El Gran Gatsby, de Scott Fitzgerald. Por John Carey

En su libro Puro Placer , el profesor y crítico literario John Carey incluye los que son a su parecer –y así reza el subtítulo– “Los 50 libros más apasionantes de la literatura extranjera del siglo XX”.

Elegimos, como escaparate de lo que es el libro, el breve capítulo –todos lo son, bien mirado– que Carey dedica a El Gran Gatsby , de Francis Scott Fitzgerald “tal vez la más importante novela estadounidense”.

Fitzgerald (1896-1940) es uno de los miembros de la Generación Perdida (el nombre es idea de Gertrude Stein), junto con escritores como Ernest Hemingway, William Faulkner, John Steinbeck, John Dos Passos, Upton Sinclair o Erskine Caldwell.

EL GRAN GATBSY (Scott Fitgerald)

Todo el mundo está de acuerdo en que El Gran Gatsby es un clásico, tal vez la más importante novela estadounidense. Pero es difícil explicar en qué consiste su encanto. Su símbolo clave es un vertedero de basura. Fritzgerald tomó esta idea de los montones de basura de Nuestro común amigo de Dickens, pero su vertedero es más fantástico, un valle de desolación donde «las cenizas crecen como trigo en cestas y colinas y jardines grotescos». Sobre esta tierra baldía hay una valla publicitaria de una óptica desde donde miran dos enormes y amenazantes ojos, que son como los ojos de un dios muerto. La catástrofe de la novela se produce aquí y todos los personajes pasan a su lado continuamente, cuando conducen entre Manhattan y las casas de los millonarios con sus playas privadas en la costa norte de Long Island.

La gran cuestión es si el valle de cenizas representa adecuadamente la vida norteamericana tal y como la describe Fitzgerald. Todo en el libro es como un prisma. A medida que lo vas girando, refleja diferentes luces. El protagonista, Jay Gatsby, es joven, guapo e increíblemente rico. Las celebridades acuden en tropel a sus fiestas, donde los hombres y las jóvenes van y vienen «como polillas entre los cuchicheos y el champán y las estrellas». Su pasado es deslumbrante. Educado en Oxford, vivió como un joven rajá en todas las capitales de Europa, se dedicó a la caza mayor, coleccionó rubiés, y, cuando llegó la guerra, dirigió a su batallón de artilleros con temeraria gallardía por el bosque de Argonne. Después se encontraron las insignias de tres divisiones alemanas entre los montones de muertos.

La mayor parte de esto, si no todo, es falso. Hasta el nombre de Gatsby es una mentira. Se llamaba James Gatz y había nacido en una familia pobre de granjeros de Dakota del Norte, a los quince años le adoptó un turbio hombre de negocios y trabajó en su yate en un puesto indefinido. Lo enviaron a la guerra y después estuvo cinco meses en Oxford como parte de un programa de desmovilización. Se relaciona con contrabandistas y gánsteres y su fortuna proviene del alchol ilegal y de bonos robados. Su mansión, con sus salas de música estilo María Antonieta y salones Restauración, es absolutamente kitsh. Sus fiestas son inanes orgías alcoholizadas. Los invitados ni siquiera conocen a su anfitrión.

Por lo tanto, ¿es el vertedero un símbolo adecuado para Gatsby? Sí y no. A pesar de ser un mentiroso patológico, también es un idealista, atrapado por un «sueño incorruptible». Cuando acaban de nombrarle oficial, antes de partir a Francia, se enamoró de una chica de buena familia, Daisy Fay. Era la primera «buena» chica que había conocido. A su vuelta, Daisy estaba casada con Tom Buchanan, un hombre de impecable procedencia social y una enorme herencia heredada. Pero Gatsby aún la adora. Ha elaborado un estilo de vida extravagante únicamente para impresionarla. Ha comprado la mansión sólo porque la de Tom y Daisy se encuentra al otro lado de la bahía y por la noche mira fijamente las luces de su casa, temblando de emoción.

Nosotros vemos, aunque Gatsby no pueda, que Daisy no vale nada: es una mujer hueca, malcriada y cobarde. Lo que él ve y adora es su encanto natural. Brilla como la plata, a salvo y orgullosa, por encima de la dura lucha de los pobres. «Su voz está llena de dinero», le murmura maravillado al narrador, Nick Carraway. Por lo tanto, incluso este incorruptible sueño está corrupto, es un compuesto de snobismo y dólares. O eso es lo que diría un moralista estricto. Pero Fitgerald hace que queramos defender a Gatsby de los moralistas. El contraste con Tom Buchanan es crucial, ya que Tom –mujeriego, mojigato, racista– resulta totalmente odioso. Vemos cómo le rompe la nariz a su amante sin inmutarse, por haberse dado aires de grandeza. Vemos cómo, delante de Daisy, acusa a Gatsby de ser un vulgar estafador y le vemos burlarse de su traje rosa y de que utilice un afectado anglicismo: «old sport» (viejo amigo). Cuanto más insiste, más simpatizamos con Gatsby y su sueño.

Fitegerald dijo que el tema central de su novela era «la pérdida de esas ilusiones que dan tal color al mundo que no te importa si las cosas son reales o falsas mientras formen parte de la gloria mágica». Para Gatsby, Daisy forma parte de la gloria mágica, y nunca pierde esa ilusión. Gatsby muere trágicamente y, de algún modo, también de forma heroica, ya que salva a su amada. Ella, por supuesto, no merece ser salvada. Sin embargo, es posible que todo lo que amamos al final sea una ilusión, un valle de cenizas. Es nuestra fe en las ilusiones lo que da valor a la vida. La resonante poesía de Fitzgerald parece afirmarlo, pero no podemos saberlo con seguridad. El breve y condensado argumento de la novela, tan simple como una tragedia griega, irradia dudas como arco iris artificiales de una fuente. Por eso la leemos una y otra vez.


John Carey, Puro placer. Los 50 libros más apasionantes de la literatura extranjera del siglo XX, traducido por Jaime Roda Bruce. Siglo XXI de España Editores, 2020, pp. 71-73.

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