El eterno inquilino | Relato de Francisco Rodríguez Criado (Finalista en el Concurso de Relatos Gran Café de Cáceres, 2005)

Sigo compartiendo los relatos con los que gané concursos o, como es el caso, quedé a las puertas.

Este cuento, «El eterno inquilino», quedó finalista en el Concurso de Relatos Gran Café de Cáceres, en 2005, en la modalidad de escritores extremeños.

La narración aparecería un año después en mi libro Un elefante en Harrods  , editado por De la Luna Libros.

El eterno inquilino | Relato de Francisco Rodríguez Criado

En menos de un mes había perdido un trabajo, un amigo y una novia. El trabajo: tres ausencias seguidas sin justificar; el amigo: un accidente de tráfico; la novia: lo de siempre.

Por si fuera poco, seguía sin tener una residencia fija.

Había decidido marcharse de la ciudad, cambiar de aires. Pero el mismo día de su partida había sufrido una caída en la bañera que lo tuvo postrado en cama durante una semana. “Tal vez he perdido una ocasión de oro para romper con todo”, se dijo; pero ahora en frío había llegado a la conclusión de que para huir siempre hay tiempo.

Recuperado de sus lesiones, se propuso dejar la pensión en la que se alojaba entonces. Se echó a la calle para encontrar una vivienda en alquiler, un espacio donde moverse a sus anchas. No tardó en dar con ella. La encontró en las afueras, en un barrio gris e inhóspito. En una calle estrecha y oscura cuyo nombre desconocía, alquiló a precio muy económico una buhardilla: 40 metros, un tercer piso sin ascensor, las paredes desconchadas por la humedad, una cocina americana y un baño diminuto. Nada que ver con el paraíso, desde luego.

Estaría allí solo unos meses, hasta que se recuperara de sus problemas. Pero una voz interior le decía que sus problemas estaban lejos de solucionarse, que él era el problema.

La repugnancia. Siempre la repugnancia.

Cuando subió las escaleras aquella fría mañana de enero para instalarse en su nueva vivienda, con sus cosas a cuestas, volvió a sentir repugnancia. Por el lugar, y por sí mismo.

Ninguna ayuda en la mudanza. Una maleta y un par de cajas de cartón rebosantes de libros y cuadernos de diversos tamaños donde iba almacenando sus pensamientos. Poca cosa. Es lo bueno de no tener apenas pertenencias, uno puede desplazarse de cualquier manera, en cualquier momento, sin excesos de publicidad. Por otra parte, quién podría haberle ayudado cuando él mismo se había encargado de ocultar a sus pocos conocidos el cambio de domicilio. Llevaba toda la vida de un lado para otro, desempeñando el papel de inquilino; ahora más que nunca se sentía eso: un inquilino. Inquilino hasta la eternidad.

El mobiliario de la vivienda consistía en un sofá desfondado, un pequeño armario y una cama de matrimonio. Una pérdida de espacio, pensó al echarse cansinamente sobre aquel catre: “Demasiado grande para una sola persona”. Un aparato de radio y un pequeño frigorífico, a cual de ellos más viejos, propiedad de la casera, eran los únicos lujos que podría disfrutar por ahora. Para su sorpresa, ambos funcionaban a la perfección –aunque el frigorífico, vacío, nada tuviera que enfriar. Había pagado dos meses de alquiler por adelantado sin caer en la cuenta de que volvía a estar en números rojos. ¿Con qué pagaría la cesta de la compra?    

Imprevisión.

Al menos le quedaban

las cigüeñas.

Le fascinaban desde que era niño. Aparte del bajo alquiler fue precisamente la presencia de las cigüeñas, apostadas en sus nidos construidos en el tejado de una iglesia cercana, lo que le había animado a convertir aquellas cuatro paredes en algo parecido a un hogar. Sin saber por qué, atravesaba etapas en las que pensaba en ellas de manera compulsiva.

Manías.

Después de dejar los bártulos, echó un vistazo por la ventana, que daba a un parque visiblemente abandonado. Un parque sin niños, intuyó. En ese instante dos de sus amigas volaban majestuosamente en dirección a la iglesia. Le hubiera gustado ser como aquellas aves: silenciosas, urbanas y a priori pacíficas. De manera inconsciente identificaba las cigüeñas con la plenitud de espíritu. Sí, le gustaría ser una de ellas: atravesar el cielo sin prisas, indiferente a la deriva de la raza humana. Cuando pensaba en las cigüeñas dejaba de sentir

 frío.

El maldito frío, que le hacía concebir las ideas más peregrinas. Eran, las cigüeñas y el frío, como dos caras de una misma moneda. El yin y el yang. El blanco y el negro.

Siguió deleitándose con las vistas.

Al fondo, resaltando la majestuosidad de sus admiradas aves, se divisaba una parcela frondosa en la que pastaban dos hermosos caballos blancos. Más lejos, un sendero asfaltado dividía en dos una zona de huertas y casas rústicas, pura expresión de supervivencia de vestigios del pasado frente a la pujante modernidad. Aquella era la frontera que separaba la ciudad del campo. Nunca había llegado tan lejos, desconocía qué habría más allá de aquella colina. Un día se levantaría temprano y emprendería una excursión para comprobarlo. Pero sólo de pensarlo notó un repentino

cansancio.

Se tumbó en el sofá y se arropó con su abrigo a modo de manta. Tenía sueño, mucho sueño. Llevaba años durmiendo tres horas diarias, cuatro en el mejor de los casos. Otras noches (no pocas) las pasaba en vela.

Súbitamente sintió que su cuerpo se volatilizaba. Era una sensación grata que, aunque solo fuera por esta ocasión, había logrado de manera natural, sin la ayuda de ningún tipo de

estupefacientes.

Durmió profundamente.

Así que eso era lo primero que había hecho en su nuevo territorio:

dormir.

Un descanso merecido después de la conquista. Y hubiera apurado el sueño hasta el día siguiente si no fuera por la irrupción de una llamada telefónica.

¿De dónde había salido aquel teléfono? Al principio pensó que esa llamada formaba parte del sueño. ¡Porque allí no había ningún teléfono!… Pero se equivocaba: el aparato, insignificante cuando no emitía sonidos, estaba en el suelo, junto a la puerta, conectado a la roseta de la pared.  

Dejó agotar la llamada y volvió a cerrar los ojos.

Estaba molido, le dolía hasta el último músculo de su cuerpo. Ojalá pudiera prolongar su descanso. Dio rienda a su imaginación: pensó en sí mismo como si fuera uno de esos presos arquetípicos, caricaturizados, que se ven en las películas, con su traje de prisionero a rayas y una pesada bola de hierro atada a sus pies. Se vio trabajando en las canteras bajo un sol cruel. Pero la invención de los “trabajos forzados” no funcionó. Minutos después, incapaz de conciliar el sueño, decidió levantarse.

Se asomó por la ventana.

La noche

había encendido todas las farolas de un soplo.

Abajo, cuatro yonquis se arremolinaban en las inmediaciones de su portal, contándose sus cuitas. Eran como fantasmas, copias difusas de aquellos seres humanos que habían sido alguna vez. Ahora solo eran mortajas que se habían reincorporado de sus ataúdes –así lo vio él– para comentar la escasez en el mercado de la cocaína o la heroína. Hablan y hablan, murmuró en voz baja, quizá para demostrarse a sí mismo que aún están vivos.

Justo cuando abandonaba su puesto de vigilancia para iniciar su tabla de estiramientos musculares, volvió a sonar el teléfono. Recordó entonces que la casera le había contado algo al respecto. La anciana había tramitado la baja de la línea telefónica. Pero, por motivos que él desconocía, la baja aún no se había llevado a efecto. El teléfono, aburrido ante la falta de atención, se calló de nuevo. El inquilino se había cruzado de brazos a sabiendas de que minutos después aquel aparato volvería a contraatacar. Y así fue. Apenas le había dado tiempo a hacer cuatro o cinco flexiones y ya tenía otra vez al enemigo en casa.

–¡Quién es! –preguntó alterado.

Una voz grave y masculina, aunque tímida, llegaba remotamente desde el otro lado del hilo telefónico.

–¿Mónica?

–¡No! –dijo.

–¿No está Mónica? –preguntó el hombre de la voz grave.

–¿A quién llama?

–A Mónica. ¿No está?

–No.

–¿Quién es usted?

–Vivo aquí –dijo, incapaz de encontrar otra respuesta–. ¿Y usted?

–Soy el padre de Mónica.

–Me parece muy bien. Pero aquí no hay nadie que responda a ese nombre. Hasta luego.

Colgó el auricular y regresó a su tabla de ejercicios.

En cuanto se aburrió de la gimnasia –que siempre dejaba a medias– se sentó en el sofá y se cubrió las piernas con su abrigo. Habían bajado las temperaturas. No habría más de cinco o seis grados de temperatura en el exterior. Entonces pensó en los yonquis apiñados alrededor de la farola. ¿Es que acaso no tenían frío? Tal vez, se dijo, hacía mucho que habían dejado de sentir algo que no fuera el veneno de la droga recorriendo sus venas.

Notó de repente que su estómago empezaba a tamborilear. Llevaba más de veinticuatro horas sin comer nada.

De una de las cajas, sacó una revista de

crucigramas.

Palabras. Eran como un vicio. Palabras, solo palabras que revoloteaban en su mente como mariposas despistadas alrededor de un foco de luz.  

A fuerza de constancia, se había hecho un especialista en resolver crucigramas. Sin embargo, había uno que le estaba dando mucha guerra. Demasiados espacios en blanco esperando el veredicto de su pluma.

Bella mora del Quijote. Siete letras, “z” la primera y “a” la última. 

Abogado incompetente. Seis letras, la tercera una “b” y la quinta una “l”.

Semejante a los asuntos de Cupido. Siete letras, las cuatro últimas formando “osos”.

(¿?)

Por más vueltas que le daba, no conseguía rematarlo. En un acto de rendición se disponía a mirar las soluciones cuando volvió a sonar

el maldito teléfono.

–Soy el padre de Mónica otra vez –dijo la voz.

–¡Qué sorpresa! –exclamó con ironía–. ¿Y ahora qué quiere?

–Quiero saber dónde está mi hija.

–Mire, no conozco a su hija, ¿me entiende? No es a mí a quien tiene que pedir explicaciones. Tengo que colgarle –sentenció.

El hombre suspiró. Por su voz cavernaria y carrasposa podría decirse que tendría unos sesenta años. O tal vez fuera más joven y era solo el hecho de ser padre de una hija desparecida lo que lastraba el timbre de su voz.

–Yo… lo siento… Vivía con mi mujer y conmigo –explicó el hombre–. Pero conoció a un tipo, un músico de tercera, un don nadie, y se marchó con él… Hace dos semanas que no sé nada de ella –se quejó mansamente, temiendo molestar.

El inquilino sintió la necesidad de decir algo.

–Vale, supongamos que me habla usted de la anterior inquilina. Bien, no sé cómo se llama, no la he visto jamás. Tal vez su nombre fuese Mónica y usted efectivamente sea su padre. En ese caso, puede estar tranquilo. Tengo oído que finalmente se ha marchado a casa de una amiga. No le pasa nada. Tranquilícese.

–¿Y usted por qué sabe si está bien, si no la ha visto nunca? –preguntó el hombre con desconfianza.

–Lo sé y punto. Hablaré con la propietaria de esta casa. Ella me dará la nueva dirección de su hija. Llámeme mañana a esta hora. Asunto concluido. Para bien o para mal, no soy el novio de su hija, si es lo que está pensando.

–Confío en usted –dijo–. ¿Hará eso por mí, conseguirme su dirección?

–Sí, ¿no se lo acabo de decir? Llámeme mañana –insistió, al límite de su paciencia.

–Se lo agradezco. De veras.

El hombre al otro lado de la línea se calló. Su interlocutor le imitó. Ambos esperaban que el otro dijera la última palabra.

–Entonces, ¿quién es usted? –preguntó el padre de Mónica.

–¿Yo? Nadie.

–Todo el mundo es alguien.

–Acaba de decir que el novio de su hija era un don nadie. Yo soy otro, ya ve.

–Pero tendrá nombre…

–¿Nombre? Sí, claro. Pero qué más da –dijo sin aportar el menor dato sobre su identidad.

–Perdone la indiscreción: ¿a qué se dedica?

–Soy inquilino –dijo después de recapacitar unos segundos.

–¿Inquilino? Eso no es ninguna profesión. Algo tendrá que hacer para ganarse la vida.

–Digamos entonces que soy escritor. Desgraciadamente, tampoco con la escritura consigue uno ganarse la vida. Yo no, al menos.

–Dígame cómo se llama usted, por favor. Tengo curiosidad.

El inquilino se lo dijo.

–Qué raro, nunca he oído hablar de usted.

–No sé por qué habría de ser raro –opinó el inquilino–. ¿Y usted, a qué se dedica?

–Soy editor. Tengo una editorial. Quizá haya escuchado hablar de mí. Empecé en esto hace cuarenta años y ahí sigo. Mi editorial ha cambiado de nombre en varias ocasiones, reajustes empresariales, ya sabe, pero en el fondo siempre ha sido la misma. No me hago rico con ella pero tampoco puedo quejarme.

El inquilino le preguntó su nombre. Se llamaba Dominique Lerroux. Hijo de madre española y de padre francés. Había nacido en París y llevaba en España desde los dieciocho años.

–A mí tampoco me suena su nombre –dijo el inquilino sin ánimo de revancha.

Su interlocutor le dio el nombre de la editorial, por si había mayor suerte. Pero tampoco le resultaba conocida.

Dominique volvió a suspirar.

–¿Cree en el destino? –preguntó.

–No.

–¿Y en Dios?

–Aún menos –respondió el inquilino.

–¿No le preocupa saber qué hay después de la muerte?

–Ni lo más mínimo.

–¿En qué cree entonces?

–En nada.

–¿De veras? –preguntó Dominique, desconcertado.

–Así es.

–Sin creencia no hay consuelo.

–En ese caso le diré algo: creo en las palabras. Excitan mi imaginación. Y en las cigüeñas. Me gustan. Me inspiran confianza. Cuando las observo volar siento como si yo también volara junto a ellas.

–Las cigüeñas…

–Sí. ¿Se ha fijado alguna vez en ellas? En su vuelo agitan las alas dos o tres veces, y al poco las dejan extendidas para aprovechar el impulso. Es lo que más me gusta de ellas: esos tiempos muertos son pura poesía visual. Durante segundos logran flotar en el aire sin hacer el menor esfuerzo. Y a continuación sacuden nuevamente sus alas… Cuando yo era pequeño se desplazaban al final del verano a zonas más cálidas. En los últimos años han optado por permanecer con nosotros todo el año. No sé si eso es consecuencia del cambio climático o tan solo querencia.

–Pero alguien tuvo que traerlas a este mundo, ¿no? –preguntó Dominique.

–Es posible. Me da igual. Me basta con mirarlas. No necesito saber de dónde vienen.

–Para ser escritor no pone demasiado interés en buscar verdades absolutas.

–Es el sueño –dijo–: me impide concentrarme en asuntos metafísicos. Apenas he dormido en los últimos veinte años. Cuando recupere todo el sueño atrasado tal vez sea hora de plantearme mi vida con mayor profundidad.

De nuevo, un silencio.

–¿Podríamos vernos? –preguntó Dominique.

–¿Vernos, cuándo?

–Ahora.

–¿Y para qué?

–Me siento solo –confesó Dominique con rubor–. Mi mujer lleva diez días fuera de casa. Su madre está hospitalizada. Un asunto feo. Tenemos una hija, Mónica. Hace dos semanas que no sé nada de ella, ya se lo he dicho… Me gusta estar rodeado de los míos. Consiguen apartarme de la tristeza. Detesto la soledad; me aturde. Ríase si quiere, pero soy un hombre familiar… ¿De veras es usted escritor?

–Puedo jurárselo si quiere.

–No es necesario. Podríamos quedar para cenar… –propuso el hombre.

¿Cenar?

Ante esa palabra, el estómago del inquilino volvió a tamborilear. Rebuscó en los bolsillos pero sólo encontró

unas monedas

que tenía reservadas para un par de latas de cerveza. Puede incluso que aquella calderilla le diera para pagar una pizza. Pero de sobras sabía que todas las pizzerías tenían un plano de la ciudad en el que habían señalado con círculos de color rojo los “barrios prohibidos”, zonas en las que los repartidores se negaban a repartir por motivos de seguridad. Él vivía en una de las calles censuradas. En caso de telefonear para pedir una pizza, no se le enviarían: tenían miedo a ser asaltados.  

–No sé… Es tarde.

–Podemos quedar en el restaurante Alaska, seguro que lo conoce, está en el centro, a menos de cien metros del cine Avenida. Traiga usted algo que acredite que es escritor.

–Llevaré mi novela. La he enviado a cuatro editoriales. Ninguna de ellas me ha respondido.

–¿Se la rechazan? ¿Por qué?

–No sé. Soy demasiado bueno, supongo.

–Estupendo. Tráigala consigo.

–Escribo a mano. Espero que entienda mi letra.

–No hay problema.

–¿Y usted, podrá demostrar que es editor?

–¿Qué quiere que haga para demostrárselo?

–Pague la cena. Es lo que haría cualquier editor que se precie de serlo.

–De acuerdo, lo haré encantado. Nos vemos en una hora en el restaurante Alaska. Hasta luego.

–¡Un momento! ¡No cuelgue!

–Dígame.

–Bella mora del Quijote.

–¿Cómo?

–Bella mora del Quijote. Siete letras, “z” la primera y “a” la última. 

–Ah… Entiendo –Dominique reflexionó durante un par de segundos antes de responder victorioso–. Ya lo tengo: Zoraida. ¿Algo más?

–¡Ajá! Gracias. No, nada más.

–Nos vemos dentro de un rato –dijo Dominique antes de colgar.  

Zoraida

El inquilino giró su muñeca izquierda para averiguar qué hora era, olvidando que noches atrás había perdido el reloj. Seguramente en aquel antro en el que había entrado para celebrar a solas que le habían despedido del trabajo. Una tienda de fotocopias. Un jefe insoportable. Era de prever.

Sin trabajo y sin reloj. No había problema.   

Todavía tenía sueño. Tal vez fuera eso una buena señal y todo lo que había corroído su interior durante años estaba luchando ahora por abrirse camino hacia el exterior. El sueño es necesario para la salud de la psiquis. Siendo un adolescente fue ingresado en el hospital provincial aquejado de una terrible depresión nerviosa, y lo primero que le hicieron los doctores fue una cura de sueño que duró quince días. Lamentablemente, después de esos quince días volvió a padecer de

insomnio.

Los médicos explicaron a sus padres que sería muy conveniente que diera grandes paseos por el patio del hospital. “Hay que agotar al paciente hasta que, exhausto, recupere el hábito de dormir.”

Así fue como conoció el poder reparador del sueño. Y aprendió una lección: dormir más y pensar menos. Pero era tan difícil de llevar a cabo… Aún se sentía un “paciente”.

Encendió la radio. En la primera emisora que sintonizó, el director del programa y los contertulios invitados debatían la actualidad política. Todos ellos, con ligeros matices, estaban a favor de la negociación del Gobierno con ETA. Cambió de emisora. En esta, ideológicamente afín al principal partido de la oposición, los analistas esgrimían motivos por los que no era conveniente el diálogo con la banda terrorista. Luego se debatió el tema de la legalización de los matrimonios homosexuales. En la emisora conservadora se oponían rotundamente, mientras que los que colaboraban en la otra, de corriente progresista, defendían los derechos de los homosexuales a casarse y a adoptar niños.

Por qué le llamaban debate a aquello, se preguntó el inquilino. Debate sería si se juntaran las dos emisoras en una y los analistas blandieran sus armas en una dura batalla ideológica. Por el contrario, ahora había que estar cambiando el dial una y otra vez si uno quería escuchar argumentos de distinto signo. Él, por su parte, estaba a favor de la ilegalización de los matrimonios. No de los matrimonios gays en concreto, sino de cualquier tipo de

matrimonio.

Casarse debería estar prohibido.

Apagó la radio.

Le entraron prisas por abandonar la buhardilla. Tenía miedo de echarse atrás a última hora, renunciar a la cena y quedarse toda la noche en vela, preguntándose por qué era incapaz de dormir. Miedo de descubrir que despreciaba la muerte porque ya estaba muerto, que su cuerpo ya no le pertenecía, ni sus ideas, ni su alma. Le daba miedo constatar que el episodio después de

la muerte

era una buhardilla de cuarenta metros con las paredes desconchadas por la humedad.

Fue al baño, se lavó las manos y la cara para despejarse, se mojó sus ralos cabellos, que peinó desganadamente con los dedos, se miró furtivamente en el espejo.

A continuación escribió unas palabras en una nota adhesiva de color verde, que pegó al espejo.

CARIÑO, SALGO A CENAR CON MI EDITOR. NO TE PREOCUPES SI LLEGO TARDE, YA SABES CÓMO SON ESTAS COSAS. BESOS.

Le gustaba escribir notas. Era lo que hacía desde que estaba solo… Había comprado cuadernillos adhesivos de tres colores: verde, amarillo y rojo. A este sistema, invención suya, lo había bautizado con el nombre de “el semáforo de las emociones”. Cuando mantenía las suficientes energías como para preparar el desayuno o fregar los platos –en su caso síntomas de innegable vitalidad– escribía sus cosas en los adhesivos de color verde. Si estaba deprimido, lo hacía en los de color rojo. El amarillo lo reservaba para estados de ánimo neutros, intermedios. A menudo escribía notas dirigidas a una mujer. Era una mujer innominada, sin rostro, sin voz.

Una mujer,

sin más. No era, desde luego, ninguna de las mujeres con las que había compartido su vida.

También escribía notas a su padre. Y a su difunta abuela. Era su manera de contactar con el Más Allá. Estos nunca respondían a sus notas. Su amigo, igualmente destinatario de sus notas, tampoco.

Echó el último vistazo por la ventana. A través del cristal, la noche se percibía oscura y silenciosa.  

Abrió la puerta y bajó las escaleras. 

Abajo los yonquis seguían intercambiando sus experiencias con sus habituales excesos verbales. Se habían desplazado unos metros, y ahora estaban a la puerta de un bar que expelía música estridente cada vez que alguien entraba o salía de él. Llenos de sospechosa energía, los yonquis carecían de prendas adecuadas para el frío invierno.

El inquilino se subió el cuello de su abrigo y se marchó calle abajo, caminando muy despacio, sin prisas. El aire helado le azotaba la cara. A cada cuatro pasos cerraba los ojos y extendía sus brazos para plegarlos segundos después a su cintura. Pura poesía visual. Así una y otra vez. Una y otra vez. Presintiendo que de un momento a otro se echaría a volar.

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