5 microrrelatos no demasiado conocidos

A continuación podéis leer cinco microrrelatos que he escogido para vosotros. Son cinco microficciones que, además de su calidad, presentan otro una característica común: no son excesivamente conocidas, al menos así me lo parece.

Y las he escogido a propósito de esta manera (es decir, poco conocidas), porque me da la sensación de que en Internet se comparten muchos microrrelatos, pero parece como si siempre fueran los mismos textos de los mismos autores: alguno de Jorge Luis Borges, de Marco Denevi, de Julio Cortázar, de Juan José Arreola, de Antón Chéjov, de Mario Benedetti, de Ana María Shua

Sí, grandes autores de narrativa breve, cierto, que a mí me gustan –como demuestra el hecho de que llevo años compartiendo sus historias cortas–, pero siempre conviene salir de lo manido en busca de nuevas gemas literarias.

Y no digo que los autores elegidos sean desconocidos (exceptuando el último), que no lo son, pero es cierto que estos cuentos no están lo suficientemente divulgados, y he pensado que era un buen momento para hacerlo.

Los autores elegidos son Ludovico Domenichi, Lydia Davis, Manuel del Cabral, Isidoro Blaisten y un autor anónimo.

Microrrelato de Ludovico Domenichi: El pobre Cocchino

El pobre Cocchino vivía en un pequeño rancho, con muy escasas pertenencias, y por lo tanto no se tomaba la moelstia de poner llave por las noches.

Una vez, en medio de la noche, entró un ladrón y fue derecho a la habitación donde Cocchino estaba durmiendo.

El ladrón, en la oscuridad, se puso a tantear con las manos en busca de algo que robar. Al oírlo, Cocchino le dijo:

–Cuánto me alegraría que usted encontrara de noche lo que yo no logro encontrar de día.

Ludovico Domenichi (Piacenzia, 1915–Pisa, 1564)

Minificción de Manuel del Cabral: Los perros del odio

La gente decía que en una caverna, no muy lejos de lo shombres, nacieron unos perros enormes y oscuros que poblaban de terror y asombro la ingenuidad de la comarca.

Los perros pertenecían a un désporta de vieja y ancha fortuna. Por la noche los vecinos escuchaban sin tregua a estos canes gigantes. Sin embargo, nadie los había tocado, nadie los había visto. Pero el pueblo sabía que eran enormes, oscuros y horribles. Mas no era necesario temerles, ni ocultárseles ni huirles, porque de día, cuando de la caverna salían estos ladridos, hambrientos, feroces, al contacto del aire y del sol se deshacían…

La luz los devoraba.

Manuel del Cabral Santiago de los Caballeros, República Dominicana, 1907–Santo Domingo, 1999).

Microcuento de Isidoro Blaisten: El principio es mejor

En el principio fue el sustantivo. No había verbos.

Nadie decía: “Voy a la casa”. Decía simplemente: “casa”, y la casa venía a él. Nadie decía: “te amo”. Decía simplemente: “amor” y uno simplemente amaba.

En el principio fue mejor

Isidoro Blaistein, 1933, Concordia, Argentina–2004, Buenos Aires)

Historia ultrabreve de Lydia Davis: Pelo de perro

El perro se ha ido. Lo echamos de menos. Cuando suena el timbre, nadie ladra. Cuando volvemos tarde a casa, no hay nadie esperándonos. Seguimos encontrándonos pelos blancos aquí y allí por toda la casa y en nuestra ropa. Los recogemos. Deberíamos tirarlos. Pero es lo único que nos queda de él. No los tiramos. Tenemos la esperanza de que si recogemos suficiente pelo, seremos capaces de recomponer al perro.

Lydia Davis (Massachusetts, 1947)

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Cuento anónimo: Las tres rejas

El joven discípulo de un filósofo sabio llega a su casa y le dice:

–Maestro, un amigo estuvo hablando de ti con malevolencia…

–¡Espera! –lo interrumpe el filósofo–. ¿Hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?

–¿Las tres rejas? –preguntó su discípulo.

–Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?

–No. Lo oí comentar a unos vecinos.

–Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?

–No, en realidad no. Al contrario…

–¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?

–A decir verdad, no.

–Entonces… –dijo el sabio sonriendo–, si no es verdad, ni bueno ni necesario, sepultémoslo en el olvido.

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