Relato de Rafael Garcés Robles: Cerrando puertas

Un hombre apresurado aunque con algo de precaución intentaba aferrarse de las rejas exteriores de una ventana del segundo piso buscando el mínimo de altura para saltar, cuando un estruendoso estallido le ocasionó la aparatosa caída sobre el andén de la calle; Manuel, quien desde una hendija de la puerta de su casa, había mirado todas las pericias del hombre, se atrevió a salir y a atravesar la calle  corriendo para auxiliarlo; Manuel, un reservista del ejército, aconsejó al herido no levantar la cabeza y arrastrarse en dirección a su casa. “Guardemos silencio, no prendamos luces”, dijo en voz baja Manuel y le aclaró, “hasta que los rebeldes no se tomen el cuartel de la policía, no cesarán los tiros ni las explosiones”; entre el traqueteo de fusiles, de metrallas y de estallidos, el herido se consolaba diciendo con voz tenue que su mujer y sus hijos estaban a salvo en casa de sus suegros porque este ataque ya lo habían anunciado los insurgentes.

Al clarear el día, los rebeldes, mientras abandonaban el pueblo con rumbo a las montañas del páramo, eran recriminados por la adolorida gente que empezaba a valorar los daños incalculables de destrucción y ruina ocasionados por los estallidos de la dinamita en el camino del terror por conquistar un cuartel con escasos seis agentes mal armados; muchos de los insurrectos con las cabezas mirando al piso, parecían aceptar su crimen contra una población indefensa, pero digna, valerosa y frentera.

En los días siguientes, Manuel convocó a varios líderes de la región para formar un frente que viajara hasta la capital a pedir ayuda y protección a los mandos gubernamentales civiles y militares. Para la reconstrucción de tantas viviendas derruidas, el gobierno pidió un tiempo prudencial, pero el apoyo armado sí fue inmediato; encargaron a Manuel para organizar a un grupo de hombres dispuestos a tomar las armas y responder en previsión de otro ataque sedicioso. Al cabo de tres meses, Manuel contaba con más de veinte hombres que recibían instrucciones en el manejo de armas y tácticas de combate impartidas por oficiales del ejército. Las gentes del pueblo aprobaron el apoyo de guerra, pero se desilusionaron ante la tardía reconstrucción de las viviendas y se vieron en la necesidad de vivir en espacios reducidos en casas de familiares o vecinos. Luego de largos meses e incluso de años, lograron con grandes esfuerzos y recursos propios las restauraciones más urgidas.

El grupo de apoyo liderado por Manuel fue remplazando las responsabilidades que la constitución le había otorgado solo a las Fuerzas Armadas del Ejército y de la Policía. En una ceremonia privada en la brigada de la gran ciudad, al grupo de apoyo en cabeza de Manuel, se le entregaron armas, camuflados y todos los pertrechos concernientes a un grupo armado que va a la guerra; de vuelta al pueblo, se alojaron en la escuela de niños que, a la vez fue instalada en una estrecha casa de las afueras del poblado. El grupo empezó a rondar por las calles del pueblo en pelotones que se turnaban durante el día y la noche, con órdenes de restricción para los ciudadanos en cuanto a: no salir de noche después de las 9 p. m., so pena de ser detenidos o de ser impactados por sus armas de fuego. Los pequeños negocios debían apoyar al Grupo con especies alimenticias y pecuniarias, igualmente se pedían colaboraciones a la alcaldía, a los campesinos y a los empleados estatales. En poco tiempo, el Grupo ya tenía instalaciones propias con logística adecuada y sus filas contaban con más de sesenta integrantes.

Por esos días, en el camino que va a la laguna apareció asesinado don Eleuterio, un campesino dueño de una hermosa y productiva finca cafetera; se rumoró que colaboraba con los subordinados; su familia temerosa abandonó las propiedades y se asegura que la vendieron a un precio irrisorio a un desconocido recomendado por Manuel. Otros personajes como el profesor Dídimo, el líder campesino Simón, el comerciante Miguel y líder político Franco, también aparecieron asesinados en circunstancias semejantes y con los mismos rumores de contribuir con la causa de los rebeldes. La situación se volvió incontenible, ocasionando un masivo desplazamiento de campesinos y líderes, con la complicidad de autoridades locales y el temeroso silencio del cura, de los maestros, del médico, del juez y de la ciudadanía en general. Luego de meses de terror, el Grupo de Apoyo se convirtió en el “amo” absoluto del pueblo, en el único ente dueño de las vidas de las gentes y de las tierras abandonadas. Manuel era el comandante, jefe y dictador de este pueblo, al cual llamaba “Mi finca”.

Un fin de semana y luego de años de sometimiento, entre las gentes se regó en cuchicheo que el comandante de los rebeldes había citado a Manuel a un encuentro en la finca cafetera del finadito Eleuterio, el primer campesino asesinado en la región; con el pasar de los días el runrún era que Manuel había emplazado al comandante subversivo para que respondiera por sus crímenes, y lo convocaba a la casa comunal de la vereda Los Recuerdos. Los llamados y los señalamientos mutuos, haciendo alusión a sus delitos contra la sociedad civil, se hicieron reiterativos hasta conocerse un acuerdo entre los dos cabecillas en el cual se desafiaban a un duelo a muerte con el arma, el lugar y la fecha que escogieran los pobladores. En su sabiduría y buen entender, las víctimas de estos dos bandidos decidieron: como lugar, la cancha de fútbol de la escuela; fecha, el 1 de enero; y, como arma, optaron que fuera una pelea a puño limpio.

Los azuzadores ciudadanos siguieron echando leña a la candela con apuestas mano a mano y con gabelas por quien consideraban su gallo más fino, más que todo para comprometer a los protagonistas en el enfrentamiento y para hacer de este acontecimiento la ansiada realidad de un pueblo que con ingenio había armado esta tramoya en busca de la anhelada paz.

El día esperado llegó, las gentes del pueblo en multitud acompañaban a Manuel, rodeándolo como para que no escapara, en una actitud parecida al semoviente que va rumbo al matadero; así mismo, los campesinos del páramo escoltaron al comandante rebelde hasta soltarlo en la cancha de fútbol de la escuela, donde lo esperaba su contrincante; se miraron fijamente a los ojos reflejando odio, rencor y maldad, aunque al mirar la muchedumbre a sus alrededores, sus actitudes expresaban miedo, ese mismo miedo que ellos alimentaron por años con sus crímenes.

Una venerable anciana a quien la violencia le había arrebatado a su esposo y a dos de sus hijos levantó una bandera blanca y luego la bajó decidida, dando la orden para iniciar la lid, en medio del delirio, de los vítores y de los aplausos de la gente; los enemigos se tranzaron en una lucha feroz y en un abrazo cruel y asfixiante; sus cuerpos aferrados, jadeantes y dando volteretas en medio del barro semejaban a dos troncos atados por sus ramas y abandonados a la deriva de las bravas corrientes de un río alimentado ahora por la lluvia, por los vientos, por las lágrimas y por la rabia; era una torrente encañonada que cruje en la declive, pero ese empuje hídrico por un momento parece detenerse y explayarse, los troncos ansiosos y afanados aprovechan tratando de ganar la orilla, nadie intenta ayudarlos, más la turbulenta corriente vuelve y arrecia con más ahínco, con más fuerza, ellos con sus energías diezmadas vuelven al epicentro del espumoso  oleaje y sorprendidos y con los ojos desorbitados, miran enfrente a la voluminosa cascada que revienta su torrentes sobre las inmensas piedras que siglos atrás el mar refugió.

En el silencio cómplice: un pueblo sufrido, un bravo río, una tormentosa catarata y unas siniestras peñas habían convenido que ese día ellos morirían.

Rafael Garcés Robles (Bolívar, Cauca, Colombia, 1949) es cuentista y poeta.

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Última actualización el 2021-07-21 / Enlaces de afiliados / Imágenes de la API para Afiliados

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