‘Convivir con el enemigo’. Un libro crítico con ‘La rebelión de las masas‘

Este capítulo, «Caudillos y vasallos», pertenece al libro Convivir con el enemigo, de Pedro Menchén, editado por Sapere Aude, Oviedo, 2021. Las citas entrecomilladas son de La rebelión de las masas  , de Ortega y Gasset, Espasa-Calpe, Madrid, 1976. Cada número entre paréntesis indica la página correspondiente de dicha edición.

CAUDILLOS Y VASALLOS

Pedro Menchén

(Fragmento del libro Convivir con el enemigo)

Ateniéndonos sólo a lo que dice Ortega en La rebelión de las masas (pues, como ya advertí en el prólogo, no pretendo hacer aquí un estudio exhaustivo de toda su obra, sino estrictamente de este libro), no parece que el filósofo madrileño sintiera muchas simpatías por la democracia; más bien, todo lo contrario, a juzgar por su afirmación de que «Las masas, por definición, no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad», lo cual significa que Ortega le niega al pueblo la posibilidad de participar en la vida política para elegir a sus gobernantes o asumir él mismo algún cargo de responsabilidad, y un régimen en el que ocurre algo así es una autocracia, una dictadura. «¡Ah, pero es que Ortega no propone expresamente ninguna dictadura. Simplemente quiere que gobiernen los mejores!», podría objetarme alguien. Muy bien, pero ¿quiénes son los mejores, según Ortega? La respuesta la conocemos de sobra: los hombres excelentes; o sea, aquellos que gobernaban a sus anchas hasta que llegaron los hombres-masa rebeldes y les arrebataron el poder, o trataron de arrebatárselo: la alta burguesía y la plutocracia, la casta nepótica que tomó el control de la sociedad después de la Revolución Francesa. Sin embargo, aquellos regímenes liberales de la Europa de principios del siglo XX, a pesar de ser controlados por la plutocracia y la oligarquía, no eran tampoco del gusto de Ortega. Él los llamaba la «vieja política». Y la «nueva política» que proponía consistía en eliminar el partido liberal y el partido conservador para establecer en su lugar una especie de partido único, un partido «gigantesco» que agrupara a derechas e izquierdas… Pero un sistema con partido único ya sabemos lo que es: una dictadura. Y, desde luego, no dice mucho en su favor su idea de lo que es o debe ser la democracia:

«Niego profundamente que la democracia sea, por fuerza, sufragio universal secreto y directo o que sea parlamentarismo». (OyG, O.C. IX, Taurus, p. 22).

Pues si la democracia no es sufragio universal secreto y directo ni parlamentarismo, ¿qué es? Ortega no nos lo dice, aunque tampoco hace falta. Está claro, en cualquier caso, que rechaza, sin la menor ambigüedad, lo que todo el mundo entiende por democracia.

«Yo dudo que haya habido otras épocas de la historia en que la muchedumbre llegase a gobernar tan directamente como en nuestro tiempo. Por eso hablo de hiperdemocracia» (71).

¡Hiperdemocracia! ¡O lo que es lo mismo: un exceso de democracia! ¡Y esto lo dice el filósofo en 1929, cuando la mujer ni siquiera tenía todavía derecho al voto! En realidad, casi toda la obra de Ortega es una arenga incendiaria en contra de la democracia. La rebelión de las masas no es propiamente un libro de filosofía o de sociología, sino un panfleto torpemente escrito, con el único propósito de demonizar a las masas y denigrar la democracia.

No pretendo insinuar, sin embargo, que Ortega deseara un gobierno opresor, totalitario, en el peor sentido de la palabra, una tiranía, una satrapía. Como aristócrata de vocación, tenía una visión de la política un tanto anacrónica y paternalista. Creía, tal vez de un modo sentimental, que debían gobernar las clases ilustradas, como lo habían hecho en Francia antes de la Revolución de 1789, por eso dice:

«Es notorio que sustento una interpretación de la historia radicalmente aristocrática» (72).

O sea, que la humanidad, tradicionalmente, se había regido por los mejores y que, por lo tanto, eran ellos quienes deberían seguir gobernando en el futuro. Los mejores, no los más votados. Pues los más votados podían ser hombres-masa elegidos por otros hombres-masa. La democracia, a fin de cuentas, es el triunfo de las masas. Los hombres-masa, con su voto, deciden su destino, eligiendo a otros hombres-masa, en vez de dejar que sean las «minorías excelentes» quienes asuman el poder, tal como habían hecho desde siempre. Es ahí donde radica el problema político y social para Ortega, ese es el principio de todos los males: la democracia.

Ahora bien, si honestamente se quiere que gobiernen los mejores (no los más votados), hay que saber no sólo quiénes son los mejores, sino también quién los elige y con qué criterio. Y la verdad es que en las sociedades no democráticas el gobierno y la gestión de lo público no lo ejercen ni lo han ejercido nunca los mejores, sino los más poderosos e influyentes, los más astutos, los más maquiavélicos en el arte de mover los hilos en las camarillas del poder, y en esa lucha feroz por el poder siempre ganan los oligarcas, los plutócratas, los cuales gobiernan pensando únicamente en su beneficio, no en el de la sociedad. Sólo en un régimen democrático (aunque también en él se cuelen arribistas y oportunistas de todo tipo) tienen verdaderas opciones de llegar a gobernar los mejores, ya que los candidatos tienen que superar varios filtros, varias pruebas de calidad, para acceder a determinados puestos (entre otras, la prueba de la opinión pública), mientras que en los regímenes autocráticos, el nepotismo, el amiguismo y los intereses creados son los únicos filtros que deciden quiénes gobiernan y quiénes no. Y eso Ortega debía de saberlo perfectamente, pues vivió muy próximo a las camarillas del poder. Hay que ser muy ingenuo para creer que en un régimen no democrático gobiernan los mejores, y me parece que Ortega no era tan ingenuo. Pienso, por tanto, que si deseaba un gobierno «aristocrático» (llamado así eufemísticamente, en vez de llamarlo simplemente «autocrático»), no era porque creyera que en él estarían los mejores de la sociedad, sino por sus intereses de clase o por sus simpatías instintivas hacia el Ancien régime.

«La vida creadora es vida enérgica, y ésta sólo es posible en una de estas dos situaciones: o siendo uno el que manda, o hallándose alojado en un mundo donde manda alguien a quien reconocemos pleno derecho para tal función; o mando yo, u obedezco. Pero obedecer no es aguantar –aguantar es envilecerse–, sino, al contrario, estimar al que manda y seguirlo, solidarizándose con él, situándose con fervor bajo el ondeo de su bandera» (169).

Mandar y obedecer, he ahí la cuestión. Pero obedecer con gusto, no con rabia y resentimiento, tal como lo hacían los vasallos en los tiempos antiguos en que había caudillos buenos y honorables que repartían justicia con equidad y eran como un padre para su pueblo. Ahora bien, ¿quién es ese líder, ese caudillo, ese hombre excelente, al que hay que seguir «con fervor bajo el ondeo de su bandera»? Un dictador, sin duda, pues Ortega no habla aquí de elecciones libres y democráticas, sino de gente que manda y de gente que obedece, de tipos que tienen el derecho legítimo a mandar y de personas cuyo deber es obedecer. Aunque el dictador de Ortega, por supuesto, no puede ser un dictador malo, un tirano. Debe de ser un hombre noble, de la clase superior, un hombre egregio, esforzado, un tipo digno de respeto y de admiración. Pero ¿cómo reconocerlo? O sea, ¿cómo saber cuándo ese líder, ese caudillo, ese dictador, es bueno o no lo es? Y, en todo caso, ¿quién decide qué caudillo o dictador es el mejor y con qué criterio lo decide? ¿Acaso hay un tribunal compuesto por hombres excelentes para decidir tal cosa, o decide por sí mismo el caudillo que él es la persona adecuada para gobernar y toma el poder sin más? ¿Y quién garantiza que ese caudillo será honesto y no actuará de forma arbitraria, en defensa sólo de sus intereses y los de sus amigos? Y, finalmente, ¿quién le retirará el poder si se descubre, por casualidad, que no es en realidad una persona excelente, sino un hombre-masa y, además de eso, un tirano? Demasiadas preguntas, quizá, para tan pocas respuestas.

La idea que tenía Ortega de cómo debería funcionar la sociedad era, no ya autoritaria, sino castrense. Por eso dijo que sólo es posible vivir en una de estas dos situaciones: o siendo uno el que manda, o reconociendo a alguien pleno derecho para tal función. «O mando yo, u obedezco. Pero obedecer no es aguantar», puntualiza, sino estimar al que manda y seguirlo «con fervor bajo el ondeo de su bandera». Yo creo que el filósofo madrileño debía de estar pensando, cuando escribió eso, en algún personaje de leyenda como El Cid, Guzmán el Bueno, Cabeza de Vaca, Núñez de Balboa, Hernán Cortés y héroes semejantes.

Pues ni mandar ni obedecer. Eso se queda para el ejército o para las fuerzas policiales. No es la idea que tenemos hoy en día (ni creo que la tuvieran tampoco en 1929) del papel que nos corresponde a los ciudadanos en una sociedad civilizada y moderna. Más que con el derecho a mandar o la obligación de obedecer, nos reconocemos como seres libres y responsables; es decir: con libre albedrío para decidir sobre nuestras vidas como mejor nos plazca, aunque respetando, eso sí, las leyes y los principios democráticos reconocidos en una constitución.

Esa idea del buen señor que manda con nobleza y justicia y del buen vasallo que obedece con respeto y fervor parece extraída, sin ningún pudor, de los libros de caballerías anteriores al Quijote. No es una idea práctica ni inteligente. No es una idea propia de un pensador serio del siglo XX.

Pedro Menchén, Convivir con el enemigo (fragmento)

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