Relato de supervivencia: Autofagia (Carlos Aponte Rodríguez)

Uno de los grandes objetivos de Narrativa Breve, que lleva haciendo fomento de la lectura desde 2008, ha sido de el ofrecer textos (cuentos, relatos, poemas) de autores harto conocidos, autores consagrados con una obra de obligada lectura para cualquier amante de estos géneros literarios, pero también de nuevos autores que, aun no siendo conocidos, nos resultan de interés literario.

Un ejemplo es este relato de Carlos Aponte Rodríguez, que acaba de publicar su primer libro, la colección de narraciones para adultos 14 relatos y pico , y del que os ofrecemos por ahora “Autofagia”, un relato de supervivencia que estoy seguro os va a gustar tanto como a mí.

La portada está diseñada por el propio autor, que, como bien se declara, es “un pintor que escribe bien y viceversa”. Carlos Aponte Rodríguez nació en Venezuela, si bien está afincado desde hace años en la población española de Almería.

14 RELATOS Y PICO
  • Aponte Rodríguez, Sr. Carlos Manuel (Author)

Cuento de supervivencia: Autofagia (Carlos Aponte Rodríguez)

Si buscas en el diccionario la palabra «autofagia», encontrarás una definición similar a esta: «Nombre femenino. Nutrición que determinados organismos vivos realizan a expensas de sus órganos menos útiles como medio de supervivencia ante un ayuno prolongado».

Estando en el dentista, mientras ojeaba revistas de salud para pasar el tiempo, me topé con un artículo que me llamó la atención. Trataba sobre la entrega del Premio Nobel de Medicina al investigador japonés Yoshinori Ohsumi por sus descubrimientos sobre la autofagia, un mecanismo por el que las células de nuestro cuerpo reciclan material propio, como proteínas dañadas y orgánulos deteriorados, para obtener de ellos energía que será reutilizada en la creación de nuevos componentes, además de eliminar, así, virus y bacterias después de haber pasado por estados infecciosos.

El artículo también hacía referencia a cómo este proceso se acelera cuando la energía escasea, por ejemplo, en los momentos de ayuno prolongado, forzando al organismo a limpiarse en la búsqueda de energía, ácidos grasos y aminoácidos que le permitan la supervivencia. Como consecuencia, la salud del individuo resulta beneficiada, ya que se reduce la posibilidad de contraer ciertas enfermedades y, por tanto, se prolonga su esperanza de vida

Pocos años después de haber leído aquel artículo, me encontraba en Almería explorando una mina abandonada en la zona de la sierra de Gádor, junto al equipo de espeleología al que pertenecía, cuando descubrimos, por casualidad, una caverna subterránea inexplorada hasta entonces, llena de tesoros minerales de valor incalculable.

El yacimiento minero original comenzaría a ser explotado en la Edad del Cobre por los asentamientos correspondientes a la cultura de los millares. De la misma veta se siguió extrayendo el mineral por los poblados del Argar en la Edad del Bronce. Más tarde los romanos introdujeron nuevas técnicas de arranque y profundización, comenzando a extraer también hierro, plomo y plata. Les siguieron los árabes, que utilizaban el plomo en la producción de proyectiles para sus cañones, así como en la elaboración de pigmentos y esmaltes en la industria alfarera. Luego siguió una época de abandono, hasta que a finales del siglo xviii la actividad minera de la zona empezó a vivir su etapa de mayor esplendor que, aunque duró poco, fue tan intensa que tuvo como consecuencia una profunda modificación del paisaje, dando como resultado la desertificación que es apreciable a día de hoy.

Más de cinco mil años de explotación habían dejado la montaña agujereada como un queso y el yacimiento estéril. Al menos eso se creía.

Mientras recorríamos uno de los túneles artificiales, aproximadamente a cincuenta metros de desnivel, vi lo que parecía ser un pequeño agujero en el muro producto de un derrumbe. Al alumbrar dentro, comprobé que era profundo y, valiéndome de un pequeño pico que llevábamos por si encontrábamos algún mineral interesante, conseguí ampliar el hueco lo suficiente como para entrar por él.

Avancé arrodillado por una gatera de unos tres metros de largo, que terminó desembocando en una pequeña galería lo suficientemente alta como para poder estar de pie en ella. Los espeleotemas que presentaba no eran de especial interés y me habría dado la vuelta de no ser por un pozo natural bastante ancho que captó mi curiosidad.

Arrojé una piedra por él y pude calcular que debía de tener alrededor de cien metros de caída. En ese momento, Carlos, uno de mis compañeros, se unió a mí en la caverna. Le comenté que quería realizar un rapel y, después de una breve inspección del terreno, volvió con el resto de los compañeros para informarles de la situación. Mientras tanto, yo iría instalando los anclajes y preparando las cuerdas y nudos para el descenso. Al volver me informó de que el resto del grupo había decidido regresar, no veían seguro continuar sin planificación y así, en caso de que pasara algo, podrían dar datos sobre nuestra ubicación a los grupos de rescate. Antes de marcharse nos dejaron todo el material que no iban a utilizar para que estuviéramos mejor equipados en caso de una eventualidad.

Primero bajé yo. Como engullido por la titánide Gea, descendía apoyándome con los pies en las paredes de su pétreo esófago. Habría superado los cuarenta metros cuando noté que la roca desaparecía a mi alrededor. Antes de continuar con el rapel, que debía pasar a hacer en volado[1], ascendí un poco para instalar otros anclajes y una nueva reunión[2]. Todavía quedaba mucho descenso, por lo que mi compañero me hizo llegar más cuerda. Una vez terminada la maniobra, continué adentrándome en las entrañas de la Madre Tierra.

Como si penetrara en el vacío de su gran estómago, me vi colgando de la cuerda en el cenit de una galería, tan grande que la luz proyectada por la lámpara de mi casco no llegaba a iluminar sus confines, pero sí pude ver lo que se encontraba más cerca, sintiéndome maravillado por el intenso azul y verde esmeralda de los conjuntos de estalactitas de azurita y malaquita que adornaban el techo de la bóveda que, alumbrados por la luz de mi foco, brillaban con una fluorescencia más propia del plancton en una noche sin luna.

Hice una parada para coger el móvil y sacar un par de fotos.

Seguí descendiendo. Al llegar al suelo pude calcular, por la cuerda utilizada, que la altura de la gruta era de unos ochenta metros. De la mochila saqué una linterna más potente.

No puedo describir con palabras el sobrecogimiento que me abordó al ver dónde me encontraba. Las paredes, cubiertas de cristales de calcopirita irisada, resplandecían al reflejar la luz que les proyectaba. Algunas estalactitas se habían unido a las estalagmitas creando columnas tan anchas y altas como las de una catedral gótica; precipitados de azurita formaban coladas que semejaban los tubos del órgano del supuesto templo, de un color tan intenso que parecían intervenidos por Yves Klein[3]. Por el medio de la cueva discurría un arroyo teñido de verde azulado debido al alto contenido de óxido de cobre en el agua. Grandes cristales de cuarzo, con manchas de rodalquilarita color lima, emergían de las paredes. Era fácil distinguir, por su fulgor, varias vetas de cobre nativo y de plata, pero lo que más brillaba era un gran filón de oro que cruzaba a lo largo de una de las paredes de la galería.

Es curioso cómo en la naturaleza, entre los seres vivos, los colores suelen cumplir una función determinada. Por ejemplo, en los animales pueden servir como advertencia de peligro, reclamo sexual o camuflaje, y, en los vegetales, nos pueden dar idea del sabor, la madurez y si son o no comestibles. Pero los colores en los minerales son totalmente caprichosos, no responden a ningún propósito práctico del que dependa su existencia. Allí me encontraba yo, admirando la belleza de unas rocas que durante milenios habían permanecido en la oscuridad, esperando a que apareciera con una modesta iluminación artificial para estallar en un espectacular despliegue de brillos y colores que abarcaban todo el espectro cromático. Así, por que sí.

Pero lo que veía podía ser tan solo una fracción de lo que escondía esa parte inexplorada del subsuelo, porque en las paredes de la cueva se adivinaban cavidades que hacían pensar que donde me encontraba era solo parte de un sistema cavernario que podía extenderse a lo largo de muchos kilómetros.

Era consciente de que muchas de las maravillas que estaba admirando se degradarían, convirtiéndose en polvo al ser expuestas al medio ambiente del exterior; de forma semejante a como se desvanecerían las pinturas de una tumba egipcia si, al ser descubiertas, fueran exhibidas sin pasar por un proceso previo de preservación y aclimatación.

Le hice señas con la linterna a mi compañero para indicarle que podía bajar. Primero, me hizo llegar el resto del equipo, valiéndose de dos cuerdas largas que había empalmado, y luego bajó él en rapel.

Al llegar al suelo, su asombro fue equivalente al mío, aunque, más que la belleza del lugar, lo que le cautivó fue imaginar todo el dinero que su explotación produciría.

—Somos ricos —murmuró al principio, todavía sin llegar a creérselo—. ¡Somos ricos! —gritó exultante la segunda vez, ya convencido de nuestra buena fortuna.

Sus palabras retumbaron en la bóveda con un ominoso eco y, como si hubiéramos despertado a la gran diosa que hasta el momento permanecía ajena a nuestra profanación, el suelo empezó a temblar cada vez con más fuerza. Como si la tierra quisiera digerirnos, trozos de estalactitas empezaron a llover sobre nuestras cabezas. Vi que Carlos buscaba refugio en una de las cavidades de la cueva. Yo quise hacer lo mismo, pero no sin antes intentar salvar todo el material del que disponíamos, por lo que corrí hacia la mochila cubriéndome con los brazos.

Desperté en la más profunda oscuridad. El silencio era tan abrumador que podía escuchar el latido de mi corazón. La cabeza me dolía intensamente y no podía sentir ni mover el brazo izquierdo.

Palpé el suelo a mi alrededor con desesperación hasta encontrar la mochila. La abrí a tientas y extraje una linterna. Al encenderla pude, por fin, evaluar la situación. Mi brazo estaba aplastado bajo una estalactita. En ese momento tomé conciencia del dolor que debía estar sintiendo.

Llamé a mi compañero a gritos sin obtener respuesta. Dirigí el haz de luz de la linterna hacia la zona donde lo había visto huir y comprobé que la cavidad donde me parecía que se había refugiado estaba tapiada. Lo más probable era que hubiera perecido aplastado por las piedras derrumbadas.

Comprobé, con pavor, que las cuerdas del rapel estaban en el suelo, al igual que los anclajes, todo se había venido abajo con los desprendimientos La opción de salir por mis propios medios por donde había entrado debía ser descartada.

Debía liberarme de la estalactita que me aprisionaba. A pesar del peso, su forma cilíndrica me facilitó la tarea, permitiéndome empujarla para que rodara sobre mi antebrazo, aunque aplastándome la mano en su recorrido. Con sumo cuidado, y dolor, me quité el guante izquierdo. Tenía la piel reventada, trozos de músculo salían de ella como la pulpa en una ciruela aplastada. La impresión fue tal que volví a desmayarme.

Finalmente, me desperté. Sabía que el tiempo iba en mi contra, tenía que conseguir serenarme para poder pensar con claridad. La pantalla de mi reloj estaba rota, pero por fortuna seguía funcionando, me serviría para administrar mejor los recursos. Me lo quité de la muñeca izquierda y, ayudándome con la boca y los dientes, conseguí ponérmelo en la derecha.

El casco me había salvado la vida, al retirármelo vi que estaba rajado y que tenía la lámpara destrozada. Lo arrojé al suelo, enfurecido. Habría preferido una muerte rápida.

Con la mano que me quedaba abrí la cremallera del mono exterior y, con gran esfuerzo, me lo quité. Hice lo mismo con el mono interior, que dejé abierto hasta la cintura. Mi antebrazo presentaba un aspecto preocupante, sabía que tarde o temprano me enfrentaría a una más que probable gangrena.

Me urgía realizar un inventario. Contaba con dos linternas LED que, de estar completamente cargadas, me proporcionarían unas ochenta horas de luz, pero debía restar las ya consumidas, lo que me dejaría unas setenta horas. Si racionaba bien su uso, podrían suministrarme iluminación suficiente para una semana, incluso más. El móvil marcaba media carga, como donde estaba no me iba a servir para nada, decidí apagarlo para preservar la batería. Tenía el equipo del rapel: arnés, cuerdas, algunos maillones y mosquetones, descensor, bloqueador y la llave de instalación. También tenía el pico, un martillo para colocar los anclajes, una navaja dentada, un pequeño encendedor de antorcha, una cantimplora casi llena y un silbato. Me alivió encontrar el botiquín estanco de primeros auxilios, dentro había unas gasas, un rollo de esparadrapo, un rollo de venda elástica, un pequeño frasco de Cristalmina, un paquete de suturas adhesivas estériles, un par de guantes de látex, unas cuantas pastillas de ibuprofeno y una manta isotérmica.

Eso era todo, en la mochila de Carlos llevábamos unas barritas energéticas, pero se habían perdido con él. Al menos contaba con una fuente ilimitada de agua, que por su alto contenido de sulfuros minerales quizá me resultara tóxica a largo plazo, pero yo no podía permitirme el lujo de pensar a largo plazo.

Tenía dos opciones: quedarme donde estaba y sobrevivir el máximo tiempo posible en espera de un incierto rescate, o buscar una salida distinta y, con probabilidad, perecer en el intento. Me decanté por la segunda opción, quería que mi destino dependiera únicamente de mi esfuerzo y buena fortuna.

Me tomé un ibuprofeno a toda prisa para mitigar el dolor. Luego apliqué el antiséptico en las heridas y las cubrí con gasa para evitar una infección. Después corté la manga del mono y la utilicé para improvisar un cabestrillo que, con un cordino y un mosquetón, sujeté de la manera más firme que pude.

De las posibles vías de progresión lo más sensato me pareció seguir el cauce del riachuelo, que continuaba por un estrecho paso que daba a la galería, así no me quedaría sin agua. Aseguré una de las linternas a mi cintura y seguí este procedimiento: iluminar la cavidad, memorizar las irregularidades u obstáculos de paredes y suelo, fijarme una meta, calcular cuántos pasos y qué movimientos debería realizar para llegar a ella, apagar la linterna y hacerlo todo a oscuras.

Durante días avancé así. Descansando a las horas que por el reloj sabía que era de noche. Había puntos en los que debía atravesar pasos de no más de cuarenta centímetros de ancho en los que apenas cabía de lado. Hacía calor, sudaba copiosamente por el exceso de humedad y era muy difícil respirar. Avanzaba lento en la más absoluta negrura, y el roce de la piedra con el brazo herido resultaba insoportable. Otras veces debía avanzar por cavidades descendentes que requerían el uso de las cuerdas. Con el propósito de no malgastar material que podría necesitar en otro momento, procuraba aprovechar los salientes de la roca para hacer anclajes naturales con nudos de evasión, de forma que pudiera recuperar la cuerda, arriesgándome a que si me encontraba en una gruta sin salida, no podría volver atrás.

Cuando mi estómago gruñía por no recibir más que agua, para engañarlo le echaba ibuprofeno, que él agradecía con un asqueroso reflujo y un par de horas de acidez.

Al despertar de lo que en el exterior sería mi tercer amanecer, mi estómago rugía como un león hambriento. Encendí la linterna y pude ver algunos insectos que huían de la luz; mezcla entre cucaracha y gusano, blancuzcos y alargados, de no más de un centímetro. Conocía la existencia de especies endémicas de coletina en la sierra de Gádor, no era experto en el tema, pero en caso de tratarse del mismo bicho significaba que me encontraba en un sistema que en algún punto conectaba con cuevas ya exploradas, ¿o quizá lo estuvo hacía miles de años?

Capturé varios de esos bichos, metiéndolos en la cantimplora vacía. Cogí el encendedor y coloqué la llama en la boca del recipiente, al rato el metal se puso caliente y lo apagué. Le di la vuelta y los insectos cayeron muertos, cocinados, su color cambió a rosáceo; con algo de imaginación se podía pensar que eran quisquillas, por lo menos eso pensó mi estómago que bramó dejando clara su demanda.

No sabían para nada a quisquillas, eran repugnantes. Intenté tragarlos sin masticar. Conseguí aplacar el estómago, más que por estar saciado, porque sabía lo que le tocaba si continuaba con sus exigencias.

Era consciente de que una persona podía sobrevivir hasta un mes sin comida, siempre que pudiera mantenerse hidratado, pero no en una situación extrema como la mía. Para avanzar en la cueva tenía que reptar, gatear, escalar y saltar. Le estaba demandando a mi cuerpo un esfuerzo en el que debería consumir, como mínimo, dos mil calorías diarias. Sin comida, mi organismo recurriría primero a las reservas de glucosa, que pasado el primer día se habrían agotado; luego, seguiría quemando grasa, que en mi caso no había mucha debido a mi buena forma física; acabadas las reservas de grasa, no le quedaría más remedio que extraer la energía del tejido muscular; se me alteraría el metabolismo por la pérdida de masa en órganos como hígado, bazo y corazón, debilitándome rápidamente, hasta el punto de no poder seguir. Con seguridad, eso sucedería al quinto o sexto día. El poder beber agua me permitiría sobrevivir durante otras dos semanas, con las funciones vitales al mínimo; luego, no tendría fuerzas ni para llevarme el líquido a la boca y en tres días más terminaría por morir.

Hubo un momento del recorrido en el que me encontré con un sifón que por suerte no estaba inundado, pero tuve que sumergirme hasta los hombros para poder pasar al otro lado, viéndome obligado a mojar el brazo herido. Conseguí llegar a una galería en la que podría descansar. Tiritaba del frío. Me desnudé y me quedé dormido envuelto en la manta isotérmica.

Desperté con fiebre. Habían pasado cinco días. Iluminé la cavidad cuyo suelo presentaba una serie de gours, de forma que estaba cubierto por pequeñas piscinas escalonadas. Era realmente hermoso, pensé que si iba a morir, no podía haber mejor sitio.

El brazo me dolía terriblemente. Con cuidado retiré las gasas, que se quedaban pegadas a la piel. Olía mal. Las heridas se estaban infectando, el deficiente riego sanguíneo, debido al aplastamiento, hacía que la piel tuviera un color blancuzco, similar a la carne de una lubina. Sentía hormigueo. La necrosis había comenzado y no encontré medios en el botiquín para detenerla.

Sabía lo que debía hacer. Utilizando una cuerda y un bloqueador me apliqué un torniquete por encima del codo. Saqué la navaja y realicé una incisión. La hoja abrió la piel que cedió, dócil a su paso, dejando una estela de sangre espesa y oscura menos copiosa de lo que habría esperado. Me sorprendió que apenas sentí dolor, con la necrosis los tejidos habían perdido gran parte de su sensibilidad. Aun así, la impresión de ver la forma en la que cortaba mi propio brazo, como si en vez de carne se tratara de un trozo de goma vieja, putrefacta y maloliente, me causó mareos y unas arcadas que, gracias a la vacuidad de mi estómago no llegaron a materializarse en vómito.

Seccionar los tendones fue especialmente difícil. Tuve que hacerlo de abajo hacia arriba, como cortando las cuerdas tensas de una guitarra. Conseguí soportar el dolor sin desmayarme, pero todavía me quedaba el hueso.

Para las amputaciones controladas, los cirujanos utilizan varios tipos de sierras quirúrgicas hechas de titanio. A pesar de que mi navaja era de buena calidad y contaba con una pequeña zona dentada, sabía que era insuficiente para acometer la operación. Iluminé a mi alrededor con la linterna, desesperado. Sentía mi brazo colgar, inerte, bastaría con dar un golpe seco y preciso, para que terminara de separarse de mi cuerpo. Entonces vi el pico.

Curé el muñón con lo que me quedaba en el botiquín. El coste energético fue brutal. Me encontraba muy débil, seguro de no poder sobrevivir. Miraba con desapego el antebrazo tendido en el suelo, cuando mi estómago empezó a rugir, dejando claras sus intenciones.

Hice un gurruño con el mono interior y le prendí fuego. Coloqué encima el miembro amputado y lo cociné. El vello quedó chamuscado y lo pude retirar fácilmente. Entonces cogí el brazo por la muñeca y, como si fuera una pata de pavo, me lo llevé a la boca y mordí.

Hubiera deseado que no me gustase, pero era carne; a pesar de ser humana, la textura y el sabor resultaban familiares. Rebañé con avidez el radio, el cúbito y todos los huesecillos de la mano, hasta el punto de llegar a chuparles el tuétano.

Reconfortado, pude continuar mi camino. Decidí seguir por una cavidad ascendente. Me alejaría del agua, pero urgía buscar la superficie, no me quedaba mucho tiempo.

Al noveno día desde que ocurrió el accidente, mientras avanzaba por un túnel, escuché golpes a unos metros de mí. Alguien picaba la roca al otro lado del muro. Tenía que ser el equipo de rescate.

Había un pequeño agujero, pero no se veía nada, cogí el silbato, lo soplé con fuerza y me puse a picar. Del otro lado los golpes empezaron a producirse con mayor intensidad.

Cuando pude atravesar el boquete e iluminar con la linterna, me encontré con Carlos, mi compañero. Le faltaban las orejas y se apreciaban grandes bocados en ambos bíceps. Al verme, esbozó una sonrisa ensangrentada. Sus ojos incendiados no expresaban alegría por verme, probablemente no llegó a reconocerme.

Días después, cuando logré escapar al exterior por una estrecha boca en una montaña próxima a Fondón, habiendo recorrido más de cincuenta kilómetros por las oscuras entrañas de la tierra, los reporteros me preguntaron cómo había conseguido sobrevivir durante tanto tiempo y en esas condiciones. Solo se me ocurrió una palabra con la que contestarles: autofagia.

La mina quedó clausurada, por inestable. No puedo contarle a nadie las riquezas que alberga el subsuelo, no sea que, en su búsqueda, hallen los restos de mi compañero y descubran la verdadera razón de mi supervivencia.


[1] Se denomina así debido a que no existe contacto con la pared.

[2] Nombre con el que se conoce en escalada al grupo de anclajes en los que se fijará la cuerda para una progresión segura.

[3] 1928–1962. Artista francés, famoso por el uso de un azul intenso cuya fórmula patentó bajo el nombre de International Klein Blue.

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