Relato corto de Margarita Schultz: El abrazo

Su amiga Rosaura le acababa de decir por teléfono que era mejor no salir. Porque era peligroso.

–No se sabe qué puede pasar si alguno de esos seres vestidos como astronautas y con cascos en la cabeza te para en la calle para pedirte el salvoconducto. No salgas mejor, mira que está por llover fuerte, ¡no olvides el paraguas! ¿Tienes el salvoconducto a mano? ¡Fíjate bien, fíjate si está en tu bolso!

Malena sabía cómo era Rosaura, siempre temerosa, siempre esperando que pasara algo ingrato.

Se decía que esos seres circulaban por la ciudad en unas motos de ruedas grandes como las de cross. Por eso podían subir a las veredas con toda facilidad para detener a alguien. Malena no los había visto de cerca aún. Ellos iban en persecución de los ‘abracistas’, que crecían en número, sobre todo entre los jóvenes. Abrazarse en la calle era para la juventud un deporte nocturno, desafiante… una provocación a la autoridad. Más que por ser negligentes con los contagios posibles, reaccionaban así contra las prohibiciones y persecuciones.

Malena iba con sus zapatillas trajinadas, cómodas, cerca del cordón de la vereda para no caminar junto a las persianas cerradas de las tiendas, parte ahora del paisaje urbano. Ya casi le resultaba natural ver las tiendas así, muchas de ellas hermanadas en el color de la herrumbre. También era habitual ver allí los anuncios de ventas por internet;daban un número de contacto para la compra. Parecía menos dramático cada vez, el desierto humano en las calles… sobre todo los domingos.

Ese casi natural la hacía sentirse mal consigo misma.

–… no me voy a acostumbrar, ni voy a sentir que eso es normal, ¡porque no lo es! –se decía con rabia mientras avanzaba luchando entre el dolor del enojo y el alivio de la costumbre.

El cielo tenía un color gris homogéneo, desagradable, pero por el sur comenzaban a avanzar unas nubes más oscuras que matizaban el color.

Por la calle que cortaba la Avenida cruzó una de esas motos. Alcanzó a percibir al personaje cubierto con uniforme blanco y casco… Malena sintió un sobresalto.

–¡Ese! ¡Ese era uno de los persecutores!–

Ahora su caminata se cargó de inquietud… Decidió volver a casa.

Cada dos o tres días Malena necesitaba salir de entre las cuatro paredes de su departamento. Recorría entonces los alrededores a veces con un motivo, comprar manzanas por ejemplo, otras, sin motivo alguno, solo por andar y ver calles, árboles, algún ser humano…

Llevaba más de un año esa situación a la que despertaron todos una mañana, doce meses atrás. El Organismo Internacional de Salud reveló por TV el estado de las cosas. Con una breve frase comunicó el inicio del desastre, estamos en pandemia.

Esa mañana de domingo Malena vio cómo el color de la luz del día viraba hacia lo oscuro. Porque se arremolinó un viento circular en las copas verdes de los árboles, sacudidas como si alguna fuerza suprema quisiera arrancarles un secreto. Unas primeras hojas casi otoñales, que aún no tenían derecho de ciudadanía, volaron desprendidas por el viento. Y se desplomó una lluvia de verano, una tormenta de las que se arman en pocos minutos.

Malena abrió el paraguas que había llevado. Caminaba atenta al riesgo de las baldosas mojadas, brillantes. Se acercó más hacia las paredes para aprovechar el resguardo que brindaban los aleros de los balcones.

Domingo sin gente.  Alguien pasó a una cuadra de distancia.

Un ciclista pedaleaba por la ciclovía de la Avenida, cubierto el cuerpo con una bolsa negra de residuos. El aguacero caía despiadado sobre su cabeza.

Fue entonces cuando vio algo parecido a una alucinación. Después de un año de cuarentena y aislamiento, aun con la prohibición repetida hasta el cansancio por las autoridades, dos mujeres se abrazaban estrechamente en la vereda.

Malena notó que una de ellas era mayor… La mujer sonreía con tanto énfasis mientras abrazaba a la otra, que sus ojos eran apenas líneas en el rostro.

Un dolor fuerte la golpeó en el pecho. Lo que veía Malena era una enormidad; algo tan sorprendente como descubrir un mundo o recuperar un mundo perdido.

Se detuvo a observarlas, no supo qué hacer, cerró el paraguas y lo apretó bajo la axila con el brazo. Y comenzó a aplaudir… con fuerza, con rabia, con orgullo, con nostalgia, con admiración; no encontró otro modo de expresarse que el aplauso.

La mujer mayor la miró desconcertada; dijo disculpándose:

–Vivimos juntas, es mi hija, me acaba de comunicar algo hermoso, ¡va a ser mamá!

Malena siguió aplaudiendo un momento más y después aclaró:

–Es que hace más de un año que no veo un abrazo que no esté en una película, hace más de un año que no abrazo a nadie…

La mujer mayor añadió:

–Si no estuviera prohibido, ahora mismo te daba un abrazo.

La hija, que se había apartado, susurró:

–Pero no viene nadie. ¡Yo vigilo!

Se oyó a lo lejos el rugido de una moto… parecía aumentar, acercarse, se miraron, mudas… pero después de un instante interminable, el ruido se disipó.

Malena tiró el paraguas al suelo. Se abrazaron fuerte, en silencio, diciéndose con ese abrazo todos los mensajes imaginables.

Finalmente ella se desprendió de la desconocida, levantó el paraguas, lo abrió y siguió caminando bajo la lluvia, sin mirar atrás, como si lo que acababa de vivir fuera un sueño del cual no quisiera despertar…

Margarita Schultz

51 cuentos latinoamericanos

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Última actualización el 2021-07-21 / Enlaces de afiliados / Imágenes de la API para Afiliados

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