Magón y el costumbrismo de Puerto Rico

Manuel González Zeledón (con “zeta”) fue un abogado costarricense que fundó en su país la corriente literaria costumbrista. Se valió de sus experiencias infantiles para nutrir ese género y consiguió que su nombre quedara impreso en las letras locales con grandes caracteres.

Escribió muchos cuentos y una sola novela, y las firmó como “Magón”. Fundó centros culturales y un par de diarios y se dedicó a la judicatura con reconocido éxito. También fue maestro y diplomático. Su prosa es corriente, sin arabarescos ni florituras. El relato que hemos seleccionado se titula “Baño en la presa” y da cuenta de una típica aventurilla de niños. Se publicó allá por 1896 y es una de sus mejores historias.

Ernesto Bustos Garrido

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Un baño en la presa | Un relato de Manuel González Zeledón (Magón)

Crucé en compañía de mi hermano Chepe la esquina de doña Guillerma Cacheda, con dirección a la Plaza Principal, llegué a la tienda de don Maurilio, torcí a la derecha hasta la escuela de las niñas Gutiérrez, no sin pararme largo rato en las aceras del Bazar Atlántico de don Manuel Argüello y pedir a Baltasar, en “La Esperanza”, de don José Trinidad Chaves, un pedacito de hielo que me duró hasta la esquina de la Artillería. Íbamos a la Escuela de don Adolfo Romero, una mañana del mes de marzo de 1874. Mi equipo consistía en un vestido de cotín azul con vivos blancos, blusa de botones de hueso con sus dos bolsas pecheras, calzón de media pierna, botas de becerro con delantera colorada y águila americana, compradas donde “Lescoviche”, y sombrero de fieltro panza de burro, forma de bolsa de chorrear café, de los más baratos que introducía don Julián Carazo.

Bajo el brazo y colgando de un orillo de paño, regalo del maestro Madriz, llevaba mi bulto, hecho de un cartón de tijeras, primoroso obsequio de don Teodorico Quirós. Contenía ese bulto una pizarra, un cuadernillo de papel de “venao”, un casquillo de puerco espín, una regla de cedro, mi trompo, un mango verde y una botella de agua dulce con limón, tapada con un olote.

Los mejores propósitos me llevaban a esa hora a mis cotidianas lecciones; pellizcaba de cuando en cuando la cáscara del mango y me saboreaba en mascarme una de lima que en la bolsa del calzón me había encontrado; repasaba los nudos del cordel de mi trompo y le emparejaba con los dientes las canelas y secos que me le habían inferido en la mancha brava de la víspera, en el altozano de la Catedral.

De repente me siento cogido por la espalda, con un par de manos olorosas a zumo de naranja encima de los ojos, y una voz vibrante y juvenil que me grita:

–¡Manuelillo, huyámonos de la escuela y vamos a bañarnos a La Presa! Va con nosotros Toño Arguedas, los Pinto y el Cholo Parra.

El que me llamaba con tanta zalamería era mi amigo íntimo, mi compañero inseparable, mi siempre admirado negro, Alejandro González Soto, el que hoy duerme el sueño eterno en el fondo del océano, digna tumba de tan digno carácter.

Vacilé un instante, el deber me llamaba a la escuela, veía pasar por delante de mis ojos, amenazadoras y terribles, las riendas que mi padre usaba como instrumento de castigo, veía las lágrimas surcar silenciosas por las pálidas mejillas de mi madre y oía la voz de mi hermana Marcelina, que decía:

“No le pegue más, papito, no le pegue más”. Hice un débil esfuerzo para alejar aquellas visiones importunas y, como el acero sigue al imán, me sentí arrastrado por el placer de la escapatoria y el baño, y contesté:

–Bueno, vamos, pero cuidado nos cavilosean.

Todos deshicimos parte del camino recorrido y, a saltos y brincos, llegamos a La Presa, el lugar en donde hoy se encuentran los lavaderos públicos, en las orillas del río Torres, camino del Ballestero.

Como cincuenta varas antes de desembocar a la plazoleta que daba frente al remanso, ya la mayor parte de nosotros no tenía puestos más que los calzones: todo el resto del vestido colgaba ya en apretado motete debajo del brazo. Era cuestión de alta nombradía lograr echarse al agua el primero.

Ese puesto no se le podía arrebatar al Cholo Parra, que no usaba zapatos y casi no gastaba camisa ni chaqueta; para él quitarse los calzones y la camisetilla de manta era la obra de persignarse un cura loco, y apenas si podíamos oír el chasquido del agua al caer el pesado cuerpo cobrizo del Cholo, al principiar nosotros a soltar la faja de los calzones.

El Cholo, Toño y los Pinto eran insignes nadadores, se tiraban de la Punta del Cascajo y, después de estar consumidos largo rato, braceaban airosos hasta el Castillo, del que tomaban posesión a los pocos minutos.

Alejandro y Chepe no alcanzaban puntos tan altos, aunque sí aguantaban mucho de consumida y nadaban de “a lao” y de espaldas. Si no me equivoco, Alejandro sabía dar el zapatazo y ya casi hacia el candelero, pero este último ejercicio sólo recuerdo exactamente habérselo visto hacer a Parra con una perfección envidiable.

Yo era, además de mal nadador, sumamente pusilánime, y era para mí obra de mérito cuando me tiraba del Cascajillo y con “nadao” de perro llegaba, ahogándome, a la Pocilla de los chiquillos, con un pie en el fondo y el agua a la cintura; pero me daba aires, tenía mi cáñamo amarrado a la barriga como el Cholo y sacudía desdeñoso la cabeza para quedar peinado con un golpe de agua, como coyol “chupao”.

Todos los compañeros estaban ya en el agua; sólo yo estaba tiritando, sentado a la orilla del Cascajo, contemplando envidioso los graciosos movimientos de los nadadores, sin atreverme a echarme al río, cuya temperatura había tanteado metiendo la pierna hasta la rodilla.

–¿Idiái, no t’echás?– me gritó Alejandro.

–Echémolo al Cascajo –vociferó Toño, al mismo tiempo que Jenaro Pinto me zampaba en el pecho una pelota de barro.

Atemorizado, convulso, lloroso, corrí a ampararme al lado de una lavandera que estaba metida hasta la pantorrilla en un ojo de agua lleno de cabezones y ranas verdes, y tal era mi congoja que no veía por dónde pisaba, resbalé en una laja y caí entre la batea de la pobre vieja, emporcándole la ropa de segundo ojo y un fustán engomado, que parecía un globo ensartado en una mata de güízaro llena de manchas de jabón. La vieja me cubrió de insultos y nalgadas y me acertó un mojicón en un ojo que me hizo ver candelillas.

Del pozo me sacaron entre Alejandro y Toño y en medio de una algazara de once mil diablos, sordos a mis gritos y patadas, me lanzaron a medio río, en donde me di un panzazo que me dejó colorado como un tomate todo el vientre y parte de la rabadilla.

Me ahogaba, tragaba agua a borbollones, estaba perdido, la vivísima luz del día llegaba amarillenta a mi pupila buena al través de las fangosas aguas, y mis esfuerzos eran impotentes para salvarme.

Sentí que me agarraban de una mano, que me tiraban fuertemente y por fin la luz hirió mi vista con inusitado brillo, con fulgor indescriptible. Eché a llorar en medio de las carcajadas de los compañeros y me encaminé mustio y cabizbajo, como perro regañado, al lugar en donde me había desvestido. Soplaba un viento fuerte que me acalambraba; fui a ponerme los calzones y no pude: me les habían echado biscocho; a la camisa y a la blusa les había pasado otro tanto; cada nudo de aquéllos, apretado por las robustas manos del Cholo Parra, era una bola de billar indestructible.

Por fin, a fuerza de dedos y dientes y uno que otro rasgonazo, logré deshacer el daño y vestirme.

¡Nuevo tormento! Se habían llevado el bulto los de la Banda Chiquilla, Jenaro Pinto se había comido mi mango y Ernesto se había bebido mi agua de dulce con limón, y todos huyendo me habían dejado solo.

Lloré largo rato, me encaminé a casa con un miedo horrible, llegué cuando principiaban a servir la comida, oí la voz de mi padre que preguntaba airado por sus riendas, y caí en el quicio de la puerta, víctima de un desmayo.

Todo había sido un sueño, pero un sueño horroroso, tan horroroso y tan… que… vaya, pues lo digo. No baste saber que todo ese día el colchón de mi cama, tendido sobre dos taburetes, recibió los ardientes rayos del sol.

Manuel González Zeledón

Ernesto Bustos Garrido (Santiago de Chile) es periodista de la Universidad de Chile, donde impartió    clases así como en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha  trabajado en diversos medios informativos, fundamentalmente en La Tercera de la Hora. Fue editor y  propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar.

 Amante de los viajes y de la escritura, admira a Pablo Neruda, Gabriela  Mistral, Nicanor Parra,  Vicente Huidobro, Francisco Coloane, Ernest Hemingway, Cervantes, Vicente Blasco Ibáñez, Pérez  Galdós, Ramiro Pinilla, Vargas Llosa, García Márquez, Jorge Luis Borges y Juan Rulfo.

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Última actualización el 2021-07-21 / Enlaces de afiliados / Imágenes de la API para Afiliados

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