El tiempo espera siempre en el interior de un bar (José Luis Ibáñez Salas)

José Luis Ibáñez Salas ha sacado a pasear su mirada narrativa por los bares, y el resultado es este cuento, “El tiempo espera siempre en el interior de un bar”, por el que deambulan pintorescos personajes de la noche.

El tiempo espera siempre en el interior de un bar (Relato de José Luis Ibáñez Salas)

El bar debería estar cerrado a estas horas, pero el trajín pendiente aún se resbala hacia la nada de la noche urbana. Lope recoge las mesas, las coloca, arrastrándolas, claro, es un camarero español: fuma, escucha lo que dice alguien en la tele, sueña con sus cosas cuando puede. El bar huele a mucho bar. Lope ni lo nota. Lope es bar.

Entra alguien casi sin hacer ruido, como si su obligación fuera no estar por donde pasa. Lope apaga el cigarro en un cenicero que no existe. Se miran los dos hombres. El recién llegado parece decir algo y Lope parece contestarle. En la tele hay gente discutiendo. Lope la apaga.

A media luz, el bar es como el purgatorio de un cuento escrito por algún escritor intenso. El hombre ha entrado en el servicio de caballeros. Lope mira la tele apagada mientras se pone la chaqueta marrón de los días de primavera asiática, como él los llama. La puerta de los lavabos se abre y el visitante tardío comienza a declamar unos versos. Es un poeta nocturno, no cabe duda. Lope conoce el percal. Lope sabe mucho sobre la fauna humana urbana que habita su ciudad. Este poeta se las trae. Los versos son de catarata. El poema va para largo. Lope no pierde ripio. Afuera llueve.

Hace unos días, Lope conoció a un cantante roquero del barrio más poeta que músico, más músico que estrella. Chencho Berrio se llamaba. Entró en el bar, comió algo, dejó sobre el ámbito donde estuvo algunos restos de su alma de pop estrictamente conectado con el Elvis más oscuro, se levantó y pagó diciéndole a Lope algo inexplicable pero con la suavidad de un animal sigiloso y brutal, y se fue. Algo del tal Chencho flota ahora en el aire del bar, cuando el tardío cliente meón sigue con su perorata aflautada y serena. Lope hace ademán de irse, de hecho, ha apagado la única luz que quedaba, dejando al bar bajo las escasas ascuas de la iluminación callejera, mortecina, breve.

El poema acaba abrupto, lastimado. El visitante no parece querer irse. Lope sigue sin impacientarse. La noche ordena a las nubes que cesen. No hay lluvia fuera, sólo esos charcos de plata tan de la ciudad de los Ojos Negros. Es un buen momento para mirar el móvil: Lope obedece y lee un guasap inquietante. Son más de las 11 y media. El poeta quiere arrancarse otra vez por Claudio Rodríguez, pero Dylan Thomas se cuela de entre los muertos y ahora los versos suenan en inglés. Un inglés de Legazpi, eso sí.

La chaqueta marrón de Lope reposa ahora sobre el respaldo plateado de una de las sillas. En otra diríase que se sienta el bardo. Lope, ahora sí, le grita sin enfurecimiento, sólo para hacerse oír. Pero Dylan Thomas ni se inmuta. Es más, ahora hasta baila. Dan ganas de fumar, piensa Lope. De pronto, afuera suena un estampido. Claudio Rodríguez toma el lugar del galés y Lope se pone la chaqueta, sale a la calle y mira al chiflado que declama ahora en ese inglés de zánganos. Se repite el sonido: es un disparo, cree Lope. El otro no sabe de la misa la mitad, él sigue a lo suyo, canta una canción del otro Dylan. Romance en Durango. En español, la canta en español. La calle huele a noche de ciudad húmeda y ya casi caliente. Bob Dylan no sale. Lope entra a por él, le suena un mensaje de guasap en el móvil. No lo lee ahora. Vuelve a gritar, ahora ya malhumorado. El bar se había quedado dormido y ahora despierta atónito. El bardo no, el bardo es en este instante que ya no está una voz de mujer recitando un poema escrito por una mujer. ¿Qué mujer?

Lope lo saca a la calle, al poeta que ha entrado a mear al váter de caballeros pero ahora dice palabras de mujer con la voz de una mujer. Ida Gloria Fuertes Vitale. Un dos por uno que a Lope ni le va ni le viene, a él que no ha leído un libro de poemas en su vida pero es capaz de escribir una poesía en una servilleta de su bar cada tarde de invierno. Sin faltar un día. Las guarda, por cierto. Ezra Pound sucede brioso a Ida Fuertes, a Gloria Vitale. A Lope ya no le importa nada lo que haga el menda, él ha cerrado bien el bar, se ha abrochado la chaqueta marrón y ha encendido un cigarro. El móvil le espera. Ezra Pound está a punto de morirse. El bar está cerrado a estas horas.

José Luis Ibáñez Salas es escritor e historiador. Visita su blog Insurrección

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