Relato corto de Anacleto Soriano: La lluvia es real

LA LLUVIA ES REAL.

Anacleto Soriano (poeta y cuentista hondureño radicado en Austin Texas), que ya había compartido con nosotros algunas de sus historias cortas, nos ofrece hoy su cuento “La lluvia es real”. La narración gira en torno a un hombre que observa a través de la ventana las gotas de lluvia. A partir de ahí cualquier cosa puede ocurrir…

Cuad 14x21,6 cm, 98 Hojas, Canson Sketch One, Grano Fino 100g
  • Cuaderno Art Book
  • Papel dibujo Canson de 100 g/m²
  • Compañero indispensable en el día a día
  • Tapa negra ligeramente texturada
  • Tamaño: 14x21,6cm (98 hojas)

Relato corto de Anacleto Soriano: La lluvia es real

Estaba de pie con las manos sobre el alféizar, observando a través de la ventana las gotas de lluvia que se deslizaban por todas partes. Sobre la mesa aún permanecía caliente el té. El Diario Secreto de Da Vinci, quieto, reposaba al lado de la taza, y al lado del libro una libreta con apuntes se desplegaba.

Después de unos minutos inmóvil, le llamó la atención una gota que fue creciendo poco a poco en el exterior del cristal de la ventana. Era un pequeño mundo entre los mundos, juntándose con fragilidad. Le pareció tan susceptible a romperse que sintió lástima de cada grisma de lluvia que caía sin dificultad y sin otra posibilidad. La gota era pequeña, insignificante, quizá innecesaria, sin embargo, reconoció en ella una especie de Aleph.

—¿Qué pasaría si esa gota de lluvia no existiera? –pensó.

Podría buscarle respuestas a esa pregunta, y quizá encontraría algunas con evidente displicencia, pero lo cierto es que la gota era más honda de lo que cualquiera podría imaginar. Dejó de estar allí, en la superficie del agua, para escudriñar la hondura real de las cosas que parecen sencillas y, sin embargo, esconden la respuesta a preguntas pilatianas.

Volvió al escritorio, tomó la pluma y remarcó una palabra sobre la libreta.

—Robespierre –balbuceó.

Eran las cuatro con veintidós minutos de la tarde. Continuó leyendo como si buscara la última pieza de un rompecabezas. Sentía que estaba cerca de completar la tarea que le había quitado la paz el último año. Meticuloso, fanático, obsesivo, dio un sorbo al té y colocó la taza con cuidado, la porcelana hizo un ruido que, aunque silencioso, consiguió atraer la mirada de James. Alejó los dedos del recipiente y observó como si esperara descubrir algo más que el sonido del metal sobre la madera avejentada. Era un sonido incorruptible, como Robespierre, y aterrador, como Robespierre.

Volvió al libro anteponiéndose a la idea que le había llegado de golpe a su cabeza; pero no pudo concentrarse. Se levantó y caminó hacia la ventana nuevamente. Las gotas de lluvia bajaban por todas partes y la gota que lo atrapaba seguía creciendo, superando a las demás. Empezó a sentir una desesperación que le carcomía el cuerpo. Pensó que debía cortar el hilo que lo ataba a esa cosa exterior que, si bien sabía el nombre, desconocía las propiedades universales que ahora le parecían totalmente distintas a cualquier explicación. Se acomodó el gabán y volvió a la mesa.

En la biblioteca, los libros apertrechados guardaban silencio; en la estantería superior del primer armario, todo lo referente al género humanístico. Libros de historia política: política antigua, política moderna y contemporánea y los grandes sucesos globales.

En la tabla baja del mismo armario había algunos libros sobre las antiguas civilizaciones, anotaciones a mano sobre los clásicos griegos y los secretos de los documentos del mar muerto. Nombres y palabras que para James significaban piezas fundamentales en la historia del mundo.

James se dirigió hacia la derecha llevando una escalerilla de madera y la colocó cuidadosamente, subió dos tablas y alcanzó un libro que se hallaba en la parte superior del armario, lo trajo hacia sí, lo acarició con su mano, liberando una leve nube de polvo que lo hizo frotarse la nariz para no estornudar.

Con su mano izquierda sobre el riel posterior de la escalera y llevando el libro en su derecha, descendió los peldaños. Cuando pisó el suelo llevó la escalera hasta la esquina y se fue al escritorio.

Desde afuera vino el rumor de un auto que pasaba. El ruido era monótono y precavido, denotaba una baja velocidad. Aquel pequeño suceso no desconcentró a James, sin embargo, dos minutos después alguien llamó a la puerta.

El anciano levantó la vista hacia la portilla de su oficina y centró su atención en ella. Volvieron a llamar con los mismos tres toques de antes.  James acomodó el libro, aún sin abrir, sobre la mesa, y avanzó hacia la puerta quitándose las gafas. Su paso era lento, pero bien equilibrado. Cuando el anciano ya estiraba su mano derecha hacia el cerrojo, los tres toques volvieron a resonar.

—Ya va –farfulló.

Sosteniendo las gafas en su mano izquierda, descorrió con su derecha el pasador de metal que chilló levemente, la puerta cedió. Un disparo se escuchó a quemarropa. James se desplomó hacia atrás. El hombre de la pistola dio un paso al frente y apuntando hacia el cuerpo de James que yacía tendido en el piso disparó tres tiros más.

El cuerpo del anciano expulsó lentos chorros de sangre a través de las heridas. Las gafas habían caído cerca de la mano del anciano, el rostro, volteado hacia su diestra, mostraba a través de sus ojos entreabiertos un halo de dolor muy hondo, una agonía desolada.

El asesino avanzó hacia adentro aún con el revólver Glock 9MM colgando en su mano derecha. Cuando hubo comprobado la soledad del lugar, enfundó el arma y continuó observando, sin bajar la guardia, pero con menos tensión. Descubrió la puerta de la oficina y fue hacia allá.

Vio el escritorio, se acercó para observar los libros sobre la mesa, pero la libreta con los apuntes llamó su atención, estiró la mano y la tomó.

No pudo soportar la sorpresa de lo que estaba viendo. Todo lo que había escuchado acerca del maestro James Louis le resultó insignificante frente a lo que creyó descubrir en el cuadernillo. Pasó las hojas y leyó los apuntes más llamativos. Algunos estaban encerrados en círculos, otros remarcados con la pluma, otros sencillamente estaban separados del resto de los apuntes.

Tres hojas más atrás, encontró la palabra “Robespierre”. Estaba separada del resto de comentarios, remarcada con la tinta y, además, encerrada en un círculo igualmente remarcado. ¿Por qué esa palabra estaba remarcada? Era como si deseara separar de la historia a aquel personaje. Un poco más atrás encontró otra frase que lo asombró “el tiempo viene a mi encuentro y no tengo otro tiempo”. Estaba escrita a modo de pie de página, como un recordatorio. Evidentemente no sabía a qué se enfrentaba.

Mike Sams nunca había escuchado esa palabra, no sabía qué era eso. Ora una clave, ora una pista que conducía hacia algo realmente grande escondido entre las páginas de aquella bitácora. Aunque Mike no era del todo un analfabeto, sus conocimientos no llegaban hasta Robespierre ni mucho menos al análisis del tiempo, así que colocó la libreta en su lugar y pensó en volver a la puerta donde el cadáver de James se enfriaba poco a poco. Quería cogerlo de los brazos y arrastrarlo hacia un costado de la casa, como una forma de hacerle un favor porque le parecía que yacer en pleno pasillo no era del todo noble. Quería guardar el cuerpo del anciano en un lugar tranquilo, cerrar la puerta frontal de la casa y concentrarse a averiguar lo que había en aquellos apuntes.

La oscuridad se prolongaba con pesadez entre los arbustos, Mike se sintió ruborizado, tuvo una sensación como si desde afuera alguien lo observara, fue llevando su mano hacia el revólver en el cinto. Concentró la vista hacia el exterior a través del ventanal, pero no reconoció nada. Se apresuró a coger los libros que estaban sobre la mesa incluyendo la libreta de apuntes y salió con más premura de la que había mostrado antes.

Apartó los pies del cadáver de James para que la puerta pudiera cerrarse desde fuera y se alejó dando pasos largos. A unos cincuenta metros, un Cadillac DeVille de 1990 se hallaba estacionado. Mike aún se hallaba a varios metros cuando el automotor se encendió. El hombre llegó apurado, abrió la puerta del copiloto y se introdujo con velocidad.

—¿Lo tienes? –preguntó el chofer.

—Más de lo que esperábamos –respondió Sams.

El auto arrancó. Se dirigieron hacia el norte, por la avenida Hilcroft rumbo a la calle Bovswill. Pensaban perderse entre los miles de coches del centro de la ciudad.

Mientras Robban Amster conducía el Cadillac, Mike Sams hojeaba la bitácora de James y comentaba en voz alta lo que descubría.

—¡Es una verdadera maravilla todo esto! –dijo.

—¿Encontraste lo que buscamos? –volvió a preguntar Amster.

—Claro, todo está aquí, y…

—Quiero saber si en realidad tenemos lo que buscamos –preguntó Robban con seriedad.

Llovía y el limpiaparabrisas subía y bajaba, apartando el agua hacia los costados. Los autos iban y venían con las luces encendidas bajo la lluvia. La imagen de Robban al volante y de Mike Sams con los libros sobre sus piernas y la libreta abierta entre sus manos fue desvaneciéndose lentamente. La luz de la tarde fue reponiéndose, como si lo que decía la libreta sobre el tiempo fuera falso y por un momento los humanos fuéramos capaces de ver el tiempo correr desde el pasado hacia el futuro.

La casa estaba nuevamente con sus bombillas encendidas, con los ruidos habituales. No había ninguna escalerilla en la esquina, ni libros empolvados sobre la tabla superior del librero, ni siquiera había libreros. En la libreta no había ningún Robespierre remarcado; la libreta era un cuaderno de tareas escolares. El Diario Secreto de Da Vinci era un Nacho roído y sobre el alfeizar no había ningunas manos ancianas, sino las de un niño llamado Jaime Luis que miraba por la ventana hacia el patio donde esa tarde no salió a jugar, porque la lluvia era real.

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