Anhelo inconfesable. Un relato erótico en tiempos del coronavirus | Carlos Aponte Rodríguez

La primera vez los pilló de sorpresa. Ninguno de los dos era asiduo a las redes sociales y no se enteraron de la convocatoria. Aquella tarde tuvieron un sexo realmente apasionado y escandaloso; no dejaron un centímetro de sus cuerpos sin lamer, probaron posturas semiacrobáticas por las que sufrirían agujetas al día siguiente, sudaron y blasfemaron al invocar a Dios en medio de frases obscenas; todo esto al compás del rítmico quejido del colchón, cuyos muelles chillaban con cada envite como grillos en primavera. Culminaron con una serie de fuertes alaridos y jadeos espasmódicos que irían decreciendo en intensidad a lo largo de un par de minutos.

Habían echado un polvazo épico y encontraron totalmente normal que los vecinos salieran a aplaudirlos desde sus balcones.

Camila y Gonzalo fueron desengañados al día siguiente, cuando se enteraron por la radio de que los aplausos habían sido dirigidos al personal sanitario, fuerzas del orden y profesionales de servicios esenciales. Pero no se desanimaron: fue tal la satisfacción experimentada la tarde anterior, que decidieron ponerse con los preliminares a eso de las siete, calculando que, para las y media, estarían ya en pleno tema y a las ocho en punto alcanzando el clímax. Gonzalo miraba de reojo el reloj despertador de la mesilla de noche para aumentar el ritmo cuando faltaran dos o tres minutos. Estar pendiente de la hora lo distraía un poco, pero consiguió concentrarse y cumplir el objetivo. Tuvieron un orgasmo largo y sonoro, alentados por la ovación de los vecinos. Se besaban satisfechos cuando, todavía entrelazados, escucharon cómo una algarabía de sirenas de patrullas, ambulancias y coches de bomberos se unía a los aplausos para celebrar su hazaña, lo que les animó a seguir un poco más, para no defraudar.

Mantuvieron esa rutina diaria durante todo el tiempo que duró el confinamiento. Una vez que este se levantó, los aplausos fueron cejando, no de golpe, sino paulatinamente, y con ellos la intensidad de sus orgasmos.

Reconociendo su adicción, decidieron que tenían que hacer algo al respecto. Lo primero que intentaron, coincidiendo con la reanudación de los eventos deportivos, fue hacerlo en un partido de fútbol. El miedo de la ciudadanía a acudir a concentraciones de gente, así como las medidas de distanciamiento, les permitió conseguir unas entradas en una zona discreta, en la última fila de butacas, donde no serían vistos. La experiencia fue desastrosa: no había forma de coordinar el orgasmo con los aplausos al no saber cuándo alguien metería un gol. Si veían que un jugador se escapaba en solitario, les subía la adrenalina y aumentaban el ritmo, pero generalmente la jugada terminaba en un patadón que mandaba la pelota a la grada y su orgasmo a la porra. Otras veces el gol y los aplausos les pillaban desprevenidos por lo que no les daba tiempo de reaccionar.

Así que decidieron probar en un espectáculo teatral. Fue bastante mejor; las butacas de terciopelo eran más cómodas que las de fibra de vidrio del estadio, era fácil saber cuándo la obra acabaría y, por si fuera poco, justo antes de comenzar la función se apagaban las luces de la sala proporcionándoles algo de intimidad. Desde la primera vez lograron correrse en el momento justo en que estallaron los aplausos, el golpeteo rítmico de las firmes nalgas de Camila estampándose contra la pelvis de Gonzalo se fundía a la perfección con el sonido de las palmas. Lo mejor de todo era cuando los actores, en fila y cogidos de las manos, se inclinaban para dedicarles una reverencia por lo bien que lo habían hecho.

Repitieron lo del teatro varias veces cambiando de obra. Parecía que habían encontrado un buen sustituto a los aplausos de los vecinos, pero las butacas daban poco juego y el coste de las entradas les estaba haciendo mella en el presupuesto. Aun así, intentaban acudir un par de veces por semana, pero dejaron de ir desde el día en que un acomodador, alertado por los gemidos de Camila, se acercó y, al apuntarlos con la linterna, la descubrió con las piernas en alto y los pies apoyados en el respaldo de las butacas de enfrente mientras acariciaba el pelo y la nuca de Gonzalo, que, de rodillas, se sumergía en ella. El empleado montó en cólera, la función se interrumpió, encendieron las luces de la sala, el público se volteó para ver qué ocurría y la pareja de amantes tuvo que huir atropelladamente bajo una lluvia de insultos y amenazas de llamar a la policía.

Pudieron evitar la multa, pero la vivencia fue lo suficientemente desagradable como para que se les quitaran las ganas de repetir.

Pasaron un par de meses alicaídos, el sexo sin ovación era incompleto. Gonzalo aprovechó el cumpleaños de Camila para prepararle un regalo especial. Tras hacer una recopilación de sonidos de aplausos que encontró en internet, los mezcló con otros de grabaciones de sirenas de policía, ambulancias y bomberos. Preparó una cena romántica y le dio play a una selección de temas instrumentales que tenía preparados en MP3. Cuando terminaron el postre, él se acercó a su mujer y empezó a besarle el cuello. A los diez minutos hacían el amor en el sofá con la música de fondo que había grabado. Sabía perfectamente el momento en que se encontraba el audio y la anticipación de intuir lo que sucedería aumentaba su excitación. Consiguió que Camila se corriera justo en el instante en el que por los altavoces, de sonido envolvente, se escuchara sobre la música una lluvia de aplausos que la lograron sorprender tanto como la primera vez. Él no tardó en acompañarla con su orgasmo y, en la mirada de ella, podía adivinar cuánto lo amaba. Pero quedaba más; las sirenas se unieron a la fiesta y el éxtasis fue absoluto. Ambos cayeron extenuados y jadeantes sobre un sofá empapado en una mezcla de fluidos.

A día de hoy son una pareja feliz y razonablemente satisfecha en todos los aspectos. La solución les ha servido y la emplean con regularidad, pero en el fondo sienten que los aplausos enlatados son como recurrir a un vibrador, efectivo e infalible, pero frío y predecible, carente del toque humano. Avergonzados de sus propios pensamientos, ambos mantienen como un secreto inconfesable, hasta entre ellos mismos, su anhelo por la llegada de la próxima pandemia.

Carlos Aponte Rodríguez

14 RELATOS Y PICO
  • Aponte Rodríguez, Carlos (Author)

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Última actualización el 2021-07-21 / Enlaces de afiliados / Imágenes de la API para Afiliados

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