Entrevista a Jorge Andrada | La Hermandad del Santo Pelotazo

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Jorge Andrada

La Hermandad del Santo Pelotazo

El profesor y escritor Jorge Andrada ha publicado recientemente la novela La Hermandad del Santo Pelotazo, una historia satírica y humorística, con personajes muy locos, eruditos y exaltados, ambientada en la Sevilla de los inicios de pandemia (marzo de 2020), cuando las restricciones que prohibían salir de casa y socializar suponían un auténtico revés para tantos ciudadanos a quienes les gusta beber sus tragos entre amigos.

En esta narración la barra de un bar cobra dimensiones religiosas, como si de un templo se tratara, de ahí que un grupo de valerosos y desquiciados personajes se arroguen la obligación mesiánica de salvar a la ciudad de las garras de la ley seca.

Hablamos con Jorge Andrada para que nos cuente más detalles sobre esta novela, disponible en Amazon.

Francisco Rodríguez Criado: La Hermandad del Santo Pelotazo se lee como una ficción muy amena en la que un grupo de cofrades del buen beber se rebelan contra los gobernantes que les niegan lo que más aman en esta vida: el disfrute de la amistad alrededor de una cervecita, una copa de vino o la manzanilla de Sanlúcar, pero también de platos como chocos, acedias, pijotas, salmonetes. Me gustaría saber, aprovechando que usted que es sevillano, hasta qué punto puede ser dramático para gente tan sociable como los andaluces la prohibición de ir a tomar algo con los amigos al bar o a la taberna.

Jorge Andrada: Históricamente, los andaluces hemos vivido en una tierra abandonada por los gobernantes de turno: las industrias se instalaban en otras zonas del norte de España, mientras que en el sur se mantenía una estructura latifundista. Para nosotros, la revolución industrial es un concepto abstracto estudiado en los libros de texto.

Como consecuencia, este tiempo detenido y las precarias condiciones laborales impuestas por los señoritos han marcado a fuego el carácter de los andaluces. Como reacción, la reunión festiva en el bar se erigió en un principio casi divino. La vida en estado puro. Sin censura, sin miedos, sin distinciones de clase.

Imagínate lo que supuso para los andaluces, y los españoles en general, la imposición de un encierro obligatorio. De ahí, uno de los lemas de la novela: “Birra o muerte. Hacia la barra siempre”.

Ya he indicado que la novela es satírica, pero para quien no la haya leído, ¿qué otras influencias literarias va a encontrar en ella?

Como sabes, he dedicado casi toda mi vida al estudio y la enseñanza de la literatura española. Es evidente que ese detalle biográfico está presente en muchas de las páginas de La Hermandad del Santo Pelotazo.

Si tuviera que destacar un rasgo diferenciador en la tradición literaria española, sin duda, sería la crítica social a través de la sátira y el humor. Por este motivo, un lector atento descubrirá pasajes deudores de la novela picaresca, la lucidez desesperada de Larra o la deformación sistemática de Valle-Inclán. Quizá una influencia más desconocida para el público no especializado sería Sermones del Loco Amaro, el más disparatado y simpático loco de la Sevilla del XVII.

Por último, me gustaría señalar que la elección del nombre del ministro del Interior, Nando Arrabal, no es casual. Para mí, Fernando Arrabal es una de las mentes privilegiadas de la literatura española contemporánea. Un ácrata divino casi desconocido para el gran público.

El libro es muy divertido, y además no escatima elogios al buen beber, hasta el punto de que leemos proclamas desinhibidas como “¡El pueblo bebido jamás será vencido!”, o pasajes donde se tacha –con mucho humor– a la gente que no bebe poco menos que de bichos raros. De hecho, un personaje afirma que beber alcohol es “una costumbre sana, y no la moda de alimentarse con hojas de lechuga con agua y sal”.

Aunque todos los lectores se van a echar unas risas y, creo yo, casi ninguno se va a sentir ofendido, ¿no cree usted que en el fondo su novela es políticamente incorrecta al combatir modelos a priori saludables que se han puesto de moda?

Por supuesto. El tono canalla y provocador es uno de los rasgos estilísticos de la obra. Estoy convencido de que la literatura debe ofrecer al lector entretenimiento y reflexión a partes iguales. “Si quieres una sonrisita, vete a El Corte Inglés”, afirma sin rubor uno de los garantes de los sagrados templos del buen beber en Sevilla.

Hoy día vivimos rodeados de vecinos vigilantes de los derechos de las minorías, atentos siempre al matiz ideológico, a la letra pequeña del discurso. Si nos detenemos un momento a analizar las tribunas públicas, los oradores son planos. Parecen atemorizados por el próximo tuit del indignado de turno. El humor punzante no está de moda.

En mi novela, he buscado denunciar las contradicciones de una sociedad edulcorada e infantilizada por los supuestos cánones del buen gusto: la salud, el deporte, lo ecológico, lo natural. Mis personajes viven en el disfrute, en la desmedida controlada, en la opinión a quemarropa. A veces creo que estamos acomplejados por nuestras imperfecciones.

Como ya ocurriera tras los atentados de las Torres Gemelas, a raíz de las durísimas prohibiciones decretadas cuando estalló la pandemia del coronavirus se abrió un debate sobre si hay que priorizar la libertad individual o la seguridad colectiva. En su novela, como no puede ser de otra manera, se crean dos bandos: los que quieren saltarse la ley y los que se encargan de aplicarla. Hay por tanto un confrontamiento entre el libre albedrío y la responsabilidad legal.

Detrás de tanto humor, tanta ironía, tantos episodios esperpénticos y diálogos casi surrealistas, ¿ha tratado usted de transmitirnos algún mensaje serio sobre la sociedad de nuestro tiempo?

El mensaje es nítido: las sociedades más desarrolladas y prósperas educan a sus ciudadanos en el ejercicio de la libertad individual y el compromiso colectivo. Si el Estado da tumbos a diario en la toma de decisiones, supongo que alguien debe elevar la voz para recordarles a los dirigentes que no todo vale. Por ejemplo, es surrealista la imagen de decenas de veraneantes con la mascarilla puesta en un paseo marítim0 o en una avenida desierta y los salones de los bares hasta la bandera sin distancia de seguridad. No olvidemos que en los momentos más duros de la pandemia no había mascarillas y todos los días bajábamos al supermercado.

En estos meses de pandemia, ha quedado claro que los políticos (de todos los signos) se han movido muchas veces por intereses partidistas sin atender al sentido común. ¿Y el pueblo? Los lectores disfrutarán con uno de los capítulos más hilarantes de la novela: Odisea en Mercadona. España y los españoles.

La Hermandad del Santo Pelotazo, como toda buena caricatura, distorsiona la realidad para ofrecernos una imagen sobredimensionada. ¿Cree usted que el español en general y el andaluz en particular se prestan más a este juego de espejos distorsionados que ciudadanos de otros países más serios, pongamos un inglés o un noruego?

Los españoles sufrimos un complejo histórico respecto a los europeos del norte y pensamos que nuestra sociedad está sistemáticamente deformada. Solo hay que aguzar el oído en cualquier bar o taberna para sentir el peso del fatalismo de los parroquianos. Todo va mal.

Sin embargo, no creo que sea una actitud exclusiva de los españoles. Yo he tenido la suerte de vivir fuera (dos años en Francia y muchos veranos en Brasil) y he comprobado con resignación que el optimismo no vende. Políticos, jueces, policías, profesores, médicos, compañeros de trabajo. Un mundo en ruinas.

Lo que sí nos diferencia a los españoles y a los andaluces en particular es el sentido del humor como antídoto frente a los reveses de la vida. Si algún lector de esta entrevista tiene alguna duda, le ruego que se dé una vueltecita por Cádiz. Con un paseíto será suficiente para entender el sentido de la afirmación anterior.

Por lo que he leído en la prensa de Sevilla, algunos de los personajes de su novela están creados a partir de compañeros de profesión, profesores como usted. Es tradición que la literatura basada en personas de carne y hueso genere enfrentamientos entre el escritor y los retratados en sus páginas. ¿Ha tenido algún problema en este aspecto, o acaso el bando de los devotos de la imagen de Nuestro Santísimo Cristo del Gran Beber y de las reliquias del Santo Pelotazo son mayoría en Sevilla y no tienen problema en ser ejemplo de su militancia etílica?

Como dicen los políticos, me alegra que me haga esa pregunta. Es cierto que la historia de la literatura está plagada de ajustes de cuentas a través de los personajes de ficción. Célebres son las querellas de Quevedo y Góngora, de Galdós con Valle-Inclán o la más cercana de Arturo Pérez Reverte con Paco Umbral.

En mi caso, los protagonistas de la novela son profesores de Nuestra Señora del Rosario, un centro educativo situado en el barrio sevillano de Triana. Para mí ha sido un honor retratar sus gestos y adaptarlos a las peripecias de la historia. Vaya por delante que no todo es realidad. Todos somos conscientes de las claves del juego literario. No creo que sea necesario explicar el concepto de ficción en la creación artística.

Además, el sentido del humor es una muestra de inteligencia y ellos dan fe de ello. Debo reconocer que algunos profesores han salido mejor parados que otros. Tal vez mi punto de vista haya estado condicionado por alguna que otra invitación en los templos del buen beber de Sevilla.

Tengo la percepción –tal vez equivocada– de que se está minusvalorando el humor en eso que se entiende como alta literatura. ¿Cree usted que corren buenos tiempos para este tipo de novela sarcástica que usted frecuenta como escritor?

Lo he sufrido en primera persona. Muchos editores, desde su atalaya de censores de lo correcto e incorrecto, han mirado con desconfianza este estilo satírico que marca el ritmo de la novela. “No es serio”, firman sin leer siquiera las primeras cincuenta páginas. “¡La Hermandad del Santo Pelotazo! No es un título serio”.

Ante esa actitud solo caben dos actitudes: la resignación estoica o la rebeldía socrática. Como es obvio, yo no soy Sócrates, pero me niego a aceptar que un género como el satírico no tenga cabida en la biblioteca personal de un lector exigente.

Como profesor de Lengua y Literatura está cualificado para responder a esta pregunta: ¿Es verdad que los estudiantes tienen muy poco interés en la literatura y en el uso correcto de nuestra lengua, tal como suele afirmarse?

Todo depende de los datos que manejemos. Lo que es indudable es que nunca una generación ha leído tanto como la actual, sea en formato físico o digital. Las tasas de abandono escolar se están reduciendo año tras año. En definitiva, la España de hoy se va pareciendo mucho a las sociedades europeas más avanzadas.

Por otro lado, nadie puede discutir la aparición de un rival desconocido para la lectura: la potente creación audiovisual del mundo digital. La oferta es ilimitada y atractiva para los jóvenes. Muchos profesores y padres han decidido bajar los brazos y tirar la toalla. Para mí es un reto: las historias bien construidas siempre gozarán de la admiración del público. Por ejemplo, Harry Potter es una obra sublime que han leído millones de adolescentes en el mundo. Ya depende de cada uno. Además, preguntemos a los mayores de cuarenta años cuántas veces han leído las andanzas de don Quijote. Yo no apostaría a una cifra muy elevada.

Y, ya para terminar, ¿podría recomendarnos un relato corto para la sección 1001 cuentos?

Jorge Andrada: Los grandes escritores nos ha regalado algunos cuentos maravillosos. Uno de mis preferidos es Ojos de perro azul, de Gabriel García Márquez. Imposible no releerlo una y otra vez en busca de nuevos significados.

Jorge Andrada en Diario de Sevilla

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