Mohamed Chukri quiere ser escritor

Después de una infancia miserable, Mohamed Chukri (1935-2003) llega a Larache. Tenía veinte años y era analfabeto, circunstancia que no impediría, con el paso del tiempo, llegar a consagrarse como uno de los escritores marroquíes más importantes del pasado siglo.

En este capítulo, “El pájaro de la libertad”, del libro autobiográfico Tiempo de errores, Mohamed Chukri cuenta cómo, tras aprender a leer, intenta encaminar su vida hacia la literatura. Quiere ser escritor, se siente escritor… él, “El hijo de las chabolas y el amiguete de las ratas”, como él mismo se define en estas líneas…

El pájaro de la felicidad (Mohamed Chukri)

Mi madre me compra, para cuando empiece las clases en la Escuela de Magisterio, una americana, dos camisas y un pantalón. Le comente que he pasado la noche en casa de Habiba y me dice:

–Tú sabrás lo que te conviene.

Empieza a habitar en mi el duende de la literatura. Me intereso más por las obras literarias que por los cursos de psicopedagogía y de reglamento escolar. Lo que más me interesa del programa son las clases de lengua árabe. El profesor es excelente. Tras explicar el fragmento en la pizarra, lo analiza gramaticalmente desde principio a fin. Es un devoto creyente y, a la vez, un epicúreo: ¡la vida terrenal en la mano izquierda, y la del más allá, en la derecha! Los viernes preside la oración en una pequeña mezquita del barrio y pronuncia el sermón. Por las noches, se va de juerga a Rincón o a Ceuta. A veces le acompañó en su viejo coche. Debajo del asiento trasero ha colocado una trampa. Cree que en su coche anida un ratón. «¡Es más listo que el hambre, pues no se come todo el cebo para no quedar atrapado!», eso es lo que dice.

jukebox

El profesor de psicopedagogía me sorprende un día leyendo Los miserables y me expulsa de la clase, gritando: «¡Esto es un aula, no una biblioteca!». Frecuento el café Continental. Es confortable y la mayoría del público que va allí es elegante. Se ve que son gente de origen acomodado. Los cuarenta y nueve mil francos que cobro de la beca de magisterio son una suma considerable para los años sesenta. Entrego a mi madre parte de ella y me quedo con el resto. Distribuyo mi tiempo entre la lectura en árabe y en español y las juergas en los bares. El mejor es el Revertito, con sus cabezas de toros disecadas colgadas en las paredes. En el Continental disfruto con la música del juke-bar. Hay tres discos de los que nunca me canso, por más que los oiga una y otra vez: Las mañanitas, de Nat King Cole, El reloj de Lucho Gatica y Bésame mucho de Antonio Machín. Pregunto al chico de al lado por un señor elegante que suele acudir al café; en torno a su mesa se forma una tertulia con gente selecta, de su mismo estilo.

–¿Quién es?

–¿No lo conoces? Es el escritor Mohamed Sebagh.

–¿Qué escribe?

–Poemas en prosa.

Compro sus libros: La sed heridaLa cascada de los leonesLa luna y yo. Los dos últimos los han traducido al español. Son obras cortas. Las leo en dos días. Me digo a mí mismo: si la gente respeta a quien escribe como él, yo también puedo escribir igual o mejor. La escritura concede, pues, privilegios. Yo me imaginaba que los escritores no se mostraban en público, no hablaban con la gente, lo contrario de lo que hace Mohamed Sebagh en este café. Para mí sólo existía el Escritor, muerto o invisible. Escribo, pues, un texto de tres páginas. A estos garabatos bastardos los titulo: «El jardín de la deshonra». Estoy pendiente de poder acercarme a Mohamed Sebagh, hasta que un día lo veo sentado solo, tomándose un café bien cargado. Me dirijo a él, levemente emocionado.

_¿Profesor Mohamed Sebagh?

–Sí.

–Siento una gran admiración por su obra. A mí también me gustaría escribir. He aquí lo primero que he escrito. Le ruego que lo corrija y me dé su opinión.

Desliza las hojas cuidadosamente en su bolsillo. Lo saludo y desparezco del café para no incomodarle, ni a él ni a mí.

Al mediodía, el café está casi vacío. Él suele tomarse un café antes de volver a su trabajo en la Biblioteca General. Al día siguiente me devuelve las páginas, diciéndome.

–Tu lengua es correcta gramaticalmente, pero te falta estilo. Sigue escribiendo y lee todo lo que puedas.

Tomo con él un café cargado. Le cuento fragmentos de mi vida en Tánger, mis estudios en Larache y mis clases de magisterio. Sebagh orientará mis lecturas de poesía en árabe; y en español: Gustavo Adolfo Bécquer, los hermanos Antonio y Manuel Machado, Vicente Aleixandre –con quien mantiene correspondencia–, Pablo Neruda, César Vallejo, Gabriela Mistral y Rafael Alberti. Por mi cuenta, voy descubriendo la dulzura poética y romántica de las poetisas Rosalía de Castro –en la traducción castellana del gallego–, Emily Dickinson, que leo también en su traducción al castellano, Meira del Mar, Susana March, Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni. Muy rara vez me incorporo a la tertulia que se forma en torno a la mesa de Sebagh. ¡Algunos del grupo ya han escrito más de un libro mientras yo sigo intentando escribir una frase bonita! Lo primero que leo de un narrador marroquí es Relatos de Marruecos de Ahmed Abdeslam Baqqali. El diario Al Alam me publica un texto en prosa que titulo «El arroyo de mi amor», con una foto en la que aparezco con pajarita. ¡Me embriaga la alegría y festejo mi oculto talento literario con una borrachera! Adquiero varios números del diario y los distribuyo entre mis colegas de la Escuela de Magisterio para que valoren mi persona. Pienso: ¡yo, el hijo de las chabolas y del muladar humano, escribo literatura y me la publican! Y para confirmar la gran estima que siento por mí mismo, me compro una chaqueta y un pantalón de buena calidad, unas cuantas pajaritas y una esclava dorada de bisutería. Engreído y vanidoso, dejo de frecuentar los cafetines populares del Feddan, la calle Trankat y el barrio de Málaga y me hago un asiduo del bar del hotel Nacional y, por la noche, del cabaret Marfil. ¡El Continental ha pasado a ser, para mí, un cafetucho de segunda categoría y el bar La Parra, de tercera! Me afeito la cara, una o dos veces al día, hasta el extremo de que parece que me he barnizado. Me perfumo abundantemente y llego incluso a llevar en el bolsillo una frasquito de esencia. ¡El hijo de las chabolas y el amiguete de las ratas se ha vuelto elegante, se civiliza, se metamorfosea, cambia su piel rústica por otra más delicada! ¿Y la inspiración? ¡Ah, es imprescindible una musa, el hijo del muladar también se inspira!

Un día sigo por la calle a un joven morena. Descubro dónde vive y quién es. Me convierto en su sombra, cuando topo con ella por casualidad o cuando expresamente estoy a su acecho, frente a su casa o a la de su tía. Es amiga de la hija de un líder nacionalista marroquí. ¡Quizá trepe demasiado alto y me descalabre! ¡Pero no!; averiguaré que se llama Halima, es vecina de Habiba y amiga de mi hermana Rhimo, y, aunque analfabeta, es bonita y morena. ¡Ella puede ser la musa que me infunda el soplo para componer una casida gitana, aunque con su temperamento sereno no creo que me inspire mucho! Me ha acostumbrado a los caracteres violentos.

Habiba me da la llave de su casa. Entro y salgo cuando quiero. A veces, no pasa la noche en su casa. Es el color oculto de esta flor. De vez en cuando la veo acompañada por algún hombre, en coche o caminando por la calle. ¿Quién será él? ¡No sé quién surca los caminos de su nuevo recorrido alegre! ¿Se estará prostituyendo? Es asunto suyo. No da señales de vida hasta el tercer día: huellas de un moratón azulado en el ojo izquierdo. Fuerte golpe. Alguien que la esclaviza.

Mi hermana Rhimo está con tuberculosis pulmonar. Mi padre y mi hermano Abdelaziz tienen también una tos violenta. El mal hace estragos en nuestra familia. Mi hermana Malika y yo somos los únicos que nos hemos librado. Mi madre se restableció pero está bajo control médico. Mi padre se cura por su cuenta.

Habiba lleva dos días sin aparecer. Me mudo a una pequeña pensión familiar, La Perla Negra. La regentan dos hermanos, Rosario y Carrión. Veinte mil francos al mes: un cuarto pequeño y tres comidas al día. Habiba, sin duda, debe de estar viviendo una historia de amor desgraciado.

Voy a visitar a Rhimo y a Abdelaziz al sanatorio. Se echan a llorar al verme. Una mujer murió en el cuarto de Rhino. Mi hermana no se convence de que estar enfermo no necesariamente significa que uno se vaya a morir; la curación de mi madre se debe a un milagro, según ella.

Mohamed Sebagh me invita un día a su casa en la vieja almedina. Su cuarto es el de un hombre entregado a su arte. Una luz suave realza la poesía del silencio. Chopin: los Nocturnos y las Mazurcas. Un frutero colmado de uvas, manzanas y peras. La correspondencia de Mijael Nuaima. Salgo de su casa deseando tener, como él, un cuarto para mí solo. Me corrige mis textos; sus expresiones son esculpidas y límpidas. Pero no estamos hecho del mismo barro. Él no se ha alimentado de las basuras de los afortunados, no ha tenido piojos ni grietas sangrantes en los talones. ¡Yo no sé escribir sobre la leche de los pájaros, ni sobre el delicado abrazo de la belleza angelical, los racimos del rocío, las manadas de leones y los cantos del ruiseñor! No sé escribir teniendo en la mente su pincel de cristal. El pincel ha de ser protesta y no adorno.

Voy a casa de Habiba a devolverle la llave. Está pálida, apesadumbrada y triste.

–¿Por qué te fuiste? ¿Qué te ha molestado? –me dice, con voz apagada y ronca.

Se nota que ha estado llorando.

–No quería molestarte.

–¿Pero si no me molestas en absoluto!

Sobre la mesa dos botellines de cerveza vacíos y un paquete de tabaco rubio. ¡Estará de nuevo pasándolo mal! Decaída. Ni siquiera puede contar con su tía, que la considera una prostituta: ¡su tía, que se deja follar por el guarda del garaje del barrio! Habiba no tiene amigas. Le propongo ir a comprar algo para que bebamos juntos. Se le ilumina el rostro de alegría. Quiero verla de buen humor. Su tristeza me recuerda a Fátima, en Larache, cuando enfermó su hija Salwa. Salwa y aquel día de invierno en el parquecillo solitario. Salwa, a la que probablemente no volveré a ver jamás. No dejo que abra su monedero. Esboza una sonrisa que, a medida que se va abriendo, como el capullo de una flor, embellece y rejuvenece su rostro.

Cenaremos juntos; ella cocinará un plato de cordero con alcachofas y guisantes. Al salir, llovizna y una brisa fría me golpe la cara. En la taberna del español me tomo un jerez. Dos viejos españoles están hablando del arte del toreo. El comercio se ha deteriorado. Evocan con nostalgia a José Barandas, a Marcial Lalanda, El Chicuelo; al valiente Francisco Peralta, a Joselito, El Gallo; Manuel Bienvenida Mejías, Juan Luis de la Ros, fascista asesinado en Barcelona a principios de la guerra civil española; y al gran Manolete. Cuando la discusión sube de tono, el dueño interviene para apaciguar los ánimos. Tomo una segunda copa y compro una botella de vino blanco. Por el camino voy pensando en Habiba: le conviene evitar caer en las garras de un nuevo amor que la arrastraría, una vez más, al pasado, a sus danzas frenéticas en el manicomio o por las calles de Ceuta, aunque quizá en ella encuentre deleite y desasosiego a su angustia. Desde su último divorcio está más perdida y aún no tiene veinticinco años. Tuvo sus cuatro hijos como una coneja: primero, unos gemelos; y, luego, los otros dos hijos, uno tras otro. Para poder ocuparse de la casa, les ataba el pie a las patas de la cama, de la colchoneta o de la mesa, y los mantenía alejados entre sí para que no se arrebatasen a arañazos a las galletas. Nunca ha conocido la felicidad, quizá algún momento fugaz de alegría. La mala suerte la persigue desde su más tierna edad.

De la cocina surge un delicioso aroma que invade el cuarto. Habiba ha recuperado su ánimo alegre. Mientras charla, la melancolía se apaga, poco a poco, de su rostro. En un ambiente de calidez, brindamos y sonreímos; ella está radiante como en una espléndida fiesta. Alabo sus artes culinarias: la carne con alcachofas y guisantes es su plato preferido, que ha bautizado con el nombre de «Primer Ministro».

Con una expresión dulce, me dice:

–No he encontrado a nadie que me entienda como tú.

–No debemos confiar demasiado en la felicidad. Llega y se esfuma; y si queremos atraparla, huye. Es como un bello pájaro que se posa en nuestro alféizar. Apenas nos acercamos a él, emprende el vuelo. ¿Crees que acudirá a posarte en tu hombro, o en el mío, a entonar su trino, tal como desearíamos?

–Entiendo tus palabras.

–Esta es, pues, la felicidad: no se posa en el hombro y no canta. Se queda en el borde del alféizar.

–Tienes razón –asiente y parece reconfortada.

Yo también he de reconfortarme, pues mi vida no es mucho más bella que la suya.

Mohamed Chukri, Tiempo de errores, Círculo de Lectores, 1995. Traducción de Karima Hajjaj y Malika Embarek

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