Relato corto de Antonio Báez: Rafita y Fali

Antonio Báez es escritor y profesor de Latín y Griego en un centro de secundaria. Es autor de libros como Griego para perros, La magia de los días  o La memoria del gintonic, y ha participado en antologías del género breve como  Velas al vientoLos microrrelatos de La nave de los locos (Cuadernos del vigía, Granada, 2010) y Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español (Menoscuarto, Palencia, 2012).

Hoy nos ofrece un relato inédito, “Rafita y Fali”, en el que el personaje narrador, al hilo de sus pensamientos, va dando cuenta de algunos de los episodios de su vida pasada y presente.

Cuento de Antonio Báez: Rafita y Fali

Es echar a andar y se me pone en marcha la tostadora. La cabeza. Una vez mi exmujer me dijo que yo era frío como un noruego, no sé si dijo frío o distante, estaba cortando verduras y no me atreví a preguntarle si había tenido alguna vez trato amoroso con algún noruego en concreto, quizás con aquel tal Hans del que la había oído hablar de su época de estudiante de bellas artes. Me lo decía, entre otra cosas, porque a la salida del centro comercial yo había dejado pasar sin saludarlo a mi mejor amigo de la infancia, me limité a contemplarlo un instante y a seguir mi camino, ya que él no se percató de mi presencia, y luego en el coche, de vuelta a casa se lo conté a mi mujer, a mi ex, a ella, que era cálida y cercana con sus amigos, y cuando le dio un tajo a la cabellera greñuda del puerro, mientras hacía la comparación de igualdad con el noruego, me pregunté por qué había dicho un noruego y no un sueco, ya que también me había hablado de un tal August de rizos dorados, con el que había recorrido Europa en tren durante un verano, entendí perfectamente que no dijera un finlandés, mi exmujer había vivido en Helsinki con una beca, así que pensé que se acordaba, por exceso o por defecto, de un antiguo amante. A partir de ahora podría reprocharle a quien estuviese a su lado que era tan neurótico como un cordobés. Lo cual, como es evidente, carecería de todo sentido. Pero este cuento no va de ella. Enfoquemos a mi amigo de la infancia. Llamémoslo X o Y, o por su verdadero nombre, Rafael, en honor al arcángel. Han pasado treinta años, y si hago la cuenta, treinta y tres o treinta y cinco, según de lo que me acuerde, si del cañaveral en el que nos gustaba escondernos a fumar cigarrillos sin filtro o del trastazo que nos pegamos con la mobylette que acababa de arreglar su hermano mayor. Parece mentira, me peino delante del espejo y pienso en la de veces que habiendo podido darle un abrazo a mi amigo Rafael no lo he hecho, porque ni siquiera lo he saludado en ocasiones similares a la del centro comercial. De niños éramos vecinos y fuimos al mismo colegio y alguno de los primeros cursos coincidimos en la misma clase, pero luego él pasó a la de la letra C, que era la de los malos estudiantes, y yo me mantuve en la A, entre el pelotón de los que no solían suspender pero tampoco destacar. Por las tardes venía a mi casa y pegaba a la puerta, yo sabía que era él pero nunca me molestaba en abrir, dejaba que lo hiciera mi madre, me gustaba oírlo preguntar, ¿Está Falito? También me gustaba lo que decía mi madre, En su cuarto. Falito, me decía, ¿jugamos?, y me enseñaba el taco de cartas. Se nos pasaban las horas levantando mundos y reglas para los mismos y cuando su madre daba una voz en la escalera, decía, Me voy. Con el tiempo yo dejé de ser Falito y los amigos nuevos empezaron a llamarme Rafa y él se quedó con el Fali. Su padre tenía un taller de chapa y pintura, adivinad cómo se llamaba. Talleres Rafael. Mi padre no tenía dónde caerse muerto, por eso iba y venía con una camioneta. Rafael. Portes. Cuando acabamos en el colegio él empezó a trabajar en el taller con la ilusión desmedida de que su padre le iba a dar, todas las semanas, como al mayor, doscientas pesetas y yo me pasé al instituto, imbuido por una corriente estoica de la que todavía lo ignoraba todo. La esencia de lo que vendría con los años estaba allí. Ayer hice tres llamadas con la esperanza de que nadie al otro lado pudiese aceptar mi invitación. Y tuve suerte. Mientras me afeitaba disfruté del horizonte de soledad que se me abría para todo el puente, el de pies ligeros, me puso alguien en la facultad. El de tu puta madre, pensaba yo, gustándome mucho lo de los pies ligeros. En una fiesta una estudiante de medicina me comió la boca mientras una amiga suya nos miraba. Se me fue un ojo para ella, levantó el cubalitro y ya no disfruté del placer. El caso es que al día siguiente yo no recordaba el rostro de ninguna de las dos, pero ellas sí me tenían fichado. Se vinieron a la facultad de letras y estuvieron espiándome una mañana entera antes de darse a conocer, me daba vergüenza no saber a quién había besado y a quién había deseado besar, y ellas se dieron cuenta. ¿Y ahora?, me preguntaron. ¿Cómo que ahora? Sí, ¿quién quieres que te bese? Prueba tú, le dije a la que tenía el ojo ligeramente vuelto a un lado, a la que su amiga llamaba Sole. Cuando la otra nos miró me di cuenta de mi error. Pero no quise hacerle el feo a Sole y seguí dale que te pego, con la lengua en modo automático. De quien me estaba enamorando según besaba a Sole era de Ana, que nos miraba con ojos glaucos, un modo de mirar que no había visto hasta entonces, que solo se me había presentado a través de la épica. Y ocurrió lo inevitable, mientras yo me desdibujé para ellas, en tanto que pasé a ser un rostro más de su juego, Ana, que siempre se las arreglaba para ser la mirona, se me aparecía en los sueños y me hablaba como lo hacían las diosas del Olimpo a los héroes, y me explicaba lo mucho que se divertían así. Solo una vez nos encontramos de frente al cabo de los años y no nos dijimos nada. Ella iba con una señora mayor que parecía su madre. A mí me acompañaba uno de mis hijos, ahora no sabría decir cuál, quizás el prolífico en recursos para salirse con la suya siempre. Sus ojos me seguían pareciendo glaucos. No tengo, como podrá inferirse, muchos amigos, tampoco pocos, me vale con los que son. No me gusta demasiado la intimidad de la confesión y en ciertas bromas los demás me dejan al descubierto los desajustes de sus mecanismos mentales y emocionales, y esa visión me desequilibra tanto (me llega incluso a irritar) que evito las ocasiones. Sin embargo, no paso ante nadie por huraño o misántropo, porque echo mano de algunas estrategias que ya aprendí desde chico. Me he enamorado más de una vez y he sentido una camaradería cómplice en el trato con mis compañeros de estudio y de trabajo. Pero sí he de ser sincero para mí donde haya un extraño hay una promesa, a falta de que se me ocurra una palabra mejor para expresar lo que quiero decir, una esperanza, quizás también, que nunca he encontrado en los amigos, en la pareja o en los hijos. Con el tiempo mis inclinaciones vagabundas se han acentuado. Voy y vengo y doy las cuentas que me parece. Hace poco supe por mi padre que Rafael, el dueño del taller de chapa y pintura de toda la vida en la plaza Larita, el padre de mi amigo de la infancia, estaba en la cama y ya no salía, que su mujer y sus hijos se turnaban para cuidarlo. Pensé que era el momento de llamar a mi amigo y quedar con él para mostrarle mi apoyo y mi afecto. Me gusta llegar a un buen hotel, ir directamente a los lavabos y luego tomar unas copas en el bar mirando a esos desconocidos que vienen de fuera de la ciudad y que en el ánimo llevan ilusiones que en sus lugares de residencia habitual dejan aparcadas en un trastero. Ah, si la vida fuera un musical, una comedia, una farsa distinta a la que es. Escenográficamente el hall del hotel en el que le doy vueltas a la aceituna de mi martini se convierte en unos espléndidos y cristalinos talleres Rafael, adonde llego a buscar a mi amigo, que me ha pedido que venga a recogerlo, porque si no su padre se resiste a que se vaya un viernes antes del cierre. Las doscientas pesetas se quedaron en menos de la mitad. Fali tiene todavía que quitarse la grasa de las uñas, ducharse y ponerse gomina en el tupé. Lo espero con los pies en la cama, oyendo un disco que pongo de nuevo cada vez que se acaba, sin darle la vuelta a la cara, porque no podemos dejar de oír esa canción. Pasarán meses antes de que pongamos la cara B. Hay días que cruzo una palabra con alguien, hay veces que entablo una conversación, hay muchos que regreso a casa no tan ligero de pies como una vez fui, sino tambaleante como un barco que surca el vinoso océano. Es mi colección de buenos momentos, vuelvo a casa de madrugada y me asalta el entusiasmo, me arrojaría sin más desde el puente. Ayer, después de varios intentos, por fin concertamos una cita. Rafita, dijo, Fali, exclamé yo, y nos dimos unos fuertes abrazos. Cuánto tiempo, amigo. Demasiado. Inevitablemente tuvimos que pasar por contar los últimos acontecimientos de nuestras vidas. Que me había separado hacía ya casi un año. Algo había oído, me dijo. Que su padre estaba muy trabajoso, que sentía celos de su madre y no quería que saliese a la calle ni para hacer la compra. Parece mentira, me dijo, se ha pasado la vida vigilándola y controlándola y ahora es peor que nunca, porque se siente totalmente impotente al no poderse mover de la cama. El otro día me dijo: Tu madre tiene un lío por ahí. Me dieron ganas de decirle que hacía muy bien si lo tenía, estuve a punto, pero no quise ser cruel con el viejo. Mi madre, la pobre, está como para tener un lío con alguien. Le conté que mi ex se había ido a vivir con una alumna de su taller, una viuda que pintaba de un modo increíble, con una fuerza muy personal, según ella misma me había dicho, cuando me la presentó en la exposición de fin de curso. Me sentía contento de poder ofrecer una tragedia sentimental a la altura de las duras circunstancias que él estaba viviendo con sus padres. Su matrimonio, a pesar de los años y de los rigores económicos derivados de la crisis, funcionaba, y su hija acababa de encontrar trabajo en una gran multinacional, lo que le permitiría independizarse en breve. Mis hijos, con su buen humor, habían sido decisivos para mantener cierto equilibrio emocional después de la separación. Gracias a ellos, le dije a mi amigo, me siento con oportunidades para materializar ciertas fantasías de mi vida mental. ¿Te lo has hecho ya con dos tías?, me preguntó. Coño, Fali, no es eso. ¿Pues qué cojones es, Rafita, dime? La verdad es que lo pasamos bien, nos bajamos unos cuantos tercios de cerveza y quedemos en no tardar mucho para llamarnos y vernos de nuevo. Hay lugares y momentos en los que las confesiones sobran, los relatos sobre las dificultades de la vida son intrascendentes, uno se puede sostener únicamente sobre el paso, sobre su propio reflejo en los escaparates de la calle. Me dirijo a una cita. Podría pasar el resto de mi tiempo caminando. Llego puntual. La mujer con la que he quedado ya está sentada en la mesa. Nos saludamos. Es nuestro segundo encuentro. Los temas que tratamos son generales, las costumbres del país, las fiestas, gastronomía, principales figuras artísticas, a ella le gusta el flamenco, yo de flamenco no sé nada, pero me prometí la otra vez que me lo prepararía, y empiezo por ahí. Se le iluminan los ojos, yo diría que se le ponen un poco glaucos, en cuanto le menciono a los cantaores que ella conoce y otros que me he preocupado de investigar para que sienta que le aporto algo. No hay nada mejor para aprender un idioma nuevo que la conversación sobre aquellas cosas que nos apasionan.

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Antonio Báez, en La Opinión de Málaga

Entrevista a Antonio Báez

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