La flexibilidad fugaz de los peces, las manos del Belga | José Luis Ibáñez Salas

Cuando Vicente decía que sufrían por la luz no hablaba del recibo, no. Este Aleixandre… Tampoco de Zibó. Los poetas del Cielo no saben nada del pasto donde la victoria depende de la suerte de la consistencia agradecida. Quizás algunos pocos. ¿Miguel y su elegía? Hernández, a quien llamaban Barbacha. Caracol. Su elegía al guardameta. A Lolo. La elegía al guardameta de Miguel Hernández. El de las elegías memorables. Aquel que viera el año de la República, la Segunda, en una estirada un estigma que cruza el horizonte con la flexibilidad fugaz de los peces. Dice otro poeta, Luis García Montero, que “los futbolistas sueñan con los pies y los poetas corren con la cabeza”. Los pies de Dios. La cabeza del Diablo y el Amor.

El campo, donde se juega, para bien y para mal, es para aquel poema de Miguel Barbacha Hernández “alpiste verde de sosiego de tiza galonado”. Un guardameta, El Guardameta, quien le pone “obstáculos de mano al ímpetu, a la bota en los que el gol avanza”. El Guardameta, Lolo, que no murió muerto, nada más que en la realidad postrera y en el poema del poeta muerto muerto muerto por los asaltantes de la destrozada realidad que asesinaron del todo aquella República.

Zibó, estamos hoy en el hoy. Tú eres Curtuá, Zibó Curtuá, y el poeta vivo que no es poeta ni muerto te escribe en este hoy que ya es ayer aquello de (lo transcribo como si no fuera lo que quiso ser, un poema deletéreo e inocuo) “Ángel Exterminador, Curtuá. Thibaut te llamas en las llamas de los delanteros anestesiados por esos guantes que ponen punto final a la gloria de los rivales y enardecen la de los tuyos. Courtois se escribe tu nombre bien, yo sólo puedo decirte que regresar del vacío es una carta de amor increíble, frágil, enamorada de tus guantes. Amo cada una de las mil y una noches redondas que viven la alegría pendientes de tu ponerle fin a la idea de la muerte que quieren firmar esos rivales a los que generosamente apagas desde la certeza de la muerte. Tus nueve atajadas detuvieron el tiempo en la decimocuarta hazaña de los elegidos, esos héroes a los que ya abrazas con tus brazos imposibles. Thibaut Courtois, el de las paradas parisinas, universales. Nuestras”.

En Velintonia no se jugaba al fútbol, Vicente Aleixandre tenía mejores cosas que hacer que verle a Yasín preparando el advenimiento del Chopo. Vicente pensaba ya que querría morir “con aceptación”:

“…Quiero morir de día, cuando la luna blanca,

blanca como ese velo que oculta sólo un aire,

boga sin apoyarse, sin rayos, como lámina,

como una dulce rueda que no puede quejarse,

aniñada y castísima ante un sol clamoroso.

Quiero morir de día, cuando aman los leones,

cuando las mariposas vuelan sobre los lagos,

cuando el nenúfar surte de un agua verde o fría,

soñoliento y extraño bajo la luz rosada.

Quiero morir al límite de los bosques tendidos,

de los bosques que alzan los brazos.

Cuando canta la selva en alto y el sol quema

las melenas, las pieles o un amor que destruye”.

El sol de Curtuá, el sol de Lolo, el sol de Yasín. El sol de Iríbar. El sol y la flexibilidad fugaz de los peces.

José Luis Ibáñez Salas es escritor e historiador. Visita su blog Insurrección


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Última actualización el 2021-07-21 / Enlaces de afiliados / Imágenes de la API para Afiliados

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