El abuso como tema literario (1): Alice Walker

No es mi intención hacer un estudio sociológico de la violencia, y menos del abuso, del ser humano. La dominación ha sido motor de la historia y es inherente al afán de poder y a la necesidad de protección. Muchos líderes y pensadores sostienen que es preferible dominar a ser dominado.

En la literatura este fenómeno es pilar de la narrativa. Grandes autores como Shakespeare, Victor Hugo, Bocacci0, y hasta Cervantes han tomado los hechos y los casos en que la furia humana, la crueldad, la maldad, el desprecio por los derechos humanos, se han hecho carne como temática.

Uno de los primeros relatos de crueldad es el que cometió Caín sobre su hermano Abel. Brutus asesina a su propio padre, Julio César, y Adolf Hitler enciende los hornos crematorios para aniquilar a miles y miles de judíos. ¿Motivaciones? Por una parte, el miedo, y por otra, el ansia de poder y de dominación, o simplemente el odio por el diferente, el más pequeño o el más desvalido.

Escritora Alice Walker
Escritora Alice Walker

Hemos acumulado una gran cantidad de narraciones donde esta condición humana universal se hace patente y queda de manifiesto de que el hombre tiene un lado B de perversidad, de maldad.

En la primera entrega de este serie (“El abuso como tema literario”), el caso es aún más doloroso y conmovedor porque se trata de una forma de abuso brutal como es la violación, y, peor aún, de la violación contra seres de su misma clase y raza.

La escritora Alice Walker es autora de la novela El color púrpura . Narra la vida de varias mujeres negras sometidas y abusadas por sus más cercanos. El centro de la trama es sobrecogedor, porque el macho cabrío que las viola y las deja embarazada es el propio padre. ¿Hasta dónde puede llevar la perversidad del hombre?

Alice Walker nació el 9 de febrero de 1944 en el condado de Putnam (Georgia). Fue la más joven de los ocho hijos de Willie Lee Walker y Minnie Lou Tallulah Grant. Su padre, según sus palabras, fue un “terrible agricultor”, y su madre complementaba los ingresos familiares trabajando como empleada doméstica durante once horas al día para que Alice asistiera a la universidad.

Siendo una niña, a los ocho años, mientras jugaba, uno de sus hermanos le disparó con una escopeta de perdigones dejándola tuerta. Debido a que la familia no tenía coche, no pudieron llevar su hija a un hospital para recibir tratamiento inmediato. Cuando la visitó el médico una semana más tarde, ya era ciega de ese ojo. El suceso la hizo retraída y se obsesionó con ideas de suicidio.

Alice Walker cursó estudios en la escuela femenina de Atlanta, y en 1963 pasó al Sarah Lawrence College del Bronx neoyorquino, donde se graduó en 1965. Se implicó en el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, en parte debido a la influencia de la activista Howard Zinn, quien fue uno de sus profesores. Trabajó como escritora residente en el Jackson State College (1968-1969) y la Universidad Tougaloo (1970-1971).

En la mayoría de sus obras retrata la vida de mujeres negras a principios del siglo XX. Consiguió una beca para cursar estudios en la universidad de Atlanta, donde se comprometió en la lucha por los derechos civiles, tema que aparecería en su obra Meridiam (1976).

Escribió casi todo su primer libro de poemas, Una vez (1968), en una semana, tras su regreso de un viaje a África (1964).

Alice Walker se trasladó a Jackson (Mississipi), donde reanudó su actividad política. Sus poemas llevan como temas el amor, el suicidio, los derechos humanos y África.

Importante galardón

Consiguió el Premio Nacional del Libro y el Pulitzer por la novela El color púrpura (1982), muy alabada por la crítica llevada a la gran pantalla por Steven Spielberg. Esta épica nominada al Oscar relata la tumultuosa vida de Celie, una mujer de color sureña que fue virtualmente vendida como sirvienta a su esposo granjero. Fue protagonizada por Whoopi Goldberg, Danny Glover y Oprah Winfrey

Recibió numerosos premios, y fue una incansable activista de los movimientos pro-derechos humanos; y de la causa de las mujeres negras a las que considera «las auténticas heroínas de América». En 1984, junto con el escritor Robert L. Allen, fundaron Wild Tree Press, una editorial feminista en Anderson Valley, California.

Parejas

En 1965, se relacionó con Melvyn Rosenman Leventhal, un judío abogado de derechos civiles, blanco. Se casaron el 17 de marzo de 1967 en la ciudad de Nueva York. La pareja tuvo una hija, Rebecca, en 1969. Se divorciaron en 1976. A mediados de la década de 1990, Alice tuvo un romance con la cantante y compositora Tracy Chapman.

Veamos a continuación cómo describe el abuso y la agresión cotidiana, Alice Walker en la partida o arranque de su novela tan famosa y aclamada, y que fue llevada al cine por Steven Spielberg.

*** Datos biográficos extraídos del sitio web Buscabiografías

Ernesto Bustos Garrido

Ernesto Bustos Garrido (Santiago de Chile) es periodista de la Universidad de Chile, donde impartió    clases así como en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha  trabajado en diversos medios informativos, fundamentalmente en La Tercera de la Hora. Fue editor y  propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar.

 Amante de los viajes y de la escritura, admira a Pablo Neruda, Gabriela  Mistral, Nicanor Parra,  Vicente Huidobro, Francisco Coloane, Ernest Hemingway, Cervantes, Vicente Blasco Ibáñez, Pérez  Galdós, Ramiro Pinilla, Vargas Llosa, García Márquez, Jorge Luis Borges y Juan Rulfo.

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El color púrpura

Título original: The Color Purple

Editorial: Círculo de Lectores de 1987 –  RBA de 2004 – De Bolsillo año 2018 

Por: Alice Walker

–Nadie es amigo tuyo si exige tu silencio o niega tu derecho a crecer.

No se lo cuentes a nadie más que a Dios. A tu mamá podría matarla.

Querido Dios: Tengo catorce años. Soy. He sido siempre buena. Se me ocurre que, a lo mejor, podrías hacerme alguna señal que me aclare lo que me está pasando. La otra primavera, poco después de nacer Lucious, los oía trajinar. Él le tiraba del brazo, y ella decía: Aún es pronto, Fonso. Aún no estoy bien. Él la dejaba en paz, pero a la otra semana, vuelta a tirarle del brazo. Y ella decía: No puedo. ¿Es que no ves que estoy medio muerta? Y todas esas criaturas.

Ella se había ido a Macon, a que la viera la hermana doctora, y me dejó al cuidado de los pequeños. Él no me dijo ni una palabra amable. Sólo: Eso que tu mamá no quiere hacer vas a hacerlo tú. Y me puso en la cadera esa cosa y empezó a moverla y me agarró los pechos y me metía la cosa por abajo y, cuando yo grité, él me apretó el cuello y me dijo: Calla y empieza a acostumbrarte.

Pero no me he acostumbrado. Y ahora me pongo mala cada vez que tengo que guisar. Mi mamá anda preocupada, y no hace más que mirarme, pero ya está más contenta porque él la deja tranquila. Pero está demasiado enferma y me parece que no durará mucho.

Querido Dios: Mi mamá ha muerto. Murió gritando y maldiciendo. Me gritaba a mí. Me maldecía a mí. Estoy preñada. Me muevo con lentitud. Antes no vuelvo del pozo, el agua ya se ha calentado. Antes no preparo la bandeja, la comida ya se ha enfriado. Antes no arreglo a los niños para ir al colegio, ya es la hora del almuerzo. Él no decía nada. Estaba sentado al lado de la cama. Le cogía la mano y lloraba y repetía: No me dejes, no te vayas. Cuando lo del primero, ella me preguntó: ¿De quién es? Yo le dije que de Dios. No conozco a otro hombre y no supe qué decir. Cuando empezó a dolerme y a movérseme el vientre y me salió de dentro aquella criatura que se mordía el puño, me quedé pasmada. Nadie vino a vemos. Ella estaba peor cada día. Un día me preguntó: ¿Dónde está? Yo le dije: Dios se lo ha llevado. Pero se lo había llevado él. Se lo llevó mientras yo dormía. Y lo mató en el bosque. Y matará a este otro, si puede.

Querido Dios: Dice que está harto de mí. Dice que estoy mala y que no hago más que fastidiar. A la otra criatura también se la llevó. Era un niño. Pero me parece que no lo mató. Creo que lo vendió a un matrimonio de Monticello. Yo tengo los pechos llenos de leche y se me sale y siempre estoy mojada.

Él pregunta: ¿Por qué no vas más decente? Ponte algo. ¿Qué quiere que me ponga? No tengo nada. Ojalá encuentre a alguien y se case. Mira mucho a mi hermana pequeña, y ella está asustada. Pero yo le digo: Yo cuidaré de ti. Si Dios me ayuda.

Querido Dios: Ha traído a casa a una chica de por la parte de Gray. Es poco más o menos de mi edad, pero se ha casado con ella. Está siempre encima de ella y la pobre anda de un lado a otro, como si no supiera lo que le pasa. A lo mejor pensó que lo quería. Pero es que aquí somos tanta gente. Y todos necesitamos algo. A Nettie, mi hermanita, le ha salido un pretendiente que es casi igual que nuestro papá. También es viudo. A su mujer la mató al volver de la iglesia un amigo que tenía. Pero él sólo tiene tres hijos. Vio a Nettie al salir de la iglesia, y ahora todos los domingos por la noche tenemos en casa a Mr. ———. Yo le digo a Nettie que siga con sus libros. Porque ella no sabe lo que es tener que cuidar a unas criaturas que ni siquiera son tuyas. Y mira lo que le pasó a mamá.

Querido Dios: Hoy me ha pegado porque dice que en la iglesia le guiñé un ojo a un chico. Algo que me entraría, porque de guiñar, nada. Y es que a los hombres ni los miro, la verdad. A las mujeres sí las miro, porque a ellas no les tengo miedo. Pensarás que porque me maldijo, le guardo rencor a mi mamá. Y no. Yo compadecía a mamá. El querer creer lo que él le contaba, es lo que la mató. A veces todavía mira a Nettie, pero yo siempre me pongo delante. Ahora le digo a mi hermana que se case con Mr. ———. Pero no le digo por qué. Le digo: Cásate, Nettie y disfruta de la vida por lo menos un año. Después, seguro que se queda embarazada. Pero yo, ya nunca más. Una chica me ha dicho en la iglesia que para quedar embarazada has de tener el mes. Y yo ya no lo tengo.

Querido Dios: Por fin Mr. ——— ha venido a pedir la mano de Nettie. Pero él no la deja marchar. Dice que es muy joven y que no tiene experiencia. Que Mr. ——— tiene demasiados hijos. Además, está el escándalo que dio su mujer al morir asesinada. ¿Y lo que se murmura de él y de Shug Avery? ¿Qué hay de eso? Le he preguntado a nuestra nueva mamá por Shug Avery. ¿Quién es? Dice ella que no lo sabe, puro que se enterará. Ha hecho más que eso. Ha conseguido un retrato. Es el primer retrato que veo de una persona de verdad. Dice que Mr. ——— sacó algo de la cartera para enseñárselo a mi padre y que el retrato cayó al suelo y fue a parar debajo de la mesa. Shug Avery es la mujer más bonita que he visto en mi vida. Más bonita que mi mamá. Y diez mil veces más bonita que yo. Lleva unas pieles y la cara pintada y el pelo brillante. Sonríe enseñando los dientes y está subiendo a un coche. Pero sus ojos están serios. Y un poco tristes. Le digo que si puedo quedarme con el retrato, y he pasado la noche mirándolo. Y he soñado con Shug Avery, que viste que tira de espaldas, y baila, y se ríe.

Querido Dios: Le dije que me tomara a mí en lugar de Nettie cuando nuestra nueva mamá se puso enferma. Él me preguntó que de qué le hablaba. Yo le dije que podía arreglarme y me fui a mi cuarto, y salí con unas plumas y unos zapatos de tacón alto de la nueva mamá. Él me pegó por vestirme de descarada, pero me lo volvió a hacer. Mr. ——— vino a casa por la noche. Yo estaba en la cama llorando. Por fin Nettie lo había visto claro y la mamá nueva también. Y ella también lloraba en su cuarto. Nettie iba de la una a la otra. Estaba tan asustada que tuvo que salir a vomitar. Pero no salió por el porche. Allí estaban ellos. Mr. ——— dijo: Bueno, supongo que lo habrá pensado mejor. Él dijo: No. Nada de pensarlo mejor. Mr. ——— dijo: Es que mis pequeños necesitan una madre. No pienso darle a Nettie, dijo él hablando muy despacio. Es muy joven y no sabe nada de la vida. Además, quiero que estudie. Tiene que ser maestra. Pero puede llevarse a Celie. Al fin y al cabo es la mayor. Tiene que ser la primera en casarse. No está fresca, eso ya lo sabrá usted. Está tocada. Dos veces. Pero tampoco es tan importante que la mujer esté fresca. Yo me traje a una que estaba fresca y ahora siempre está enferma. Los críos la molestan, como cocinera no vale nada y ya está embarazada. Mr. ——— no decía nada. Yo, de la sorpresa, había dejado de llorar. Es fea, decía él, pero sabe trabajar. Y es limpia. Además, Dios la ha arreglado. Ya puedes hacerle lo que quieras, que no tendrás que vestirlo ni darle de comer. Mr. ——— seguía sin decir nada. Yo saqué la foto de Shug Avery y la miré a los ojos. Sí, me decían sus ojos, a veces pasan estas cosas. La verdad es que tengo que sacarla de casa, decía él. Ya es muy mayor para estar viviendo aquí. Y me enreda a las otras chicas. Llevaría su ajuar. Y la vaca que ha criado en el corral. Pero a Nettie no pienso dársela. Ni ahora ni nunca. Mr. ——— dijo algo por fin. Carraspeó. La verdad es que nunca me había fijado en esa otra, manifestó. Pues, la próxima vez que venga, le echa un vistazo. Es fea. No parece ni pariente lejana de Nettie. Pero será una buena esposa. Tampoco es muy lista y, se lo advierto, tiene usted que vigilarla o regalará todo lo que tenga en casa. Pero puede trabajar como un hombre. Mr. ——— preguntó: ¿Cuántos años tiene? Casi veinte, contestó él. Y, otra cosa: cuenta mentiras.

el color púrpura

Querido Dios: Tardó en decidirse toda la primavera, de marzo a junio. Yo sólo pensaba en Nettie. Si yo me casaba, ella podría vivir con nosotros y, si él seguía tan enamorado de ella, a lo mejor podíamos escapar. Las dos le dábamos de firme a los libros de Nettie, porque sabíamos que, si queríamos marcharnos, teníamos que aprender mucho. Yo ya sé que no soy tan bonita ni tan inteligente como Nettie. Pero a ella no lo parezco tonta. Dice Nettie que para recordar quién descubrió América no tengo más que pensar en la cola. Porque Colón viene de cola. Yo eso de Colón lo había aprendido ya en primer grado. Y también fue lo primero que se me olvidó. Dice Nettie que Colón vino en tres barcos que se llamaban la Guinda, la Piña y la Tamarinda. Los indios lo recibieron tan bien que él se llevó a su tierra a unos cuantos para que sirvieran la reina. Pero es difícil estudiar, con eso de la boda con Mr. ——— colgando sobre la cabeza. Cuando lo del primer embarazo, mi padre me sacó de la escuela. No le importó que a mí me gustara ir. Nettie estaba conmigo en la puerta, sin soltarme la mano. Yo iba toda compuesta para el primer día de clase. Con lo bruta que eres no te sirve de nada ir a la escuela, dijo Pa. Aquí la lista es Nettie. Pero Pa, decía Nettie llorando, si Celie también es lista. Hasta Miss Beasley lo dice. Nettie adora a Miss Beasley. Dice que no hay en el mundo nadie como ella. ¿Y quién va a hacerle caso a Miss Beasley?, preguntó Pa. Se quedó soltera por chismosa. Ninguno quiso cargar con ella, y ahora tiene que dar clase para ganarse la vida. Lo decía sin levantar los ojos de la escopeta que estaba limpiando. Al poco llegó un grupo de hombres blancos, cada uno con su escopeta. Pa se levantó y se fue con ellos. Toda la semana estuve vomitando y guisando caza. Pero Nettie no daba su brazo a torcer. Un día, Miss Beasley vino a casa a hablar con Pa. Le dijo que, desde que era maestra, no había conocido a nadie que deseara aprender tanto como Nettie y yo. Pero cuando Pa me llamó y ella vio lo estrecho que me estaba el vestido, se calló y se fue. Nettie no entendía nada. Yo tampoco. Lo único que sabíamos nosotras era que yo me había puesto muy gorda y siempre estaba mareada. Nettie pronto me dejó atrás en lo de estudiar. Y es que nada de lo que me decía se me quedaba en la cabeza. Un día quiso convencerme de que la Tierra no era plana. Eso ya lo sé, le contesté. Pero no le dije lo plana que yo la veía. Una tarde vino Mr. ——— con cara de cansado. La mujer que lo ayudaba se había marchado. Y su mamá había dicho basta. Y preguntó: ¿Puedo verla otra vez? Pa me llamó: Celie. Como si nada. Mr. ——— quiere verte otra vez. Yo salí a la puerta. El sol me daba en los ojos. Él seguía a caballo y me miró de arriba abajo. Pa sacudió el periódico. Acércate, que no te va a morder, dijo. Yo me acerqué a la escalera, pero no mucho, porque me daba miedo el caballo. Anda, date la vuelta, dijo Pa. Yo me di la vuelta. Entonces vino uno de los pequeños, me parece que Lucious, que es gordito y juguetón y siempre está comiendo. ¿Qué haces ahí?, me pregunta. Tu hermana está pensando en casarse, dijo Pa. Él se quedó igual que antes, me tiró de la falda y Lile preguntó si le daba compota de moras de la alacena. Sí, le dije. Es cariñosa con los niños, dijo Pa, volviendo a abrir el periódico. Nunca la he oído gritarles. Y les da todo lo que le piden. Eso es lo malo. Mr. ——— dijo que si lo de la vaca seguía en pie. Y él contestó: Esa vaca es suya.

Querido Dios: He pasado todo el día de la boda escapando del hijo mayor. Tiene doce años. Su mamá murió en sus brazos, y él no quiere una mamá nueva. Me ha abierto la cabeza de una pedrada y me he manchado el vestido de sangre. Su papá le ha dicho: Eh, tú, eso no se hace. Pero de ahí no ha pasado. Resulta que tiene cuatro hijos, no tres, dos chicos y dos chicas. A las chicas no las habían peinado desde que murió su mamá. Yo he dicho que habría que afeitarles la cabeza. Para que salga cabello nuevo. Pero él dice que cortar el pelo a las mujeres trae mala suerte. Así que me he atado un pañuelo a la cabeza lo mejor que he podido y después de hacer la comida —aquí hay fuente, en lugar de pozo, y una cocina de leña que parece un armario— me he puesto a desenredar pelos. Las niñas tienen seis y ocho años, y lloran. Y chillan. Y me llaman asesina. He terminado a las diez. Ellas se duermen llorando. Yo no lloro. Mientras estoy en la cama, con él encima, pienso en Nettie y en si estará segura. Luego pienso en Shug Avery y en que a ella le haría esto mismo y que quizás a ella le gustaba. Le paso un brazo alrededor del cuello.

Querido Dios: Yo estaba en la ciudad, esperando en el carro, mientras Mr. ——— compraba en la tienda. Entonces vi a mi niña. En seguida supe que era ella. Era igual que yo y que mi papá. Más igual que nosotros mismos. Una señora la llevaba de la mano y las dos vestían igual. Cuando pasaron por mi lado le hablé, y la señora me contestó muy amable. La niña me miraba y ponía hociquito, como de enfadada. Tiene mismismos ojos tal como están ahora. Como si ya hubiesen visto todo lo que yo he visto y estuvieran pensándolo. Seguro que es mía, lo noto aquí dentro, pero de fijo no puedo saberlo. Si es mía, se llamará Olivia. Yo le bordé Olivia en toda la ropa, y también estrellitas y flores. Ella cogió todo cuando se llevó a la niña. Ella tenía dos meses. Ahora tendrá unos seis años. Bajo del carro y me voy detrás de Olivia y de su nueva mamá, que entran en una tienda. Ella pasa la mano por el canto del mostrador, como si no le interesara nada de aquello. Su mamá pide tela. No toques nada, le dice. Olivia bosteza. Es bonita, digo y ayudo a la mamá a ponerse la tela cerca de la cara, formando pliegues. Ella sonríe. Voy a hacer vestidos para las dos, me dice. Su papá estará orgulloso. ¿Quién es su papá? Me sale sin darme cuenta. A ver si por fin alguien se ha enterado. Ella dice: Mr. ———. Pero no es el nombre de mi padre.¿Mr. ———? ¿Quién es? Ella me mira como diciendo: ¿Y a ti qué te importa? El Reverendo Mr. ———, contesta. Y se vuelve de cara al dependiente. Bueno, chica, ¿te la llevas o no?, pregunta él. Hay otros clientes esperando. Ella contesta: Sí, señor. Póngame cinco metros, por favor. Él le quita la tela de la mano, tira la pieza en el mostrador, la deshace y, cuando le parece que tiene los cinco metros, rasga sin medir. Será un dólar treinta, dice. ¿Quieres hilo? Ella contesta: No, señor. No se puede coser sin hilo, dice él. Saca un carrete de hilo y lo arrima a la tela. Este color le va bien,¿no te parece?

Sí, señor. Él se pone a silbar. Coge los dos dólares y le devuelve un cuarto. Me mira. ¿Necesitas algo, chica? Yo le digo: No, señor. Salgo tras ella. No tengo nada que ofrecer y me siento pobre. Ella mira a un lado y al otro. No está. No está. Lo dice como si fuera a llorar. ¿Quién no está?, pregunto. El Reverendo ———. Él se llevó el carro. El carro de mi marido está ahí mismo, digo. Ella sube. Muchas gracias, me dice. Miramos a toda la gente que ha venido a la ciudad. Nunca había visto tanta aglomeración, ni siquiera en la iglesia. Los hay muy bien vestidos. Otros, regular. Las señoras tienen mucho polvo en la ropa. Me pregunta por mi marido, ahora que ya sé del suyo. Se ríe un poco al decirlo. Yo le contesto que se llama Mr. ———. ¿Ah, sí?, dice ella, como si estuviera muy enterada. No sabía que se hubiera casado. Es muy guapo, me dice. No lo hay más guapo en todo el Condado, ni blanco ni negro, dice. Mala facha no tiene, digo yo. Pero lo he dicho de forma irreflexiva. Casi todos me parecen iguales. ¿Cuánto tiempo tiene su niña?, le pregunto. Va a cumplir siete años. ¿Cuándo los cumple? Piensa un poco y me dice que en diciembre. Es en noviembre, lo sé. ¿Cómo se llama?, pregunto como si no me importara. La llamamos Pauline, contesta. Se me para el corazón. Luego me dice, muy seria: Pero yo la llamo Olivia. ¿Por qué Olivia, si ella no se llama así? No hay más que verla, dice ella. Mire esos ojos. Sólo un viejo tendría unos ojos así. Por eso la llamo Olivia. Se ríe. Mira, Olivia, dice acariciándole el pelo, ahí viene el Reverendo ———. Veo un carro y un hombre grande, vestido de negro, con un látigo en la mano. Muchas gracias por su hospitalidad. Yo las veo irse y sonrío. Es como si la sonrisa me partiera la cara. Mr. ——— sale de la tienda y sube al carro. Se sienta y dice muy despacio: ¿Qué haces ahí, riendo como una idiota?

Querido Dios: Ha venido Nettie. Se escapó de casa. Dice que sintió dejar a la nueva mamá, pero que tenía que irse. Ya encontrará quien la ayude con los pequeños. Los chicos no tienen que preocuparse. Con ellos él no se mete. Y que cuando sean mayores le zumbarán. Y puede que hasta lo maten, digo. ¿Qué tal vas tú con Mr. ———?, me pregunta. Pero eso se ve. Y ella aún le gusta. Por la noche, él se sienta en el porche con la ropa de los domingos. Ella está allí conmigo, pelando guisantes y dando clase de gramática a los niños. O enseñándome a mí lo que ella cree que tengo que saber. Mal que me pese, Nettie se ha empeñado en enseñarme lo que pasa en el mundo. Y es buena maestra. Casi me dan ganas de morirme al pensar que pueda acabar casada con alguien como Mr. ——— en la cocina de una señora blanca. Se pasa el día leyendo, estudiando, escribiendo y tratando de hacemos pensar. Yo estoy siempre tan cansada que ni pensar puedo. Pero por algo le pusieron Patient de segundo nombre. Los hijos de Mr. ——— son todos muy listos, pero ruines. Andan siempre Celie quiero esto, Celie quiero lo otro. Nuestra mamá nos lo daba. Y él se calla. Cada vez que ellos hacen algo para llamar su atención, él se esconde en el humo de la pipa. Tú no te dejes avasallar, dice Nettie. Que sepan quién manda aquí. Mandan ellos, le digo yo. Pero ella duro con que tienes que pelear y tienes que pelear. Y yo no sé pelear. Lo único que sé es ir viviendo. Es bonito ese vestido, le dice él a Nettie. Y ella: Muchas gracias. Son bonitos esos zapatos. Muchas gracias. Y esa piel. Y ese pelo. Y esos dientes. Y así todos los días. Cuando no es una cosa, es la otra. Al principio, ella sonreía un poco. Después fruncía el ceño. Después se quedaba como si nada. Pero siempre a mi lado, eso sí. Y entonces me decía: tu piel, tu pelo, tus dientes. Cada piropo me pasaba a mí. Al poco tiempo, empecé a sentirme guapa y lista. Pero él se cansó pronto. Una noche, en la cama, me dijo: Bueno, ya hemos hecho por Nettie todo lo que podíamos. Tiene que marcharse.

¿Y a dónde irá?, pregunté yo.

Eso es asunto suyo.

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