Paseo entre los olmos de la poesía española

Compartimos con los lectores de Narrativa Breve este jugoso estudio de la poeta y ensayista Paz Díez Taboada (Santiago de Compostela, 1942- El Albir -en la Bahía de Altea, 2020) sobre la figura del olmo en la poesía española. Un texto que nos lleva de la mano para conocer a algunos de los más grandes poetas de nuestras letras.

Paseo entre los olmos de la poesía española

Por Paz Díez Taboada

Apenas quedan ya unos pocos olmos porque han ido muriéndose poco a poco atacados por hongos e insectos que se apoderan de sus raíces, circulan por su savia, trepan hasta sus ramas y secan para siempre las hojitas que los visten. La vieja Europa los contempla morir, impotente ante tan cruel azote devastador. Y botánicos y químicos se afanan por hallar un remedio eficaz para esta enfermedad múltiple; pero, hasta ahora, los remedios encontrados resultan muy costosos en esfuerzo y dinero; así, es probable que no se salve ni siquiera un diez por ciento de los  árboles tratados.

Ante la trágica presencia de los olmos agónicos, han venido a mi memoria las viejas y amadas voces de los poetas y, aunque las oigo sonar en la ordenada danza de los versos, me parece que se apagan, que se me mueren un poco más, también ellas, en estos tiempos de duelo por los olmos. De ahora en adelante, sólo gracias a la palabra, gracias al milagro del arte, los olmos vivirán encerrados, como tras los barrotes de una cárcel, en los versos que los han rescatado –¿para quienes, hasta cuándo?– de «la oscura región de nuestro olvido».

El motivo poético del olmo y la vid a él abrazada y en él entretejida se encuentra, además de en otros poetas clásicos, en el gran poeta romano Publio Virgilio Marón (70-19 a.C.), al final de la II de las Bucolicas dice el pastor Alexis a su amado Coridón: la vid frondosa sobre el olmo / está a medio podar…; también, más por extenso, en los Libro I y II de las  Georgicas al referirse al plantón de vid; pero aún muchas veces más alude, con vid o sin ella, a los altos, fuertes y recios olmos. Así cuando dice:

ves cañas y varas sin corteza,

rodrigones de fresno, fuertes horcas

debes tener a punto, a que sustenten

cuanto vaya brotando, y lo acostumbren

a despreciar los vientos y a subirse

de piso en piso a lo alto de los olmos.

Y cuando, al desplegarse a nueva vida,

brota el mugrón sus pámpanos primeros,

respeta su terneza, y mientras libre,

sueltas las riendas, el sarmiento sube

por los aires ufano

cuando ya cercan a los olmos

largos sarmientos de robusto abrazo,

corta entonces su lucia cabellera,

y sus brazos cercena

De Virgilio tomó el motivo, ya en el Renacimiento, el italiano Andrea Alciato (1492-1550), como emblema de la amistad que dura más allá de la muerte. Tradicionalmente, la imagen de la pareja formada por el olmo, alto y fuerte, y la vid que a él se abraza, bellamente adornada de pámpanos y sarmientos, ha sido considerada emblema del amor fiel y constante; y tanto que a veces los poetas se refieren a las bodas del olmo y la vid y a ellos aluden como a una pareja de amantes esposos.

Garcilaso de la Vega (h. 1501-1536), imitador de Virgilio, presenta este motivo poético en su Égloga I, por boca de su alter ego, el pastor Salicio, que se queja del desdén y desvío de su amada Galatea, uno de los nombres tras de los que el poeta toledano ocultaba el de su amada imposible Isabel Freyre; pero, combinado con el primer motivo, aparece otro, el de la hiedra antes a él asida, pero ahora arrancada de él y agarrada a otro muro:

…¿Cuál es el cuello que, como en cadena,

de tus hermosos brazos añudaste?

No hay corazón que baste,

aunque fuese de piedra,

viendo mi amada hiedra

de mí arrancada, en otro muro asida,

y mi parra en otro olmo entretejida,

que no se esté con llanto deshaciendo

hasta acabar la vida.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. 

El motivo tomó, pues, decidido carácter amoroso. Con este sentido se encuentra en varios poemas de Francisco de la Torre, poeta desconocido de la segunda mitad del s. XVI, cuya obra publicó Quevedo en 1631, aunque, casi con total seguridad, su colección de poemas ya en 1572 estaba lista para ser publicada. En su soneto V alude a la encina en cuyo tronco está enredada la yedra y a dos olmos, uno ya seco y otro aún joven, adornado por el abrazo engañoso de la vid, como muestra de la unión amorosa que, sin embargo, le niega a él su amada; y, en la Oda I, se refiere a la vid que trepa por el tronco del olmo, seguida de la yedra:

Viva yo siempre ansí con tan ceñido

lazo, Filis, contigo, como aquesta

yedra inmortal en esta encina puesta

que le enreda su tronco envejecido.

Mira allí un olmo seco, y un florido

junto a la fuente, que una vid le presta

hermosura y valor; y tú dispuesta

a perseguirme pónesme en olvido… 

* * *

do brota, y extiende

ramas, hojas, flores, nardo y rosa;

la vid enlaza, y prende

el olmo; y la hermosa

yedra sube tras ella presurosa

En la Canción I, el yo poético o voz que habla se dirige a la yedra que ha quedado sin el arrimo del vástago, que, en efecto, es el tronco de un olmo al que se alaba como “honor del prado”; por tanto, la yedra viuda y sola, que podría ser metáfora de la amada que ha perdido a su amante, viene a ser aquí falacia patética del propio poeta ausente de su amada:

Verde y eterna yedra,

viuda y deslazada

de las ramas del olmo, honor del prado;

a la desierta piedra

del yerto monte dada;

tu bellísimo tronco en flor cortado;

si del dichoso estado

en que un tiempo viviste,

conserva la memoria

algún rastro de gloria

en la dureza de este crudo y triste,

lloremos juntamente

tu bien pasado y tu dolor presente… 

En otros poemas de Torre se encuentran los dos motivos a los que acabamos de referirnos, pero ya no es patente en ellos el sentido amoroso, sino que el olmo y sus letales compañeras, vid y yedra, constituyen el elemento central o protagonista de un elegante locus am쮵s, viejo tópico latino que, descriptivamente, exalta la belleza de la naturaleza y el paisaje; así, por ejemplo, en la Égloga I y también en la IV en que vuelve a referirse a yedra y vid que adornan los fuertes troncos de olmos y robles, y a como el primero se mira una y otra vez en la fuente, siempre presente en el viejo tópico:

Sube la yedra con el olmo asida,

y en otra parte con la vid ligado;

ellas reciben de su arrimo vida,

y él de sus hojas ornamento amado;

cuya bella corona sacudida,

mansamente del aire regalada,

ya se mira en el agua, y se retira,

y luego vuelve, y otra vez se mira… 

El abrazo de la vid al olmo como emblema de amor constante se halla en la Égloga (h. 1567) que Cristóbal Mosquera de Figueroa (1547-1610) le envió a su amigo el gran poeta sevillano Fernando de Herrera. Mosquera lamenta el alejamiento de su amada, que ha quedado en Salamanca, a orillas del Tormes, mientras él ha tenido que marchar a las del Betis –a Sevilla–; pero, desde la ausencia, promete ser constante en su amor por ella:

En tanto que la vid ciña hermosa

el olmo espeso, y que levante el pino

su corona extendida en la ribera

de Betis, siempre te amaré contino,

aunque tú dura seas o amorosa. 

Y, en la extensa obra poética del Divino Herrera (h. 1534-1597), el motivo se encuentra en la Égloga que comienza «A la muerta Amarilis (1578). La vid y el olmo abrazados y los juegos y arrullos de las dulces palomas que anidan en el haya vecina, hacen crecer el dolor del amante que ha perdido a su amada:

¡Ayme, mísero!, veo yo cargada

la vid, con verdes pámpanos hermosa,

al olmo maridable sustentarse;

y en la haya que crece ambicﯳa

las palomas contemplo en paz amada

con dulces juegos, dulces, arrullarse,

porque pueda inflamarse,

creciendo en ellas luego,

el amoroso fuego;

y yo, cuitado, en culpa de fortuna,

sin luz, sin bien, sin esperanza alguna,

que es lo que menos, triste, ya presumo,

por la suerte importuna,

viviendo solitario, me consumo. 

En el poema de larguísimo título “Muestra el sentimiento de tener causa para sospechar que un gran amigo suyo se había entibiado en su amistad”, el aragonés Lupercio Leonardo de Argensola (1559-1612) hace explícita la referencia al matrimonio del olmo y la vid:

que en propicios meses

las plantas se casasen,

y las vides trepasen

por los olmos estériles, y fuesen

adoptivos los frutos que tuviesen,

lejos del suelo, y del ladrón seguros,

y que después viniesen

a dar al dueño su licor maduros. 

Algo más joven que Argensola, el cordobés Luis de Góngora (1561-1627) también trató el mismo motivo del olmo abrazado por la vid en, por ejemplo, la “Fábula de Polifemo y Galatea”: la ninfa, abrazada a su esposo Acis, aún más estrechamente se ciñe a él y se estremece de miedo cuando oye la estentórea llamada del Cíclope, que de ella se ha enamorado y del que es perseguida. Siempre original y distinto, el gran culterano invierte el sentido habitual, de tal manera que es el abrazo de los dos amantes el que se metaforiza en el de la vid y el olmo:

Árbitro de montañas y ribera,

aliento dio, en la cumbre de la roca,

a los albogues que agregó la cera,

el prodigioso fuelle de su boca;

la ninfa los oyó, y ser más quisiera

breve flor, hierba humilde, tierra poca,

que de su nuevo tronco vid lasciva,

muerta de amor, y de temor no viva.

Mas –cristalinos pámpanos sus brazos–

Amor la implica, si el temor la anuda,

al infelice olmo que pedazos

la segur de los celos hará aguda

El antequerano Pedro de Espinosa (1578-1650) incluye el motivo en su famosa “Fábula del Genil” (a. 1605). Ponderándole su riqueza, así le dice el río Genil a su amada, la ninfa Cínaris:

Así del olmo abrazan ramo y cepa

con pámpanos harpados los sarmientos;

falta lugar por donde el rayo quepa

del sol, y soplan los delgados vientos.

Por flegibles tarahes sube y trepa

la inexplicable yedra, y los contentos

ruiseñores trinando, allí no hay selva

que en mi alabanza a responder no vuelva. 

El madrileño Francisco de Quevedo (1580-1635) trató dicho motivo en la canción “El escarmiento”, casi una oda por el tono melancólico y meditativo sobre su escarmentada vida, ya desengañada de locas pasiones y vanas esperanzas. Escrita unos ochos meses antes de morir y dirigida al caminante, como en las inscripciones sepulcrales, más que un epitafio es el testamento que nos lega la portentosa sabiduría de su autor. En este poema, los olmos, condenados a muerte por la vid que los abraza, son símbolo del poeta que siente ya enroscada en él la muerte; pero el símbolo, como siempre, es doble y aún más, puesto que, si los olmos con sus sombras protegen el frescor de las aguas en los días calurosos, en una segunda lectura podría interpretarse que “de la sed de los días” –o sea, de la cansada vida ya casi pasada– los olmos guardan en sí con sombras –sin duda, las de la muerte cercana– las corrientes frías, símbolo inequívoco de las del Leteo, río de la muerte y del olvido:

…Estos olmos hermosos,

a quien esposa vid abraza y cierra,

de la sed de los días,

guardan con sombras las corrientes frías… 

Entre nuestros poetas del siglo XVIII, el madrileño Manuel José Quintana (1772-1857) incluye el motivo en su poema “A don Nicasio [Álvarez de] Cienfuegos, convidándole a gozar del campo”, ya que era muy amigo de este otro poeta ilustrado:

Oh, cuántas veces,

cuántas, mirando las sociales vides

enlazarse a los olmos, y lozanas

entre los ramos de su verde apoyo

sus hojas ostentar y alegre fruto,

en dulce llanto se bañó mi pecho! 

También de Virgilio es esta imagen “Nec gemere aeria cessabit turtur ab ulmo”, cuyo eco llegó al Garcilaso de la Égloga II, en la voz del pastor Salicio conversando con Nemoroso:

Nuestro ganado pace, el viento espira,

Filomena sospira en dulce canto,

y en amoroso llanto s»amancilla;

gime la tortolilla sobre»l olmo,

preséntanos a colmo el prado flores,

y esmalta en mil colores su verdura;

la fuente clara y pura, murmurando

nos está convidando a dulce trato… 

En este delicioso locus amicus, de graciosa rima interna, el olmo, con la dulce tórtola gimiente, es la figura central: «el honor del prado», como en el citado poema de Torre, pues es frecuente que el olmo posea el carácter de elemento principal de entre todos los que componen dicho viejo tópico –prado verde con flores, fuente, brisa y, por supuesto, aves, etc. –; él es el eje y el centro de un cuadro paisajístico, en torno del cual giran y se ordenan todos los demás.

Así, en su poema “El céfiro”, primer poema de su libro La inconstancia. Odas a Lisi (a. 1782), el ilustrado extremeño Juan Meléndez Valdés (1754-1817), el mayor poeta de nuestro siglo XVIII, va pasando revista a los distintos elementos de la naturaleza entre los que se mueve este suave viento; y, en primer lugar, las aves, tan amigas de anidar en los olmos:

[al céfiro] ya en la cima

del olmo entre las aves

seguir con dulce silbo

sus trinos y cantares

Y también el viento del norte, el furioso Bóreas, sacude, hasta arrancarlo, al viejo olmo alzado en la cumbre en “La tormenta de noche. Idilio”, uno de los primeros que compuso el gran poeta romántico José de Espronceda (1808-1842), cuando, aún adolescente, estudiaba en el colegio de la calle de San Mateo y formaba parte, con otros alumnos poéticamente aventajados y bajo las directrices del poeta Alberto Lista, de la Academia del Mirto, cuyas creaciones fueron recogidas en el manuscrito Varias composiciones de los Académicos del Mirto (1823-1826).

¡Como gime la tierra, cual retiembla,

cual arrebata el Bóreas furioso

de la elevada cima el olmo añoso! 

Con muy distinta métrica y ritmo y con muy otra sensibilidad, se encuentra también el olmo en algunos poemas del romántico vallisoletano José Zorrilla (1817-1893); así, olmos y pájaros, por supuesto, son lo más valioso que el capitán moro le dice tener en sus jardines a la cautiva leonesa en la más conocida «Oriental» (1837) del poeta vallisoletano:

…Y olmos tengo en mi alameda

que hasta el cielo se levantan,

y en redes de plata y seda

tengo pájaros que cantan… 

Y el olmo preside, majestuoso, los delicados locus amoenus en, por ejemplo, otra de sus famosas Orientales, el susurro del olmo al compás con el del aura; en su conocida leyenda «A buen juez, mejor testigo», el olmo reflejándose en el agua; y en «Soledad del campo» -todas, de 1838-, de nuevo el suave sonido del olmo en concordancia con el arrullo de las palomas y el canto de la fuente:

Susurra el olmo sombrío

sobre el río

dando al oído solaz,

y en los juncos y espadañas

y en las cañas

susurra el aura fugaz… 

* * *

Algún olmo que escondido

creció entre la yerba blanda,

sobre las aguas tendido

se reflejaba perdido

en su cristalina banda… 

* * *

¿Quién me diera el pacífico murmullo

de tus olmos mecidos mansamente,

de tus palomas el sentido arrullo,

y el grato son de tu escondida fuente?… 

«Bajo los altos olmos…»

A sentarse entre olmos y avellanos, soplando el caramillo y recitando versos, invitaba el pastor Menalcas a Mopso en la Bucólica V (1-3) de Virgilio. Y era frecuente en la poesía bucólica clásica que se presentara al pastor, ausente de su amada o no correspondido por ella, exhalando sus quejas y lamentos amorosos, sentado o melancólicamente semirrecostado contra el tronco de un árbol en el que, a veces, deja por escrito las muestras de su amor. Con frecuencia, el árbol es un fuerte y alto olmo, aunque también puede ser haya, pino, álamo, roble o encina. Así, en la Égloga II de Garcilaso, el pastor Albanio –uno de los cuatro que en ella intervienen–, asentado al pie de un olmo, recuerda un pasado encuentro con su amada, a la hora de la siesta -o sea, a la sexta-, de manera semejante a lo que ya había dicho el poeta en la Égloga I:

Al pie de un olmo hice allí mi asiento;

y acuérdome que ya con ella estuve

pasando allí la siesta al fresco viento;

en aquesta memoria me detuve

como si aquésta fuera medicina

de mi furor y cuanto mal sostuve… 

En cambio, en el soneto “Silvano a su pastora Silvia” (a. 1544), el vallisoletano Hernando de Acuña (1518-h. 1580) se presenta transmutado en pastor triste y ausente que escribe su queja amorosa en la corteza del árbol:

pastor triste y solo en la ribera

de Tesín[24]gravemente sospiraba,

y vi que en un alto olmo que allí estaba

con un hierro escribió de esta manera

Quevedo trata también el doble motivo -olmo con vid y, a un tiempo, olmo: centro del locus am쮵s– en la canción bucólica “Llama a Aminta al campo en amoroso desafío” cuyo título posee una indudable referencia erótico-bélica, pues el campo al que la pastora es requerida es el de las lides amorosas. Los juegos eróticos del poeta y su amada, ya se llamen “abrazos o prisiones”, darán envidia al árbol –a un tiempo, abrazado y preso–, pues serán vivificadores para ambos amantes, mientras que el hermoso pero letal abrazo de la vid dará muerte al olmo:

…Mas si gustas de sombra,

en esta verde alfombra

una vid tiene un olmo muy espeso;

no sé si diga que abrazado o preso,

y a sombra de sus ramas

le darán nuestras llamas,

ya lo digan abrazos o prisiones,

envidia al olmo y a la vid pasiones… 

Pero los amantes bajo el olmo, mientras el viento refresca los calores de la hora sexta -o sea, de la siesta-, me traen a la memoria aquella deliciosa y anónima voz popular –¿él o ella?–, recogida en los Romancerillos de Pisa (1595), que cantaba:

Ventezillo murmurador,

que lo andas y gozas todo,

hazme el son

con las hojas del olmo

mientras duerme mi lindo amor.

El idilio dieciochesco se muestra particularmente erótico en los poemas de Meléndez; así, por ejemplo, en la oda XII de “Los besos de amor” (1776-1781), el yo poético se dirige a su amada Amarilis a la que otra vez Cupido le une tras una larga separación marcada por el enojo y el olvido; pero ahora él expresa su deseo de gozar de nuevo con su amada:

¡Ay, ay! si yo gozara

en regalado lecho aquella rosa

tanto a Venus odiosa,

y cual olmo abrazara

tu cuello delicado,

en un mar de deleites anegado

¡Cuántas amables pláticas habrán oído y de cuántos idilios habrán presenciado los olmos de nuestra lírica! Ellos han sido los mudos testigos que guardan el secreto de paseos y coloquios que, a veces, ninguno de los dos amantes quiere ya recordar poco después. En la rima XL, la melancólica voz del posromántico sevillano Gustavo Adolfo Bécquer (1835-1870) evoca, a solas con su memoria triste, aquella dulce escena de tan sólo un año antes:

Su mano entre mis manos,

sus ojos en mis ojos,

la amorosa cabeza

apoyada en mi hombro,

Dios sabe cuántas veces

con paso perezoso

hemos vagado juntos

bajo los altos olmos

que de su casa prestan

misterio y sombra al pórtico… 

Pero, al final, tras la ruptura de los amantes, el poeta pide silencio a los testigos presenciales de aquel amor traicionado por la falacia de la amada:

¡Discreta y casta luna,

copudos y altos olmos,

paredes de su casa,

umbrales de su pórtico,

callad, y que el secreto

no salga de vosotros!

Callad, que por mi parte

lo he olvidado todo;

y ella… ella, no hay máscara

semejante a su rostro. 

Quizá el más bello canto al olmo de toda la poesía española sea el poema “A un olmo seco” del también sevillano Antonio Machado (1875-1939). Escrito en mayo de 1912, pocos meses antes de la muerte de su mujer, Leonor Izquierdo, el poema condensa en el olmo centenario y casi seco, que reverdece con la primavera, la imagen del eterno retorno de la naturaleza que, como promesa lírica de todo renacer, abre las puertas a la esperanza del poeta.

Al olmo viejo, hendido por el rayo

y en su mitad podrido,

con las lluvias de abril y el sol de mayo,

algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina

que lame el Duero! Un musgo amarillento

le mancha la corteza blanquecina

al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores

que guardan el camino y la ribera,

habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera

va trepando por él y, en sus entrañas,

urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,

con su hacha el leñador, y el carpintero

te convierta en melena de campana,

lanza de carro o yugo de carreta;

antes que rojo, en el hogar, mañana,

ardas de alguna mísera caseta,

al borde del camino;

antes que te descuaje un torbellino

y tronche el soplo de las sierras blancas;

antes que el río hasta la mar te empuje

por valles y barrancas,

olmo, quiero apuntar en mi cartera

la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera

también, hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera.

El olmo de Machado se ha despojado de su ropaje de amigo o amante firme y fiel más allá de la muerte. Tampoco es ya la sombra protectora del frescor de las aguas, ni desde su alta copa lanzan las aves al aire sus quejas de amor. No invita a amigos ni a amantes a idilios y escarceos amorosos, ni a dormir arrullados por el son de sus hojitas. Ya no es testigo de un ayer perdido ni de un dulce idilio o de un amor frustrado. Hendido por la furia del cielo -por el rayo de Júpiter-, casi podrido y amenazado de siete posibles formas de muerte -musgo, hormigas, arañas, hacha, fuego, viento, río-, el olmo machadiano rebrota de nuevo al impulso de la primavera, convertido en poderoso símbolo de la gracia de la vida que misteriosamente se afirma ante la presencia de la muerte.

Pero ahora ya hace tiempo que ha muerto este viejo olmo del Duero

Hoy los olmos se mueren. No rebrotan, no renacen, ya no reverdecen. Convertidos en trágicos esqueletos clavados en el cielo, son ahora patéticas sombras de un pasado de frondas y follajes, siniestras esculturas que nos avisan de la desolación que nos sobreviene. La insensata codicia de nuestra sociedad post-industrial y post-moderna convierte, poco a poco, la amenaza del yermo en mortal certeza.

Ya sólo por los ámbitos de la poesía podremos pasear bajo los olmos.

* * *

Y, como homenaje a don Antonio Machado, también yo he querido lanzar mi cuarto a espadas y he compuesto este sencillo llanto -más desesperado que poético- por «el olmo del Duero»:

LLANTO POR EL OLMO DEL DUERO

…la gracia de tu rama verdecida…

Antonio Machado

El olmo viejo ha muerto. Esta noticia

la he oído por la radio esta mañana.

En EL PAÍS anuncian, para el martes,

que próceres ilustres de las letras

aprovechan, a coro y de consuno,

tan infausto motivo

para elevar la voz -no sé a qué hora-

a costa de Machado,

ya que tienen la suerte

de ver morir -¡oh lírico suceso!-

tan alta y prepotente especie arbórea.

El olmo viejo ha muerto. Se esperaba.

¿Quién piensa en renacer en estos tiempos?

La esperanza es tan sólo una arriesgada

inversión en valores mobiliarios.

Reverdecer se logra con un lifting

o comprando en Durán una esmeralda.

¿Rebrotar, revivirá? ¿A quién le importan

un poema, un amor, un árbol viejo?

Paz Díaz Taboada

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