Reflexiones en torno a ‘La banalidad del mal’ | por Juan Pedro Rodríguez-Ledesma

El escritor y traductor Juan Pedro Rodríguez-Ledesma le ofrece en primicia a los lectores de narrativabreve.com un valioso ensayo sobre la figura de la importante filósofa alemana Hannah Arendt (1906-1975), que acuñó la expresión «la banalidad del mal» en su análisis del nazismo.

Rodríguez-Ledesma centra su interés en el libro de Arendt Eichmann en Jerusalén, publicado por primera vez en 1963, con el subtítulo Un estudio sobre la banalidad del mal.

Eichmann in Jerusalem. A Report on the Banality of Evil

By Hannah Arendt (1963)

O Deutschland, bleiche Mutter!
Wie sitzest Du besudelt
unter den Völkern.
Unter den Befleckten
fällst du auf.

Hörend die Reden, die aus deinem Hause dringen, lacht man.
Aber wer dich sieht, der greift nach dem Messer.

Oh Alemania… uno se ríe escuchando las conversaciones que salen de tu casa, pero el que te ve echa mano del cuchillo.

Bertolt Brecht (1933)

Introducción

Eichmann en Jerusalén, que lleva el subtítulo Un estudio sobre la banalidad del mal, fue publicado por primera vez como libro en 1963 por la editorial Viking Press de Nueva York[1]. No obstante, en la contraportada se especifica (traduzco) que «los contenidos de este libro, ligeramente abreviados y, en todo caso, con una leve diferencia de forma, aparecieron originalmente como una serie de artículos en The New Yorker. En efecto, Hannah Arendt había sido corresponsal en Jerusalén para esta revista neoyorquina y, entre febrero y marzo de 1963, se publicaron en cinco entregas los artículos que informaban al público americano acerca del famoso proceso contra Adolf Eichmann. Corría el año 1960 cuando los servicios secretos israelíes, que habían recibido información confidencial del fiscal general de la RFA, Fritz Bauer, pudieron localizar cerca de Buenos Aires y, posteriormente, raptar al criminal de guerra nazi Adolf Eichmann. Pasarían dos años hasta que se ejecutara la sentencia de muerte dictada por la corte suprema de justicia israelí (mayo de 1962), y es curioso que Hannah Arendt empezara a componer un informe exhaustivo del cúmulo de materiales dispersos después de esta ejecución, durante el verano de 1962, según ella misma nos comunica en los «reconocimientos» del final.[2] Lo terminaría en el invierno de 1962 y lo publicaría como libro un año después en los Estados Unidos de América y en Inglaterra (Londres: Faber and Faber 1963), quizás queriéndose acercar también al viejo continente que despertaba a los «felices 60» después de la larga noche de la posguerra.

No puedo menos que quedarme admirado con la señora Hannah Arendt. Eran tiempos de clarividencia, tiempos de entusiasmo y amistad que se reflejan en su perfecta argumentación y en la claridad meridiana de su lenguaje. Sin tapujos, me alegra haber leído la primera edición en inglés antes que la traducción al alemán con ese largo prólogo del historiador Hans Mommsen[3] —alemán de origen judío, como la misma Arendt— llena de complicadas frases con las que trata de desmontar la luminosa arquitectura de la filósofa. Sí, Arendt opone a menudo la metáfora de la luz frente a la oscuridad, al igual que su maestro y mentor Karl Jaspers, al que admiraba y respetaba. No puedo juzgar si era cosa del «espíritu de los tiempos» [Zeitgeist] a principios de los sesenta o si se trataba de una generación que había sufrido tanto, viviendo en contradicciones, que se veía obligada existencialmente a la búsqueda apasionada de la verdad.

No hay que olvidar que entonces, a comienzos de los años sesenta, alcanzaba su punto culminante la guerra fría con los dos bloques enfrentados ideológicamente, y que por esa misma época en que transcurría el juicio contra Adolf Eichmann se había decidido levantar el Muro de Berlín[4]. Un día después de que se cerraran todos los accesos a Berlín Oeste[5] finalizó el proceso, y los jueces en Jerusalén se retiraron durante cuatro meses a deliberar y analizar el ingente material aportado, para emitir finalmente primero un veredicto de culpabilidad y luego una sentencia de muerte. La sentencia no se ejecutaría hasta mayo de 1962, después de sucesivas apelaciones y solicitudes de clemencia. Eichmann fue colgado como también lo fueron otros tantos criminales de guerra nazis tras los juicios de Núremberg.

El contenido

En el índice[6] se contempla la perfecta estructura del libro en líneas temáticas que, aunque relacionadas, persiguen una pauta explicativa y didáctica. Hay primero un capítulo dedicado a la Casa de Justicia de Jerusalén [Beth Hamishpath][7] que, aparte de la mera descripción del escenario donde se celebraría el juicio, no se priva de una crítica irónica a un proceso «arreglado» desde un principio como un gran espectáculo ante el mundo. Sigue con una descripción biográfica y psicológica del acusado (Adolf Eichmann)[8] para, en el siguiente capítulo, entrar más en detalle sobre los cargos que desempeñó dentro de la maquinaria de exterminio nacional-socialista: era un «experto» en la cuestión judía[9]. Pero Arendt huye del camino fácil y de las generalizaciones, así que, apoyándose en abundante documentación a la que también se refiere en las «fuentes» del final, detalla histórica y sistemáticamente las fases por las que pasó la burocracia nazi hasta llegar a la llamada «solución final»: expulsión[10], concentración[11] y, por último, asesinato en masa de los judíos[12]. Un capítulo está por supuesto dedicado a la Conferencia de Wannsee[13], que se celebraría a orillas del río Havel (Berlín) en enero de 1942. Fue quizás el punto culminante en la adopción de la Solución Final ansiada por Hitler, pero la referencia a esta conferencia es sobre todo para dilucidar el papel puramente protocolario que desempeñó en ella Adolf Eichmann. Hannah Arendt vuelve una y otra vez sobre la personalidad de este burócrata nazi para revelarnos que apenas se le consideraba a la hora de tomar decisiones, pero sí para poner en marcha los resortes administrativos que las llevaran a efecto. Era en ese sentido y en otro, un funcionario eficiente y ambicioso que colaboraba con entusiasmo para ejecutar los planes de sus jefes. Era también «el experto» en cuestiones judías, no lo olvidemos.

Hannah Arend

Arendt, después de dejar a Eichmann «lavándose las manos» como Poncio Pilatos —y es curiosa la alusión al Nuevo Testamento que aparecerá más de una vez en el libro; no olvidemos que la filósofa pertenecía a la corriente del judaísmo secular—, nos habla en el siguiente capítulo de los «Deberes de un ciudadano celoso de la ley»[14]. Hannah Arendt comienza este capítulo con un acerado comentario al «ultrajante» [outrageous] atrevimiento de Eichmann, que pretende invocar al filósofo Kant como justificante de sus actos. Conviene aclarar aquí lo que la misma Hannah Arendt hace en este capítulo, es decir, que la máxima kantiana expuesta en la Crítica de la Razón Práctica de «actúa de tal manera que el principio que guía tus acciones pudiera convertirse en ley universal», la distorsiona Eichmann para identificar «el principio que guía sus acciones» con la ley emitida por los legisladores, en este caso del Tercer Reich. Arendt precisa que la idea del «imperativo categórico» kantiano es justamente lo contrario, «que cada hombre debería ser un legislador en el momento que empieza a actuar: que utilizando su ‘razón práctica’ uno mismo encuentra los principios que podrían o deberían ser los mismos que rigen la ley». En la entrevista con Joachim Fest de 1964[15], Arendt vuelve sobre este motivo en la conducta de Eichmann y llega a decir que «Según Kant, ningún hombre tiene el derecho de obedecer»[16], lo que ha sido repetidamente malinterpretado y difundido bajo el conocido eslogan «Nadie tiene derecho a obedecer», pero lo que en realidad quiere decir es que nadie puede justificarse obedeciendo por encima de otras consideraciones. Otra precisión esclarecedora al respecto concierne al carácter de los alemanes o, en este caso, algo que es típicamente alemán. Según la filósofa —ella misma nacida y educada en Alemania—, en este país una persona «respetuosa de la ley» no solamente la obedece, sino que, en su celo, actúa como si fuera el legislador de las leyes que obedece…[17] Con lo cual tenemos una confusión evidente del principio kantiano que se da en el común de la población y que, en este caso, se arroga la figura oportunista, pero de pocas luces, de Adolf Eichmann.

La labor de Arendt es ciertamente exhaustiva y sin concesiones, porque en los siguientes capítulos se lanza a describir las deportaciones en las diferentes áreas del Reich conquistado por los alemanes: empieza por la misma Alemania, Austria y el Protectorado de Bohemia y Moravia[18], sigue con las deportaciones en Europa occidental (Francia, Bélgica, Holanda, Dinamarca e Italia)[19], continúa por los Balcanes (Yugoslavia, Bulgaria, Grecia y Rumanía)[20] y, por último, las deportaciones desde «Europa central» (Hungría y Eslovaquia)[21]. Arendt especifica siempre que había categorías entre los judíos deportados[22] y que, en general, cuanto más «hacia el este» y menos peso en la categoría social (o económica) tuvieran estos, peor se los trataba, a lo que no fue ajeno el Judenrat[23] que negoció con los nazis el mejor trato a ciertos ciudadanos judíos de prestigio o dinero[24]. El capítulo 13 —Los centros de muerte en el este[25]— es quizás el más crudo de todos por la sobria descripción que hace Hannah Arendt, basándose en la documentación a su alcance, para tratar de dilucidar la parte real de responsabilidad que le cupiera a Eichmann de estos asesinatos en masa.

Los motivos

Los motivos que aduce Hannah Arendt para la conducta de Adolf Eichmann es que era un ambicioso donnadie que se había visto aupado a los círculos de poder. No inclinado a la crueldad ni a la perversión, las razones que le llevaron a enrolarse con el movimiento nacional-socialista en Alemania y a colaborar con el mismo hasta la celosa ejecución de la Solución Final fueron una gran admiración por la «alta sociedad» de su tiempo[26]. Esta alta sociedad estaba compuesta por clases que habían heredado el prestigio social o económico, pero podía integrar también —como de hecho integraba en su tiempo— a advenedizos de todas las clases sociales, en especial de la clase media a la que pertenecía Hitler y su círculo. Eichmann manifiesta una admiración no disimulada por aquellos que han sabido auparse en la escala social sin importarles los medios, aquellos que saben trabajar tenazmente «en pos de sus designios» y aquellos que no tienen prejuicios morales —pero sí alardean de «objetividad» y cientifismo— a la hora de luchar por sus fines. En definitiva, el que ha conseguido llegar a lo más alto (como Hitler) es admirable por eso mismo, al margen de los sufrimientos que haya causado a sus semejantes. He ahí la doctrina de Eichmann, que fue en el fondo una corriente de pensamiento generalizada en el partido nazi, ansioso de emparentarse socialmente con las instancias tradicionales del poder. Efectivamente, el pacto con la élite prusiana del antiguo régimen se realizó sin fricciones (Día de Potsdam) y, como bien critica Hannah Arendt, el hecho que esa misma élite confabulara para acabar con la vida de Hitler no indica más que la intención de abandonar el barco que se hunde.

La misma obra de Adolf Hitler, Mein Kampf, revela en su título toda una programática de acción individualista que es sintomática de unos tiempos brutalmente competitivos, sin paliativos y sin piedad. Si explicación hubiera, habría que buscarla en la dureza de unas condiciones de vida que se habían visto agravadas por las sucesivas crisis económicas que azotaron el periodo de entreguerras. Gente de inteligencia y valor había sido sistemáticamente despreciada por la élite social y económica de la República de Weimar, por lo que no es extraño que los nazis descubrieran el «enemigo oculto» entre los judíos. Necesitaban un chivo expiatorio para sus fines, pero no podían inventarlo de la nada: por lo tanto, tenía que haber algo de verdad. No obstante, eso no es excusa para los excesos a los que llegaron en su obsesión de «limpiar» la sociedad de elementos «dañinos», porque, ¿hasta dónde tiene que llegar la «limpieza»? En el fondo, la «suciedad» no está en ninguna raza, etnia, color, religión o sexo; la sombra subyace en cada corazón humano, nos guste o no. En otras palabras, no existe ninguna «pureza» absoluta por la que luchar. Ahí es donde se equivocó Hitler radicalmente, y ahí es donde le siguieron individuos en gran parte oportunistas que querían auparse en la escala social, cual Adolf Eichmann. Naturalmente, como dice Hannah Arendt, Eichmann «no tenía que cerrar sus oídos a la voz de la conciencia», no porque no la tuviera, sino porque esa conciencia le hablaba con la voz de «la sociedad respetable» a su alrededor[27]. Lo cierto es que, al margen de la «respetable sociedad» de aquel tiempo que es, como la actual, a la que cualquier ambicioso aspira pertenecer, existía lo que Arendt llama un «ambiente» del que uno no se podía desentender a riesgo de quedar aislado socialmente. Ese «ambiente» es el caldo de cultivo de todos los autoritarismos —sean de izquierdas o de derechas— y solo los más atrevidos, los más audaces, los más nobles y, sí, los más inteligentes son capaces de oponerse con coherencia a la corriente general. Para eso hay que estar imbuido de un cierto desprecio en la consecución de las ambiciones corrientes.

La actitud

«Dureza sin contemplaciones» [ruthless toughness], dice Hannah Arendt, era una cualidad altamente apreciada por los dirigentes del Tercer Reich. Curiosamente, ese «no ser bueno» fue visto en la Alemania de la posguerra —y en el resto del mundo, muy especialmente en los «recios» Estados Unidos de América, condescendientes con los alemanes y típicos representantes del struggle for life que implica un cierto darwinismo social bastante despiadado— como algo deplorable de acuerdo con las reglas más elementales de la caridad cristiana, pero ciertamente inevitable dada la naturaleza humana…[28] Sin embargo, hay una curiosa reflexión de Hannah Arendt cuando nos habla de las deportaciones desde Europa occidental, y concretamente desde Dinamarca. En este país los nazis se encontraron con una abierta resistencia a la deportación de judíos por parte de las autoridades (el rey de Dinamarca) y de la misma población. Los resultados parecen haber sido que los oficiales alemanes de las fuerzas de ocupación «que se encontraron con oposición basada en principios» cambiaron su forma de actuar y sabotearon, aunque fuera subrepticiamente, las órdenes que recibían de Berlín. Así que esa dureza sin contemplaciones, dice Hannah Arendt, «se derritió como mantequilla bajo el sol»[29]. Es el único caso que se dio en Europa de coraje civil generalizado frente a la brutalidad nazi, pero mis propias reflexiones giran en torno al respeto que pudieron sentir los alemanes en un país altamente civilizado y ciertamente similar a Alemania en cuanto a costumbres y etnia, lo que les impulsó quizás a un trato de favor.

En cambio, en Italia, donde regía el «fascista» Mussolini, no se atrevieron a oponerse abiertamente a las instrucciones que recibían desde Berlín para la deportación de judíos, pero sí a boicotearlas sibilinamente, porque Italia, igual que la España de Franco, nunca acabó de aceptar del todo esa saña asesina contra toda una etnia. Coincidiendo con los nacionalsocialistas en muchos aspectos, no pasaban sin embargo por su política racial y anti-religiosa. Arendt llega a decir que «los nazis sabían bien que tenían más en común con la versión estalinista del comunismo que con el fascismo italiano…»[30]

Los testimonios

En el capítulo «Evidencia y Testimonios»[31], Arendt comienza por narrar irónicamente la presentación de «testigos» por parte de la Casa de Justicia en Jerusalén, más interesada en los aspectos sensacionalistas y propagandísticos que en el esclarecimiento de la verdad. Tal vez porque Hannah Arendt busca en su descripción el aspecto humano y auténtico de las vivencias, resalta aquí la aparición de testigos o testimonios que «escaparon a la irrelevancia general». Uno de ellos fue el viejo Zindel Grynszpan, padre de Herschel Grynszpan. Este último fue el autor del asesinato que, en 1938, acabó con la vida del joven diplomático alemán Ernst von Rath en la embajada de París. Arendt precisa inteligentemente que el asesino era un psicópata que posiblemente fuera utilizado por los servicios secretos nazis para matar dos o tres pájaros de un tiro —ya que von Rath simpatizaba con los judíos y había manifestado opiniones contrarias al régimen nacionalsocialista en Alemania— y poder al mismo tiempo tener un «mártir» que justificara ante el extranjero su política de represión contra los judíos[32]. En efecto, en noviembre de ese mismo año se desencadenó la Noche de los Cristales Rotos y posteriores pogromos en Alemania. Lo mismo había ocurrido años antes, con éxito, en el incendio del Reichstag el 27 de febrero de 1933, al acusar a un comunista holandés (algo «retrasado») de ser el incendiario, cuando fueron probablemente las mismas SS las que provocaron el fuego. Nada de eso se ha podido probar, naturalmente porque los nazis —al fin y al cabo, alemanes— eran bastante eficientes en la ocultación de pruebas. De todas maneras, la moraleja está tanto en el cinismo de los que detentan el poder como en el honrado testimonio de personas íntegras. Uno de ellos fue la sencilla relación del viejo Zindel Grynszpan. La otra fue la referencia a un sargento del ejército alemán que ayudó a la resistencia judía, finalmente descubierto y ejecutado[33]. Por eso resulta tan curiosa la alusión al libro de Peter Baum, die Unsichtbare Flagge, en el que, con muy buenos argumentos, este autor alemán trata de justificar la incapacidad de actuar del «soldado normal» frente a los excesos criminales de las SS en el frente de Rusia. Dice más o menos que el «sacrificio moral» hubiera sido en vano, porque los regímenes totalitarios —en este caso el régimen nazi— son expertos en hacer desaparecer a los «héroes» silenciosamente y, por lo tanto, su sacrificio no hubiera tenido «consecuencias prácticas»[34]. Arendt sale al paso de estos razonamientos diciendo, más o menos, que es imposible borrar todas las fronteras entre lo bueno y lo malo, hacer desaparecer todas las huellas de forma que las víctimas «desaparezcan en silenciosa anonimidad». Y que bastan uno o dos testimonios honestos y simples, como los del sargento Schmidt o el del viejo Grynszpan, para mantener viva la llama de la esperanza. En palabras de Hannah Arendt (traduzco):

«Políticamente hablando, la mayor parte de la gente se somete bajo condiciones de terror, pero alguna gente no se somete… Humanamente hablando, no se requiere más y, razonablemente, no se puede pedir más para que este planeta siga siendo un lugar digno de ser habitado»[35].

La responsabilidad

Eichmann nunca mató a nadie personalmente, ni judío ni no judío. Por lo tanto, jurídicamente[36] no podía ser reo de crímenes individuales pero, al igual que Hitler y otros jerarcas nazis, fue el promotor del asesinato de millones de personas. Paradojas del poder, de la cadena de mando y de la disposición a obedecer de la masa humana. Una interesante conclusión de la Casa de Justicia de Jerusalén fue que «el grado de responsabilidad en un crimen se acrecienta a medida que aumenta la distancia con la persona que toma en sus manos la herramienta de ejecución»[37]. Es decir, que la excusa con la que Eichmann se quiere disculpar, o salvar, de que él solo obedecía órdenes y que de no hacerlo se veía expuesto a la degradación o a consecuencias peores, no le libra de la responsabilidad por haber participado en la maquinaria de exterminio. Algo que debería apuntarse bien cualquier burócrata que solo pretende «hacer bien su trabajo» sin plantearse problemas de conciencia. Gottgläubiger es la palabra que utilizaban los nazis para expresar que no eran cristianos y que no esperaban vida después de la muerte. Eichmann «murió en su ley», como murieron tantos otros fanáticos que tratan de ocultar y de ocultarse la verdad de sus propios actos: la banalidad del mal, que desafía la palabra y el pensamiento.

El epílogo

Crímenes de guerra

«… La verdad del asunto es que todo el mundo sabía, al finalizar la segunda guerra mundial, que el desarrollo tecnológico de los instrumentos de violencia había convertido en inevitable la adopción de la ‘guerra criminal’. La definición de los ‘crímenes de guerra’ de la Convención de la Haya, que se apoyaba en la distinción entre soldado y civil, entre ejército y población local, entre objetivos militares y ciudades abiertas, había quedado obsoleta. Por lo tanto, se tenía la impresión de que, bajo estas nuevas condiciones, los ‘crímenes de guerra’ se producían solamente fuera del ámbito militar, donde se pudiera demostrar un propósito inhumano deliberado… Ese factor de ‘brutalidad gratuita’…»[38]

Armenia

«… el caso del armenio Tindelian, que en 1921 mató de un disparo en el centro de Berlín a Talaat Bey, el mayor asesino en los pogromos armenios de 1915. Se estima que se masacró a un tercio de la población armenia en Turquía, ceca de 600.000 personas»[39].

Ucrania

«… el caso de Shalom Schwartzbard, que disparó contra Simon Petlyura el 25 de mayo de 1925 en París, causándole la muerte. Petlyura fue capitán en los ejércitos ucranianos y responsable de los pogromos que causaron alrededor de 100.000 víctimas entre 1917 y 1920, durante la guerra civil rusa»[40].

El punto

El punto es que ninguno de estos asesinos se conformó con matar a «su» criminal, sino que inmediatamente se entregaron a la policía e insistieron en que se les juzgara. Ambos utilizaron el juicio para, mediante los procedimientos judiciales para el esclarecimiento de los hechos, poder mostrar al mundo los crímenes que se habían perpetrado contra su gente y habían quedado impunes[41].

El precedente

«Está en la verdadera naturaleza de las cosas humanas que todo acto que ha hecho su aparición y se ha registrado en la historia de la humanidad, se queda con esa misma humanidad como una potencialidad mucho tiempo después de que se haya convertido en pasado. Ningún castigo ha tenido la suficiente fuerza como para disuadir o para prevenir la comisión de crímenes. Por el contrario, sea cual sea el castigo, una vez que un crimen específico aparece por primera vez, su reaparición es más probable que antes de su primera emergencia. Las razones particulares que nos hablan de la posibilidad de repetición de los crímenes cometidos por los nazis son, por cierto, más plausibles. Para hacernos temblar, bastaría la aterradora coincidencia de la moderna explosión de la población con el descubrimiento de artefactos técnicos que, a través de la automatización, pueden convertir en ‘superfluos’ grandes sectores de la población —incluso en términos de trabajo— y que, mediante la energía nuclear, sea posible «ocuparse» de esta doble amenaza con el uso de instrumentos al lado de los cuales las instalaciones de gas de Hitler nos parecieran torpes juguetes de un niño diabólico»[42].

Eichmann, ¿un monstruo?

El interés por la naturaleza humana de Hannah Arendt radica en la frase: nada humano es ajeno a mí… «El problema de Eichmann es precisamente que muchos eran como él, y que la mayoría no eran ni pervertidos ni sádicos, que eran y todavía son terrible y terroríficamente normales… porque esto implica… que este nuevo tipo de criminal, que es de hecho hostis generis humani,[43] comete sus crímenes bajo circunstancias en las cuales es prácticamente imposible para él que sienta o se dé cuenta de que está haciendo el mal.»[44] ¡No hay conciencia de culpa!

La controversia

Nada más publicarse los artículos en The New Yorker surgió una controversia que fue creciendo con la publicación del libro en inglés hasta alcanzar unas proporciones gigantescas con la traducción al alemán. Apareció, muy especialmente entre la comunidad judía tanto en Estados Unidos como en Israel, un sentimiento de indignación contra el libro de Arendt por dos razones. La primera tiene que ver con el hecho de que la filósofa desvelara el papel que jugaron los «consejos judíos» en Europa durante el Holocausto; la segunda, por la utilización del término «banalidad» para calificar al mal que había causado Eichmann y otros muchos como él. Porque, ¿cómo se puede tildar de «banal» el mal que subyace a tales crímenes de lesa humanidad?

Las entrevistas en Alemania

A riesgo de repetirme, quiero entrar aquí a comentar dos entrevistas exclusivas para los medios de comunicación en Alemania. Tras encontrar una traductora a gusto de Hannah Arendt —traducción que se encargaría de revisar, al ser el alemán su lengua materna—, se preparó la edición alemana de su obra para poderla presentar, a mediados de octubre de 1964, en la Feria del Libro de Fráncfort[45]. Cierto es que esta nueva edición estaba mucho mejor contextualizada que la original en inglés, entre otras cosas porque venía precedida de una larga crítica de Hans Mommsen y de una introducción [Vorrede] de la misma Hannah Arendt. Habiéndome referido ya anteriormente a Mommsen, la introducción de Arendt, que bien se puede catalogar como un auténtico ensayo sobre verdad y política, resulta sumamente esclarecedora sobre el contenido y el sentido de Eichmann en Jerusalén[46].

Ante la probable resonancia que un libro tan polémico pudiera alcanzar en la RFA, se proyectó una primera entrevista con Hannah Arendt que llevaría a cabo Günter Gaus[47]. Desde abril de 1963 el conocido periodista, publicista, diplomático y político dirigía un nuevo programa de entrevistas para la cadena de televisión ZDF [Zweites Deutsches Fernsehen] con el nombre de Zur Person. No puedo evitar establecer una similitud con el programa emitido por la TV española durante la Transición que consistía en debates extraordinariamente transparentes y que significativamente llevaba el nombre de La Clave. La entrevista se grabó el 16 de septiembre de 1964 y se emitió el 28 de octubre[48], justo tras la Feria del Libro de Fráncfort de ese año. Es curioso que unos días después, Hannah Arendt concediera también una entrevista radiofónica al periodista e historiador Joachim Fest, que trabajaba para la cadena de radio SWR [Südwestrunfunk]. Esta entrevista se produjo dentro del marco de un programa que trataba temas importantes para la sociedad alemana de la RFA y que, quizás por ello, ostentaba el nombre de Das Thema[49]. Ambas entrevistas hay que entenderlas, por tanto, en el contexto de la presentación de la traducción alemana de Eichmann en Jerusalén, con todo lo que esto podía suponer en cuanto a remover un pasado que la sociedad alemana (al menos en la República Federal) estaba tratando de superar… y quizás olvidar.

Las dos entrevistas, que he escuchado en alemán, quedaron reflejadas por escrito en dos ediciones a las que me referiré para las citas y que se pueden encontrar en la bibliografía final, aunque por supuesto se puede acudir tanto a los archivos de la ZDF como de la SWR en Internet. También se encuentran en YouTube y en otras fuentes. La entrevista para la televisión alemana incide más en la personalidad de Hannah Arendt como filósofa, y no resulta tan relevante para el libro sobre Eichmann que aquí se reseña, por lo que me centraré exclusivamente en la segunda entrevista con Joachim Fest.

La entrevista para la radio

La entrevista radiofónica tuvo lugar el 9 de noviembre de 1964. Joachim Fest tenía buenas razones para entrevistar a Hannah Arendt, porque él mismo había publicado un libro, en 1963 y en la misma editorial (Piper), que coincidía básicamente con los puntos de vista de Arendt[50]. Pero, presionado por la editorial y dadas las características de la controversia suscitada, envió las preguntas por escrito proponiéndole una entrevista «arreglada» para que pudiera salir airosa. Sorprende la respuesta de Arendt por su honestidad: «Es evidente que existe un malentendido… Nunca tuve la intención de defenderme». Y añade que acepta la «conversación con usted» después de haber leído su libro, convencida de que «debe haber cosas sobre las que podamos hablar con provecho»[51].

Joachim Fest

Joachim Fest entrevistó por lo tanto un 9 de noviembre a Hannah Arendt acerca del libro que esta última publicaba en lengua alemana sobre el proceso contra Adolf Eichmann, y ese mismo día —de diferentes años— ha pasado a ser conocido como el Día del Destino [Schicksalstag] en Alemania, porque se han dado acontecimientos decisivos de la Historia alemana: en 1918 Philipp Scheidemann proclama la República (de Weimar), en 1923 se da el intento de golpe de Estado en Múnich, en 1938 es la Noche de los Cristales Rotos y en 1989 se produce la caída del Muro de Berlín.

Al margen de esto, la entrevista resulta sumamente esclarecedora sobre el significado y el alcance de la palabra «banalidad» al explorar otros puntos de vista de la pensadora que no son esencialmente políticos o jurídicos, sino más específicamente filosóficos. No obstante, convendría precisar que Arendt no se consideraba a sí misma como «filósofa», sino simplemente como una persona que se ocupaba de la «filosofía política», es decir, de buscar un acercamiento entre el pensamiento y la acción. La controversia surgida en torno a la publicación de Hannah Arendt hace que esta se valga de la entrevista para reflexionar, no solo sobre el concepto de «verdad y política», sino también sobre la misma actividad de pensar y juzgar. En su obra póstuma The Life of the Mind tratará de dilucidar una intuición sugerida por el proceso contra Eichmann: «¿Es que el pensar puede evitar que se haga el mal?»[52]

La primera pregunta de Fest es acerca de la relación entre el juicio contra Eichmann en Jerusalén y los llamados «juicios por los campos de concentración» [KZ-Prozessen] celebrados entre diciembre de 1963 y agosto de 1965 para juzgar a oficiales de rango medio y bajo que sirvieron en el complejo de Auschwitz-Birkenau. A esta cuestión Arendt básicamente responde que las estadísticas demuestran un incremento de los juicios contra criminales de guerra desde la captura de Eichmann. La segunda pregunta del periodista e historiador va dirigida a «lo que tienen en común alemanes y judíos en cuanto a ‘un pasado sin asumir’ [unbewältig]», a lo que Arendt replica que todos los pueblos suelen tener un pasado sin superar o solucionar, pero que judíos y alemanes «están directamente implicados»[53] en esto. No obstante, Arendt precisa que el tipo de implicación es contraria, puesto que unos participaron como víctimas y otros como verdugos, con lo que ambos pueblos deberían trabajar el pasado común de manera completamente diferente[54].

El periodista habla a continuación de «un nuevo tipo de criminal», que ya apareció en los juicios de Núremberg. Arendt puntualiza que, en el caso de Eichmann, este «nuevo tipo de criminal» se caracteriza «por no tener motivos criminales» tal y como nos los representamos comúnmente, sino que simplemente siguió la corriente dominante [Mitläufer]. Dice además que este tipo de personas son inofensivas sin el apoyo de otros. Arendt persigue ese argumento diciendo algo interesantísimo: «Actuar con otros [Mitmachen] produce poder. En tanto que estás solo, estás despojado de poder, por muy fuerte que seas. Este sentimiento de poder, que surge al actuar conjuntamente, no es malo en sí mismo, es algo común a todos los seres humanos, pero tampoco es bueno por sí. Sencillamente es neutral, lo describimos como un fenómeno humano cuya ejecución produce una notable sensación de placer»[55].

Arendt no moraliza, pero sí analiza también la diferencia entre «actuar» y «funcionar», en el sentido de que «la forma perversa de actuar es funcionar»[56], y que «funcionar» o la «función» elimina tomar decisiones juntamente con otros para simplemente llevarlas a cabo. Esta «despreocupación» o «falta de responsabilidad» [Leerlauf] produce, como se dijo, un enorme sentimiento de placer. Es más: Eichmann no es que derivara su satisfacción de un sentimiento de poder, sino que era «un típico funcionario» y por eso doblemente peligroso, porque en realidad le daba igual el aspecto ideológico.

«Demonizar» a todos los criminales de guerra nazi era un recurso fácil para no profundizar en la naturaleza humana e incluso justificar los actos de los vencedores. Por un lado, dice el entrevistador, una buena excusa para los aliados por no haber intervenido antes de 1939, por otro lado, es mayor la «gloria» por haber vencido al terrible enemigo. Pero Arendt replica a esta fácil interpretación diciendo que «la demonización» se dio sobre todo entre los mismos alemanes o los alemanes emigrados (incluidos los judíos) y que los aliados quedaron horrorizados cuando se supo toda la verdad al final de la guerra, apenas lo podían creer… La demonización del enemigo, del «otro», puede servir para aminorar el sentimiento de culpa, puesto que sucumbir ante «el demonio encarnado» te libra de culpa: no se ha podido hacer nada, no se ha participado ni por activa ni por pasiva. Arendt va más allá y habla del demonio como «el ángel caído» que naturalmente es más interesante —un pensamiento bastante recurrente en los años veinte y treinta— que el ángel que nunca se rebeló, de igual manera que, hablando en el plano filosófico, lo negativo es el auténtico empujón o detonante [Anstoß] que lleva a la Historia, etc.[57]

Interesante es cómo el periodista plantea la falta de mala conciencia de Eichmann, su falta de crueldad o de instintos sádicos, lo que le hacía «lamentar» las consecuencias de sus decisiones, produciéndole así «un sentimiento de remisión [Bewährung]». Arendt da otra pequeña lección de filosofía en dos palabras, diciendo que es muy común juzgar lo que es malo o bueno por el sentimiento de placer o disgusto que produce. En otras palabras, creemos que lo «malo» es aquello que aparece en forma de tentación, mientras que «lo bueno» es aquello que nos resistimos a hacer espontáneamente. B. Brecht, Maquiavelo e incluso Kant se refieren a esto: resistir la tentación, un sentimiento muy cristiano. «Eichmann y otros muchos de esa gente tuvieron a menudo la tentación de hacer lo que nosotros denominamos lo Bueno, pero la resistieron precisamente porque era una tentación»[58].

La siguiente pregunta se refiere específicamente al subtítulo de la obra que acaba de publicar Arendt, «la banalidad del mal», asumiendo que un tipo como A. Eichmann no encaja en el concepto de mal que hemos aprendido en nuestra cultura. Respecto a los «malentendidos» que sugiere la famosa frase, Arendt los cree inevitables por pertenecer a lo que ella denomina más genuino o auténtico [echt] en toda esta polémica. Difícil de entender, pero la misma Arendt resultó sorprendida por su descubrimiento del personaje Eichmann. Precisa sin embargo que no se refiere a la banalidad como algo «cotidiano» [alltäglich] en todos los seres humanos, es decir, que haya un Eichmann en cada uno de nosotros, sino más bien que lo banal es algo falto de interés o «de escaso valor» [minderwertig]. Mediante una anécdota que cuenta Ernst Jünger en sus diarios, Hannah Arendt pasa a explicar más en detalle lo que ella entiende por lo «banal» en la conducta de Eichmann y otros como él, y es ese rechazo o reluctancia [Unwille] a simplemente representarse lo que la otra persona está experimentando, lo que a Arendt le parece sumamente estúpido, y en ese sentido banal:

«Esta tontería [Dummheit] tiene algo verdaderamente ofensivo [empörend]» [59] porque es un insulto a la inteligencia y, por lo tanto, no tiene nada de demoniaco o profundo. Viene a decir algo interesantísimo, y es que considera a Eichmann como un tipo muy inteligente, pero estúpido en este aspecto. Y es esa estupidez la que le parece indignante o escandalosa[60]. Hoy en día lo definiríamos como incapaz de empatizar, lo que, llevado a un extremo, podría significar un psicótico.

El siguiente tema que el periodista pone sobre el tapete es la comparación con Rudolf Höß (comandante de Auschwitz) con Eichmann, aparte de referirse a los principios morales kantianos a los que falsamente aludió Eichmann durante su juicio. Es decir, Eichmann tergiversó a Kant porque el imperativo kantiano dice precisamente que «cualquier persona en cualquier acción debe reflejar si la máxima de su acción puede convertirse en una ley general», lo que significa: cualquier persona está «emitiendo una ley interna» si es verdaderamente sincera y por lo tanto es lo contrario de la obediencia ciega. Lo único que tomó Eichmann de Kant es la distinción entre deber e inclinación [Neigung], cosa que, dice Arendt, está muy extendida en Alemania[61]. El sentimiento del deber en Alemania, yo diría de obediencia, de cumplimiento de la función o de disciplina no es algo en sí positivo ni negativo, pero sí pudo ser utilizado por otros para conseguir sus fines.

No es que el alemán medio, o cualquier otro pueblo por antonomasia, sea especialmente brutal, sino que el problema estriba en —según las palabras del propio Kant— la incapacidad «de ponerse en el lugar de la otra persona»[62]. Eso es lo que Arendt llama estupidez, como «hablar con un muro de ladrillo». Nunca se consigue ninguna reacción porque ese tipo de personas no escuchan. La segunda cosa que le choca a Arendt como específicamente alemana es la idealización de la obediencia —cosa que no se puede decir de los españoles, al menos hasta ahora. De nuevo, la obediencia puede ser buena cuando somos niños, pero debe ir desapareciendo con la adolescencia para poder desarrollar nuestra personalidad[63].

El secreto de una vida guiada por el sentimiento de obediencia es que pretende librarse de la responsabilidad por las propias acciones, para así liberarse del sentimiento de culpa. Cuando las cosas salen mal, se pone uno en la posición de «esclavo obligado» y señala a los «verdaderos» culpables en las instancias superiores, los que emiten las órdenes que no se pueden discutir. Justo en ese momento se da una interpelación del periodista de cómo es posible hacer otra cosa cuando estamos sometidos a un estado totalitario y, más aún, se refiere a los «consejos judíos» que colaboraron con las autoridades nacionalsocialistas en el funcionamiento de la maquinaria de exterminio[64].

Arendt se desvía de esta pregunta para apuntar primeramente que, por lo general, los nazis no expresaron remordimientos por sus actos. Eichmann incluso llegó a decir: «el remordimiento es cosa de niños». Pero ninguno de los responsables juzgados asume claramente responsabilidad por sus actos. Obediencia simplemente, seguir la corriente a lo que se lleva, a la opinión mayoritaria sin importar los principios o las razones, sin exhibir espíritu crítico. En este sentido, a Arendt le parece significativa la satisfacción que obtiene Eichmann al someterse a una autoridad, a cualquier autoridad, incluso durante el proceso en Israel[65].

Volviendo a la pregunta sobre la responsabilidad: siempre hay una alternativa sin que tenga que ser necesariamente el martirio. Tratar de quitarse de en medio, de escurrir el bulto, pero no colaborar gustosamente por las ventajas que eso puede reportar. Pero si se quiere obligar a tomar partido, Arendt dice que siempre queda la posibilidad de quitarse la vida —incidentalmente, Allan Watts dice que es realmente el único acto verdaderamente libre que podemos realizar. En otras palabras, no colaborar en lo que otros hacen simplemente porque otros lo hacen cuando no estamos internamente convencidos. Eso sería una traición a uno mismo a la que Arendt se refiere en otros escritos. Ese decir «yo» en vez de «nosotros» significa por lo tanto juzgar por uno mismo, cosa que no depende de la formación, edad, clase social o cultura. En cambio, todos los que actúan y se suman al pensamiento dominante siempre se justifican a posteriori con un «lo hicimos para que las cosas no fueran a peor», argumentación absurda en sí misma porque «las cosas no podían haber ido peor»[66]. El juez americano que llevó los procesos de Núremberg lo expresa con estas palabras:

«Si les preguntamos (a los acusados) por qué colaboraron en todo esto durante tanto tiempo, dicen que fue porque querían prevenir algo peor; pero si les preguntamos por qué entonces todo resultó tan mal, dicen que no tenían poder». Su apología se convierte entonces en una mera excusa[67].

¿Cómo permanecer sin culpa en una sociedad totalitaria? Karl Jasper, mentor de Hannah Arendt, lo describe con una frase genial: «Nos sentimos culpables de estar vivos… porque solo pudimos sobrevivir aprendiendo a mantener la boca cerrada»[68]. El común de las personas no son héroes, pero tampoco criminales. El problema de la culpa colectiva que se atribuyeron los alemanes después de la guerra es que puede servir para «cubrir» [decken] a los verdaderos culpables. Arendt dice que no es lo mismo «saber» [mitwissen] que colaborar [mitwirken], y que mucha gente no pudo hacer otra cosa que observar y callar. Para castigar a los auténticos culpables no es bueno «colectivizar» la culpa, porque no puede caber la misma carga de culpa a todo el conjunto social. En otras palabras: generalizar la culpa es ocultar la culpa. A esto añade Arendt la precisión de que bajo una sociedad tan absolutamente totalitaria y controladora como fue la Alemania nacionalsocialista se da el fenómeno de la impotencia frente al poder [Ohnmacht], pero que cabe la posibilidad de mantenerse al margen y no convertirse en un colaborador criminal. La imposibilidad de resistencia la achaca Arendt al «aislamiento» en el que se encontraban los individuos, incapaces de organizarse para una acción común[69].

En este momento de la entrevista, Joachim Fest emplaza a Hannah Arendt frente a la famosa frase de Platón (atribuida a Sócrates): «Es mejor sufrir injusticia que causarla»[70]. Lo que da lugar a una verdadera declaración de principios de la filósofa. En primer lugar, la frase parece evidente, pero no se puede «probar». ¿En qué consiste su evidencia? Hay otra frase de Sócrates que parece explicarlo: «Es preferible estar en desacuerdo con todo el mundo antes que con uno mismo, puesto que soy uno». Vivir con uno mismo significa «hablar con uno mismo», viene a decir Hannah Arendt, y, como ya sabemos por Wittgenstein y otros filósofos, hablar con uno mismo es básicamente pensar. Si me encuentro en conflicto conmigo mismo, surge una situación insoportable puesto que no puedo escapar de mí mismo, por decirlo así. Ser «dos en uno», vivir con uno mismo significa, según Arendt, dialogar con uno mismo, lo que en definitiva es pensar. Pensar no como cálculo o planificación, sino más bien para «ponerse de acuerdo».

Puesto que continuamente tengo trato conmigo mismo y pudiera haber situaciones en las que yo no esté de acuerdo con el mundo, tengo derecho a «refugiarme en mí mismo», por así decirlo, o incluso en un buen amigo a quien me pueda confiar, pues según Aristóteles la amistad es el «otro yo» [autos allos]. Y esto, dice Hannah Arendt, es la salida más honrosa a situaciones en las que nos sentimos impotentes frente a un poder totalitario. A pesar de ser incapaces de oponernos, se puede uno apartar de dicha situación y continuar pensando. Ya que, no estando unido a mí mismo, surge un conflicto que me resultaría, a la larga, insoportable. Si vivo siempre conmigo mismo me veo en la necesidad de dialogar conmigo mismo para pensar, y si no alcanzo un acuerdo, el sufrimiento me lleva a actos desesperados para «olvidarme» que vivo en contradicción. Por ejemplo, yo no quisiera vivir con un asesino, pero si cometo un crimen me veo obligado a tenerlo dentro —a menos que me suicide y «me libere» de toda responsabilidad— y puedo suponer que cualquier persona puede ser un asesino, puesto que yo lo he sido. O bien, en código cristiano, hacer acto de contrición y sentir remordimiento (o viceversa) que es una especie de castigo expiatorio autoimpuesto[71].

La burocracia hace que el individuo —parte de ella o inmerso en ella— pierda el sentido de la justicia, al sentirse parte de un engranaje que además refiere a una autoridad omnipotente (como pueda ser el Estado). En el caso de los criminales nazis imbricados en los sistemas de destrucción masiva tan perfectamente alemanes, se dio lo que Hannah Arendt llama la «inmigración interna», es decir, causaban mal «externamente», pero tenían «reservas privadas» o «reservas mentales». Una falacia para autoengañarse, según Arendt. Por otro lado, la burocracia facilita refugiarse en el anonimato, por eso es burocracia, para extinguir así a la persona individual en la función. Cuando se juzga a un burócrata, como pueda ser el caso de Eichmann, lo que se lleva al estrado no es al funcionario, sino a la persona: «No está usted aquí por las funciones de su puesto de trabajo, sino porque es usted un ser humano que debe responder de sus actos». Podríamos decir que el juicio «humaniza» al individuo en el sentido de que se le pide responsabilidades por sus actos. La responsabilidad se difumina también cuando se actúa sin reflexión. Cuando se está inmerso en una actividad absorbente, es imposible reflexionar si no se para (internamente) a pensar por un instante. La reflexión no debe ser sobre uno mismo, sino sobre lo que uno hace, para poder llegar así a una «conciencia de responsabilidad» [Verantwortungsbewusstsein][72].

El periodista plantea una pregunta muy interesante acerca del individuo o el aparato que engloba al individuo y le obliga a cometer ciertos actos, digamos, que van contra la propia conciencia… Muy actual, pues hoy en día matar o aniquilar digamos profesional o socialmente vidas es una tarea rutinaria de oficina, mediante la cual no tenemos contacto alguno con nuestra víctima. La tecnología va facilitando todo esto cada vez más, e incluso pone en manos de las mujeres los mismos instrumentos de violencia a distancia que en los hombres, pues la fuerza o el valor —características que el macho ha desarrollado para sobrevivir animado por la hembra y su prole— ya no son necesarios. Es más, Arendt dice que es más de temer el burócrata rellenando formularios (hoy en día telemáticamente) que el soldado que se bate en el frente, pues al menos este arriesga su propia vida, mientras que aquel «mata… como si fueran moscas»[73]. Eichmann no entra dentro de las «típicas» categorías de asesinos movidos por pasiones, interés propio o convicción incluso, este último un motivo (ideológico) tan válido como los otros. Eso no le hace mejor, sino tal vez incluso peor porque, dice Hannah Arendt más claramente en la edición alemana de su libro:

«El alejamiento de la realidad y la falta de reflexión pueden causar, unidos, más desgracias que todos los malos impulsos reunidos que quizás vivan dentro del ser humano»[74].

Hablando de hacer justicia en el ámbito de lo legal, Arendt admite que «los textos legales no nos preparan para asesinatos en masa administrativos». La justicia tiene como fin restaurar o «sanar» el orden alterado por la injusticia mediante la condena de los culpables, pero también es importante para «el honor y dignidad» [Ehre und Würde] de la víctima que el culpable sea castigado por el acto delictivo que afectó a aquella. Por un lado la sociedad, por el otro el individuo. Esto último es especialmente significativo en lo que atañe los judíos, pues sería una afrenta al honor y la dignidad de este pueblo el que los responsables permanecieran impunes en Alemania[75].

Adolf Eichmann
Adolf Eichmann, durante su juicio en Jerusalén. Foto: La Razón

Durante el proceso contra Eichmann, el «colapso moral» de todo el mundo, víctimas o verdugos, quedó al descubierto tras la publicación del libro de Hannah Arendt. Respecto a las desorbitadas reacciones que este ha provocado, la filósofa se confiesa sorprendida porque dio a leer el manuscrito a bastantes personas antes de llevarlo a edición, y todo el mundo (entre ellos numerosos judíos) se manifestaron entusiasmados. La reacción posterior la achaca ella a una «campaña» (de difamación) a la que se sumó por mimetismo toda la élite intelectual que antes la había apoyado incondicionalmente. A esto, la pregunta del periodista es un tanto cínica:

«¿Debemos siempre decir la verdad, incluso si entra en conflicto con ciertos intereses legítimos, por un lado, o con los sentimientos de la gente, por el otro?»[76]

Arendt defiende lo que cualquier persona íntegra podría defender, la independencia de criterio y el derecho a decir la verdad, «verdad» que ella define como los hechos factuales [Tatsachenwahrheiten], es decir, las cosas que fueron como fueron o, puestos en el presente, la realidad tal cual es y no como nos gustaría que fuese. No cree haber ofendido «intereses» legítimos, porque los intereses de entidades u organizaciones no le parecen «legítimos» en cuanto que tratan de ocultar la verdad. Le duelen en cambio los sentimientos «legítimos» de las personas que pudieran haberse ofendido. Aunque el único sentimiento legítimo que ella considera auténtico es el pesar o disgusto [Trauer] y no el de autosatisfacción [Selbstbeweihräucherung], siente haber herido los sentimientos de la gente debido a su estilo, que es irónico y soberano, pero que frente a eso no puede hacer nada porque refleja su personalidad[77]. La ironía como acto soberano en sus escritos para poner de relieve la espantosa mediocridad [Durchschnittlichkeit] de estos criminales políticos, la banalidad del mal[78].

Por último, en su día se desaconsejó la publicación alemana (1964) de Eichmann en Jerusalén[79], porque se pensaba que pudiera tener «efectos negativos sobre la conciencia colectiva»[80] (de los alemanes). Los judíos, o tal vez los mismos alemanes, temieron que los antisemitas trataran de manipular los argumentos expuestos, como por ejemplo «los judíos tuvieron la culpa de lo que les pasó»[81], cuando eso no es lo que el libro de Arendt intenta mostrar. Acaba con una ironía sobre la «madurez» de los alemanes para recibir tales reflexiones y que, si después del escarmiento que recibieron en la Segunda Guerra Mundial no han alcanzado un cierto grado de madurez, ¿qué se puede esperar?

REFERENCIAS

Fest, Joachim. Das Gesicht des Dritten Reiches. Profile einer totalitären Herrschaft. Piper, 1963

Arendt, Hannah. Eichmann in Jerusalem. A Report on the Banality of Evil. Viking Press, 1963

Arendt, Hannah. Eichmann in Jerusalem. A Report on the Banality of Evil. Faber and Faber, 1963

Arendt, Hannah. Eichmann in Jerusalem. Ein Bericht von der Banalität des Bösen. Reclam, 1990

Gaus, Günter. «Was bleibt? Es bleibt die Muttersprache» in: Was bleibt, sind Fragen. Die klassischen Interviews. Hrsg. Hans-Dieter Schütt. Das neue Berlin, 2000, s. 310-335

Arendt, Hannah. Eichmann in Jerusalem. Ein Bericht von der Banalität des Bösen. Piper, 2011

«Die Rundfunksendung vom 9. November 1964» in: Arendt, Hannah. Fest, Joachim. Eichmann war von empörender Dummheit. Gespräche und Briefe. Hrsg. Ursula Ludz und Thomas Wild. Piper, 2011, s. 36-60

Arendt, Hannah. «Eichmann was outrageously stupid» in: The last interview and other conversations. Melville House, 2013

Arendt, Hannah. Sokrates. Apologie der Pluralität. Eingeleitet von Matthias Bormuth und mit Erinnerungen von Jerome Kohn. Matthes & Seitz, 2016


[1] Arendt, H. Eichmann in Jerusalem. A Report on the Banality of Evil. Viking Press 1963

[2] «Acknowledgments, Sources, and Bibliography» in: Arendt, H. Eichmann in Jerusalem.
Faber & Faber 1963, p. 259

[3] Mommsen, H. «Hannah Arendt und der Prozeß gegen Adolf Eichmann» in: Arendt, H. Eichmann in Jerusalem. Ein Bericht von der Banalität des Bösen. Reclam, 1990, s. 5-48

[4] En abril de 1961 se abría el proceso contra Eichmann en Jerusalén.

[5] El 13 de agosto de 1961

[6] Contents. A partir de ahora utilizaré la edición en inglés de Faber & Faber en 1963, Eichmann in Jerusalem, para todas las referencias a este libro.

[7] «The House of Justice» in: Arendt, H. Eichmann in Jerusalem. Faber & Faber 1963, p. 1-17

[8] «The Accused» Arendt, H. Ibd. p. 18-31

[9] «An Expert on the Jewish Question» Arendt, H. Ibd. p. 32-50

[10] «The First Solution: Expulsion» Arendt, H. Ibd. p. 51-62

[11] «The Second Solution: Concentration» Arendt, H. Ibd. p. 63-77

[12] «The Final Solution: Killing» Arendt, H. Ibd. p. 78-98

[13] «The Wansee Conference, or Pontius Pilate» Arendt, H. Ibd. p. 99-119

[14] «Duties of a Law-Abiding Citizen» Arendt, H. Ibd. p. 120-134

[15] Arendt, H. Fest, J. «Die Rundfunksendung vom 9. November 1964» en: Eichmann war von empörender Dummheit. Gespräche und Briefe. Piper 2011, p. 36-60

[16] «Kein Mensch hat bei Kant das Recht zu gehorchen». Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 44 (para la traducción de esta frase tan críptica, me he apoyado en la versión española de La promesa de la política, editorial Paidós 2008)

[17] Arendt, H. Eichmann in Jerusalem. Faber & Faber 1963, p. 122

[18] «Deportations from the Reich: Germany, Austria, and the Protectorate» Arendt, H. Ibd. p. 135-145

[19] «Deportations from Western Europe: France, Belgium, Holland, Denmark, Italy» Arendt, H. Ibd. p. 146-162

[20] «Deportations from the Balkans: Yugoslavia, Bulgaria, Greece, Rumania» Arendt, H. Ibd. p. 163-175

[21] «Deportations from Central Europe: Hungary and Slovakia» Arendt, H. Ibd. p. 176-187

[22] Genial el colofón de este capítulo en el que Arendt critica la noción de judíos «prominent» por encima de otros más humildes. Arendt, H. Ibd. p. 119

[23] Se trata de un Consejo Judío impuesto por los nazis en los territorios ocupados. Arendt, H. Ibd. p. 178-181

[24] Arendt, H. Ibd. p. 106-107

[25] «The Killing Centers in the East» Arendt, H. Ibd. p. 188-199

[26] Arendt, H. Ibd. p. 111

[27] Arendt, H. Ibd. p. 112

[28] Arendt, H. Ibd. p. 146

[29] Arendt, H. Ibd. p. 154-157

[30] Arendt, H. Ibd. p. 158

[31] «Evidence and Witnesses» Arendt, H. Ibd. p. 200-212

[32] Arendt, H. Ibd. p. 206-208

[33] Arendt, H. Ibd. p. 210

[34] Arendt, H. Ibd. p. 211

[35] Arendt, H. Ibd. p. 212

[36] «Judgment, Appeal, and Execution» Arendt, H. Ibd. p. 213-231

[37] Arendt, H. Ibd. p. 225

[38] Arendt, H. Ibd. p. 235

[39] Arendt, H. Ibd. p. 244

[40] Arendt, H. Ibd. p. 243

[41] Arendt, H. Ibd. p. 244

[42] Arendt, H. Ibd. p. 250

[43] «enemigo del género humano». Nota del traductor

[44] Arendt, H. Op. cit. p. 253

[45] Arendt, H. Eichmann in Jerusalem. Ein Bericht von der Banalität des Bösen. Piper, 1964

[46] «Vorrede» in: Arendt, H. Eichmann in Jerusalem. Ein Bericht von der Banalität des Bösen. Reclam, 1990, s. 49-69

[47] Arendt, H. Gaus, G. «Was bleibt? Es bleibt die Muttersprache» in: Was bleibt, sind Fragen. Die klassischen Interviews. Hrsg. Hans-Dieter Schütt. Das neue Berlin, 2000, p. 310-335

[48] Ludz, U. Wild, T. Einleitung in: Arendt, H. Fest, J. Eichmann war von empörender Dummheit. Gespräche und Briefe. Hrsg. Ursula Ludz und Thomas Wild. Piper 2011, p. 24

[49] Arendt, H. Fest, J. «Die Rundfunksendung vom 9. November 1964» en: Eichmann war von empörender Dummheit. Gespräche und Briefe. Piper 2011, p. 36-60

[50] Fest, J. Das Gesicht des Dritten Reiches. Profile einer totalitären Herrschaft. Piper 1963

[51] Ludz, U. Wild, T. Einleitung in: Arendt, H. Fest, J. Eichmann war von empörender Dummheit. Gespräche und Briefe. Hrsg. Ursula Ludz und Thomas Wild. Piper 2011, p. 25

[52] «Kann das Denken davor bewahren, Böses zu tun?» Ludz, U. Wild, T. Ibd. p. 9

[53] «unmittelbar Beteiligten» Arendt, H. Fest, J. Op. cit. p. 37

[54] Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 36-37

[55] Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 38-39

[56] «die eigentliche Perversion des Handelns das Funktionieren ist» Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 39

[57] Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 40-41

[58] Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 41-42

[59] Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 42-43

[60] Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 44

[61] Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 44

[62] «an der Stelle jedes andern denken» Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 45

[63] Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 45

[64] Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 46-47

[65] Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 47-48

[66] Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 49

[67] «…die Apologie wird zur reinen Ausrede.» Robert H. Jackson, in: Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 50

[68] «Dass wir leben, ist unsere Schuld… denn wir konnten nur überleben, indem wir den Mund hielten.» Karl Jaspers, in: Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 51

[69] Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 51

[70] «Unrecht zu leiden, als Unrecht zu tun» Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 52

[71] Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 52-53

[72] Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 53-54

[73] Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 55

[74] Arendt, H. Eichmann in Jerusalem. Ein Bericht von der Banalität des Bösen. Piper 2011, p.57

[75] Arendt, H. Fest, J. «Die Rundfunksendung vom 9. November 1964» en: Eichmann war von empörender Dummheit. Gespräche und Briefe. Piper 2011, p. 56-57

[76] Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 57-58

[77] Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 59-60

[78] Ludz, U. Wild, T. Einleitung in: Arendt, H. Fest, J. Eichmann war von empörender Dummheit. Gespräche und Briefe. Hrsg. Ursula Ludz und Thomas Wild. Piper 2011, p. 34

[79] Un artículo de Golo Mann aparecido en 1964 acusó a Hannah Arendt personalmente y fue la punta de lanza del «frente» en contra de la publicación del libro de Arendt en lengua alemana. Ludz, U. Wild, T. Ibd. p. 20

[80] «negativen Wirkungen auf das öffentliche Bewusstsein» Arendt, H. Fest, J. Op. cit. p. 60

[81] «die Juden waren selbst schuld» Arendt, H. Fest, J. Ibd. p. 60

Juan Pedro Rodríguez-Ledesma

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