Dominga, la curandera (cuento corto de Rafael Garcés Robles)

Ese señor está quedando en los puros huesos, expresó medio asombrada la Rosa Reina al ver pasar a don César con lento caminar, pálido como el último sol de una tarde polar, con los pantalones que le sobraban por todos los lados y una camisa que flotaba a su alrededor; está quedando en el mero chasis, dijo don Lisímaco y así, otros transeúntes especulaban que la diabetes lo tenía jodido, hasta le pronosticaron un cáncer agresivo y poco tiempo de vida. Lo real era que, en menos de un mes, su salud se había deteriorado perdiendo más de veinte kilos a causa del insomnio y de la inapetencia; su señora comenta que en las noches don César implora para que le conversen de cualquier tema: de las peleas de la vecina con el esposo alcohólico; de los sermones del curita en los viernes santos de los últimos diez años; debe leerle los viejos periódicos que guardan debajo del colchón y sacar todas las noches los viejos álbumes familiares para repasar la historia de cada fotografía. Don César ya no prueba la frijolada ni el sango ni la mazamorra ni siquiera come chicharrones.

El médico del pueblo admitió su preocupación por el nerviosismo excesivo de don César y su desesperanza por la vida, con frecuencia llora y desea con vehemencia su muerte. Para su mal el médico no encontró remedio, no hay calmante para este dolor existencial, terminó diciendo el galeno. Don César, quien andaba apurado hacia los ochenta años, era un caminante consumado que a diario, desde los amaneceres, recorría entre doce y quince kilómetros por los caminos angostos de las serranías y por las trochas trazadas en los cerros por las aguas invernales, pero también había detenido esos andares, esos paisajes no lo inspiraban, no lo alimentaban esos aires puros que emanaban de los bosques y de las fuentes; su sonrisa y su chispa picaresca parecían opacarse en su mirada vacía, sus amigos lo extrañan. Su familia ha considerado la posibilidad de trasladarlo a un centro de reposo donde quizá encuentre la paz, el sosiego y la calma perdidas.

Una mañana fría con las montañas vestidas de neblina, caminaba don César con lerdo andar perdido entre una ruana y con un rostro cadavérico donde predominaban sus ojeras; justo al pasar frente a la casa de misia Dominga el señor tosió, a la dama le llamó la atención esa tos seca y le pidió acercarse, tan pronto le tocó el pulso de su brazo izquierdo, la doña se alertó y le dijo sorprendida: “Don César, usted está bajeado, no se le siente el pulso”.  Doña Dominga, la curandera era reconocida por curar a los niños asustados, bajeados, con el mal de ojo, con la caída del cuajo y otros males, pero don César no sabía que a los viejos los bajeaban, sin embargo, aceptó la cita que le dio para el día siguiente, pues en realidad el mal lo atormentaba más y más cada día.

Cuento de Rafael Garcés Robles
Rafael Garcés Robles

A las diez en punto de la mañana, estuvo don César en el consultorio de misia Dominga en un salón donde se conjugaban los aromas de los jazmines, del eucalipto, de las dalias, de los lirios, de las gardenias y de las rosas; lo invitó a sentarse en una silla colonial con sentadero de mimbre, mientras la curandera continuaba prendiendo veladoras aromatizadas a las imágenes de la Virgen de los Remedios, de San Gregorio Hernández, de San Antonio de Padua, de San Norberto y de San Juan Bautista; a pesar de su decaimiento, el paciente sintió descanso en ese ambiente conventual, muy diferente a ese exterior mundano que lo deprimía y lo consumía. Para ubicar al achacoso señor en los grados de espantos que producen el bajeado, la sanadora le explicó: “Vea, hay personas que tienen “ojo fuerte” y su mirada enferma; o sí ha visto el espíritu de un difunto, también es grave y es peor si se ha topado con uno de los espíritus de malas energías como el duende, el diablo, la llorona, la viuda, la bruja”. Al escuchar estos nombres don César se sobrecogió y sorprendido con sus brazos entrelazados, parecía protegerse de esos fantasmas como si los tuviera frente a él.

Misia Dominga, con su experiencia y con ese don que mi Dios le había otorgado, comprendió que don César estaba poseído por un espíritu “robaenergías” y si llevaba mucho tiempo dentro de su cuerpo, hasta su vida estaría en peligro; con moderación, pero a la vez con afán, dando bendiciones empezó a desmenuzar el atado de tabaco y a meterlo en el aguardiente, sacudió con fuerza la botella hasta quedar la mezcla de un color café oscuro, donde revoleteaban las burbujas y las migas del tabaco. Parada detrás del paciente, la curandera inició el ritual con palabras incomprensibles que musitaba sin detenerse en el hablar mientras echaba el menjurje en el cuello y en el pecho. Cuando la curandera se ubicó frente a don César para continuar la sesión, al mirar el rostro de ella, volvió a su mente en una veloz recordación aquel instante en que, caminando al amanecer por el sendero que conduce al cementerio, vio a una mujer de vestido largo varios metros por delante de él, y al acercarse un poco a ella notó que llevaba un bonito peinado, pero al estar muy próximo, ella giró repentinamente su cabeza mostrando un rostro ajado, carcomido y agrietado como una víctima del fuego; sus labios inmensos  daban vista a sus desiguales y separados dientes; y volvió sentir la mirada de esos ojos brotados y carentes de párpados que se incrustó en sus miedos; don César reaccionó al sentir caer el preparado sobre sus brazos y sus piernas que con golpes fuertes le infringía la sanadora.

En los siguientes rituales, don César además de ir perdiendo el miedo a ese rostro infernal que lo “bajeó”, fue recuperando el pulso, el ánimo y las fuerzas; se concentraba en escuchar cuando ella musitaba los rezos incomprensibles a ratos, pero claros en otros fragmentos: “Te pido Dios que lo protejas, que lo liberes, que lo cures de todo mal. Venid, venid Señor, ahuyenta a esos espíritus malignos…”; sin parar de esparcir el menjurje en su cuello, en su pecho, en sus brazos y en sus piernas, siempre direccionando la mezcla hacía abajo para extraer a ese ser malévolo que se había apropiado de su cuerpo y de su voluntad. Al término de cada sesión, la sanadora le recomendaba no bañarse ese día, sólo a la siguiente mañana; y para completar la limpieza o el barrido le recordaba hacer sahumerios todas las noches en su alcoba para atraer las buenas energías y, quemar hojas de eucaliptus en un recipiente y colocarlo debajo de la cama. Al término del novenario, misia Dominga, muy satisfecha, le dijo a don César:

–No hubo necesidad de hacerle la “cura de los chupaos” ni la “cura del huevo de gallina”. Gracias a Dios, todo salió bien. ¡Vete con Dios!

Días después:

–¿Cuál es el escándalo? –preguntó con curiosidad la Rosa Reina, al tiempo que ponía su mano como visera para poder mirar mejor lo que acontecía.

–Abuelita, un perro le arrebató a un señor una bolsa con carne y anda correteándolo.

–¿Y quién es el señor que persigue a ese perro ladrón? 

–Abuelita, ese correlón es don César.

La Rosa Reina cruza inconsciente su brazo izquierdo, entre tanto se tapa la boca con su mano derecha e incrédula contra pregunta a lo sureño: ¿Dooonnn Césaaarrrr?

Rafael Garcés Robles (Bolívar, Cauca, Colombia, 1949) es cuentista y poeta.

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