Relato de un desconocido (Eugenio Montale)

A continuación podéis leer un cuento corto del escritor Eugenio Montale (Génova, 1896 – Milán, 1981), titulado “Relato de un desconocido”.

Con ciertos aires metaliterarios, asistimos a las desavenencias de un padre y un hijo, que es quien narra la historia. Un hijo que es el último de los hermanos y que se promete una y otra vez abandonar el nido familiar para lograr su independencia…

Eugenio Montale recibió el Premio Nobel de Literatura en 1975.

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Relato de un desconocido (historia corta del Premio Nobel Eugenio Montale)

«Quizá recuerdes haber visto en mi casa L’Amico delle famiglie. Todos los sábados por la mañana, el cartero me entregaba, a través de los barrotes de la verja, nuestro ejemplar de esa inocua revistilla no sé si parroquial o misionera, a la que cierta tía de Pietrasanta nos había suscrito de por vida; y yo la abría, echaba una ojeada ansiosa a la sección de los crucigramas para anunciar luego con voz triunfal: “¡Buganza!”.

»Desde el interior, mi padre emitía un refunfuño de profunda satisfacción.

»Entre los muchos motivos de discordia existentes entre mi padre y yo, uno al menos, la ansiosa necesidad de que el nombre del arcipreste Buganza figurara indefectiblemente, cada fin de semana, en la lista de los que habían encontrado la solución de logogrifos, enigmas, jeroglíficos y otros rompecabezas de L’Amico (entre los que se sorteaba un libro edificante), constituía el elemento de cohesión, un hilo que me mantenía apegado a mi progenitor. A la ingenua manía del viejo eclesiástico, que ciertamente se habría sentido deshonrado de no responder a esa llamada semanal, correspondía de algún modo la de nuestra espera, siempre confiada y siempre premiada. En aquellos tiempos no existían los puzzles, los «crucigramas»; pero cuanto nos estaba sucediendo te demuestra que podían existir, en cambio, algunos destinos cruzados. Y ahora te cuento lo que siguió.

»No sabría decirte si fue mi padre o fui yo el primero que reparó en el extraño caso. El arcipreste era un desconocido para nosotros, no vivía en nuestra ciudad, ni nunca nos preocupamos de informarnos acerca de él: que fuese anciano era una simple suposición nuestra. El caso es que desde hacía años (¿cuántos?) no había faltado nunca en aquella lista de nombres, y que nos era ahora ya necesario, formaba parte de nuestras costumbres más celosas. ¿Qué habría dicho de nosotros de haberle hecho saber que estaba abriendo un abismo a nuestros pies? Tal vez lo habría juzgado obra del Maligno. Y sin embargo, era una obra, en aquel tiempo, profundamente conservadora. La ciudad cambiaba mucho, se abría al nefasto influjo de la modernidad. Los cafés eran reemplazados por los bares, en cuyos asientos vivían encaramados extraños jóvenes con bombín y levita, que se alimentaban noche y día de patatas fritas crujientes y del aperitivo «Americano», cuando no de excitantes cócteles. También los teatros conocían la fiebre del crecimiento, las operetas vienesas habían sustituido a La Gran Vía, al Boccaccio y otras consolaciones de nuestros padres. Todavía no existían las girls, pero había teatros de varietés, con sus actrices principiantes y cantantes y las primeras tentativas del cinematógrafo abrían vastas posibilidades a la corrupción de la juventud. Yo mismo, que no frecuentaba aquellos lugares, había pegado en el espejo de mi cuarto el retrato de la adorable estrella que había hecho que, un buen día, un venerado soberano de Europa cambiara su nombre por el de Cleopoldo. Cuando mi padre descubrió el recorte estalló una violenta discusión entre nosotros. Yo amenacé con hacer las maletas y recuperar finalmente mi «independencia». Pero no tenía dinero, y ¿podía irme, en viernes, sin esperar la visita del arcipreste? A la mañana siguiente, Buganza, ganador de una Vida de San Benito Labre, vino a sellar –in hoc signo!– la reconciliación.

»Nuestra vida discurría así, inalterada. Del mismo modo que nos había unido durante meses, Buganza continuó uniéndonos durante años. Mi padre repartía su tiempo entre casa y la oficina comercial de expedición marítima (donde le ayudaban mis hermanos, estos realmente independientes); yo, entre nuestra casa y los soportales de las calles nuevas, siempre sin ocupación. Claro está que buscaba un trabajo digno de mí y de mis aptitudes; pero ni yo ni mi padre habíamos podido aclarar nunca jamás cuáles eran tales aptitudes. En nuestras viejas familias existía por lo general un hijo, las más de las veces el último, el benjamín, al que no se le exigía actividad razonable alguna. Hijo menor de padre viudo, un tanto enclenque desde la infancia y rico en imprecisables vocaciones extracomerciales, yo había llegado a los quince y luego a los veinte y a los veinticinco años sin haber tomado una determinación. Vino la guerra, que no me arrancó de casa, y vinieron la posguerra, la crisis y la gran revolución que había de salvarnos de los horrores del bolchevismo. Los negocios iban mal; no se podían conseguir permisos de importación si no se dejaba uno olvidados gruesos sobres en los despachos de los commendatori, en Roma. Pero Buganza continuaba impertérrito sus visitas, y en nuestra vida había algo firme, algo que aguantaba.

»Un sábado por la mañana tuvimos una discusión bastante fuerte mi padre y yo. Unos miserables me habían abofeteado en la calle porque no había levantado la mano para saludar a un trapo negro, y mi viejo sostenía que habían hecho muy bien y que mi imprudencia no merecía otra cosa. Cogí L’Amico delle famiglie, lo abrí sin sospecha y vi lo inverosímil, la cosa que cambiaba todo el curso de nuestra vida: ¡el nombre de Buganza no estaba!

»“¡Adiós, Buganza!”, exclamé al cabo de un breve silencio; y tras dirigirme a mi cuarto, comencé los preparativos de mi marcha. Había tomado una decisión; el hilo se había cortado, la cadena se había roto; desaparecido de nuestra vida el «bajo continuo Buganza», todo podía y debía cambiar. Daba comienzo una nueva vida, y no importaba si no sabía ni cómo ni dónde. Mi padre acusó el golpe con dignidad, sin hacer comentarios. Pero veía que mientras regaba las dalias en el jardín estaba más decaído y preocupado de lo normal, aunque no sospechase nada de mi decisión. Trabajé el resto del día, parte de la noche y el día siguiente en destruir viejos papeles (también el recorte de prensa de Cléo de Mérode, encontrado al cabo de los años, siguió la misma suerte) y en empaquetar otros. Preparé dos maletas, sin prisa. Decidido como estaba, ¿qué podía temer? Al sábado siguiente no me encontraría en casa y, por lo demás, no se temía una reaparición del cura-fantasma. Buganza había roto su ritmo, faltado al pacto: se volvía de nuevo un comparsa en mi vida y podía prescindir de él. Habiéndolo previsto todo de este modo, me sentí a buen resguardo de cualquier insidia, y me complací en prolongar la víspera de la partida y de saborearla dulcemente. Recorrí de nuevo una a una las viejas calles de la infancia, rehíce los itinerarios que había seguido durante años al dirigirme a la escuela; no tenía amigos, pero no dejé de realizar alguna visita de despedida, sin hacer la mínima mención a mi marcha y maravillando a todos con mis extrañas palabras. A mi padre acabé por decirle que me era necesario ausentarme por unos pocos días, y no sé si sospechó algo más. En toda la semana apenas intercambié algunos monosílabos con él. En suma, los breves días de demora que me había concedido volaron, casi sin darme cuenta; y no me acordé de que llegaba un nuevo sábado hasta que un silbido del cartero me reclamó a la verja y tuve la cubierta verduzca de L’Amico de nuevo ante mis ojos. Abrí la hoja sin emoción: estuviera o no allí el fantasma, ¿qué importaba? El nombre, en efecto, había vuelto a su lugar, pero una nota que cerraba la última columna de crucigramas me asestó el golpe inesperado. “Lamentamos –decía– que por un lapsus de nuestro solícito tipógrafo se omitiera en el número anterior el nombre del Muy Rev. Arc. D.F. Buganza, al cual presentamos, junto con nuestras disculpas”, etcétera, etcétera.

»L’Amico delle famiglie se me resbaló de las manos.

»Tras un breve silencio, me acerqué a mi padre, que se hallaba enfrascado en la lectura de Il Caffaro, y le anuncié:

»–Ha vuelto, ¿sabes?

»–¿Quién? ¿Buganza?

»–El mismo. Y no ha faltado nunca. Se trataba de un error de imprenta. Me parecía extraño, realmente.

»–También a mí me lo parecía –dijo papá.

»Media hora después comencé a deshacer las maletas.

¡No había nada que hacer! La cadena que, iluso de mí, había creído que estaba decidido a romper, era más fuerte que antes. Y ahora que mi padre ya no está y que L’Amico ha desaparecido y el arcipreste ha seguido la misma suerte, pero mi casa sigue aún en pie, sólo una bomba de grueso calibre podría… Pero por el momento no, diría que no. ¿No oyes? Suena la señal del fin de la alarma. Podemos subir de nuevo.»

Un ronco silbido de sirena, un fa ligeramente decreciente, llegaba, en efecto, desde el exterior. Vi al desconocido levantarse, coger a su amigo por el brazo y ponerse en camino para concluir su relato al aire libre.

Eugenio Montale

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