El abuso como tema literario (3): Alicia Méndez Medina

Ernesto Bustos Garrido prosigue esta serie literaria sobre la discriminación con tres narraciones breves de la dominicana Alicia Méndez Medina, en esta ocasión por el color de la piel.

Cuando te discriminan por el color de tu piel | Por Ernesto Bustos Garrido

Uno de los hechos que más irritan a lo que se llama “caridad cristiana” (no estoy de acuerdo con el apellido de la expresión) es la discriminación racial. Cuesta entender que hubo humanos que se introdujeron en África y capturaron a sangre y fuego a mujeres, hombres jóvenes y niños para esclavizarlos y venderlos en los mercados de la mano de obra de los servicios menores y el trabajo forzado de Europa y en ciertos lugares del Nuevo Mundo.

Cuesta entender que durante muchos años imperó en un país llamado Sudáfrica algo que se rotuló como el “apartheid”: baños para blancos y baños para negros, asientos en los carros del ferrocarril para blancos y asientos para negros, piletas de agua en plazas y jardines donde solamente podían beber los hombres y mujeres de piel clara.

Cuesta aceptar que en muchas empresas se exigía previamente un currículo y una fotografía del postulante a un empleo. Si es negro o de piel obscura, no califica. Califican los jóvenes y las jóvenes caucásicos, de pelo rubio y ojos azules.

Cuesta pensar que este país llamado Chile y en muchos otros, las ocupaciones pero remuneradas sean solo para gente de los pueblos originarios. Conocí a una mujer que cuando pequeña sus padres la enviaban a la escuela acompañada de una sirvienta india. La niña, al llegar a su colegio, le exigía a la sirvienta que caminara a unos quince o veinte pasos de ella para que sus compañeritas no la vieran junto a una negra.

Estos  tres breves relatos escritos por la narradora dominicana Alicia Méndez Medina dan cuenta de esta terrible actitud de unos contra otros. Lo peor es que dichas conductas subsisten hasta hoy. La discriminación racial está vigente y no sé cuándo será realmente abolida de nuestras prácticas cotidianas.

Ernesto Bustos Garrido

Ernesto Bustos Garrido (Santiago de Chile) es periodista de la Universidad de Chile, donde impartió    clases así como en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha  trabajado en diversos medios informativos, fundamentalmente en La Tercera de la Hora. Fue editor y  propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar.

 Amante de los viajes y de la escritura, admira a Pablo Neruda, Gabriela  Mistral, Nicanor Parra,  Vicente Huidobro, Francisco Coloane, Ernest Hemingway, Cervantes, Vicente Blasco Ibáñez, Pérez  Galdós, Ramiro Pinilla, Vargas Llosa, García Márquez, Jorge Luis Borges y Juan Rulfo.

¡Señora, hágame el favor…! | Relato de Alicia Méndez Medina

Una plantación de trinitarias (bugambilias) decoraba el frente de la casa de Trina María, y la comarca se engalanaba con las rosaditas, fucsias y coloraditas, cuidadas como las hijas primeras de Trina: Ella había heredado el gusto por cultivar y adorar las trinitarias de su padre titilan el viejo.

De baja estatura, una sonrisa que cada tanto ponía en evidencia los hermosos dientes blancos de la negra Trina María, la mayor parte de esas sonrisas las provocaban las hermosas trinitarias.

La esquina de la casa de Trina era referencia en kilómetros a la redonda y a la cuadrada también, por la hermosa vista; referencia para caminantes perdidos, punto de encuentro.

Una mañana como de costumbre, Trina María salió al patio a regar sus “trini” como les decía; conversaba con ellas, sabía si estaban tristes, felices, faltas de cariño o caricias, eran sus consentidas. Una lata de aceite crisol, con muchos hoyos, era la regadera. Esta le permitía dividir el agua y regarlas suavemente, gota por gota.

Uno de esos vendedores ambulantes que transitaban por la barriada, ofertando productos para vivir, dar vida, se quedó observando la hermosa plantación de trinitarias; absorto por la belleza, embebido por lo bien organizada que estaban y cómo embellecían la casa y el entorno, dijo a Trina María: “Mire, señora, hágame un favor, llámeme a su patrona, la dueña de la casa, a ver si me regala una matita de esas, pa plantarla en el frente de la mía”.

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El recóndito lugar | Cuento de Alicia Méndez Medina

Pedro de la Concepción había logrado colocarse como maestro de sociología en la Universidad del Estado, una buena remuneración económica y una mejor vida le daría a su familia.

Un día salió en su carro cepillo, por un lugar recóndito, que apenas comenzaba a formarse a buscar: vivienda o solar.

Por aquella época los empleados universitarios se asentaban allí: en el lugar recóndito, por las facilidades de pago de las viviendas o terrenos a empleados. Pedro de la Concepción estaba sudado, había dejado el cepillo, en la entrada de aquella calle maltrecha, empedrada, estaba harto de caminar y caminar sin encontrar nada que le complaciera.

Divisó a lo lejos, cuando el cansancio le estaba ganando, una deslumbrante mansión y un señor sentado, en una silla de guano, con mirada pérdida frente a la hermosa vivienda.

Como si a un oasis hubiese llegado, se quedó mirando maravillado. De repente el señor salió del letargo y le preguntó con voz fuerte:

–¿Qué le pasa amigo? ¿Lo puedo ayudar en algo? ¡Lo veo sudado! ¿Quiere un jarro de agua?

Los últimos años de la vida de Macario los pasaba en la tranquilidad que le daba un empleíto de sereno en la universidad del Estado, cada tanto amaneciendo, pero más tiempo en el calor de la casa que había soñado cuando se desempeñaba como albañil.

Tenía el cuerpo fornido, brazos enormes y mirada áspera, por años realizó el trabajo de albañil por cuenta propia; había pegado block por todo el país, creció tirando mezcla, con el pañete a cuestas y siempre pensando que algún día juntaría para tener un hermoso lugar donde vivir.

Pedro de la Concepción aceptó el agua para refrescarse; con el jarro en las manos, observaba el entorno. La casa a la vez, agradecía la gentileza y solidaridad a Macario. Cuando tomó el último sorbo de agua dijo: “Don, yo ando buscando casa o solar para comprar. ¿Usted no sabe si el dueño de esta le interesaría vender?

¡Plop!

¿Y está maldita loca de dónde salió? | Narración breve de Alicia Méndez Medina

Petra llegó a su casa, cansada, con hambre, desgreñada y aturdida, pensando que tendría que recoger el reguero de mezcla y barrer la polvareda que deja el cemento y los residuos del cemento.

Junto a su esposo había contratado un ingeniero para construir los segundo niveles de las casas que tenían en alquiler, desde su visión querían algo digno y organizado para ofertar a los sin techo; gente que no tiene donde guarecerse en un país donde esto es lujo.

Petra llegó a la casa, subió al segundo nivel, encontró al ayudante de ingeniero midiendo las dimensiones del lugar, dijo: buenos días: “El tipo no me hizo caso, me miró de pies a cabeza , detenidamente me observó, lo vi distante como si: me veía mover la boca, pero, actuaba como si no me escuchaba, para sus adentros pensaba él , digo yo”:

¿Y está maldita loca de dónde salió?

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La autora

Alicia Méndez Medina: Graduada en Arte Dramático, actualmente estudia periodismo. Es natural de República Dominicana y reside en Santo Domingo. Sobre su afán dice: “Escribo alrededor y sobre la marginalidad, las desigualdades sociales, el desarraigo, la frontera y el amor. La cotidianidad del barrio de Herrera como referencia de los barrios marginalizados de Santo Domingo, un poco en línea directa con un pasado atravesado por la discriminación racial y el misterio de un pueblo en el sur profundo , que nos habla de lo difusa que pueden ser las fronteras”.

El abuso como tema literario (2): Katherine Mansfield

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