Cuento navideño: La magia de los viejos juguetes | Rafael Garcés Robles

Mientras María Petronila escudriñaba viejas fotografías y papeles amarillentos que guardaba como un tesoro en la vieja cartera de cuero heredada de su abuela Faustina, encontró un papel con manchas oscuras y cuarteado por los dobleces del tiempo y del descuido que ella nunca había guardado, sin embargo empezó a sospechar de su memoria, pero concluyó en seguida que alguien le hubiera puesto ese papel en el bolso; vino luego la curiosidad por desdoblarlo y mirar qué contenía; María Petronila miró y miró el papel o quizá leyó y leyó muy concentrada, sin nadie saber con veracidad qué sucedió en esa comunicación con el misterioso papel; María Petronila llamó a su hermana Rosa Petronila para enterarla de lo acontecido, juntas con sendas velas recorrieron la casona como esperando encontrar algo anormal, pero no, escucharon los mismos ruidos de todas las noches en el soberado, los aleteos de los morrocoyes en el patio y nada más, cuchichearon dos minutos y volvieron a sus aposentos.

María Petronila y Dolores Petronila eran dos hermanas dueñas y administradoras de la única tienda de artesanías del pueblo y las gentes para evitar confusiones con sus repetidos nombres, simplemente les llamaban la Petras; en su tienda, las Petras vendían para niñas muñecas de trapo, vestidos tejidos en lana, sombreros tejidos en cabuya y bolsos en tela bordados con figuras de paisajes naturales, todos confeccionados por ellas; para niños tenían a la venta carritos de madera con tapas de gaseosa como llantas, trompos, valeros, canicas, caballos de palo y zumbambicos, todo elaborado por artesanos locales; y para todos los gustos y tamaños había un surtido amplio de alpargatas en guasca de cabuya y sombreros de paja; además en las tardes, la tienda de las Petras era un lugar de risas, de historias, de gritos y de humo de tabaco, al reunirse con sus amigos a jugar cartas y/o parqués.

Al amanecer del siguiente día, las Petras, antes de la acostumbrada preparación del desayuno, se dirigieron a la tienda, y asombradas se miraron y dijeron al tiempo: ¡es verdad lo que decía el papel!; una de las Petras propuso ir a releer el enigmático mensaje, pero con el mismo misterio con que llegó el papel, también había desaparecido de la vieja cartera de la abuela; las Petras se refugiaron en la cocina a orar mientras desayunaban, convencidas de estar poseídas por un embrujo como las historias que narraba don Eloy Angulo, sin embargo se atrevieron a regresar a la tienda, entraron con cautela y, en efecto, comprobaron lo visto la noche anterior, los juguetes y demás artículos se habían multiplicado; en la mesa reposaban ahora seis muñecas de trapo donde ellas habían elaborado sólo tres el pasado día; todos los artículos de la tienda  se habían duplicado por encanto; esto no es del diablo, dijo una de las Petras; es obra del niño dios, ya llegó diciembre, contestó riendo la otra Petra.

La noticia se regó como polvorín y hubo algarabía por todo el pueblo y toda la provincia, y gentíos se aglomeraron a comprar los regalos de navidad que brotaban mágicamente, aún más, sabiendo que las Petras tenían ofertas muy por debajo a los precios anteriores del insólito acontecimiento; al terminar el día la tienda terminaba desurtida y las Petras agotadas, pero al día siguiente amanecía de nuevo abastecida de todos los juguetes y de todos los demás productos de su especialidad; hubo necesidad de contratar cinco asistentes para atender a la enorme demanda de compradores.

El día de la navidad, el asombro y la perplejidad de niños y de adultos era inmensos, gigantescos, grandiosos; y no era para menos, cada vez que los niños tomaban en sus manos los juguetes comprados en la tienda de las Petras, éstos cobraban vida: hablaban, reían, caminaban y con su magia sumergían a los niños en mundos maravillosos; los cuentos más hermosos eran narrados por miles de protagonistas que vivían esas historias fantásticas.

El patio de la casa de las Petras fue adecuado para recibir a miles de niños que del pueblo, y de lugares lejanos llegaban a contar día tras día sus increíbles aventuras. 

Yo, contaba un niño, cogí mi carrito para jugar y de pronto me vi montado y manejando, paré mi vehículo para que mis padres se subieran y me pidieron que los llevara al campo, a la finca donde viven mis abuelitos, no teníamos prisa de regresar porque mi carro estaba presto para cualquier momento.

Señoras Petras, dijo con respeto una niña, mi bolso me llevó de compras tan pronto me lo puse al hombro, por todos los almacenes, fueron muchas las cosas que compré, pero lo fenomenal fue ver que en mi bolso cupo de todo y así como estaba de repleto no me molestaba el peso.

Mi sombrero de paja no parecía mágico cuando me lo puse, dijo medio nostálgica una infanta, pero pronto apareció la brisa, entonces su ala empezó a ondear cada vez más rápido hasta elevarme y verme volar por encima de la torre de la iglesia y por arriba de los tejados de mi casa, desde allá llamé a mis amigas para que me acompañaran, saludé a mi madre y le agradecí el regalo de navidad.

Tan pronto abracé a mi muñeca de trapo fui feliz, habló con firmeza una niña, ella me pidió que la aseara y le diera teta, pronto aprendió a caminar y hasta tuve que regañarle por desobediente.

Un niño que entró con mirada de asombro, contó que tan pronto activó el zumbambico, empezó a sentir un viento fresco en su rostro, pero luego de unos segundos, fue tan veloz el zumbambico que la brisa suave se tornó huracán y las casas y los árboles y las camas y las gentes volaban por los cielos; todo volvió a la normalidad cuando mi zumbambico perdió fuerza en su rotación.

Las madres contaban que los vestidos de lana de sus hijas, durante las noches se tornaban de color cielo y en su fondo aparecían planetas y lluvias de estrellas.

Tan pronto me monté en mi caballo, me dijo que se llamaba Pegaso y me llevó por los cielos, por los mares, por las islas y por los continentes hasta encontrar al épico Hércules para que fuera amigo mío, contaba emocionado un muchacho.

cuento navideño de Rafael Garcés Robles
Rafael Garcés Robles

Las alpargatas de cabuya utilizadas por los campesinos en la cotidianidad de las labores del campo o por los niños que emulan a los pastorcitos de Belén, son compradas ahora por viejos, jóvenes y niños, al comprobar que basta tenerlas puestas para bailar a la perfección el ritmo de la canción que suene en ese instante; hicieron pedidos de alpargatas de todas las regiones del país y se acrecentaron los ritmos autóctonos como el tres, el bambuco, la guabina, el sanjuanero, el bunde, el torbellino y hasta revivieron otros ritmos andinos.

Fueron muchos los años y muchas las décadas de magia, de encanto y de felicidad que ellas regalaron a los niños y a los adultos del pueblo; las Petras murieron el mismo día, un veinticuatro de diciembre, en plena nochebuena. Las gemelas estaban próximas a cumplir ciento veinte años, dijo uno de los tahúres de las cartas y del parqués; una de sus sobrinas comentó como curiosidad que, escudriñando el viejo bolso de cuero donde guardaba fotos y papeles una de las Petras, había encontrado un curioso muñeco de un duende, tenía los ojitos cerrados y en sus manos contra el pecho, tenía aferrado un diminuto papel amarillento, con manchas negras y cuarteado por los dobleces del tiempo y del descuido, volví a cerrar el viejo bolso, ese duendecillo era otro difunto, terminó diciendo la sobrina.

En las calles del pueblo, pocas personas anunciaban su muerte y como ellas, también pasaba desapercibida la muerte de la magia en todos los juguetes de la tienda de las Petras.

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Última actualización el 2021-07-21 / Enlaces de afiliados / Imágenes de la API para Afiliados

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