en el Taller de reparación de frases.

Ha publicado los libros de cuentos Azaroso inventario de las visiones, testimonios y recordatorios de Chinchinchín en la ciudad de los reyes (Lima, 1987), Sonata de los espectros (México- 1989- Lima 1990), Mar de cuentos (Lima 1996), Caja China (Lima- 2009), Circo (Lima, 2009) y la novela Bruniquilda  (Lima 2007), además, los textos Crónica de cartón (Lima-2020), Cuaderno de Ruta (Lima- 1965), Este es el Real Felipe (edición bilingüe –español e inglés- Lima 1997).

Como periodista ha trabajado en diarios y revistas de Lima, México y Nueva York.

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Lorenzo de Médicis

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