Relato navideño de Reinaldo Bernal Cárdenas: Pirotecnia

Uno a uno los pasajeros se fueron bajando. El autobús cumplía su  último recorrido, el de las once. El conductor tenía prisa; en casa la familia lo esperaba para festejar la nochebuena. Vio por el espejo que solo dos hombres persistían en sus asientos. Estaban ensimismados, como si no tuviesen destino, la vista perdida en la apretada neblina de la calle. Uno era elegante, el otro, sentado en diagonal, parecía un mendigo. Ambos, sin embargo, concordaban en la expresión mustia de la cara. “Hemos llegado –anunció mientras detenía el vehículo−, esta es la última estación”. Ellos se pusieron de pie con desgana y caminaron hacia la puerta automática que se abría con lentitud. Se bajaron. El frío era opresivo. Antes de reanudar la marcha para dirigirse al estacionamiento el conductor los miró de nuevo, ahora con algo de compasión, pues el barrio estaba desierto. Los vio empequeñecerse en la pátina empañada del espejo.

Los dos hombres caminaron encogidos, refugiándose en sus ropas que no estaban hechas para el frío, y cruzaron una vaga mirada como de auxilio. Iban a tomar rumbos distintos, pero el hombre elegante se acercó al mendigo. “Le invito un trago” dijo, y sacó una botella de McDowell‘s  de su mochila. “¿Y acaso su familia no aguarda su llegada?”, indagó el otro. “Mi esposa decidió dejarme, nuestra hija vive en el extranjero, olvida con frecuencia que tiene padre, mi único hermano está en un asilo de ancianos –dijo el primero con tono melancólico y la familiaridad con la que se le habla a un compadre−. ¿Qué me dice de usted?”. “No existo para nadie −confesó el pordiosero−, ni siquiera para Dios”.

La algarabía de la media noche los tomó por sorpresa. La pirotecnia, a lo lejos, iluminó el cielo con flores incandescentes que abrían sus pétalos de luz; los sonidos de aquel espectáculo tardaban en llegar. En las pocas casas del lugar, los villancicos se mezclaron con la euforia de sus residentes. Los dos hombres buscaron un banco para sentarse.

Aquella noche, mientras compartían sus miedos y soledades en ese rincón apartado de la ciudad, sintieron, en la compañía dadivosa del otro −y por primera vez en sus vidas− algo parecido al verdadero espíritu de la navidad.

Reinaldo Bernal Cárdenas. Léase, del mismo autor, el relato “Culpa“.

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