Los cuentos de Lucia Berlin (una reseña de José Luis Ibáñez Salas)

La escritora estadounidense Lucia Berlin nació en Alaska en 1936 y, cuando falleció en 2004, en la californiana Marina del Rey, había publicado 76 cuentos, cuentos que había comenzado a publicar a sus 24 años y que siguieron viendo la luz esporádicamente sobre todo en las décadas de 1960, 1970 y 1980. Lucia Berlin, como tantas mujeres estadounidenses, no se llamaba Lucia Berlin: su nombre de soltera era Lucia Brown. Berlin era el apellido que añadió a su nombre Lucia a raíz de uno de sus matrimonios. De hecho, sus primeros relatos los firmó como Lucia Newton, otro de los apellidos de otro de sus esposos.

Su ajetreada vida, su bamboleante existencia, su difícil recorrido a lo largo de los tiempos que le tocaron vivir y vivió quedan magníficamente reflejados en sus espléndidos relatos, si no en todos muy seguramente en la inmensa mayoría de ellos.

Lucia Berlin, lo digo ya, es una escritora de cuentos magnífica. En octubre de 2016 se publicó en español una excelente selección de muchos de sus relatos, aparecidos con anterioridad entre 1977 y 1999. El título de esa antología es Manual para mujeres de la limpieza  , un libro brillante que yo acabo de leer deslumbrado, absolutamente enamorado de la literatura de Lucia Berlin, a quien no había escuchado nombrar y de quien no había visto jamás escrito su nombre antes de aquel año 2016. 

En el primero de los cuentos, ‘Lavandería Ángel’, un viejo jefe indio se pierde en la memoria de Lucia, que ve en sus manos “hijos y hombres y jardines”, que sabe que “existen los días lentos”. La fascinación provocada por la lectura de este inicio ya me encandiló a un libro que adiviné pronto memorable.

El cuento que da título a la antología es literariamente genial, es sobre todo una despedida al amor muerto desde la desgarradora cotidianeidad combativa de una mujer trabajadora, también desde la inanidad del devenir incomprensible.

En el espléndido ‘Punto de vista’, Lucia muestra todo el intríngulis de su autoficción, o como se llame: pero ella es más importante que el ella que es en sus cuentos, ella es la que cuenta.

“¿Qué hace una chica como yo en un sitio como este?”, pregunta la protagonista de ‘Su primera desintoxicación’, y me suena al leerlo a la vida de Berlin, a la de las protagonistas de sus cuentos… A ella. “Todo dolor es real”, leo en el atolondrado cuento ‘Dolor fantasma’; “me gusta mi trabajo en urgencias”, leemos en ‘Apuntes de la sala de urgencias, 1977’… “Me asaltó el recuerdo del amor, no el amor en sí”, dice la enfermera de ‘Temps perdu’, que suele meterse “en el suave oleaje de la memoria”; la protagonista de ‘Toda luna, todo año’, el cuento titulado como uno de los versos del Chilam Balam (toda luna, todo año / todo día, todo viento / camina, y pasa también. / También, toda la sangre llega / al lugar de su quietud), nos dice estar “consumida de añoranza”… “¿Qué era el amor?”, se pregunta Maria, la protagonista del deslumbrante ‘Bonetes azules’. ‘Buenos y malos’ es una espléndida lección de Historia, de política, de ética, de vida; el casi magistral cuento ‘Penas’…

Las mujeres de los cuentos de Berlin son mujeres de una pieza, seres humanos sustancialmente humanos, fuertes y autónomas. Pero son mujeres literariamente de otro tiempo, mujeres que hablan de zapatos y que cuidan a sus hijos mientras sus maridos tocan música, sin ir más lejos. Una de las mujeres protagonistas de ‘Triste idiota’ puede decir, y dice: “me tratan con respeto, ¡como a un hombre!

También, mujeres que ejercen todo tipo de profesiones y enfrentan todo tipo de asuntos. En el cuento ‘Luto’, la protagonista, nuevamente una mujer de la limpieza, dice que su trabajo “se parece mucho a leer un libro”:

“La muerte cura, nos dice que perdonemos; nos recuerda que no queremos morir solos.”

No, “no hay ninguna guía para la muerte”.

Inmanejable’ (con el alcoholismo de una madre como ámbito) comienza muy arriba:

“En la profunda noche oscura del alma, las licorerías y los bares están cerrados”.

Más adelante:

“Un sudor frío le caía por la espalda, el fuerte castañeteo de sus dientes rompía la quietud de la mañana oscura”.

También los hombres de los cuentos de Berlin, como el amante de la protagonista de ‘Querida Conchi’, que la abraza cuando llora, sin intentar animarla: “sólo me abrazó y me dejó estar triste”.

En ‘Hasta la vista’, su narradora (capaz de “hacer el amor con la electricidad de la rabia y la tristeza y la ternura que había entre nosotros”) dice: “yo no me arrepiento de haber sido alcohólica”.

La protagonista de ‘Silencio’ nos pone sobre aviso de la escritura de Berlin, de sus cuentos llenos de vida y poblados por personajes realmente vivos, repletos de realidad y literatura:

“Exagero mucho y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero de hecho nunca miento”.

Las joyas abundan en esta antología abrumadora, como en el desconsuelo arrebatador y los buenos sentimientos y la dureza vital inconsolable del extraordinario cuento ‘Mijito’, una obra maestra de la narrativa breve del siglo XX.

Relatos en los que “el dolor está en la conciencia de que la felicidad no durará”, como en el cuento que alguien lee en ‘Y llegó el sábado’, porque, como leo en ese relato, tal vez la literatura sea sólo “una cuestión de superar la realidad, de crear nuestra propia verdad” al escribirla.

Y la muerte… La muerte, “que hace jirones el tiempo”, leo en el fabuloso ‘Espera un momento’:

El tiempo se detiene cuando alguien muere. Por supuesto se detiene para ellos quizá, pero para los que sufren la pérdida el tiempo se desquicia. La muerte llega demasiado pronto. Olvida las mareas, los días que se alargan y se acortan, la luna. Hace trizas el calendario. No estás en tu escritorio, en el metro o preparando la cena para los niños. Estás leyendo People en la sala de espera de un quirófano o temblando en un balcón mientras fumas toda la noche. Miras al vacío sentada, en el cuarto de tu infancia con el globo terráqueo sobre la mesa. Persia, el Congo belga. El problema es que cuando vuelves a la vida normal, todas las rutinas, las marcas del día a día parecen mentiras sin sentido. Todo es sospechoso, una trampa para adormecernos, para volver a arroparnos en la plácida inexorabilidad del tiempo”.

Alguien que es capaz de escribir un párrafo de esta categoría en un cuento deslumbrante y tan real y literario a la vez es alguien a quien hay que considerar en muy alta estima.

La única razón por la que he vivido tanto tiempo es porque fui soltando lastre del pasado. Cierro la puerta a la pena, al pesar, al remordimiento”.

Esto último es lo que dice, esta vez sí, Lucia Berlín en el cuento final de esta antología, ‘Volver al hogar’, porque mi sensación es que yo quizás haya sido capaz de aprender algo innecesario y valioso al mismo tiempo: cuándo Lucia Berlin es ella misma y cuándo es, nada más y nada menos, la escritora maravillosa Lucia Berlin. Aunque tal cosa es imposible.

José Luis Ibáñez Salas

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Lucia Berlin (Web de la autora)

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Última actualización el 2021-07-21 / Enlaces de afiliados / Imágenes de la API para Afiliados

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