El abuso como tema literario (4): Eduard Blanco

Ernesto Bustos Garrido sigue seleccionando textos literarios centrados en el abuso. En esta ocasión ha elegido el tema de la guerra, concretamente la explotación infantil en las guerras tribales de África. Y el relato, de Eduard Blanco, se titula «El orfanato africano».

Antes del cuento podemos leer una introducción de Bustos Garrido.

Abuso en el corazón de África: Las guerras de moquillo y pantalón corto | Introducción de Ernesto Bustos Garrido

En algunas regiones de Africa los niños, por estos días, no van a la escuela, van a la guerra. Grupos de guerrilleros, traficantes de drogas y empresarios corruptos los reclutan como “carne de cañón”, y de paso los esclavizan y los violan. La ONG “Child Soldiers Intenational” denuncia que hay más de 55.000 casos comprobados. Pero se sospecha que son muchos más; miles y miles no se reportan porque la Cruz Roja, las ONG y otras organizaciones humanitarias no tienen cómo ingresar a las zonas de conflicto, y si mueren mejor porque ya no tienen que alimentar ni vestir a esta tropa imberbe. Los países donde el abuso infantil es pan de cada día son la República Centroafricana, República de El Congo, Mali, Somalía Sudán del Norte y Sudán del Sur, Nigenria y Sierra Leona.

Descubrimos este relato que en forma dramática revela esta barbarie, y en pleno siglo 21. ¿No se suponía que el mundo iba a dejar de emitir gases de carbono y que se cuidaría el agua y que el tema nuclear iba estar restringido a la producción de bienestar para el hombre?

Ernesto Bustos Garrido (Santiago de Chile) es periodista de la Universidad de Chile, donde impartió    clases así como en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha  trabajado en diversos medios informativos, fundamentalmente en La Tercera de la Hora. Fue editor y  propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar.

 Amante de los viajes y de la escritura, admira a Pablo Neruda, Gabriela  Mistral, Nicanor Parra,  Vicente Huidobro, Francisco Coloane, Ernest Hemingway, Cervantes, Vicente Blasco Ibáñez, Pérez  Galdós, Ramiro Pinilla, Vargas Llosa, García Márquez, Jorge Luis Borges y Juan Rulfo.

Relato de Eduard Blanco: El orfanato africano

Necesité de un sobresfuerzo mental para recapitular mis últimos pasos. Habiendo sido despertado a causa del rugido hambriento de las tripas, bajo la piedra que, ahora, apenas proyectaba sombra sobre el pequeño socavón. Un poco de agua valió para refrescarme la cara y engañar al estómago. Miré a mi alrededor para contemplar una tierra estéril, olvidada por los dioses, triste y roja, muy roja. No ignoro la causa: la sangre derramada.

Bandas de bandidos musulmanes, fieros y crueles, atacan como depredadores y extorsionan las naves que transportan ayuda humanitaria para los pobres.

Eché un vistazo rápido hacia ambos lados del único camino a retomar. Quince kilómetros delimitados por hileras de guijarros, colonizados por peligrosos mosquitos y moscas (entrenados por la CIA, creo), transitado y rondado por los revolucionarios del Comandante. ¿De qué guerra? ¿Qué Comandante? No sé qué guerra ni qué niño muerto, pero, por la cuenta que me trae, tampoco ignoro a los revolucionarios en línea de fuego, negros de mi edad embriagados hasta las cejas. Tan ciegos como devastadores. Armados con fusiles y machetes. Siempre en avanzadilla de la tropa, como carne de cañón, prestos para matar y morir; pues a su paso, comprueban la existencia de las minas terrestres, evitando la mutilación de soldados más útiles y veteranos.

Huérfanos del SIDA secuestrados por los apóstoles del FRU (Frente Revolucionario Unido), adoctrinados durante la noche, apostando el botín del sangriento combate, bebiendo y abusando del efecto de drogas alucinógenas. Desvirgados por sus adiestradores. Violados y violadores, juntos y revueltos en la misma calamitosa campaña. Ejércitos de niños y adolescentes propagando el salvajismo a través del país, asesinando y mutilando, sin piedad, a civiles, mujeres y niños.

Recordé haber caminado la mitad del camino cuando sentí el intenso dolor de pies, y asfixiado por el calor, corrí a refugiarme bajo la sombra de la piedra, donde un día, Kiette, una de mis tres hermanas, perdió la pierna derecha al pisar una mina mientras jugaba al corre y pilla. Todavía podía apreciarse la tierra quemada alrededor del hoyo.

Pensé que a nadie se le ocurriría volver a colocar otra bomba en el mismo sitio. Dicha teoría y la extraña forma adaptada por la piedra ofrecían cierta seguridad durante la luz del día. Y según la hora, muy de agradecer, sombra fresca.

La casualidad quiso que, a los pocos minutos, un camión cargado de niños recién alistados (mudos y aterrados) pasara de largo, escoltado por un jeep de combatientes armados.

Amagado bajo la piedra, esperé unos minutos sin mover un rizo; debía retomar mi misión con urgencia. En casa esperaba mi familia.

Eduard Blanco, relato sobre guerras en África

El sol estaba en lo más alto. Un buen momento para retomar la marcha. Cargado con las latas de agua, una a cada lado de la vara que sostenía sobre los hombros. No obstante, por mucho que apretara el calor, nunca se daban buenos momentos para retomar la marcha.

Jewel precisaba el agua para cocinar. Mamá continúa enferma, a duras penas puede caminar. Las diarreas le absorben la poca vida de sus ojos mortecinos. Vomita lo poco que come. Siempre mareada y con fatigas.

Por estas razones, sabemos que la perderemos más pronto que tarde.

Jewel también se infectó, pero al ser la más fuerte y lista, se ocupa del resto de nosotros. Una vez al mes, viaja hasta Freetown para conseguir la medicación de una ONG europea.

Las ONG son muy populares entre la población. Algunas son una tapadera para los Señores de la Guerra, como Diamantes sin Fronteras, por ejemplo. Otras amagan adopciones ilegales, que traducido, sería Venta de Niños Secuestrados, ideal para limpiar conciencias civilizadas. Otras negocian con la ayuda humanitaria robada. Con sus temporadas de rebajas y descuentos. Anunciándose por mercados y caminos, a través de altavoces adheridos a los todo-terrenos de combate.

Nuestra familia pertenece a la tribu «mende», que es una de las más influidas por las sociedades secretas, motivadas por los poderes sobrenaturales atribuidos a través de pócimas y cánticos (como en Asterix y Obelix). La inaccesibilidad del interior y la creencia en la magia negra explican el poder conjunto del FRU y el FNPL, ambos formados bajo el influjo de brujos y políticos corruptos.

Con esto quiero dejar constancia del alto índice de analfabetismo de la región y la fácil manipulación de los jefes de tribu, de más de veinte etnias diferentes.

Kiette pedía limosna a cambio de sus canciones en francés; a veces traía algo para comer. En Sierra Leona, una niña de nueve años valiéndose con una sola pierna, no es una imagen extraordinaria. No quedará exagerado mencionar pues que, según dónde, es cotidiana y hasta molesta.

Papá nos abandonó al enterarse de que mamá tenía el virus. Fue un acto estúpido, porque a los pocos días hallaron su cuerpo cosido a tiros. Jamás supimos quiénes fueron los culpables, ni por qué le mataron, tampoco nos importo demasiado. Seguro que fue él quien infecto a mamá.

Ahmad, nuestro hermano menor, fue secuestrado y reclutado por el ejército para morir en su primera misión. Tenía nueve años. ¿Qué ejército? Cómo voy a saberlo. Soy un niño.

Si puse de manifiesto lo anterior, fue a merced de las revistas y algún que otro periódico que Jewel se agencia en Freetown, para enseñarnos a leer y hablar en inglés. Nuestra lengua es el «krio», pero Jewel vive empeñada en que el inglés nos ayudará, de algún modo, en un futuro.

También podría hablar durante horas sobre las estadísticas del sida o la malaria en África durante los últimos años. De nuevos fármacos o de la deuda externa con el resto de países (que también ignoro lo que es, pues no comprendo cómo siendo tan ricos somos tan pobres, con las minas de diamantes que el país posee, encima debamos dinero a nadie). Resumiendo, recito de memoria lo que leo sin llegar a concebirlo. El objetivo es aprender la lengua de nuestros «viejos amitos», la Corona Británica.

Son las únicas noticias que llegan a nuestras manos, gracias al joven médico francés (de color) que trata directamente a Jewel. Creo que Jewel está enamorada del médico. Porque cada vez que va a visitarle, regresa con una cara de idiota que le llega a los pies. Y luego pasa el tiempo canturreando, distraída con cualquier tontería.

Llevaba unos setecientos pasos cuando descubrí el jeep detenido a lo lejos. Mi primera reacción fue buscar refugio y poner el agua a buen recaudo. Esperé alguna señal, pero tan siquiera oí voces. El vehículo estaba a un lado del camino con el motor parado. Mí osadía infantil, en tratos con la curiosidad que mata al gato, me impulsó a aproximarme un poco más. Agazapado detrás de un árbol caído, logré avistar a los rebeldes bajo las lonas que servían para protegerlos del sol. Cañones de fusil y hojas de machete reflejaban brillos juguetones en respuesta a la posición de los rayos solares. Pensé que quizás estuvieran dormidos; aturdidos por el intenso calor, decidieran tomarse un descanso y la morriña les pudiera, incluso con el que quedara de guardia (Un niño, posiblemente).

Tendría que esperar a que se marcharan o jugarme la piel intentando burlarlos.

Retorciéndome cual cobra escupidora, volví junto al agua.

Remojé los dedos para humedecerme la nuca, el pelo y la cara. Cuarenta y cuatro grados de temperatura no son fáciles de soportar, salvo para los insectos.

A razón del habitual fragor de los tiroteos y explosiones en la zona, los actos bélicos apenas alteraban nuestras vidas, sino para protegernos de las balas perdidas. Por lo cual, no presté atención al oír el eco de los disparos.

Inmediatamente fundí mi presencia con la tierra. Era el jeep que escoltaba al camión. Mi consecuente desasosiego vino con el emplazamiento del camión.

Alcancé captar el zumbido revoltoso de las moscas con nitidez. Ninguna otra onda en derredor. La guerra había agudizado mis oídos; siendo capaz de detectar el sonido que hacía la cola de un escorpión en medio del desierto.

Deslizándome sin respirar, logré situarme a la altura del jeep, si bien, a unos cien pies de distancia dirección este. Cogí aire y alcé la cabeza lentamente.

Otro de mis agudizados sentidos olió el pestazo de pólvora y carne quemada.

Ciertamente, estaban más muertos que mi abuela. Sin embargo, si no fuera por la sangre que iba cubriendo el suelo del vehículo, continuaban dando la impresión de seguir vivos. Compartiendo un baño, relajados y tranquilos, con una pierna acomodada por aquí y un brazo por allá. Las gorras sobre los rostros, los fusiles encima de sus cuerpos. No tuvieron tiempo para defenderse, tampoco lo hubo para la misericordia.

Una brisa, inaudita a estas horas del día, alertó mi sensor olfativo. Más pólvora y humo de fuego.

El camión se hallaba a unos doscientos metros aproximadamente, fuera del camino, boca bajo. Circunvalado de muñecos rotos con regueros de sangre escapando de las heridas abiertas.

Advertí, para una efímera alegría, que faltaban la mayoría de niños. Varias preposiciones se revelaron en mi sesera. ¿Quién, cómo, para, qué? ¿Huyeron? ¿Los secuestraron para reclutarlos? ¿Para liberarlos? ¿Violarlos? ¿Salvarlos?

¿Cuánto tardarían en notar su ausencia? ¿Cuándo vendrían a certificar la emboscada?

Tal vez iniciaran un safari, un barrido de la zona; en tal caso mi vida corría peligro. Pero, ¿Quiénes? ¿De qué bando? ¿Bandidos? ¿Rebeldes? ¿Paramilitares? ¿Mercenarios extranjeros? ¿Negros? ¿Blancos?

Regresé a hurtadillas hasta las latas de agua. A unos cien pasos del lugar, una imagen golpeó mi sentido común, dejándolo completamente aturdido. La reacción al efecto.

Un niño hacía pipí apuntando contra un Sangre-Ciruelo quemado y negro (Arbol frutal). No me sorprendí por el riesgo que entrañaba el desahogo orgánico en aquellos momentos, ni por el lugar escogido. Sin lugar a dudas era uno de los niños huidos que transportaba el camión. Lo que dejó estupefactos a mis cinco, o seis, sentidos, fue que aquel africano jovencito era yo.

Primero razoné la casualidad de una hermandad de progenitores desconocidos, después culpé al traicionero sol; al final, de las pocas posibles hipótesis que barajé, creí ser producto de un maleficio. Seguro, algún hechicero señor de la guerra había maldito mi espíritu.

Sin embargo, mi escepticismo natural rápidamente descartó esta posibilidad, llegando a otra conclusión más apropiada; soñaba.

Existir dentro del sueño me envalentonó, así que, relajando la guardia, grité a mi homólogo.

–Hey, negro. ¿Qué haces aquí?

–Hay que ser bien tonto para no verlo, ¿no crees?

Era tan desvergonzado como yo, a la hora de hablar.

–Ya que eres tan listo, a ver si puedes responder a esto. ¿Por qué estoy hablando conmigo mismo mientras hago pipí?

–Eres tú quien lo pregunta.

Ceñí el entrecejo y me rasqué la cabeza, tenía sentido: era yo quien hablaba. Busqué una estrategia para conseguir descifrar el mensaje.

–Bien. Diré, a través tuyo, lo que quiero saber. Y lo haré sin interrumpirme con ingeniosos comentarios.

–Bien –respondió de inmediato–. Antes de terminar el pipí moriré. Apenas dispongo de tiempo. Soy tu anticipación, un desdoblamiento dimensional. Un niño metafísico viajando por el tiempo. Soy eterno, víctima y testigo del mal. Balanza moral de la naturaleza humana.

–¿Quieres decir que yo no soy humano?

–Todo lo contrario. Soy más humano de todos ellos. El niño que suspira por jugar, con tener amigos e ir a la escuela. Nada de escarbar en vertederos, prostituirme o aprender a matar. Es muy sencillo. Tengo el derecho de disfrutar de ser niño. No sufrir por ello.

–Dices lo que pienso.

–¿Sientes lo que siento?

–Supongo que también.

–Entonces tendrás ganas de mear. ¿A qué esperas para desahogar el pito?

La dualidad de mis risas me causó una borrachera etérea, y un estado repentino ahuyentó mis miedos, creyéndome protegido por el sueño. Me imaginé dentro de una burbuja de jabón. De una ingrávida solidez bajo la gran catarata de espumosas injusticias históricas en contra de la infancia.

Inevitablemente, la burbuja estalló. Mientras Gozaba con devoción del vaciado de la vejiga (micción urinaria; dato contrastado en las revistas médicas que Jewel trae de Freetown). En ello estaba; estábamos, orinando ambos dos contra el árbol, afinando la puntería, riéndonos como niños.

La desintegración de la burbuja de jabón llegó con una detonación seca y un tremendo rayo atravesando mi pecho. Una fuente de sangre regó mis pies y salpicó el árbol muerto.

Caí de rodillas, tras un par de segundos, me desplomé sobre la tierra roja y mi alma, consagrada a los dioses, voló como un pájaro junto con mi último pálpito.

La boca del fusil todavía humeaba cuando el francotirador apareció a la carrera, atravesando el camino en zigzag y lanzándose contra el suelo, atrincherándose en los escasos accidentes del terreno.

Actuando con movimientos rápidos y precisos, descubrió su arma en dirección a mi cadáver.

Mi cuerpo, vacío de vida, se sacudió al recibir el segundo impacto, contra el hombro izquierdo. Ya no había dolor del que quejarse. Eso lo sabía bien el tirador, quien, satisfecho por la prueba, se acercó a gachas sin dejar de apuntar por doquier a cada paso, preparado para cualquier eventualidad, pues en ello le iba la vida.

El combatiente llegó hasta mí. Iba uniformado de rebelde, mochila, cargadores de repuesto, fusil, pistola y machete enfundado. Botas de caña, y debajo de la visera de la gorra, camuflados por unas gafas de sol verdes, unos ojos alucinando.

En aquel momento, por razones obvias, este rebelde tuvo la sorpresa más grande de su vida. Cual estatua de sal. El encontronazo le hizo descuidar la guardia, una distracción que lo ponía en inminente peligro.

Sintió confusión y un sofoco aturdidor, la carrera junto al calor terminaron por marearlo. Se quitó la gorra para secarse la frente con la ancha manga de la camisa, y a continuación, las gafas, enturbiadas por el sudor.

Detrás de la máscara de camuflaje se escondía la cara de otro niño. Otro entre millones de niños, desde una punta a la otra del planeta, desde el principio de los días hasta el final de las noches. Niños.

Mi cara, mis ojos, mis manos, mis pies, mi piel negra. Aquel rebelde armado hasta los dientes era yo mismo. Sentí mi alma en el interior del cuerpo de aquel recién llegado. En el mismo cuerpo que se desangraba entre las botas militares. Solamente existía una única diferencia. Mientras uno vivía, el otro moría.

Como no iba a reconocerme, veía por sus ojos y oía por sus oídos. Su existencia era mi reflejo. Su corazón sentía lo que el mío.

Un tercer disparo acabó con el cuento.

Sobre Eduard Blanco

El autor de este relato es un publicista y músico roquero de Barcelona También es algo dibujante y escritor. Ha escrito mucha agua bajo el puente y ahora se animó a levantar un blog para dar a conocer sus historias, muchas de las cuales son experiencias de vida. Ha hecho ilustración y comics. Tiene un taller-estudio en la barrio de Gracia en Barcelona. Se decara librepensador.

Nota de Ernesto Bustos Garrido: Una chica le hizo un comentario al autor, y éste le contestó así: Bienvenida Curiosa: quedo eternamente agradecido por tus palabras y tu crítica benevolente de este relato. Eres muy amable. Es cierto que en demasiadas ocasiones olvidamos que estas cosas siguen pasando, y lo más triste es que lo olvidamos mientras nos distraen los medios de comunicación con lo que ellos quieren, dirigen y manipulan nuestros sentimientos a través de estas tretas tan miserables. Estos niños serán asesinos en potencia, que a su vez asesinarán a otros niños cualesquiera. Y no nos volveremos a acordar de ellos hasta que no vuelvan a ser noticia o hagan una película. Un abrazo.

Nota 1: El idioma krio es la lengua franca de unos 4 millones de sierraleoneses u otros grupos étnicos y los miles de decendentes krios de otras partes de África Occidental. Es la lengua materna de unas 500.000 personas. Contiene elementos del idioma yoruba y del idioma igbo (una forma de inglés desnaturalizado). De acuerdo con los datos disponibles en 2011, el krio era hablado por el 90% de la población de Sierra Leona.

Nota 2: El pichi es una lengua hablada en Guinea Ecuatorial derivada del krio, que llegó por primera vez a la isla de Bioko llevado por los pobladores africanos que venían de Freetown, Sierra Leona, en 1827. El pichi es el segundo idioma más hablado en el país, solo por detrás del fang y seguido de cerca por el bubi. Empleada principalmente por los fernandinos, grupo étnico establecido en Bioko, y está bastante influenciada por el español, idioma oficial de Guinea Ecuatorial.

Nota 3: Existen también comunidades de hablantes de krio en Gambia, Nigeria y Camerún.

Nota 4: Palabras en lengua krio: Watar= agua / cham = masticar / titi = muchacha / hep = ayuda / ren= lluvia / muf = muévete / kpatakpata= completamente /nak = golpe / ar gladi fɔ mit yu. – estoy feliz de conocerte.

Nota 5: El pueblo mendé es uno de los dos más grandes grupos étnicos en Sierra Leona; sus vecinos, los temne, tienen aproximadamente la misma población. Los mendé y los temne comprenden cada uno de un poco más del 30% de la población total [1]. Los mendé se encuentran predominantemente en la provincia del Sur y en la provincia del Este, mientras que los temne se encuentran principalmente en la provincia del Norte y en el Área Occidental, incluyendo la capital Freetown. Algunas de las mayores ciudades con significativa población mendé incluyen a Bo, Kenema, Kailahun, y Moyamba.

Los mendé pertenecen a un grupo mayor de pueblos Mande que viven a lo largo de África Occidental. Los mendé son mayormente agricultores y cazadores. Durante la guerra civil la Fuerza de Defensa Civil (CDF), un grupo de milicias fundado por el difunto Dr. Alpha Lavalie, él mismo un mendé, para pelear contra los rebeles junto a tropas gubernamentales. Las fuerzas incluían cinco grupos traídos de todos los mayores grupos étnicos en el país: Tamaboros, Hunters, Donso, Kapras, y los Kamajors.

Kamajor es un término mendé para cazador; ellos eran no sólo la facción guerrera dominante sino también la más aterradora entre las milicias CDF encabezadas por el difunto Diputado Ministro de Defensa, Jefe Hinga Norman. A la fecha, los Kamajors son honrados entre los grupos élite de hombres y mujeres que pelearon para restaurar la democracia en la Sierra Leona moderna.

Los mendés se dividen en Kpa-Mendé, que están predominantemente en el sur – en el distrito Moyamba, los Golah-Mendé, del bosque Gola entre los distritos Kenema y Pujehun hacia Liberia – un punto destacado de la reserva nacional, los Sewa-Mendé, quienes se establecieron a lo largo del río Sewa, los Vai-Mendé también en Liberia y el distrito Pujehun, Sierra Leona y los Koh-Mendé que son la tribu dominante en el distrito Kailahun con los Kissi (Ngessi) y los Gbandi ambos en Liberia, Sierra Leona, y Guinea.

La sociedad secreta «Poro» es para hombres mientras que la sociedad «Sande» para mujeres ambas inician a los jóvenes en la adultez. Aquellos que se unen a cualquiera de las sociedades masculians o femeninas se les llama: Los halemo son miembros de una hale o sociedad secreta, y kpowa son gente quenunca ha sido iniciada en la hale. Los mendé creen que todo el poder humanístico y científico es legado a través de sociedades secretas.

El idioma mendé se habla ampliamente en Liberia incluso más en áreas algunas vez consideradas parte de Liberia. En el año 1984, el entonces president Samuel Doe amenazó con recapturar la parte de Sierra Leona que fue una vez Liberia. Ambos países tienen tribus mendés, golas, vais, gissis y gbandis pero los mendés son la población dominante.

Nombres mendés son comunes en Liberia incluyendo pueblos que comparten nombres en ambos lados de la frontera; por ejemplo, Guma Mende es una sección popular en Loffa, Liberia y aquellos viviendo a lo largo de las fronteras reclaman doble ciudadanía.

El idioma mendé también se enseña en las escuelas de Sierra Leona y el alfabeto es muy similar al alfabeto latino con algunas añadiduras. Por ejemplo, las letras para la vocales abiertas ‘ɔ’ y ‘ɛ’.

Los mendés hablan el idioma mendé entre ellos, pero su lengua también se habla como lingua franca regional por miembros de grupos étnicos más pequeños sierraleoneses que habitan la misma parte del país. Su lengua es hablada por alrededor del 46% de la población de Sierra Leona.

La política de Sierra Leona ha estado dominada por los mendé, por un lado, y por los temne y sus aliados políticos de mucho tiempo, los limba, por otro lado. Los mendé apoyan al Partido Popular de Sierra Leona (SLPP), mientras que los temnes y los limbas apoyan al partido Congreso de Todo el Pueblo (APC).

Fuentes diversas: Wikipedia, Biografías reunidas, BBC en español.

Madrid – Ternópil 3.200 Km.

El abuso como tema literario (3): Alicia Méndez Medina

El abuso como tema literario (2): Katherine Mansfield

El abuso como tema literario (1): Alice Walker

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Última actualización el 2021-07-21 / Enlaces de afiliados / Imágenes de la API para Afiliados

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