Relato de iniciación a la vida: La primera vez

En este relato corto de iniciación a la vida, Rafael Garcés Robles narra las vivencias de tres amigos, Tony, Chepe y Omar, que se creen unos hombrecillos, a punto de emanciparse, tras clausurar el grado quinto de primaria.

El cuento ilustra los deseos de tanto jóvenes de hacerse mayores y escapar de la tutela de los hombres. Sin embargo…

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La primera vez (cuento de iniciación a la vida de Rafael Garcés Robles)

Tony sin voluntad se dejó llevar casi a rastras tomado de su brazo derecho, luego miró que la mano gigante y desdibujada de su madre caía sobre su humanidad indefensa una y otra vez; un grito atronador con la figura movediza de su padre, tampoco inmutó a Tony e impávido lo miró descargar su correa de chalán curtido sobre sus espaldas que no eran suyas. Las hermanitas lo rescataron, lo abrazaron y lo llevaron a su aposento, Tony las miró con una mirada vacía, parpadeó dos veces y cerró sus ojitos.

Todo comenzó después de clausurar el grado quinto de primaria, cuando Tony se desprendió de su madre para reunirse con sus amigos Chepe y Omar, con quienes previamente habían convenido salir de caminata por el pueblo y hacer planes. Chepe era el hijo menor del alcalde; Omar, hijo único del mayor comprador de café; y Tony, el cuarto de los seis hijos del Juez. Los cuasi adolescentes amigos, sin embargo, ya se sentían mayorcitos, ingresarían en los próximos meses al colegio de secundaria, junto a los jóvenes que acaparaban las miradas de las niñas; podrían salir por las noches y jugar billar clandestinamente en la taberna de don Ezequiel; irían a espiar a las pintoreteadas muchachas que los fines de semana se esconden en la cantina de doña Carmen; enamorarían a Florcita, la niñera “dadivosa” de los hijos de doña Rosa, la tejedora; y sería largo el listado de travesuras que harían los amigos en los despertares de la adolescencia.

Una vez disfrazados de jóvenes y de hombres machos, Omar sacó de su bolsillo un billete de cincuenta centavos, Chepe esgrimió una moneda de veinte centavos y Tony otra de veinte; fueron al estanco oficial y pagaron noventa centavos por una caneca de aguardiente de anís, una caneca equivalente a la cuarta parte de un litro. Enrumbaron camino al potrero de don Arturo. A pico de botella, brindaron el primer trago por no tener que regresar a la escuela de niños. Luego opinaron y hablaron de sus propias decisiones a seguir en sus vidas: autonomía para escoger las camisas y pantalones, y el corte de pelo, y no volver a comprar el pan ni hacer otros mandados. Iban a sacudirse de la opresión, de la sumisión y de la imposición paternal vivida en su sufrida infancia. Y empezaron a gritar sus peticiones en un mini-mitín desordenado:

Rafael Garcés Robles

 –¡Y salud, amigos!

 –No dejaremos que nos obliguen a hacer tareas.

 –¡Otro trago!

Hablaron luego de las vecinitas con quienes habían jugado a ser “papá y mamá”. Se contaron de los enamoramientos, de las “picaditas de ojo”, de las decepciones y de las canciones de los Panchos que recordaban a sus amores.

Omar fue al árbol a coger guayabas y las entregó a cada uno, diciendo que eran buenas para no emborracharse y quitar el tufo del trago. Y continuaron con sus arengas rebeldes:

 –¡Ya no me obligarán a confesarme con el cura cada mes!

 –¡No! ¡No! ¡No!

–¡Ya es hora de aprender de sexo!

–¡Ya es hora de pedir llave a la calle, amigos!

–Mi papá habla de política, ¿y qué es eso?

–¡Nadie nos explicó el cuento de la “manzana prohibida” de Eva!

–¡Uuuyyy! ¡Estoy viendo medio borroso!

–¡Yo veo los árboles caminar a mi rededor!

 Luego de tres brindis más, Chepe eructó, eructo que se volvió trasbocada y punto de contagio para Tony y Omar. La caneca (ahora vacía) hizo los estragos previsibles en la “primera vez” de esos niños que fungían de adultos.

Emprendieron el retorno abrazados para apoyarse mutuamente, para darse ánimo y para no desfallecer en ese agotamiento e inconciencia que el alcohol los sumía segundo a segundo. Los últimos rayos del sol perturbaban sus miradas y confundían más sus torpes pasos por ese estrecho camino de herradura. Y las incipientes penumbras de un domingo triste, camuflaron la entrada escandalosa de tres borrachitos. Al pasar por la tienda de don Milcho, Omar tuvo la lucidez de pedirle fiados tres pedazos de queso que comieron con concupiscencia, con voracidad. Ese queso salado, más el breve descanso, hizo que los beodos reflexionaran un poco. Salieron del establecimiento, no sin antes oír una voz lejana que gritaba:

–¡Si no me pagan mañana, voy a cobrar a la alcaldía!

Al llegar a la ferretería “Central”, los amigos se despidieron y cada uno en su conciencia sabía el problema a enfrentar. Tony caminó la cuadra despacio, tratando de estar firme y bien erguido como camina su padre los fines de semana al llegar de la cantina de don Segundo; al cruzar la esquina miró a su madre esperando parada en el umbral, quien al verlo cruzó de brazos y, al tenerlo cerca se agachó a su altura, agrandó inmensamente sus párpados ayudada de los dedos índice y pulgar y le ordenó con voz de sargento:

–¡Hijo! ¡Sópleme el ojo!

Rafael Garcés Robles

Leer el cuento, del mismo autor: La guerra de las mil veces

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