Relato de terror de Rossi Vas: Giselle de las Lavandas

Aquella noche fría de noviembre, Adrían Rajado se fue pronto a la cama. Se notaba algo mareado, pero pensó que se debía a la presión en el trabajo. Era un corrector exitoso, a costa de largas noches sin descansar.

Desde que se enamoró de Giselle, había acumulado manuscritos sin corregir y una cantidad de libros que esperaban sus prólogos. Sin embargo, se sentía angustiado no por ello, sino por no poder tenerla a ella. Con cada día que pasaba, necesitaba dormir más de lo habitual. Esa bellísma mujer de una sonrisa encantadora le había quitado la paz y, de repente, todo su mundo había perdido el rumbo. Seguía sin comprender qué era lo que le sucedió cuando la vio por primera vez en aquella celebración del Día de la Naturaleza. Había caido en la trampa, cautivado por su elegancia espiritual que irradiaba algo perturbador.

Subió la escalera de la mansión sujetando una vela morada, cuyo aroma se esparcía por donde pasaba. En el dormitorio, tenía preparada una infusión de menta. La olfateó, pero —quién sabe por qué— el olor le provocó pesadumbre. Giselle dijo que volvería a su lado cuando hubiera acabado las charlas acerca del poder de la Tierra, que daba por la zona. No obstante, se fue sin concretar una fecha. Le dijo también que tomara menta para superar el insomnio. Y le colgó en la cabecera de la cama un manojo de lavanda. La noche antes de irse, le ató las manos y le hizo el amor durante horas. 

La vela se estaba consumiendo y él la apagó soplando la llama. Se desnudó y tiró la ropa en el rincón. Amontonada ahí, parecía un cadáver. La luz de la luna penetraba tras las cortinas jugando con las sombras. Cansado, Adrián se durmió enseguida, ni siquiera bebió de la infusión. Fuera, empezó a caer la lluvia. Las farolas de la calle inesperadamente se apagaron. La oscuridad inundó la mansión.

Desde la planta de abajo llegó una melodía apenada. Ululando hacia la escalera, desprendió la fragancia a lavanda. Era una música lúgubre percibida a través del olfato, y no del oído. En el silencio nocturno de la casa, unas partículas efímeras empezaron a bailar en el aire dándole poder a la tormenta tras las ventanas. La puerta se abrió y alguien pisó el umbral con cautela. La fuerza del réquiem aumentó. En el vestíbulo, se detuvo la sombra de una mujer. Bajo los rayos destellaron los hoyuelos de su sonrisa, perturbadora. Sin perder tiempo, se dirigió hacia la planta de arriba y el aroma silvestre que emanaba de ella, desató deseos carnales.

Rossi Vas


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