Relato corto de Jesús Díaz: El encuentro

Jesús Díaz (La Habana, 1941 – Madrid, 2002) fue cineasta y escritor, autor del libro de relatos Los años duros, que ganó el Premio Casa de las Américas en 1966. Como cineasta dirigió varias películas y escribió varios guiones, fue director del suplemento literario del periódico Juventud Rebelde y coeditor de la revista de ciencias sociales Pensamiento Crítico (1967-1971).

Ganó el Premio de la Unión Escritores y Artistas de Cuba con la novela De la patria y el exilio, y finalista del Premio Nadal en 1992 con Las palabras perdidas.

Siendo joven formó parte de la lucha de estudiantes contra Fulgencio Batista, que fuera derrocado por Fidel Castro.

En el relato “El encuentro”, incluido en su libro Los años duros, y que podéis leer a continuación, Jesús Díaz narra el pasado y el presente de dos jóvenes revolucionarios.

Cuento del escritor cubano Jesús Díaz: El encuentro

—Chino —te grito—. ¡Chino!

 ¿No me oyes? ¿No quieres oírme? Eso ya no te lo grito, sólo te lo pienso. No te lo grito porque sé —desde hace un rato— que no quieres oírme. Lo sé desde que me gritaste:

—¡Pendejo!

—¿Violento el cojo, eh?

Algo así debió haber dicho la mujer que tenía —que tengo— a mi lado. Algo así, porque no pude oírla bien. Sólo pude oír —sólo puedo— oír tu voz.

—¡Pendejo!

Me volviste a gritar, mientras escupías, antes de perderte con tu muleta Rampa arriba; con tu muleta que manejas tan bien como una pierna.

Fue hace años. Eran malos tiempos, y él no era cojo.

Entonces era el Chino y no se metía en política.

—Yo no voy a la huelga.

—¡Pendejo! —le dije.

Alzó la mano, claro que para sonarme, pero Rolo lo aguantó.

—¿Por qué no le disparas un avión a un chivato?

Nos fuimos yo y el Rolo para el billar del Arco del Pasaje a hablar de la huelga y de mujeres. Él se quedó en el portal del Instituto, pensando. Esa noche, después del comienzo de la huelga, prendieron al Rolo.

El Chino vino a verme.

—Boby, voy en ésa.

Nada más eso dijo y fue. Al segundo día, en la sesión de la mañana, lo cogieron preso, creo que por un chivatazo. Pero la huelga fue un éxito; una semana parado el Instituto. Prieto, el director, estaba rabiando.

Desde entonces nos hicimos socios los tres; yo, el Rolo y tú. Socios del billar del Arco y de fiestas; de Colón y de Pajarito. Me acuerdo que siempre estabas en carne.

—Vamos a casa de Mercedes —te decía.

—No.

—Hay material nuevo; está durísima.

—No tengo oro, consorte.

—Y, ¿quién te preguntó eso? Si yo tengo oro, tú tienes.

—Y, ¿y está buena la jeba?

Jeba, así les decías. Así te dije ahorita, en la esquina.

—Te traigo una jeba.

—¡Pendejo!

 Pero entonces no hablabas así. Entonces tampoco había pasado aquello. Al principio lo tiramos a bonche. Luego nos reímos, de miedo. Por lo menos yo me reí de miedo. Pero el Rolo no, estaba serio.

—Claro, está bueno ya de huelguitas —dijo.

 Entonces ya no nos reímos más. Había que decidir. —Pero… ¿una bomba? —dijiste.

—¿Ñao?

Te preguntó el Rolo. Sí, nos preguntó, pero yo quise salirme.

—¿Qué? —dije con voz gorda.

—¿Que si tienen miedo?

—Será éste, tú —le dije—; como que es chino a lo mejor se amarilló.

Entonces me sonaste. Estuvo bien. Sé que estuvo bien porque también debiste haberme pegado ahora. Por lo menos eso. Pero entonces no; entonces te lo devolví y el Rolo nos tuvo que separar.

 —Parecen dos fleteras, coño; si a Batista lo fueran a tumbar gente como ustedes estaba ahí mil años. Cualquier día me voy a la Sierra.

 Salimos juntos aquella noche. El Rolo también iba, manejando. Era en el parqueo, debajo de la máquina de Prieto, donde teníamos que poner el niple.

 —Tienen cinco minutos —dijo el Rolo.

 Nos bajamos. Yo llevaba un revólver sin balas.

 —¿Para qué?

 —Me siento más seguro.

Lo viré. Sentí en ese momento cómo el ácido empezaba a comerse la cápsula. Te juro que lo sentí en el pecho. Te agarré la muñeca.

—Misión cumplida —susurré.

El Rolo mantenía encendido el auto. Regresamos. Yo caminaba delante, pero también lo vi con su cajón de limpiabotas y sus pocos años acercarse a la máquina de Prieto.

—Ese comemierda va a mear allí —dijiste.

—¡Vete! —le grité al limpiabotas—. ¡Vete!

—¿Y por qué carajo? —me respondió.

—¡Vete, coño!

—Mira que te meo —me dijo riéndose.

—Hay que hacer algo —dijiste.

—¿Hacer qué?

—Cualquier cosa, ¡rápido!

Sentí cómo me halaste, fuerte, y cómo mis pies se pegaron al asfalto del parqueo, más fuerte, y cómo corriste; lo sentí, te digo, cómo corriste hacia el niple y cómo lo tomaste, y cómo te explotó en el aire, demasiado cerca de la pierna.

—¡Pendejo!

Eso me grité al correr hacia ti con el Rolo, de verdad que me lo grité. Después fue la huida contigo destrozado dentro del auto. Luego, la clínica de mi viejo.

—Pero, ¿tú metido en esto? Sin pensar en tu madre, sin pensar en mí…

—Atiéndelo a él, papá; después hablamos.

—Después nada, hay que…

—¡Atiéndelo que se muere!

En el exilio, al que me mandó mi familia, supe que habías perdido la pierna, y lloré. Te escribí, pero no me contestaste. Creía —quiero seguir creyendo— que no recibiste mis cartas. Supe que ustedes —tú— seguían metidos en la Revolución. Allá estudié y comprendí que la vida era diferente, que era corta y había que vivirla. Supe también que aquél es un buen país para vivir. Vine con el triunfo de la Revolución para verlos. Encontré al Rolo, barbudo, capitán, distinto, con unas ideas muy raras y muy peligrosas. Me dijo dónde verte.

—Frente al Ministerio del Trabajo, a eso de las cinco. También me dijo algo que entonces no entendí bien.

—Está muy raro.

Vine, con dos jebas (creo que una me está hablando ahora) y te vi.

—¡Chino! ¡Mi hermano!

 Te viraste rápido. Quizás hasta contento, contento hasta que viste a las dos jebas.

—¡Pendejo!

Me gritaste mirando a una, la rubia, la más linda.

—¡Chino! —te dije sin entender bien todavía.

—¡Pendejo!

Me volviste a gritar antes de perderte con tu muleta Rampa arriba; con tu muleta que manejas tan bien como una pierna.

—Pimpollo, ¿vas a tenernos toda la tarde aquí?

Algo así creo que me dice la rubia. Algo así, porque no la oigo bien. Ya no se ve la huella de tu saliva en el asfalto.

 —Oye, yo creo que él tenía razón en lo que te dijo —creo que dice ahora— porque es tremendo eso de que un cojo le diga pendejo a un hombre y el hombre no le dé un trompón.

 —Sí —creo que le respondo; porque ahora sé que no fue sólo la pierna. Ahora te comprendo.

Jesús Díaz

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