El mentiroso (relato corto de Tobias Wolff)

Cuando hablamos del relato corto norteamericano moderno solemos pensar en autores escorados hacia el realismo como Raymond Carver, Lorrie Moore, Richard Ford, David Leavitt, Ernest Hemingway… y por supuesto en Tobias Wolff, del que hoy os ofrecemos el cuento “El mentiroso”.

Andrea Aguilar publicó en Babelia, suplemento cultural del diario El País, un artículo titulado “El coraje de Wolff”, del que recogemos el inicio:

Le interesa la mentira. Los personajes que pueblan las historias de Tobias Wolff (Alabama, 1945) a menudo construyen una realidad alternativa. No se trata de dementes incapaces de distinguir entre realidad y ficción, sino de fabuladores natos; embusteros prestos a manipular una verdad que no les convence. En la mentira encuentran una vía de salida. Así, el adolescente del relato ‘El mentiroso’, a raíz de la muerte de su padre, inventa que sus familiares padecen terribles enfermedades.

Andrea Aguilar, “El coraje de Wolff”, El País, 18/9/2019

“El mentiroso” se centra en la relación entre una madre y su hijo (sí, el que no para de contar mentiras) tras la muerte del cabeza de familia. Esta es una de esas historias cortas minimalistas sobre el entorno familiar, con poca acción y pocos personajes, articulada mediante una trama sencilla y sin final concluyente. Un estilo narrativo con el que muchos de los grandes escritores estadounidenses parecen sentirse muy a gusto.

El cuento “El mentiroso” fue publicado por primera vez en febrero de 1980, en la revista a revista Atlantic Monthly.

Relato corto de Tobias Wolff: El mentiroso

Mi madre leía todo menos libros. Los anuncios de los autobuses, toda la carta del restaurante mientras comíamos, las vallas publicitarias; si no tenía tapas le interesaba. Así que cuando encontró en mi cajón una carta que no iba dirigida a ella, la leyó. «¿Qué más da si James no tiene nada que ocultar?» fue lo que pensó. Cuando terminó de leerla, metió la carta en el cajón y fue de una habitación a otra en la gran casa vacía, hablando sola. Volvió a sacar la carta y a leerla para entenderla bien. Luego, sin ponerse el abrigo y sin echar la llave a la puerta, bajó los escalones y se dirigió a la iglesia que había al final de la calle. Por muy enfadada o confusa que estuviera, siempre iba a misa de cuatro y ahora eran las cuatro.

Hacía un hermoso día, frío, azul y calmado, pero mi madre andaba como si hubiera un fuerte viento, inclinada hacia delante y dando pasos cortos y apresurados. A mi hermano, a mis hermanas y a mí nos parecía graciosa esta forma de andar suya y nos reíamos cuando cruzaba por delante de nosotros para atizar el fuego o regar las plantas. No permitíamos que nos pillara riéndonos. Le hubiera desconcertado pensar que pudiera resultar divertida. Su única concesión al humor era una risa falsa y sorprendente. Los desconocidos se quedaban mirándola con frecuencia.

Mientras esperaba al sacerdote, que llegó tarde, mi madre se puso a rezar. Rezaba de un modo familiar, ordenado y firme: primero por su difunto esposo, mi padre, luego por sus propios padres, también fallecidos. Decía una rápida oración por los padres de su esposo (sólo tocar la base; nunca los quiso) y finalmente por sus hijos por orden de edad, acabando conmigo. Mi madre no consideraba que la originalidad fuese una virtud y hasta que surgió mi nombre, sus oraciones eran exactamente iguales a las de cualquier otro día.

Pero cuando llegó a mí habló en voz alta.

—Creí que no lo haría nunca más. Murphy dijo que ya estaba curado. ¿Qué voy a hacer ahora?

Había un tono de reproche en su voz. Mi madre había puesto grandes esperanzas en la idea de que yo estaba curado. Consideraba mi curación como una respuesta a sus plegarias y en acción de gracias había mandado mucho dinero a la Misión India Tomasiana, dinero que había estado ahorrando para hacer un viaje a Roma. Se sintió estafada y así lo manifestó. Cuando entró el sacerdote, mi madre se sentó en el banco y siguió la misa con gran concentración. Después de la comunión empezó a preocuparse de nuevo y regresó directamente a casa sin pararse a hablar con Frances, la mujer que siempre la abordaba después de misa para contarle todos los horrores que le habían hecho los comunistas, los adoradores del diablo y los rosacruces. Frances la vio marchar frunciendo el ceño.

Una vez en casa, mi madre sacó otra vez la carta de mi cajón y se la llevó a la cocina. La sostuvo sobre la estufa, sujetándola con las uñas y mirando hacia otro lado para no sentirse atraída de nuevo por el contenido, y le prendió fuego. Cuando empezó a quemarse los dedos la tiró en la pila y la miró mientras se ennegrecía, se estremecía y se cerraba sobre sí misma como un puño. Luego abrió el grifo para que las cenizas se fueran por el desagüe y telefoneó al doctor Murphy.

La carta era para mi amigo Ralphy. Antes vivía al otro lado de la calle pero luego se había trasladado a Arizona. La mayor parte de la carta describía una excursión a Alcatraz que habíamos hecho los de mi clase. Eso estaba bien. Lo que horrorizó a mi madre era el último párrafo en el que decía que ella había estado escupiendo sangre y que los médicos no estaban seguros de qué le pasaba, pero esperábamos que no fuera nada grave.

Esto no era verdad. Mi madre se enorgullecía de su estado físico, se consideraba tan fuerte como una mula: «Estoy sana como una mula», decía cuando le preguntaban por su salud. Yo llevaba ya varios años diciendo cosas desagradables que no eran verdad y esta costumbre mía irritaba enormemente a mi madre, tanto como para decidirla a mandarme al doctor Murphy, en cuya consulta me encontraba sentado mientras ella quemaba mi carta. El doctor Murphy era nuestro médico de cabecera y no tenía estudios de psicoanálisis, pero se interesaba por las «cosas de la mente», como él decía. Me había tratado de apendicitis y amigdalitis y mi madre pensaba que podría introducir la verdad en mi mente con la misma facilidad con que extirpaba cosas de mi cuerpo, una esperanza ésta que el doctor Murphy no compartía. Básicamente deseaba conseguir que yo entendiera lo que hacía, y últimamente estaba llegando a la conclusión de que yo comprendía lo que hacía todo lo bien que llegaría a comprenderlo nunca.

El doctor Murphy escuchó a mi madre mientras ésta le contaba la historia de la carta y lo que había hecho con ella. Sentía curiosidad por saber las palabras que yo había utilizado y se irritó cuando ella le dijo que la había quemado.

—Lo que importa —dijo ella— es que se suponía que estaba curado y no lo está.

—Margaret, yo nunca dije que estuviera curado.

—Claro que sí. De no ser así, ¿por qué iba yo a mandar más de mil dólares a la Misión Tomasiana?

—Yo dije que era responsable. Eso significa que James sabe lo que hace, no que vaya a dejar de hacerlo.

—Estoy segura de que me dijiste que se había curado.

—Nunca he dicho eso. Para decir que alguien está curado tienes que saber en qué consiste la salud. En este tipo de cosas eso es imposible. ¿Qué quieres decir cuando hablas de curar a James?

—Ya lo sabes.

—Dímelo de todas formas.

—Hacerle volver a la realidad, ¿qué va a ser?

—¿Qué realidad? ¿La mía o la tuya?

—Murphy, ¿de qué estás hablando? James no está loco, es un mentiroso.

—Eso sí es cierto.

—¿Qué voy a hacer con él?

—No creo que puedas hacer mucho. Ten paciencia.

—Ya he tenido bastante paciencia.

—Yo en tu lugar, Margaret, no le daría demasiada importancia al asunto. James no roba, ¿verdad?

—Por supuesto que no.

—Ni pega a nadie ni es respondón.

—No.

—Entonces tienes muchos motivos para estar agradecida.

—Creo que no puedo resistir más. Esa historia de la leucemia el verano pasado. Y ahora esto.

—Se le pasará cuando crezca, creo yo.

—Murphy, tiene dieciséis años. ¿Qué ocurre si simplemente lo hace cada vez mejor?

Finalmente mi madre comprendió que no iba a conseguir nada del doctor Murphy, que no paraba de recordarle la suerte que tenía. Le dijo algo cortante, él le contestó algo pedante y ella le colgó. El doctor Murphy se quedó mirando el auricular.

—¿Sí? —dijo, y lo puso en su sitio.

Se pasó una mano por la cabeza, una costumbre que le había quedado en los tiempos en que tenía pelo. Para demostrar que lo llevaba bien, bromeaba a menudo acerca de su calvicie, pero yo tenía la impresión de que le molestaba profundamente.

Mirándome desde el otro lado de su mesa, debió de desear no haberme aceptado como paciente. Tratar al hijo de un amigo era como invertir el dinero de un amigo.

—No hace falta que te diga quién era.

Asentí.

El doctor Murphy apartó su silla y la hizo girar para mirar por la ventana que tenía a su espalda y que ocupaba casi toda la pared. Todavía había algunos veleros en la bahía, pero todos venían hacia la costa. Una niebla gris y algodonosa había cubierto el puente y avanzaba rápidamente. El agua parecía en calma desde aquí arriba, pero cuando me fijé más vi manchitas blancas por todas partes, así que debía de estar bastante picada.

—Me sorprendes —dijo—. Mira que dejar algo así donde ella pudiera encontrarlo. Si realmente no puedes evitar el hacer estas cosas, por lo menos podías ser amable y hacerlas discretamente. No es fácil para tu madre, habiendo muerto tu padre y estando lejos todos los demás.

—Lo sé. Yo no pretendía que la encontrara.

—Bueno —se dio golpecitos en los dientes con el lápiz. No estaba convencido profesionalmente, pero personalmente puede que sí—. Creo que ahora deberías irte a casa y tratar de arreglarlo.

—Supongo que sí.

—Dile a tu madre que me pasaré por allí esta noche o mañana. Y otra cosa, James… no la subestimes.

Mientras vivió mi padre solíamos ir a pasar tres o cuatro días al Parque Nacional Yosemite durante el verano. Mi madre conducía y mi padre nos señalaba los lugares de interés, prados donde en otro tiempo se alzaron pueblos de efímera prosperidad, árboles colgantes, ríos de los que se decía que en ciertas épocas fluían contra corriente. O nos leía; tenía la idea, típica de los adultos, de que a los niños les encanta Dickens y Sir Walter Scott. Nosotros cuatro íbamos sentados en el asiento de atrás con las caras serias y atentas, mientras nuestras manos y pies empujaban, pellizcaban, pisaban, golpeaban y pateaban.

Una noche un oso entró en nuestro campamento justo después de cenar. Mi madre había hecho un guiso de atún y debió de olerle como algo por lo que valía la pena morir. Entró en el campamento mientras estábamos sentados alrededor del fuego y se quedó de pie balanceándose hacia detrás y hacia delante. Mi hermano Michael fue el primero en verle y me dio un codazo. Luego le vieron mis hermanas y chillaron. Mi madre y mi padre estaban de espaldas a él pero mi madre debió de intuir lo que pasaba porque inmediatamente dijo:

—No chilléis. Podríais asustarle y cualquiera sabe lo que haría. Nos pondremos a cantar y se irá.

Cantamos «Rema, rema, rema en tu barca», pero el oso no se iba. Dio varias vueltas en torno a nosotros, poniéndose de manos de vez en cuando para olfatear el aire. A la luz de la hoguera yo veía su cara de perro y los músculos que rodaban bajo la piel suelta como piedras dentro de un saco. Cantamos más fuerte mientras él se movía en círculo, acercándose cada vez más.

—Bueno —dijo mi madre—, ya está bien.

Se levantó bruscamente. El oso se detuvo y la observó.

—Largo de aquí —dijo mi madre.

El oso se sentó y miró a un lado y a otro.

—Largo de aquí —repitió ella y se agachó y cogió una piedra.

—No, Margaret —dijo mi padre.

Ella tiró la piedra con fuerza y le dio al oso en el vientre. Incluso a la tenue luz del fuego vi el polvo que salía de su piel. Gruñó y se irguió todo lo alto que era.

—¿Habéis visto? —gritó mi madre—. Está asqueroso. ¡Asqueroso!

Una de mis hermanas se rió. Mi madre cogió otra piedra.

—Por favor, Margaret —dijo mi padre.

Justo en ese momento el oso dio media vuelta y se alejó. Mi madre arrojó la piedra en dirección a él. Durante el resto de la noche el animal merodeó alrededor del campamento hasta que encontró el árbol en el que habíamos colgado los alimentos. Se lo comió todo. Al día siguiente regresamos a la ciudad. Podíamos haber comprado comida en el valle, pero mi padre quería marcharse y no cedió en ningún argumento. En el viaje de regreso trató de animarnos gastando bromas, pero Michael y mis hermanas le ignoraron y miraron por las ventanillas con caras de piedra.

La relación entre mi madre y yo nunca fue fácil, pero no la subestimaba. Era ella la que me subestimaba a mí. Cuando era pequeño ella sospechaba que era demasiado delicado, porque no me gustaba que me lanzaran al aire y porque cuando la veía a ella y a los demás preparándose para una riña general, yo encontraba un sitio donde esconderme. Si conseguían arrastrarme a la trifulca siempre salía herido, un rodillazo en el labio, un dedo torcido, la nariz sangrando, y esto también me lo reprochaba mi madre, como si yo lo hiciera adrede para no jugar.

Incluso las cosas que yo hacía bien la ponían nerviosa. A todos nos encantaban los juegos de palabras, excepto a mi madre, que nunca los entendía, y después de mi padre yo era el mejor de la familia en eso. Mi especialidad eran los Rápidos: «“Pueden bajar al prisionero”, dijo Tom condescendiente»[“bring down” lo mismo puede significar bajar que abatir o derribar]. Mi padre me animaba a hacerlos durante la cena, lo cual debía de ser una tortura para los invitados. Mi madre no estaba segura de lo que sucedía, pero no le gustaba.

Sospechaba de mí también en otros sentidos. No podía irme al cine sin que ella me examinara los bolsillos para asegurarse de que llevaba suficiente dinero para la entrada. Cuando me iba al campamento de verano me abría la mochila delante de todos los chicos que estaban esperando en el autobús. Hubiera preferido marcharme sin el saco de dormir y unas cuantas mudas de ropa, que había olvidado meter, antes que quedar en ridículo. Su desconfianza era lo que me volvía olvidadizo.

Además pensaba que era insensible por lo que sucedió el día que murió mi padre y luego el funeral. No lloré en el funeral de mi padre y mostré signos de aburrimiento durante la elegía, jugueteando con el libro de himnos. Mi madre me hizo poner las manos en el regazo y yo las dejé allí sin moverlas como si fueran cosas que estaba sosteniendo para otra persona. El efecto era irónico y a ella le molestó. Tuvimos una especie de reconciliación unos días más tarde cuando yo cerré los ojos en el colegio y me negué a abrirlos. Después de que varios profesores primero y luego el director fracasaran en su intento de convencerme de que les mirara, o de que mirase una recompensa que afirmaban tener en la mano, me llevaron a la enfermera del colegio, la cual trató de abrirme los párpados a la fuerza y me arañó seriamente uno de ellos. El ojo se me hinchó y yo me puse rígido. Al director le entró pánico y llamó a mi madre, la cual vino a recogerme. Me negué a hablarle, a abrir los ojos o a doblarme, por lo que tuvieron que ponerme tumbado en el asiento trasero y cuando llegamos a casa mi madre tuvo que subirme los escalones de la entrada uno a uno. Luego me echó en el sofá y estuvo toda la tarde tocando el piano para mí. Finalmente abrí los ojos. Nos abrazamos y lloré. Mi madre no creyó en mis lágrimas, pero las aceptó porque sabía que yo las había escenificado en honor suyo.

También mis mentiras nos separaron y el hecho de que mis promesas de no volver a mentir no parecían significar nada para mí. A menudo mis mentiras llegaban a ella de manera muy embarazosa, por ejemplo, la gente la paraba en la calle para decirle que lamentaba mucho que… En el barrio a nadie le gustaba poner a mi madre en una situación violenta, y esto dejó de ocurrir una vez que todo el mundo se enteró de lo que me pasaba. Pero no había forma de salvarla de los desconocidos. El verano después de morir mi padre fui a pasar una temporada con mi tío en Redding y cuando volví me encontré inesperadamente con que mi madre había venido a recibirme a la estación de autobuses. Traté de alejarme del caballero que había viajado a mi lado pero no pude quitármelo de encima. Cuando vio que mi madre me abrazaba se acercó, le dio su tarjeta y le dijo que le llamara si las cosas empeoraban. Ella le devolvió la tarjeta y le contestó que no se metiera donde nadie le llamaba. Más tarde, camino de casa, me hizo repetirle lo que le había dicho al hombre. Sacudió la cabeza.

—No es justo que le cuentes a la gente esas cosas —dijo—. Les confundes.

A mí me parecía que era mi madre la que había confundido al hombre, no yo, pero no se lo dije. Reconocí que no debería decir esas cosas y le prometí que no volvería a hacerlo; promesa que rompí tres horas después en conversación con una mujer en el parque.

No eran sólo las mentiras lo que preocupaba a mi madre; era la morbosidad de las mismas. Ese era el verdadero problema entre nosotros, como lo había sido entre ella y mi padre. Mi madre trabajaba como voluntaria en el Hospital Infantil y en el Comedor de San Antonio y hacía colectas para la Sociedad de San Vicente de Paul. Ponía velas a los santos. Mi hermano y mis hermanas salían a ella en ese aspecto. Mi padre gozaba maldiciendo el lado oscuro de la vida. Nunca se sentía más vivo que cuando estaba indignado por algo. Por esta razón el acto más importante del día para él era la lectura del periódico vespertino.

El nuestro era un periódico terrible, indiferente a la ciudad que lo compraba, indiferente a los descubrimientos médicos —exceptuando nuevos tipos de gases que hacían que se te cayeran las manos al estornudar— e indiferente a la política y al arte. Lo suyo era el escándalo, el horror y las coincidencias espeluznantes. Cuando mi padre se sentaba en el cuarto de estar con el periódico mi madre se quedaba en la cocina y mantenía a los niños entretenidos, a todos menos a mí, porque yo era un niño tranquilo que se divertía solo. Me divertía observando a mi padre.

Se sentaba con las rodillas separadas, inclinado hacia delante, los ojos a pocos centímetros de la página impresa. Mientras leía iba asintiendo con la cabeza. A veces decía palabrotas, tiraba el periódico al suelo y paseaba arriba y abajo del cuarto, luego lo recogía y empezaba de nuevo. Durante una temporada adquirió la costumbre de leérmelo en voz alta. Siempre empezaba por los ecos de sociedad, a los cuales llamaba la página de los parásitos. Esta columna comenzó a tener el carácter de una historieta cómica o de un serial, pues los mismos personajes aparecían todos los días, parpadeando ante el flash vestidos de chifón, sosteniendo torpemente sus vasos a beneficio de los huérfanos de la Península, sonriendo detrás de unas gafas de sol en la terraza de un refugio de esquí en la Sierra. A los que más insultaba era a los esquiadores, probablemente porque no podía entenderlos. La actividad misma era inconcebible para él. Cuando mis hermanas fueron al lago Tahoe un fin de semana invernal con unas amigas y volvieron entusiasmadas con la belleza del lugar, mi padre las chafó enseguida.

—La nieve está sobrevalorada —dijo.

Luego venían las noticias, o lo que en ese periódico pasaba por noticias: cadáveres desenterrados en Escocia, antiguos nazis que ganaban unas elecciones, animales poco comunes asesinados, mendigos que morían desnudos en casas heladoras tumbados en colchones rellenos de miles, o de millones, de dólares; sacerdotes que se casaban, actrices que se divorciaban, millonarios del petróleo que construían fantásticos mausoleos en honor de su caballo favorito, casos de canibalismo. Mi padre leía todo esto con una sonrisa fija y cansada.

Mi madre le animaba a defender alguna causa, a unirse a algún grupo, pero él no quería. Se sentía incómodo con la gente que no era de la familia. Él y mi madre raras veces salían y raras veces recibían invitados, excepto en las grandes fiestas nacionales o privadas. Sus invitados eran siempre los mismos: el doctor Murphy y su esposa, y varios otros amigos que conocían desde la infancia. La mayoría de estas personas nunca se veían fuera de nuestra casa y no se lo pasaban muy bien juntas. Mi padre cumplía con sus obligaciones como anfitrión metiéndose con cada uno por cosas estúpidas que habían hecho o dicho en el pasado y obligándoles a reírse de sí mismos.

Aunque mi padre no bebía, se empeñaba en mezclar cócteles para los invitados. Nunca servía bebidas sencillas como ron con Coca-Cola o whisky con hielo, sólo bebidas inventadas por él. Les ponía nombres relacionados con la abogacía, tales como «El abogado», «El juez de la horca», «El perseguidor de la ambulancia» o «El portavoz», y describía el brebaje con todo detalle. Contaba largas y complicadas historias casi en un susurro, obligando a todos a inclinarse hacia él, y repitiendo las frases importantes; también repetía las frases importantes de las historias que contaba mi madre y además la corregía cuando se equivocaba. Cuando los invitados terminaban sus propias anécdotas, él señalaba la moraleja.

El doctor Murphy tenía varias teorías acerca de mi padre, que solía poner a prueba conmigo en el curso de nuestras sesiones. Para entonces el doctor Murphy había sustituido sus gafas por lentillas y había adelgazado gracias a unos ayunos que hacía regularmente. A pesar de su calvicie parecía varios años más joven que cuando venía a las fiestas de casa. Ciertamente no parecía coetáneo de mi padre, aunque lo era.

Una de las teorías del doctor Murphy era que, al aceptar un puesto de poca responsabilidad en una empresa nada interesante, mi padre había mostrado una conducta clásica de las personas que han sido muy dotadas de niños.

—Tenía miedo de descubrir sus limitaciones —me dijo el doctor Murphy—. Mientras siguiera sellando papeles y redactando testamentos podía continuar creyendo que no tenía limitaciones.

La fascinación del doctor Murphy por mi padre me hacía sentirme incómodo, era como si le traicionase al escucharle. Mientras vivía, mi padre nunca se habría sometido a un psicoanálisis; me parecía una traición tumbarle en el diván ahora que había muerto.

En cambio disfrutaba oyendo al doctor Murphy contar sus recuerdos de mi padre cuando era pequeño. Me contó algo que sucedió cuando los dos estaban en los Boy Scouts. Su tropa había hecho una larga caminata y mi padre se había quedado rezagado. El doctor Murphy y los otros decidieron tenderle una emboscada cuando le vieron venir por el sendero. Se escondieron en el bosque a ambos lados y esperaron. Pero cuando mi padre pasó junto a ellos ninguno se movió ni hizo ruido y él siguió su camino sin enterarse de que estaban allí.

—Tenía una expresión tan dulce en la cara —dijo el doctor Murphy—, escuchando a los pájaros y oliendo las flores, que parecía Fernando el Toro.

También me comentó que los cócteles de mi padre sabían a medicina.

Mientras yo volvía a casa en bicicleta al salir de la consulta del doctor Murphy, mi madre estaba angustiada. Se sentía terriblemente sola pero no llamó a nadie porque también se sentía fracasada. Mis mentiras tenían ese efecto sobre ella. Se las tomaba como una ofensa personal. En tales momentos no pensaba en mis hermanas, una felizmente casada, la otra alumna brillante en Fordham. Tampoco pensaba en mi hermano Michael, que había dejado la universidad para trabajar en Los Angeles con niños que se habían escapado de sus casas. Pensaba en mí. Pensaba que ella había destrozado a su familia.

La realidad era que organizaba bien a la familia. Mientras mi padre se estaba muriendo en el piso de arriba, ella nos hizo trabajar con un propósito común. Redactó listas de tareas y nos dio a cada uno una asignación justa. Nos fijó la hora de acostarnos y nos obligó a cumplirla. Nos marcó un horario para hacer los deberes. Responsabilizó a cada niño del que le seguía en edad y a mí me regaló un perro. Nos decía con frecuencia que nos quería. Durante la cena esperaba que cada uno contribuyera de alguna manera y después de cenar tocaba el piano y trataba de enseñarnos a cantar en armonía, cosa que yo no era capaz de hacer. Mi madre, que era admiradora de la familia Trapp, consideraba que esto era un defecto de carácter.

Nuestra vida en común era más ordenada, más sana, mientras mi padre se moría que lo había sido antes. Él nos había fijado unas normas que seguir, no muy distintas de las que nos dio mi madre cuando él cayó enfermo, pero las imponía con arbitrariedad. Aunque se suponía que recibíamos una asignación, siempre teníamos que pedírsela y entonces nos daba demasiado dinero porque le gustaba parecer magnánimo. A veces nos castigaba sin razón, porque estaba de mal humor. Era capaz de decidir, justo cuando una de mis hermanas iba a ir a un baile, que más le valía quedarse en casa y hacer algo para cultivarse. O de repente nos cogía a todos un miércoles por la noche y nos llevaba a patinar sobre hielo.

Cambió cuando se enteró de que tenía cáncer y se volvió más tranquilo a medida que la enfermedad se extendía. Ya no estaba siempre tomándonos el pelo, y de vez en cuando era posible tener una conversación con él que no tratara de la última cosa que le había indignado. Dejó de leer el periódico y pasaba mucho tiempo mirando por la ventana.

Él y yo nos unimos más. Me enseñó a jugar al póquer y a veces me ayudaba a hacer los deberes. Pero no fue su enfermedad lo que nos unió. La reserva entre nosotros había empezado a romperse después del incidente con el oso, en el viaje de vuelta. Michael y mis hermanas estaban furiosos con él por habernos obligado a marcharnos antes de lo previsto y se negaban a hablarle o a mirarle. Él bromeaba: aunque había sido una experiencia horripilante teníamos que resignarnos [en inglés: “though it had been a grisly experience we had to grin and bear it”; grizzly suena igual que grisly, significa “oso pardo” y bear también significa “oso”]. Y cosas así. A los otros sus bromas les parecían de mal gusto, pero a mí no. Yo había visto lo aterrado que se quedó cuando el oso entró en el campamento. Se había mantenido tan inmóvil que empezó a temblar. Cuando mi madre se puso a tirar piedras pensé que él iba a salir disparado. Yo le comprendía, porque también había sentido miedo. Los otros se lo tomaron a juerga una vez que se acostumbraron a tener al oso merodeando, pero para mi padre y para mí era cada vez peor. Me alegré de salir de allí y le agradecí a mi padre que me hubiera sacado. Comprendí que sus bromas eran una forma de dominarse. Así que le respondí con otra broma: «“Hay un oso fuera”, dijo Tom con intención». Los otros me lanzaron miradas gélidas. Pensaron que le estaba haciendo la pelota. Pero él sonrió.

Cuando pensaba en otros chicos que tenían una estrecha relación con sus padres me los imaginaba cazando juntos, jugando a la pelota, haciendo casas para los pájaros en el sótano y teniendo largas conversaciones sobre chicas, guerras y carreras universitarias. Puede que la razón de que nosotros tardáramos tanto en llevarnos bien fuese que yo tenía esta idea. Siempre interfería en lo que de verdad teníamos en común, que era un miedo compartido.

Hacia el final mi padre se pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo y yo le observaba. A veces, desde abajo, me llegaba débilmente el sonido del piano de mi madre. En ocasiones él se quedaba traspuesto en su sillón mientras yo le leía; entonces su albornoz se abría y yo veía la larga cicatriz reciente que cruzaba su estómago, roja como la sangre en contraste con su piel blanca. Se le marcaban todas las costillas y sus piernas eran como alambres.

Una vez leí en la biografía de un gran hombre que «murió bien». Supuse que el escritor quería decir que soportó el dolor sin quejarse, que no dio falsas alarmas y que no molestó demasiado a quienes iba a dejar detrás. Mi padre murió bien. Su irritabilidad dio paso a otra cosa, algo parecido a la serenidad. En los últimos días se volvió tierno. Era como si la ira de su vida hubiese sido una especie de miedo a subir al escenario. Manejó a su público —nosotros— con la intuición de un viejo actor que sabe cuándo hacer payasadas y cuándo mostrarse digno. Todos estábamos conmovidos y admirábamos su valor, que era lo que él pretendía. Murió en la planta baja, en un rayo oblicuo del sol de la tarde, el día de Año Nuevo, mientras yo le leía. Estábamos solos en casa y yo no sabía qué hacer. Su cuerpo no me asustaba pero inmediatamente, intensamente, eché de menos a mi padre. Me parecía mal dejarle allí sentado y traté de llevarle al piso de arriba, a su dormitorio, pero esto era demasiado difícil para hacerlo yo solo. Así que llamé a mi amigo Ralphy, que vivía enfrente. Cuando entró y vio para qué le llamaba, se echó a llorar pero le obligué a ayudarme de todas formas. Un par de horas después llegó mi madre y cuando le dije que mi padre había muerto, subió corriendo, llamándole. Bajó unos minutos después.

—Gracias a Dios que al menos murió en su cama —dijo.

Al parecer esto era importante para ella y no le dije la verdad. Pero esa noche vinieron a visitarnos los padres de Ralphy. Dijeron que estaban horrorizados por lo que yo había hecho y mi madre también lo estuvo cuando oyó la historia, horrorizada y furiosa. ¿Por qué? ¿Porque no le había dicho la verdad? ¿O porque se había enterado de la verdad y ya no podía seguir creyendo que mi padre había muerto en su cama? Realmente no lo sé.

—Mamá —dije al entrar en el cuarto de estar—, siento lo de la carta. Lo siento de veras.

Estaba poniendo leña en la chimenea y no me miró ni me habló por un momento. Finalmente acabó, se levantó y se sacudió las manos. Retrocedió unos pasos y miró el fuego que había preparado.

—Me ha quedado bien —dijo—. No está mal para haberlo hecho una tuberculosa.

 —Mamá, lo siento.

—¿Lo sientes? ¿Qué es lo que sientes, haberlo escrito o que yo lo haya descubierto?

—No pensaba echar la carta al correo. Era una especie de broma.

—Ja, ja —cogió la escoba y barrió trocitos de corteza y los echó dentro de la chimenea, luego corrió las cortinas y se sentó en el sofá—. Siéntate —dijo. Cruzó las piernas—. ¿Te doy consejos continuamente?

—Sí.

—¿Sí?

Asentí.

—Bueno, da igual. Es mi obligación. Soy tu madre. Voy a darte algunos consejos más, por tu bien. No hace falta que inventes todas esas cosas, James. Ya sucederán —se puso a jugar con el dobladillo de su falda—. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

—Creo que sí.

—Te estás estafando a ti mismo, eso es lo que trato de decirte. Cuando llegues a mi edad no sabrás nada de la vida. Lo único que sabrás es lo que te has inventado.

Pensé en ello. Parecía lógico.

—Creo que tal vez necesitas salir un poco de ti mismo. Pensar más en otras personas —continuó ella.

 Sonó el timbre.

—Ve a abrir —dijo mi madre—. Luego hablaremos de esto.

Era el doctor Murphy. Él y mi madre se disculparon y ella insistió en que se quedara a cenar. Fui a la cocina a buscar hielo para sus bebidas y cuando volví estaban hablando de mí. Me senté en el sofá y les escuché. El doctor Murphy le estaba diciendo a mi madre que no se preocupara.

—James es un buen chico —dijo—. He estado pensando en mi hijo mayor, Terry. No es enteramente un sinvergüenza, pero tampoco es enteramente honrado. No puedo comunicarme con él. Por lo menos James no es escurridizo.

—No —dijo la madre—. Nunca ha sido escurridizo.

El doctor Murphy cruzó las manos entre sus rodillas y se las miró.

—Pues eso es lo que es Terry. Escurridizo.

Antes de sentarnos a cenar rezó en acción de gracias; el doctor Murphy inclinó la cabeza y cerró los ojos y al final se santiguó, aunque había perdido su fe en la universidad. Cuando me lo dijo, en una de nuestras sesiones, con esas mismas palabras, yo vi la imagen de un solo impermeable colgado en un perchero delante de un comedor. Bebió mucho vino y volvió insistentemente al tema de su relación con Terry. Reconoció que el muchacho había llegado a desagradarle. Luego mencionó por sus nombres a varios pacientes suyos, a algunos de los cuales conocíamos mi madre y yo, y dijo que también le desagradaban. Utilizaba la palabra «desagradar» con regodeo, como cuando alguien que está a régimen se permite comerse una sola patata frita.

—No sé en qué me he equivocado —dijo repentinamente, sin que viniera a cuento de nada en particular—. Aunque también es posible que no me haya equivocado en nada. Ya no sé qué pensar. Nadie lo sabe.

—Yo sí sé qué pensar —dijo mi madre.

—Lo mismo le pasa al solipsista. ¿Cómo puedes demostrarle a un solipsista que no nos está creando a los demás?

Éste era uno de los acertijos favoritos del doctor Murphy y casi cualquier pretexto le valía para sacarlo a relucir. Era como un niño con un truco de naipes.

—Mándale a la cama sin cenar —contestó mi madre—. Que cree eso.

De pronto el doctor Murphy se volvió hacia mí.

—¿Por qué lo haces? —me preguntó.

Era una pregunta pura, no tenía ningún propósito que no fuera la satisfacción de su curiosidad. Mi madre me miró y su cara expresaba la misma curiosidad.

—No lo sé —dije, y ésa era la verdad.

El doctor Murphy asintió, no porque hubiera previsto la respuesta sino porque la aceptaba.

—¿Te resulta divertido?

—No, no es divertido. No puedo explicarlo.

—¿Por qué es todo tan triste? —preguntó mi madre—. ¿Por qué todas esas enfermedades?

—Tal vez —dijo el doctor Murphy— porque las cosas tristes son más interesantes.

—Para mí no —dijo mi madre.

—Para mí tampoco —dije yo—. Simplemente me sale así.

Después de cenar el doctor Murphy le pidió a mi madre que tocara el piano. Quería cantar especialmente «Ven a casa, Abbie, la luz de la escalera está encendida».

—Esa antigualla —dijo mi madre.

Se levantó, dobló cuidadosamente la servilleta y la seguimos al cuarto de estar. El doctor Murphy se quedó de pie detrás de ella mientras mi madre se preparaba. Luego cantaron «Ven a casa, Abbie, la luz de la escalera está encendida» y yo observé que él la miraba atentamente, como si estuviera tratando de recordar algo. Ella tenía los ojos cerrados. Después cantaron «O Magnum Mysterium». La cantaron por partes y yo lamenté no tener voz, porque sonaba preciosa.

—Vamos, James —dijo el doctor Murphy mientras mi madre tocaba los últimos acordes—. ¿Es que estas viejas canciones no son lo bastante buenas para ti?

—No sabe cantar, sencillamente —dijo mi madre.

 Cuando el doctor Murphy se fue, mi madre encendió la chimenea y luego hizo más café. Se dejó caer en el sillón medio tumbada, estirando las piernas y moviendo los pies hacia delante y hacia atrás.

—Ha sido divertido —dijo.

—¿Papá y tú hacíais cosas así alguna vez?

—Unas cuantas veces, cuando empezamos a salir. Creo que nunca le gustaron. Él era como tú.

Me pregunté si mis padres habían tenido una buena relación. Él la admiraba y le gustaba mirarla; todas las noches a la hora de cenar nos hacía correr los candelabros ligeramente a la izquierda o a la derecha del centro para poder verla al otro extremo de la mesa. Y todas las noches cuando ella ponía la mesa volvía a colocarlos en el centro. No parecía echarle mucho de menos. Pero la verdad es que yo no lo sabría aunque así fuera, además, tampoco yo le echaba tanto de menos, no como antes. La mayor parte del tiempo pensaba en otras cosas.

—¿James?

Esperé.

—He estado pensando que quizá te gustaría ir a pasar un par de semanas con Michael.

—¿Y el colegio?

—Yo hablaré con el Padre McSorley. No le importará. Puede que este problema se resuelva solo si empiezas a pensar en otras personas.

—Ya lo hago.

—Quiero decir que ayudes a otros, como hace Michael. No tienes que ir si no te apetece.

—Me parece bien. De veras. Me apetece ver a Michael.

—No estoy tratando de librarme de ti.

—Ya lo sé.

Mi madre se desperezó, luego dobló las piernas debajo de sí. Bebió un sorbo de café ruidosamente.

—¿Qué significa esa palabra que usó Murphy? ¿Sabes cuál digo?

—¿Paranoico? Es cuando alguien cree que todo el mundo le persigue. Como esa mujer que siempre te agarra después de misa, Frances.

—No me refiero a paranoico. Todo el mundo sabe lo que eso significa. Era sol algo.

—Ah. Solipsista. Un solipsista es alguien que piensa que él crea todo lo que le rodea.

Mi madre asintió y sopló su café, luego dejó la taza sin haber bebido.

—Preferiría ser paranoica. ¿Crees que Frances lo es realmente?

—Por supuesto. No hay duda.

—Quiero decir, ¿crees que está verdaderamente enferma?

—Eso es lo que quiere decir paranoico, estar enfermo. ¿Tú qué creías, mamá?

—¿Por qué estás tan enfadado?

—No estoy enfadado —bajé la voz—. No estoy enfadado. Pero tú no te creerás esas historias que te cuenta, ¿verdad?

—Bueno, no, no exactamente. Yo creo que no sabe lo que dice, sólo quiere que alguien la escuche. Probablemente vive completamente sola en un cuartucho. Así que es una paranoica. Fíjate que cosas. Y yo sin tener ni idea. James, debemos rezar por ella. ¿Te acordarás de hacerlo?

Asentí. Pensé en mi madre cantando «O Magnum Mysterium», dando las gracias por los alimentos, rezando con fácil confianza, y se me ocurrió que su imaginación era superior a la mía. Ella podía imaginar las cosas uniéndose, no haciéndose pedazos. Me miró y yo me encogí; sabía exactamente lo que iba a decir.

—Hijo, ¿sabes cuánto te quiero? —dijo.

 Al día siguiente por la tarde cogí el autobús de Los Angeles. Me apetecía el viaje, la monotonía de la carretera y de los campos vacíos a ambos lados. Mi madre cruzó conmigo el largo vestíbulo abierto. La estación estaba abarrotada de gente y resultaba agobiante.

—¿Estás seguro de que es éste el autobús que tienes que coger? —me preguntó en el andén.

—Sí.

—Parece tan viejo…

—Mamá…

 —De acuerdo.

Imagen:

Me atrajo hacia sí y me besó, luego me retuvo un segundo más para demostrarme que su abrazo era sincero, no como el de todo el mundo, sin darse cuenta de que todo el mundo hace lo mismo. Subí al autobús y ambos movimos la mano en señal de despedida hasta que resultó embarazoso. Entonces mi madre se puso a buscar algo en su bolso. Cuando terminó yo me levanté y me puse a colocar el equipaje en la rejilla. Me senté y nos sonreíamos, agitamos la mano cuando el conductor puso el motor en marcha, nos encogimos de hombros cuando se levantó repentinamente para contar los pasajeros, nos despedimos de nuevo cuando volvió a sentarse. Cuando el autobús partió mi madre y yo nos estábamos mirando con auténtico alivio.

Me había equivocado de autobús. Éste iba a Los Angeles pero no por la ruta más corta. Nos paramos en San Mateo, Palo Alto, San José y Castroville. Cuando salimos de Castroville empezó a llover con fuerza; mi ventanilla no cerraba del todo y un fino reguero de agua resbalaba por la pared y caía sobre mi asiento. Para no mojarme tenía que mantenerme apartado de la pared e inclinado hacia delante. Llovía cada vez más. El motor del autobús sonaba como si estuviera deshaciéndose.

En Salinas el hombre que dormía a mi lado se levantó de un salto, pero antes de que tuviera tiempo de cambiarme de asiento, una mujer enorme que llevaba un vestido estampado y una bolsa de la compra ocupó su sitio. Tomó posesión de su asiento y se derramó hasta ocupar la mitad del mío, obligándome a retroceder hacia la pared.

—Menuda tormenta —dijo en voz alta, luego se volvió y me miró—. ¿Tienes hambre?

Sin esperar respuesta, metió la mano en su bolsa, sacó un pedazo de pollo y me lo dio.

—¡Vaya por Dios! —gritó—. ¡Miren cómo devora ese muslo de pollo!

Algunas personas se volvieron y sonrieron. Les devolví la sonrisa sin dejar de comer. Cuando terminé ese trozo, ella me dio otro, y luego otro más. Después empezó a repartir pedazos de pollo a la gente que iba cerca de nosotros.

En las afueras de San Luis Obispo el ruido del motor se hizo más fuerte de repente y luego paró por completo. El conductor se echó a un lado de la carretera y se apeó; volvió a subir, chorreando. Unos minutos más tarde nos anunció que el autobús se había averiado y que enviaban otro a recogernos. Alguien preguntó cuánto tardaría y el conductor dijo que no tenía ni idea.

—¡Tómenselo con calma! —gritó la mujer que iba a mi lado—. El que tenga prisa por llegar a Los Angeles debería ir al psiquiatra.

El viento soplaba con fuerza alrededor del autobús, empujando cortinas de lluvia contra las ventanillas de ambos lados. El autobús se balanceaba suavemente. Fuera la luz era parda y densa. La mujer que iba a mi lado interrogó a todos los que nos rodeaban respecto a sus itinerarios y dijo si conocía o no el lugar a donde iban o de dónde venían.

—¿Y tú? —me dio una palmada en la rodilla—. ¿Tus padres tienen una granja de pollos? ¡Espero que sí!

Se rió. Le dije que era de San Francisco.

—San Francisco, allí era donde estaba destinado mi marido.

Me preguntó qué hacía allí y le dije que trabajaba con refugiados tibetanos.

—¿Sí? ¿Y qué haces con una pandilla de tibetanos?

—Me parece a mí que hay muchos otros sitios donde podían haber ido —dijo un hombre que iba sentado delante de nosotros—. Cruzar la frontera de esa manera… Nosotros no vamos allí.

—¿Qué haces con una pandilla de tibetanos? —repitió la mujer.

—Intento encontrarles trabajo, les busco alojamiento, escucho sus problemas.

—¿Entiendes ese habla?

—Sí.

—¿Lo hablas?

—Bastante bien. Nací y me crié en el Tíbet. Mis padres eran misioneros allí.

—Todo el mundo esperó.

—Los asesinaron cuando entraron los comunistas.

La mujer gorda me dio unas palmaditas en el brazo.

—Estoy bien —dije.

—¿Por qué no nos dices algo en tibetano?

—¿Qué quiere que diga?

—Di «La vaca saltó por encima de la luna».

Me observó, sonriendo, y cuando terminé miró a los otros y movió la cabeza.

—Qué bonito. Es como música. Di algo más.

—¿Qué?

 —Cualquier cosa.

Tobias Wolff
(Birmingham, Alabama, 1945 –)

El mentiroso (1980)
(“The Liar”)
Originalmente publicado en la revista Atlantic Monthly (febrero 1980, Vol. 245, Issue 2, pág. 80);
In the Garden of the North American Martyrs
(Nueva York: Ecco Press, 1981, 175 págs.)

Relato corto de Tobias Wolff: El mentiroso

Mi madre leía todo menos libros. Los anuncios de los autobuses, toda la carta del restaurante mientras comíamos, las vallas publicitarias; si no tenía tapas le interesaba. Así que cuando encontró en mi cajón una carta que no iba dirigida a ella, la leyó. «¿Qué más da si James no tiene nada que ocultar?» fue lo que pensó. Cuando terminó de leerla, metió la carta en el cajón y fue de una habitación a otra en la gran casa vacía, hablando sola. Volvió a sacar la carta y a leerla para entenderla bien. Luego, sin ponerse el abrigo y sin echar la llave a la puerta, bajó los escalones y se dirigió a la iglesia que había al final de la calle. Por muy enfadada o confusa que estuviera, siempre iba a misa de cuatro y ahora eran las cuatro.

Hacía un hermoso día, frío, azul y calmado, pero mi madre andaba como si hubiera un fuerte viento, inclinada hacia delante y dando pasos cortos y apresurados. A mi hermano, a mis hermanas y a mí nos parecía graciosa esta forma de andar suya y nos reíamos cuando cruzaba por delante de nosotros para atizar el fuego o regar las plantas. No permitíamos que nos pillara riéndonos. Le hubiera desconcertado pensar que pudiera resultar divertida. Su única concesión al humor era una risa falsa y sorprendente. Los desconocidos se quedaban mirándola con frecuencia.

Mientras esperaba al sacerdote, que llegó tarde, mi madre se puso a rezar. Rezaba de un modo familiar, ordenado y firme: primero por su difunto esposo, mi padre, luego por sus propios padres, también fallecidos. Decía una rápida oración por los padres de su esposo (sólo tocar la base; nunca los quiso) y finalmente por sus hijos por orden de edad, acabando conmigo. Mi madre no consideraba que la originalidad fuese una virtud y hasta que surgió mi nombre, sus oraciones eran exactamente iguales a las de cualquier otro día.

Pero cuando llegó a mí habló en voz alta.

—Creí que no lo haría nunca más. Murphy dijo que ya estaba curado. ¿Qué voy a hacer ahora?

Había un tono de reproche en su voz. Mi madre había puesto grandes esperanzas en la idea de que yo estaba curado. Consideraba mi curación como una respuesta a sus plegarias y en acción de gracias había mandado mucho dinero a la Misión India Tomasiana, dinero que había estado ahorrando para hacer un viaje a Roma. Se sintió estafada y así lo manifestó. Cuando entró el sacerdote, mi madre se sentó en el banco y siguió la misa con gran concentración. Después de la comunión empezó a preocuparse de nuevo y regresó directamente a casa sin pararse a hablar con Frances, la mujer que siempre la abordaba después de misa para contarle todos los horrores que le habían hecho los comunistas, los adoradores del diablo y los rosacruces. Frances la vio marchar frunciendo el ceño.

Una vez en casa, mi madre sacó otra vez la carta de mi cajón y se la llevó a la cocina. La sostuvo sobre la estufa, sujetándola con las uñas y mirando hacia otro lado para no sentirse atraída de nuevo por el contenido, y le prendió fuego. Cuando empezó a quemarse los dedos la tiró en la pila y la miró mientras se ennegrecía, se estremecía y se cerraba sobre sí misma como un puño. Luego abrió el grifo para que las cenizas se fueran por el desagüe y telefoneó al doctor Murphy.

La carta era para mi amigo Ralphy. Antes vivía al otro lado de la calle pero luego se había trasladado a Arizona. La mayor parte de la carta describía una excursión a Alcatraz que habíamos hecho los de mi clase. Eso estaba bien. Lo que horrorizó a mi madre era el último párrafo en el que decía que ella había estado escupiendo sangre y que los médicos no estaban seguros de qué le pasaba, pero esperábamos que no fuera nada grave.

Esto no era verdad. Mi madre se enorgullecía de su estado físico, se consideraba tan fuerte como una mula: «Estoy sana como una mula», decía cuando le preguntaban por su salud. Yo llevaba ya varios años diciendo cosas desagradables que no eran verdad y esta costumbre mía irritaba enormemente a mi madre, tanto como para decidirla a mandarme al doctor Murphy, en cuya consulta me encontraba sentado mientras ella quemaba mi carta. El doctor Murphy era nuestro médico de cabecera y no tenía estudios de psicoanálisis, pero se interesaba por las «cosas de la mente», como él decía. Me había tratado de apendicitis y amigdalitis y mi madre pensaba que podría introducir la verdad en mi mente con la misma facilidad con que extirpaba cosas de mi cuerpo, una esperanza ésta que el doctor Murphy no compartía. Básicamente deseaba conseguir que yo entendiera lo que hacía, y últimamente estaba llegando a la conclusión de que yo comprendía lo que hacía todo lo bien que llegaría a comprenderlo nunca.

El doctor Murphy escuchó a mi madre mientras ésta le contaba la historia de la carta y lo que había hecho con ella. Sentía curiosidad por saber las palabras que yo había utilizado y se irritó cuando ella le dijo que la había quemado.

—Lo que importa —dijo ella— es que se suponía que estaba curado y no lo está.

—Margaret, yo nunca dije que estuviera curado.

—Claro que sí. De no ser así, ¿por qué iba yo a mandar más de mil dólares a la Misión Tomasiana?

—Yo dije que era responsable. Eso significa que James sabe lo que hace, no que vaya a dejar de hacerlo.

—Estoy segura de que me dijiste que se había curado.

—Nunca he dicho eso. Para decir que alguien está curado tienes que saber en qué consiste la salud. En este tipo de cosas eso es imposible. ¿Qué quieres decir cuando hablas de curar a James?

—Ya lo sabes.

—Dímelo de todas formas.

—Hacerle volver a la realidad, ¿qué va a ser?

—¿Qué realidad? ¿La mía o la tuya?

—Murphy, ¿de qué estás hablando? James no está loco, es un mentiroso.

—Eso sí es cierto.

—¿Qué voy a hacer con él?

—No creo que puedas hacer mucho. Ten paciencia.

—Ya he tenido bastante paciencia.

—Yo en tu lugar, Margaret, no le daría demasiada importancia al asunto. James no roba, ¿verdad?

—Por supuesto que no.

—Ni pega a nadie ni es respondón.

—No.

—Entonces tienes muchos motivos para estar agradecida.

—Creo que no puedo resistir más. Esa historia de la leucemia el verano pasado. Y ahora esto.

—Se le pasará cuando crezca, creo yo.

—Murphy, tiene dieciséis años. ¿Qué ocurre si simplemente lo hace cada vez mejor?

Finalmente mi madre comprendió que no iba a conseguir nada del doctor Murphy, que no paraba de recordarle la suerte que tenía. Le dijo algo cortante, él le contestó algo pedante y ella le colgó. El doctor Murphy se quedó mirando el auricular.

—¿Sí? —dijo, y lo puso en su sitio.

Se pasó una mano por la cabeza, una costumbre que le había quedado en los tiempos en que tenía pelo. Para demostrar que lo llevaba bien, bromeaba a menudo acerca de su calvicie, pero yo tenía la impresión de que le molestaba profundamente.

Mirándome desde el otro lado de su mesa, debió de desear no haberme aceptado como paciente. Tratar al hijo de un amigo era como invertir el dinero de un amigo.

—No hace falta que te diga quién era.

Asentí.

El doctor Murphy apartó su silla y la hizo girar para mirar por la ventana que tenía a su espalda y que ocupaba casi toda la pared. Todavía había algunos veleros en la bahía, pero todos venían hacia la costa. Una niebla gris y algodonosa había cubierto el puente y avanzaba rápidamente. El agua parecía en calma desde aquí arriba, pero cuando me fijé más vi manchitas blancas por todas partes, así que debía de estar bastante picada.

—Me sorprendes —dijo—. Mira que dejar algo así donde ella pudiera encontrarlo. Si realmente no puedes evitar el hacer estas cosas, por lo menos podías ser amable y hacerlas discretamente. No es fácil para tu madre, habiendo muerto tu padre y estando lejos todos los demás.

—Lo sé. Yo no pretendía que la encontrara.

—Bueno —se dio golpecitos en los dientes con el lápiz. No estaba convencido profesionalmente, pero personalmente puede que sí—. Creo que ahora deberías irte a casa y tratar de arreglarlo.

—Supongo que sí.

—Dile a tu madre que me pasaré por allí esta noche o mañana. Y otra cosa, James… no la subestimes.

Mientras vivió mi padre solíamos ir a pasar tres o cuatro días al Parque Nacional Yosemite durante el verano. Mi madre conducía y mi padre nos señalaba los lugares de interés, prados donde en otro tiempo se alzaron pueblos de efímera prosperidad, árboles colgantes, ríos de los que se decía que en ciertas épocas fluían contra corriente. O nos leía; tenía la idea, típica de los adultos, de que a los niños les encanta Dickens y Sir Walter Scott. Nosotros cuatro íbamos sentados en el asiento de atrás con las caras serias y atentas, mientras nuestras manos y pies empujaban, pellizcaban, pisaban, golpeaban y pateaban.

Una noche un oso entró en nuestro campamento justo después de cenar. Mi madre había hecho un guiso de atún y debió de olerle como algo por lo que valía la pena morir. Entró en el campamento mientras estábamos sentados alrededor del fuego y se quedó de pie balanceándose hacia detrás y hacia delante. Mi hermano Michael fue el primero en verle y me dio un codazo. Luego le vieron mis hermanas y chillaron. Mi madre y mi padre estaban de espaldas a él pero mi madre debió de intuir lo que pasaba porque inmediatamente dijo:

—No chilléis. Podríais asustarle y cualquiera sabe lo que haría. Nos pondremos a cantar y se irá.

Cantamos «Rema, rema, rema en tu barca», pero el oso no se iba. Dio varias vueltas en torno a nosotros, poniéndose de manos de vez en cuando para olfatear el aire. A la luz de la hoguera yo veía su cara de perro y los músculos que rodaban bajo la piel suelta como piedras dentro de un saco. Cantamos más fuerte mientras él se movía en círculo, acercándose cada vez más.

—Bueno —dijo mi madre—, ya está bien.

Se levantó bruscamente. El oso se detuvo y la observó.

—Largo de aquí —dijo mi madre.

El oso se sentó y miró a un lado y a otro.

—Largo de aquí —repitió ella y se agachó y cogió una piedra.

—No, Margaret —dijo mi padre.

Ella tiró la piedra con fuerza y le dio al oso en el vientre. Incluso a la tenue luz del fuego vi el polvo que salía de su piel. Gruñó y se irguió todo lo alto que era.

—¿Habéis visto? —gritó mi madre—. Está asqueroso. ¡Asqueroso!

Una de mis hermanas se rió. Mi madre cogió otra piedra.

—Por favor, Margaret —dijo mi padre.

Justo en ese momento el oso dio media vuelta y se alejó. Mi madre arrojó la piedra en dirección a él. Durante el resto de la noche el animal merodeó alrededor del campamento hasta que encontró el árbol en el que habíamos colgado los alimentos. Se lo comió todo. Al día siguiente regresamos a la ciudad. Podíamos haber comprado comida en el valle, pero mi padre quería marcharse y no cedió en ningún argumento. En el viaje de regreso trató de animarnos gastando bromas, pero Michael y mis hermanas le ignoraron y miraron por las ventanillas con caras de piedra.

La relación entre mi madre y yo nunca fue fácil, pero no la subestimaba. Era ella la que me subestimaba a mí. Cuando era pequeño ella sospechaba que era demasiado delicado, porque no me gustaba que me lanzaran al aire y porque cuando la veía a ella y a los demás preparándose para una riña general, yo encontraba un sitio donde esconderme. Si conseguían arrastrarme a la trifulca siempre salía herido, un rodillazo en el labio, un dedo torcido, la nariz sangrando, y esto también me lo reprochaba mi madre, como si yo lo hiciera adrede para no jugar.

Incluso las cosas que yo hacía bien la ponían nerviosa. A todos nos encantaban los juegos de palabras, excepto a mi madre, que nunca los entendía, y después de mi padre yo era el mejor de la familia en eso. Mi especialidad eran los Rápidos: «“Pueden bajar al prisionero”, dijo Tom condescendiente»[“bring down” lo mismo puede significar bajar que abatir o derribar]. Mi padre me animaba a hacerlos durante la cena, lo cual debía de ser una tortura para los invitados. Mi madre no estaba segura de lo que sucedía, pero no le gustaba.

Sospechaba de mí también en otros sentidos. No podía irme al cine sin que ella me examinara los bolsillos para asegurarse de que llevaba suficiente dinero para la entrada. Cuando me iba al campamento de verano me abría la mochila delante de todos los chicos que estaban esperando en el autobús. Hubiera preferido marcharme sin el saco de dormir y unas cuantas mudas de ropa, que había olvidado meter, antes que quedar en ridículo. Su desconfianza era lo que me volvía olvidadizo.

Además pensaba que era insensible por lo que sucedió el día que murió mi padre y luego el funeral. No lloré en el funeral de mi padre y mostré signos de aburrimiento durante la elegía, jugueteando con el libro de himnos. Mi madre me hizo poner las manos en el regazo y yo las dejé allí sin moverlas como si fueran cosas que estaba sosteniendo para otra persona. El efecto era irónico y a ella le molestó. Tuvimos una especie de reconciliación unos días más tarde cuando yo cerré los ojos en el colegio y me negué a abrirlos. Después de que varios profesores primero y luego el director fracasaran en su intento de convencerme de que les mirara, o de que mirase una recompensa que afirmaban tener en la mano, me llevaron a la enfermera del colegio, la cual trató de abrirme los párpados a la fuerza y me arañó seriamente uno de ellos. El ojo se me hinchó y yo me puse rígido. Al director le entró pánico y llamó a mi madre, la cual vino a recogerme. Me negué a hablarle, a abrir los ojos o a doblarme, por lo que tuvieron que ponerme tumbado en el asiento trasero y cuando llegamos a casa mi madre tuvo que subirme los escalones de la entrada uno a uno. Luego me echó en el sofá y estuvo toda la tarde tocando el piano para mí. Finalmente abrí los ojos. Nos abrazamos y lloré. Mi madre no creyó en mis lágrimas, pero las aceptó porque sabía que yo las había escenificado en honor suyo.

También mis mentiras nos separaron y el hecho de que mis promesas de no volver a mentir no parecían significar nada para mí. A menudo mis mentiras llegaban a ella de manera muy embarazosa, por ejemplo, la gente la paraba en la calle para decirle que lamentaba mucho que… En el barrio a nadie le gustaba poner a mi madre en una situación violenta, y esto dejó de ocurrir una vez que todo el mundo se enteró de lo que me pasaba. Pero no había forma de salvarla de los desconocidos. El verano después de morir mi padre fui a pasar una temporada con mi tío en Redding y cuando volví me encontré inesperadamente con que mi madre había venido a recibirme a la estación de autobuses. Traté de alejarme del caballero que había viajado a mi lado pero no pude quitármelo de encima. Cuando vio que mi madre me abrazaba se acercó, le dio su tarjeta y le dijo que le llamara si las cosas empeoraban. Ella le devolvió la tarjeta y le contestó que no se metiera donde nadie le llamaba. Más tarde, camino de casa, me hizo repetirle lo que le había dicho al hombre. Sacudió la cabeza.

—No es justo que le cuentes a la gente esas cosas —dijo—. Les confundes.

A mí me parecía que era mi madre la que había confundido al hombre, no yo, pero no se lo dije. Reconocí que no debería decir esas cosas y le prometí que no volvería a hacerlo; promesa que rompí tres horas después en conversación con una mujer en el parque.

No eran sólo las mentiras lo que preocupaba a mi madre; era la morbosidad de las mismas. Ese era el verdadero problema entre nosotros, como lo había sido entre ella y mi padre. Mi madre trabajaba como voluntaria en el Hospital Infantil y en el Comedor de San Antonio y hacía colectas para la Sociedad de San Vicente de Paul. Ponía velas a los santos. Mi hermano y mis hermanas salían a ella en ese aspecto. Mi padre gozaba maldiciendo el lado oscuro de la vida. Nunca se sentía más vivo que cuando estaba indignado por algo. Por esta razón el acto más importante del día para él era la lectura del periódico vespertino.

El nuestro era un periódico terrible, indiferente a la ciudad que lo compraba, indiferente a los descubrimientos médicos —exceptuando nuevos tipos de gases que hacían que se te cayeran las manos al estornudar— e indiferente a la política y al arte. Lo suyo era el escándalo, el horror y las coincidencias espeluznantes. Cuando mi padre se sentaba en el cuarto de estar con el periódico mi madre se quedaba en la cocina y mantenía a los niños entretenidos, a todos menos a mí, porque yo era un niño tranquilo que se divertía solo. Me divertía observando a mi padre.

Se sentaba con las rodillas separadas, inclinado hacia delante, los ojos a pocos centímetros de la página impresa. Mientras leía iba asintiendo con la cabeza. A veces decía palabrotas, tiraba el periódico al suelo y paseaba arriba y abajo del cuarto, luego lo recogía y empezaba de nuevo. Durante una temporada adquirió la costumbre de leérmelo en voz alta. Siempre empezaba por los ecos de sociedad, a los cuales llamaba la página de los parásitos. Esta columna comenzó a tener el carácter de una historieta cómica o de un serial, pues los mismos personajes aparecían todos los días, parpadeando ante el flash vestidos de chifón, sosteniendo torpemente sus vasos a beneficio de los huérfanos de la Península, sonriendo detrás de unas gafas de sol en la terraza de un refugio de esquí en la Sierra. A los que más insultaba era a los esquiadores, probablemente porque no podía entenderlos. La actividad misma era inconcebible para él. Cuando mis hermanas fueron al lago Tahoe un fin de semana invernal con unas amigas y volvieron entusiasmadas con la belleza del lugar, mi padre las chafó enseguida.

—La nieve está sobrevalorada —dijo.

Luego venían las noticias, o lo que en ese periódico pasaba por noticias: cadáveres desenterrados en Escocia, antiguos nazis que ganaban unas elecciones, animales poco comunes asesinados, mendigos que morían desnudos en casas heladoras tumbados en colchones rellenos de miles, o de millones, de dólares; sacerdotes que se casaban, actrices que se divorciaban, millonarios del petróleo que construían fantásticos mausoleos en honor de su caballo favorito, casos de canibalismo. Mi padre leía todo esto con una sonrisa fija y cansada.

Mi madre le animaba a defender alguna causa, a unirse a algún grupo, pero él no quería. Se sentía incómodo con la gente que no era de la familia. Él y mi madre raras veces salían y raras veces recibían invitados, excepto en las grandes fiestas nacionales o privadas. Sus invitados eran siempre los mismos: el doctor Murphy y su esposa, y varios otros amigos que conocían desde la infancia. La mayoría de estas personas nunca se veían fuera de nuestra casa y no se lo pasaban muy bien juntas. Mi padre cumplía con sus obligaciones como anfitrión metiéndose con cada uno por cosas estúpidas que habían hecho o dicho en el pasado y obligándoles a reírse de sí mismos.

Aunque mi padre no bebía, se empeñaba en mezclar cócteles para los invitados. Nunca servía bebidas sencillas como ron con Coca-Cola o whisky con hielo, sólo bebidas inventadas por él. Les ponía nombres relacionados con la abogacía, tales como «El abogado», «El juez de la horca», «El perseguidor de la ambulancia» o «El portavoz», y describía el brebaje con todo detalle. Contaba largas y complicadas historias casi en un susurro, obligando a todos a inclinarse hacia él, y repitiendo las frases importantes; también repetía las frases importantes de las historias que contaba mi madre y además la corregía cuando se equivocaba. Cuando los invitados terminaban sus propias anécdotas, él señalaba la moraleja.

El doctor Murphy tenía varias teorías acerca de mi padre, que solía poner a prueba conmigo en el curso de nuestras sesiones. Para entonces el doctor Murphy había sustituido sus gafas por lentillas y había adelgazado gracias a unos ayunos que hacía regularmente. A pesar de su calvicie parecía varios años más joven que cuando venía a las fiestas de casa. Ciertamente no parecía coetáneo de mi padre, aunque lo era.

Una de las teorías del doctor Murphy era que, al aceptar un puesto de poca responsabilidad en una empresa nada interesante, mi padre había mostrado una conducta clásica de las personas que han sido muy dotadas de niños.

—Tenía miedo de descubrir sus limitaciones —me dijo el doctor Murphy—. Mientras siguiera sellando papeles y redactando testamentos podía continuar creyendo que no tenía limitaciones.

La fascinación del doctor Murphy por mi padre me hacía sentirme incómodo, era como si le traicionase al escucharle. Mientras vivía, mi padre nunca se habría sometido a un psicoanálisis; me parecía una traición tumbarle en el diván ahora que había muerto.

En cambio disfrutaba oyendo al doctor Murphy contar sus recuerdos de mi padre cuando era pequeño. Me contó algo que sucedió cuando los dos estaban en los Boy Scouts. Su tropa había hecho una larga caminata y mi padre se había quedado rezagado. El doctor Murphy y los otros decidieron tenderle una emboscada cuando le vieron venir por el sendero. Se escondieron en el bosque a ambos lados y esperaron. Pero cuando mi padre pasó junto a ellos ninguno se movió ni hizo ruido y él siguió su camino sin enterarse de que estaban allí.

—Tenía una expresión tan dulce en la cara —dijo el doctor Murphy—, escuchando a los pájaros y oliendo las flores, que parecía Fernando el Toro.

También me comentó que los cócteles de mi padre sabían a medicina.

Mientras yo volvía a casa en bicicleta al salir de la consulta del doctor Murphy, mi madre estaba angustiada. Se sentía terriblemente sola pero no llamó a nadie porque también se sentía fracasada. Mis mentiras tenían ese efecto sobre ella. Se las tomaba como una ofensa personal. En tales momentos no pensaba en mis hermanas, una felizmente casada, la otra alumna brillante en Fordham. Tampoco pensaba en mi hermano Michael, que había dejado la universidad para trabajar en Los Angeles con niños que se habían escapado de sus casas. Pensaba en mí. Pensaba que ella había destrozado a su familia.

La realidad era que organizaba bien a la familia. Mientras mi padre se estaba muriendo en el piso de arriba, ella nos hizo trabajar con un propósito común. Redactó listas de tareas y nos dio a cada uno una asignación justa. Nos fijó la hora de acostarnos y nos obligó a cumplirla. Nos marcó un horario para hacer los deberes. Responsabilizó a cada niño del que le seguía en edad y a mí me regaló un perro. Nos decía con frecuencia que nos quería. Durante la cena esperaba que cada uno contribuyera de alguna manera y después de cenar tocaba el piano y trataba de enseñarnos a cantar en armonía, cosa que yo no era capaz de hacer. Mi madre, que era admiradora de la familia Trapp, consideraba que esto era un defecto de carácter.

Nuestra vida en común era más ordenada, más sana, mientras mi padre se moría que lo había sido antes. Él nos había fijado unas normas que seguir, no muy distintas de las que nos dio mi madre cuando él cayó enfermo, pero las imponía con arbitrariedad. Aunque se suponía que recibíamos una asignación, siempre teníamos que pedírsela y entonces nos daba demasiado dinero porque le gustaba parecer magnánimo. A veces nos castigaba sin razón, porque estaba de mal humor. Era capaz de decidir, justo cuando una de mis hermanas iba a ir a un baile, que más le valía quedarse en casa y hacer algo para cultivarse. O de repente nos cogía a todos un miércoles por la noche y nos llevaba a patinar sobre hielo.

Cambió cuando se enteró de que tenía cáncer y se volvió más tranquilo a medida que la enfermedad se extendía. Ya no estaba siempre tomándonos el pelo, y de vez en cuando era posible tener una conversación con él que no tratara de la última cosa que le había indignado. Dejó de leer el periódico y pasaba mucho tiempo mirando por la ventana.

Él y yo nos unimos más. Me enseñó a jugar al póquer y a veces me ayudaba a hacer los deberes. Pero no fue su enfermedad lo que nos unió. La reserva entre nosotros había empezado a romperse después del incidente con el oso, en el viaje de vuelta. Michael y mis hermanas estaban furiosos con él por habernos obligado a marcharnos antes de lo previsto y se negaban a hablarle o a mirarle. Él bromeaba: aunque había sido una experiencia horripilante teníamos que resignarnos [en inglés: “though it had been a grisly experience we had to grin and bear it”; grizzly suena igual que grisly, significa “oso pardo” y bear también significa “oso”]. Y cosas así. A los otros sus bromas les parecían de mal gusto, pero a mí no. Yo había visto lo aterrado que se quedó cuando el oso entró en el campamento. Se había mantenido tan inmóvil que empezó a temblar. Cuando mi madre se puso a tirar piedras pensé que él iba a salir disparado. Yo le comprendía, porque también había sentido miedo. Los otros se lo tomaron a juerga una vez que se acostumbraron a tener al oso merodeando, pero para mi padre y para mí era cada vez peor. Me alegré de salir de allí y le agradecí a mi padre que me hubiera sacado. Comprendí que sus bromas eran una forma de dominarse. Así que le respondí con otra broma: «“Hay un oso fuera”, dijo Tom con intención». Los otros me lanzaron miradas gélidas. Pensaron que le estaba haciendo la pelota. Pero él sonrió.

Cuando pensaba en otros chicos que tenían una estrecha relación con sus padres me los imaginaba cazando juntos, jugando a la pelota, haciendo casas para los pájaros en el sótano y teniendo largas conversaciones sobre chicas, guerras y carreras universitarias. Puede que la razón de que nosotros tardáramos tanto en llevarnos bien fuese que yo tenía esta idea. Siempre interfería en lo que de verdad teníamos en común, que era un miedo compartido.

Hacia el final mi padre se pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo y yo le observaba. A veces, desde abajo, me llegaba débilmente el sonido del piano de mi madre. En ocasiones él se quedaba traspuesto en su sillón mientras yo le leía; entonces su albornoz se abría y yo veía la larga cicatriz reciente que cruzaba su estómago, roja como la sangre en contraste con su piel blanca. Se le marcaban todas las costillas y sus piernas eran como alambres.

Una vez leí en la biografía de un gran hombre que «murió bien». Supuse que el escritor quería decir que soportó el dolor sin quejarse, que no dio falsas alarmas y que no molestó demasiado a quienes iba a dejar detrás. Mi padre murió bien. Su irritabilidad dio paso a otra cosa, algo parecido a la serenidad. En los últimos días se volvió tierno. Era como si la ira de su vida hubiese sido una especie de miedo a subir al escenario. Manejó a su público —nosotros— con la intuición de un viejo actor que sabe cuándo hacer payasadas y cuándo mostrarse digno. Todos estábamos conmovidos y admirábamos su valor, que era lo que él pretendía. Murió en la planta baja, en un rayo oblicuo del sol de la tarde, el día de Año Nuevo, mientras yo le leía. Estábamos solos en casa y yo no sabía qué hacer. Su cuerpo no me asustaba pero inmediatamente, intensamente, eché de menos a mi padre. Me parecía mal dejarle allí sentado y traté de llevarle al piso de arriba, a su dormitorio, pero esto era demasiado difícil para hacerlo yo solo. Así que llamé a mi amigo Ralphy, que vivía enfrente. Cuando entró y vio para qué le llamaba, se echó a llorar pero le obligué a ayudarme de todas formas. Un par de horas después llegó mi madre y cuando le dije que mi padre había muerto, subió corriendo, llamándole. Bajó unos minutos después.

—Gracias a Dios que al menos murió en su cama —dijo.

Al parecer esto era importante para ella y no le dije la verdad. Pero esa noche vinieron a visitarnos los padres de Ralphy. Dijeron que estaban horrorizados por lo que yo había hecho y mi madre también lo estuvo cuando oyó la historia, horrorizada y furiosa. ¿Por qué? ¿Porque no le había dicho la verdad? ¿O porque se había enterado de la verdad y ya no podía seguir creyendo que mi padre había muerto en su cama? Realmente no lo sé.

—Mamá —dije al entrar en el cuarto de estar—, siento lo de la carta. Lo siento de veras.

Estaba poniendo leña en la chimenea y no me miró ni me habló por un momento. Finalmente acabó, se levantó y se sacudió las manos. Retrocedió unos pasos y miró el fuego que había preparado.

—Me ha quedado bien —dijo—. No está mal para haberlo hecho una tuberculosa.

 —Mamá, lo siento.

—¿Lo sientes? ¿Qué es lo que sientes, haberlo escrito o que yo lo haya descubierto?

—No pensaba echar la carta al correo. Era una especie de broma.

—Ja, ja —cogió la escoba y barrió trocitos de corteza y los echó dentro de la chimenea, luego corrió las cortinas y se sentó en el sofá—. Siéntate —dijo. Cruzó las piernas—. ¿Te doy consejos continuamente?

—Sí.

—¿Sí?

Asentí.

—Bueno, da igual. Es mi obligación. Soy tu madre. Voy a darte algunos consejos más, por tu bien. No hace falta que inventes todas esas cosas, James. Ya sucederán —se puso a jugar con el dobladillo de su falda—. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

—Creo que sí.

—Te estás estafando a ti mismo, eso es lo que trato de decirte. Cuando llegues a mi edad no sabrás nada de la vida. Lo único que sabrás es lo que te has inventado.

Pensé en ello. Parecía lógico.

—Creo que tal vez necesitas salir un poco de ti mismo. Pensar más en otras personas —continuó ella.

 Sonó el timbre.

—Ve a abrir —dijo mi madre—. Luego hablaremos de esto.

Era el doctor Murphy. Él y mi madre se disculparon y ella insistió en que se quedara a cenar. Fui a la cocina a buscar hielo para sus bebidas y cuando volví estaban hablando de mí. Me senté en el sofá y les escuché. El doctor Murphy le estaba diciendo a mi madre que no se preocupara.

—James es un buen chico —dijo—. He estado pensando en mi hijo mayor, Terry. No es enteramente un sinvergüenza, pero tampoco es enteramente honrado. No puedo comunicarme con él. Por lo menos James no es escurridizo.

—No —dijo la madre—. Nunca ha sido escurridizo.

El doctor Murphy cruzó las manos entre sus rodillas y se las miró.

—Pues eso es lo que es Terry. Escurridizo.

Antes de sentarnos a cenar rezó en acción de gracias; el doctor Murphy inclinó la cabeza y cerró los ojos y al final se santiguó, aunque había perdido su fe en la universidad. Cuando me lo dijo, en una de nuestras sesiones, con esas mismas palabras, yo vi la imagen de un solo impermeable colgado en un perchero delante de un comedor. Bebió mucho vino y volvió insistentemente al tema de su relación con Terry. Reconoció que el muchacho había llegado a desagradarle. Luego mencionó por sus nombres a varios pacientes suyos, a algunos de los cuales conocíamos mi madre y yo, y dijo que también le desagradaban. Utilizaba la palabra «desagradar» con regodeo, como cuando alguien que está a régimen se permite comerse una sola patata frita.

—No sé en qué me he equivocado —dijo repentinamente, sin que viniera a cuento de nada en particular—. Aunque también es posible que no me haya equivocado en nada. Ya no sé qué pensar. Nadie lo sabe.

—Yo sí sé qué pensar —dijo mi madre.

—Lo mismo le pasa al solipsista. ¿Cómo puedes demostrarle a un solipsista que no nos está creando a los demás?

Éste era uno de los acertijos favoritos del doctor Murphy y casi cualquier pretexto le valía para sacarlo a relucir. Era como un niño con un truco de naipes.

—Mándale a la cama sin cenar —contestó mi madre—. Que cree eso.

De pronto el doctor Murphy se volvió hacia mí.

—¿Por qué lo haces? —me preguntó.

Era una pregunta pura, no tenía ningún propósito que no fuera la satisfacción de su curiosidad. Mi madre me miró y su cara expresaba la misma curiosidad.

—No lo sé —dije, y ésa era la verdad.

El doctor Murphy asintió, no porque hubiera previsto la respuesta sino porque la aceptaba.

—¿Te resulta divertido?

—No, no es divertido. No puedo explicarlo.

—¿Por qué es todo tan triste? —preguntó mi madre—. ¿Por qué todas esas enfermedades?

—Tal vez —dijo el doctor Murphy— porque las cosas tristes son más interesantes.

—Para mí no —dijo mi madre.

—Para mí tampoco —dije yo—. Simplemente me sale así.

Después de cenar el doctor Murphy le pidió a mi madre que tocara el piano. Quería cantar especialmente «Ven a casa, Abbie, la luz de la escalera está encendida».

—Esa antigualla —dijo mi madre.

Se levantó, dobló cuidadosamente la servilleta y la seguimos al cuarto de estar. El doctor Murphy se quedó de pie detrás de ella mientras mi madre se preparaba. Luego cantaron «Ven a casa, Abbie, la luz de la escalera está encendida» y yo observé que él la miraba atentamente, como si estuviera tratando de recordar algo. Ella tenía los ojos cerrados. Después cantaron «O Magnum Mysterium». La cantaron por partes y yo lamenté no tener voz, porque sonaba preciosa.

—Vamos, James —dijo el doctor Murphy mientras mi madre tocaba los últimos acordes—. ¿Es que estas viejas canciones no son lo bastante buenas para ti?

—No sabe cantar, sencillamente —dijo mi madre.

 Cuando el doctor Murphy se fue, mi madre encendió la chimenea y luego hizo más café. Se dejó caer en el sillón medio tumbada, estirando las piernas y moviendo los pies hacia delante y hacia atrás.

—Ha sido divertido —dijo.

—¿Papá y tú hacíais cosas así alguna vez?

—Unas cuantas veces, cuando empezamos a salir. Creo que nunca le gustaron. Él era como tú.

Me pregunté si mis padres habían tenido una buena relación. Él la admiraba y le gustaba mirarla; todas las noches a la hora de cenar nos hacía correr los candelabros ligeramente a la izquierda o a la derecha del centro para poder verla al otro extremo de la mesa. Y todas las noches cuando ella ponía la mesa volvía a colocarlos en el centro. No parecía echarle mucho de menos. Pero la verdad es que yo no lo sabría aunque así fuera, además, tampoco yo le echaba tanto de menos, no como antes. La mayor parte del tiempo pensaba en otras cosas.

—¿James?

Esperé.

—He estado pensando que quizá te gustaría ir a pasar un par de semanas con Michael.

—¿Y el colegio?

—Yo hablaré con el Padre McSorley. No le importará. Puede que este problema se resuelva solo si empiezas a pensar en otras personas.

—Ya lo hago.

—Quiero decir que ayudes a otros, como hace Michael. No tienes que ir si no te apetece.

—Me parece bien. De veras. Me apetece ver a Michael.

—No estoy tratando de librarme de ti.

—Ya lo sé.

Mi madre se desperezó, luego dobló las piernas debajo de sí. Bebió un sorbo de café ruidosamente.

—¿Qué significa esa palabra que usó Murphy? ¿Sabes cuál digo?

—¿Paranoico? Es cuando alguien cree que todo el mundo le persigue. Como esa mujer que siempre te agarra después de misa, Frances.

—No me refiero a paranoico. Todo el mundo sabe lo que eso significa. Era sol algo.

—Ah. Solipsista. Un solipsista es alguien que piensa que él crea todo lo que le rodea.

Mi madre asintió y sopló su café, luego dejó la taza sin haber bebido.

—Preferiría ser paranoica. ¿Crees que Frances lo es realmente?

—Por supuesto. No hay duda.

—Quiero decir, ¿crees que está verdaderamente enferma?

—Eso es lo que quiere decir paranoico, estar enfermo. ¿Tú qué creías, mamá?

—¿Por qué estás tan enfadado?

—No estoy enfadado —bajé la voz—. No estoy enfadado. Pero tú no te creerás esas historias que te cuenta, ¿verdad?

—Bueno, no, no exactamente. Yo creo que no sabe lo que dice, sólo quiere que alguien la escuche. Probablemente vive completamente sola en un cuartucho. Así que es una paranoica. Fíjate que cosas. Y yo sin tener ni idea. James, debemos rezar por ella. ¿Te acordarás de hacerlo?

Asentí. Pensé en mi madre cantando «O Magnum Mysterium», dando las gracias por los alimentos, rezando con fácil confianza, y se me ocurrió que su imaginación era superior a la mía. Ella podía imaginar las cosas uniéndose, no haciéndose pedazos. Me miró y yo me encogí; sabía exactamente lo que iba a decir.

—Hijo, ¿sabes cuánto te quiero? —dijo.

 Al día siguiente por la tarde cogí el autobús de Los Angeles. Me apetecía el viaje, la monotonía de la carretera y de los campos vacíos a ambos lados. Mi madre cruzó conmigo el largo vestíbulo abierto. La estación estaba abarrotada de gente y resultaba agobiante.

—¿Estás seguro de que es éste el autobús que tienes que coger? —me preguntó en el andén.

—Sí.

—Parece tan viejo…

—Mamá…

 —De acuerdo.

Me atrajo hacia sí y me besó, luego me retuvo un segundo más para demostrarme que su abrazo era sincero, no como el de todo el mundo, sin darse cuenta de que todo el mundo hace lo mismo. Subí al autobús y ambos movimos la mano en señal de despedida hasta que resultó embarazoso. Entonces mi madre se puso a buscar algo en su bolso. Cuando terminó yo me levanté y me puse a colocar el equipaje en la rejilla. Me senté y nos sonreíamos, agitamos la mano cuando el conductor puso el motor en marcha, nos encogimos de hombros cuando se levantó repentinamente para contar los pasajeros, nos despedimos de nuevo cuando volvió a sentarse. Cuando el autobús partió mi madre y yo nos estábamos mirando con auténtico alivio.

Me había equivocado de autobús. Éste iba a Los Angeles pero no por la ruta más corta. Nos paramos en San Mateo, Palo Alto, San José y Castroville. Cuando salimos de Castroville empezó a llover con fuerza; mi ventanilla no cerraba del todo y un fino reguero de agua resbalaba por la pared y caía sobre mi asiento. Para no mojarme tenía que mantenerme apartado de la pared e inclinado hacia delante. Llovía cada vez más. El motor del autobús sonaba como si estuviera deshaciéndose.

En Salinas el hombre que dormía a mi lado se levantó de un salto, pero antes de que tuviera tiempo de cambiarme de asiento, una mujer enorme que llevaba un vestido estampado y una bolsa de la compra ocupó su sitio. Tomó posesión de su asiento y se derramó hasta ocupar la mitad del mío, obligándome a retroceder hacia la pared.

—Menuda tormenta —dijo en voz alta, luego se volvió y me miró—. ¿Tienes hambre?

Sin esperar respuesta, metió la mano en su bolsa, sacó un pedazo de pollo y me lo dio.

—¡Vaya por Dios! —gritó—. ¡Miren cómo devora ese muslo de pollo!

Algunas personas se volvieron y sonrieron. Les devolví la sonrisa sin dejar de comer. Cuando terminé ese trozo, ella me dio otro, y luego otro más. Después empezó a repartir pedazos de pollo a la gente que iba cerca de nosotros.

En las afueras de San Luis Obispo el ruido del motor se hizo más fuerte de repente y luego paró por completo. El conductor se echó a un lado de la carretera y se apeó; volvió a subir, chorreando. Unos minutos más tarde nos anunció que el autobús se había averiado y que enviaban otro a recogernos. Alguien preguntó cuánto tardaría y el conductor dijo que no tenía ni idea.

—¡Tómenselo con calma! —gritó la mujer que iba a mi lado—. El que tenga prisa por llegar a Los Angeles debería ir al psiquiatra.

El viento soplaba con fuerza alrededor del autobús, empujando cortinas de lluvia contra las ventanillas de ambos lados. El autobús se balanceaba suavemente. Fuera la luz era parda y densa. La mujer que iba a mi lado interrogó a todos los que nos rodeaban respecto a sus itinerarios y dijo si conocía o no el lugar a donde iban o de dónde venían.

—¿Y tú? —me dio una palmada en la rodilla—. ¿Tus padres tienen una granja de pollos? ¡Espero que sí!

Se rió. Le dije que era de San Francisco.

—San Francisco, allí era donde estaba destinado mi marido.

Me preguntó qué hacía allí y le dije que trabajaba con refugiados tibetanos.

—¿Sí? ¿Y qué haces con una pandilla de tibetanos?

—Me parece a mí que hay muchos otros sitios donde podían haber ido —dijo un hombre que iba sentado delante de nosotros—. Cruzar la frontera de esa manera… Nosotros no vamos allí.

—¿Qué haces con una pandilla de tibetanos? —repitió la mujer.

—Intento encontrarles trabajo, les busco alojamiento, escucho sus problemas.

—¿Entiendes ese habla?

—Sí.

—¿Lo hablas?

—Bastante bien. Nací y me crié en el Tíbet. Mis padres eran misioneros allí.

—Todo el mundo esperó.

—Los asesinaron cuando entraron los comunistas.

La mujer gorda me dio unas palmaditas en el brazo.

—Estoy bien —dije.

—¿Por qué no nos dices algo en tibetano?

—¿Qué quiere que diga?

—Di «La vaca saltó por encima de la luna».

Me observó, sonriendo, y cuando terminé miró a los otros y movió la cabeza.

—Qué bonito. Es como música. Di algo más.

—¿Qué?

 —Cualquier cosa.

 Se inclinaron hacia mí. De pronto las ventanillas quedaron cegadas por la lluvia. El conductor se había dormido y roncaba suavemente mecido por el balanceo del autobús. Fuera la luz cenagosa se volvió amarillo pálido por un instante y se oyó un trueno a lo lejos. La mujer que iba a mi lado se recostó en su asiento y cerró los ojos y entonces todos los demás hicieron lo mismo mientras yo les cantaba en lo que sin duda era una lengua antigua y sagrada.

Tobias Wolff

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