La jardinera | Cuento de Rafael Garcés Robles

Florcita despertaba siempre antes que el sol, la rodeaban los aromas del jardín, le cantaban conciertos de aves y la levantaban el olor a café recién colado por la abuela; tras la montaña, veía subir con la pereza de los segundos a la luz del día; iba descubriendo el caminar de las nubes afanadas por el viento helado que había rondado en la noche. Junto a su madre van a bañarse a la chorrera y se regresan dando el paseo por el bello jardín que cultivaban sus abuelos para luego partir a la escuela con su talego al hombro.

Florcita compartía sus juegos con las mariposas que se posaban en su cabellera olorosa a néctar, con los pájaros que se alimentaban en la palma de su mano y con su perro Lucas, que la acompañaba en cada aventura por los campos. Sus mayores le enseñaron desde muy niña todos los secretos, cuidados y bondades del cultivo de las flores; aprendió a regar, a sembrar, a fertilizar, al corte y empacadura de los ramilletes que llevaban a vender a la plaza de mercado y a la única floristería del pueblo.

Al terminar los estudios de primaria, se dedicó de tiempo completo a la jardinería, el día lo vivía entre las flores y en las noches soñaba con ellas; de su abuela aprendió todos los secretos y misterios que guarda cada capullo en su color, en sus estéticas y caprichosas formas, en sus perfumes y en los momentos de su efímera vida. Al morir sus abuelos, hubo de apersonarse de todo lo que implica sostener un rancho y un pequeño terreno sembrado de un mundo multicolor, y con presteza empezó a ganar prestigio entre las gentes del pueblo por su sabiduría en la floricultura y la jardinería, en los misterios que las flores brindan, complementado con su eficacia y pundonor por el trabajo. Los sábados, al llegar con sus ramilletes de flores a la plaza de mercado, Florcita era abordada por jóvenes y adultos necesitados de consejos ante las vicisitudes de sus vidas amorosas: a los novios románticos, ingenuos y sensuales, sugería enviar a sus novias flores rosadas, pero si deseaban expresar pasión y seducción les vendía rosas rojas; lo más difícil para Florcita era explicar los significados antagónicos de las flores amarillas, pues al tiempo que cargan desprecio y mala suerte, emanan felicidad, vitalidad y un nuevo comienzo; para conquistar prefería las flores color naranja que simbolizan la belleza; para las personas con quebrantos de salud, flores moradas; para expresar confianza, seguridad y fidelidad, las flores azules y flores blancas  para la novia pura y casta.

Las tardes sabatinas en el pueblo, las ocupaba visitando enfermos, recomendando las maravillas curativas de las flores a través de infusiones y de ungüentos que ella preparaba. Por encargo llevaba los narcisos, las orquídeas, la crassula y los crisantemos para la buena suerte y la prosperidad. Nunca recomendó los cactus ni otras plantas con espinas porque atraen a la mala suerte y a las energías negativas.

A sus escasos veinte años, perdió a su madre, su mejor amiga y única compañía; no soportó su ausencia y con sus pocos haberes emigró a la gran ciudad; en su rodar por sobrevivir en ese mundo que la desconocía, le llegó su más preciado capullo, una niña a quien llamó Rosa, su flor preferida.

Entre los afanes que dan las afujías, trascurrían sus lentos días hasta lograr ubicarse en una reconocida floristería donde fue bien recibida por su laboriosidad e idoneidad en este ámbito; pronto estuvo al frente de los requerimientos que exigían las ventas y los asesoramientos comerciales, incluso sus patronos le dieron la difícil tarea de liderar los cultivos florales de su inmensa hacienda: Florita motivaba a las semillas para que germinaran con prontitud; les hablaba con ternura durante el crecimiento; rompía en felicidad cuando cosechaba; las clasificaba maternalmente; cantaba durante la hidratación; y se despedía besando las flores una a una en el proceso de empaque y transporte.

Tal vez, Florcita ya no tenía tantos sobresaltos económicos, su niña creció, también optó como su madre: ser una floricultora, pero la vida de Florcita con el tiempo se ajó en medio de la tersura de las flores. Una tarde oscura y triste llegó un caballero preguntando por Florcita para entregar un frondoso y hermoso ramillete de flores blancas:

–Yo las entrego –dijo Rosita, su hija, y mientras caminaba pensó en la ironía de la vida de su madre: “Es el único ramo de flores que le han enviado y precisamente tenía que ser hoy”; y con delicadeza puso el ramo encima de su caja mortuoria.

Rafael Garcés Robles

Imagen ilustrada

Cuento de Antonio Flores Schroeder: La señora y el perro

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Última actualización el 2021-07-21 / Enlaces de afiliados / Imágenes de la API para Afiliados

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