Autores clásicos (2): Homero | La Odisea, el clásico de los clásicos

Solo dos palabras de mi parte para introducir este clásico de los clásicos. La obra de Homero fue escrita en verso. Pasaron muchos antes de que se presentara en prosa. La historia narra las desventuras de Ulises, también llamado Odiseo, al cabo de terminar la guerra de Troya, motivada por el rapto de Helena a manos de Paris.

El texto corresponde al Canto I, cuando la diosa Atenea visita la casa de Ulises en Ítaca, y exhorta a su hijo Telémaco a que salga en busca de su padre, ya que cabe la posibilidad de que esté prisionero en alguna isla y no muerto como se ha dicho. Zeus ha decidido que ya es tiempo para que Ulises regresa a su casa, donde lo espera Penélope. Y encomienda a Atenea que visite la casa del guerrero para instar a su hijo a que vaya en su rescate.

El autor de este monumental trabajo de escribir en español la obra de Homero es don Luis Segalá y Estalella, doctor en Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona, catedrático en griego de la Universidad de Sevilla, académico electo de la Real de Buenas Letras, miembro de la Association pour l’encouragement des études grecques. Miembro de número de la dirección de la Sección Filológica del Institut d’Estudis Catalans.

Atenea / Minerva

La diosa Atenea –hija de Zeus– es la inteligencia, y por eso se la hace nacer de la cabeza de Zeus. Es la diosa consejera y protectora de la ciudad y de las instituciones políticas. Introdujo en el Ática el cultivo del olivo como símbolo de la civilización, y es también la patrona de los hábiles artesanos. Su ciudad es Atenas y su templo, el Partenón. Diosa de la guerra justa. Su dúctil carácter cuadra a la perfección con el del astuto Odiseo, ese héroe de múltiples recursos, el artimañero. Minerva es el nombre dado a ella por los romanos.

Telémaco

Telémaco era el hijo de Ulises y Penélope, los reyes de Ítaca. Es poco lo que se conoce de él, pues solo aparece en los cuatro primeros libros de la Odisea de Homero, unos pasajes que se conocen con el nombre de Telemaquia. Las representaciones de Telémaco son escasas, como cabría esperar de un personaje que apenas aparece mencionado en las obras antiguas. Generalmente aparece en compañía de su padre o su madre. Se especula que era homosexual.

Sabemos que era un niño pequeño cuando su padre partió a la Guerra de Troya, pues en un principio Ulises había fingido estar loco para no participar en el enfrentamiento bélico entre aqueos y troyanos, pero su estratagema fue descubierta.

Y es que Ulises ató a un burro —otras versiones hablan de un buey— a un palo y lo puso a arar la tierra y a sembrarla con sal. Lógicamente a nadie en su sano juicio se le ocurriría abonar la tierra con sal, por lo que creía que con esta argucia lo tomarían por loco y se le eximiría de participar en la guerra. Sin embargo, Palamedes cogió al niño Telémaco y lo colocó delante del surco que realizaba el burro. Al ver a su hijo en peligro, Ulises detuvo la yunta del burro y evitó que su hijo fuese arroyado, pero también fue descubierto y tuvo que marchar rumbo a Troya con su espada en ristre.

Ernesto Bustos Garrido, periodista formado en la Universidad de Chile, profesor en la misma casa de estudios, Universidad Católica y Universidad Diego Portales, cronista  por 40 años de diarios y comentarista en radio y televisión. Director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. Secretario de prensa de la Presidencia de la República y de la Rectoría de la U. de Chile y gerente de RR.PP. de la Empresa de Ferrocarriles del Estado. Editor/propietario de la Revista Solo Pesca y Cazar y Pescar. Reside en la localidad de Los Vilos, Cuarta Región, Chile y se dedica a escribir. Ha ganado últimamente dos concursos literarios.

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El exhorto de Atenea, también llamada Minerva, a Telémaco

Versión directa y literal del griego de Luis Segalá y Estalella

Inicio del exhorto

113 Fué el primero en advertir la presencia de la diosa el deiforme Telémaco; pues se hallaba en medio de los pretendientes, con el corazón apesadumbrado, y tenía el pensamiento fijo en su valeroso padre por si, volviendo, dispersase a aquellos y recuperara la dignidad real y el dominio de sus riquezas. Tales cosas meditaba, sentado con los pretendientes, cuando vió á Minerva (Atenea). Á la hora fuése derecho al vestíbulo, muy indignado en su corazón de que un huésped tuviese que esperar tanto tiempo en la puerta, asió por la mano á la diosa, tomóle la broncínea lanza y le dijo estas aladas palabras:

Telémaco parte con su amigo Pisístrato en busca de su padre, Odiseo, ante la mirada del anciano Néstor

123 «¡Salve, huésped! Entre nosotros has de recibir amistoso acogimiento. Y después que hayas comido, nos dirás si necesitas algo.»

125 Hablando así, empezó á caminar y Palas Minerva le fué siguiendo. Ya en el interior del excelso palacio, Telémaco arrimó la lanza a una alta columna, metiéndola en la pulimentada lancera donde había muchas lanzas del paciente Ulises; hizo sentar a la diosa en un sillón, después de tender en el suelo linda alfombra bordada y de colocar el escabel para los pies, y acercó para sí una labrada silla; poniéndolo todo aparte de los pretendientes para que al huésped no le desplaciera la comida, molestado por el tumulto de aquellos varones soberbios, y él, a su vez, pudiera interrogarle sobre su padre ausente. Una esclava les dió aguamanos, que traía en magnífico jarro de oro y vertió en fuente de plata, y les puso delante una pulimentada mesa. La veneranda despensera trájoles pan y dejó en la mesa buen número de manjares, obsequiándoles con los que tenía reservados. El trinchante sirvióles platos de carne de todas suertes y colocó a su vera áureas copas. Y un heraldo se acercaba a menudo para escanciarles vino.

144 Ya en esto, entraron los orgullosos pretendientes. Apenas se hubieron sentado por orden en sillas y sillones, los heraldos diéronles aguamanos, las esclavas amontonaron el pan en los canastillos, los mancebos llenaron las crateras, y todos los comensales echaron mano a las viandas que les habían servido. Satisfechas las ganas de comer y de beber, ocupáronles el pensamiento otras cosas: el canto y el baile, que son los ornamentos del convite. Un heraldo puso la bellísima cítara en las manos de Femio, a quien obligaban á cantar ante los pretendientes. Y mientras Femio comenzaba al son de la cítara un hermoso canto, Telémaco dijo estas razones a Minerva, la de los brillantes ojos, después de aproximar su cabeza á la deidad para que los demás no se enteraran:

158 «¡Caro huésped! ¿Te enojarás conmigo por lo que voy á decir? Éstos sólo se ocupan en cosas tales como la cítara y el canto; y nada les cuesta, pues devoran impunemente la hacienda de otro, la de un varón cuyos blancos huesos se pudren en el continente por la acción de la lluvia o los revuelven las olas en el seno del mar. Si le vieran aportar a Ítaca, preferirían tener los pies ligeros a ser ricos de oro y de vestidos. Mas aquél ya murió, víctima de su aciago destino, y no hay que esperar en su tornada, aunque alguno de los hombres terrestres afirme que aún ha de volver: el día de su regreso no amanecerá jamás. Pero, ea, habla y responde sinceramente: ¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y tus padres? ¿En cuál embarcación llegaste? ¿Cómo los marineros te trajeron á Ítaca? ¿Quiénes se precian de ser? Pues no me figuro que hayas venido andando. Dime también la verdad de esto para que me entere: ¿Vienes ahora por vez primera o has sido huésped de mi padre? Que son muchos los que conocen nuestra casa, porque Ulises acostumbraba visitar a los demás hombres.»

178 Respondióle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «De todo esto voy a informarte circunstanciadamente. Me jacto de ser Mentes, hijo del belicoso Anquíalo, y de reinar sobre los tafios, amantes de manejar los remos. He llegado en mi galera, con mi gente, pues navego por el vinoso ponto (extensa porción de tierra) hacia unos hombres que hablan otro lenguaje: voy a Témesa para traer bronce, llevándoles luciente hierro. Anclé la embarcación cerca del campo, antes de llegar a la ciudad, en el puerto Retro que está al pie del selvoso Neyo. Nos cabe la honra de que ya nuestros progenitores se daban mutua hospitalidad desde muy antiguo, como se lo puedes preguntar al héroe Laertes; el cual, según me han dicho, ya no viene a la población, sino que mora en el campo, atorméntanle los pesares, y tiene una anciana esclava que le apareja la comida y le da de beber cuando se le cansan los miembros de arrastrarse por la fértil viña. Vine porque me aseguraron que tu padre estaba de vuelta en la población, mas sin duda lo impiden las deidades, poniendo obstáculos a su retorno; que el divinal Ulises no desapareció aún de la fértil tierra, pues vive y está detenido en el vasto ponto, en una isla que surge de entre las olas, desde que cayó en poder de hombres crueles y salvajes que lo retienen a su despecho. Voy ahora a predecir lo que ha de suceder, según los dioses me lo inspiran en el ánimo y yo creo que ha de verificarse porque no soy adivino ni hábil intérprete de sueños: Aquél no estará largo tiempo fuera de su patria, aunque lo sujeten férreas vínculos; antes hallará algún medio para volver, ya que es ingenioso en sumo grado. Mas, ea, habla y dime con sinceridad si eres el hijo del propio Ulises. Es extraordinario tu parecido en la cabeza y en los bellos ojos con Ulises; y bien lo recuerdo, pues nos reuníamos a menudo antes de que se embarcara para Troya, adonde fueron los príncipes argivos en las cóncavas naos. Desde entonces ni yo le he visto, ni él a mí.»

213 Contestóle el prudente Telémaco: «Voy a hablarte, oh huésped, con gran sinceridad. Mi madre afirma que soy hijo de aquél, y no sé más; que nadie consiguió conocer por sí su propio linaje. ¡Ojalá que fuera vástago de un hombre dichoso que envejeciese en su casa, rodeado de sus riquezas!; mas ahora dicen que desciendo, ya que me lo preguntas, del más infeliz de los mortales hombres.»

221 Replicóle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Los dioses no deben de haber dispuesto que tu linaje sea obscuro, cuando Penélope te ha parido cual eres. Mas, ea, habla y dime con franqueza: ¿Qué comida, qué reunión es ésta, y qué necesidad tienes de darla? ¿Se celebra un convite o un casamiento? que no nos hallamos evidentemente en un festín a escote (un banquete que se paga entre todos). Paréceme que los que comen en el palacio con tal arrogancia ultrajan a alguien; pues cualquier hombre sensato se indignaría al presenciar sus muchas torpezas.»

230 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Huésped! Ya que tales cosas preguntas e inquieres, sabe que esta casa hubo de ser opulenta y respetada en cuanto aquel varón permaneció en el pueblo. Cambió después la voluntad de los dioses, quienes, maquinando males, han hecho de Ulises el más ignorado de todos los hombres; que yo no me afligiera de tal suerte, si acabara la vida entre sus compañeros, en el país de Troya, o en brazos de sus amigos luego que terminó la guerra, pues entonces todos los aqueos le habrían erigido un túmulo y hubiese legado a su hijo una gloria inmensa. Ahora desapareció sin fama, arrebatado por las Harpías; su muerte fué oculta e ignota; y tan sólo me dejó pesares y llanto. Y no me lamento y gimo únicamente por él, que los dioses me han enviado otras funestas calamidades. Cuantos próceres mandan en las islas, en Duliquio, en Same y en la selvosa Zacinto, y cuantos imperan en la áspera Ítaca, todos pretenden a mi madre y arruinan nuestra casa. Mi madre ni rechaza las odiosas nupcias, ni sabe poner fin a tales cosas; y aquellos comen y agotan mi hacienda, y pronto acabarán conmigo mismo.»

252 Contestóle Minerva, muy indignada: «¡Oh dioses! ¡Qué falta no te hace el ausente Ulises; para que ponga las manos en los desvergonzados pretendientes! Si tornara y apareciera ante el portal de esta casa, con su yelmo, su escudo y sus dos lanzas, como la primera vez que le vi en la mía, bebiendo y recreándose, cuando volvió de Éfira, del palacio de Ilo Mermérida—fué allá en su velera nave por un veneno mortal con que pudiese teñir las broncíneas flechas; pero Ilo, temeroso de los sempiternos dioses, no se lo proporcionó y entregóselo mi padre que le quería muchísimo—si, pues, mostrándose tal, se encontrara Ulises con los pretendientes, fuera corta la vida de éstos y bien amargas sus nupcias. Mas está puesto en mano de los dioses si ha de volver y tomar venganza en su palacio, y te exhorto á que desde luego medites cómo arrojarás de aquí a los pretendientes. Óyeme, si te place, y presta atención a mis palabras. Mañana convoca en el ágora (plaza o espacio para reuniones) a los héroes aqueos, háblales a todos y sean testigos las propias deidades. Intima a los pretendientes que se separen, yéndose a sus casas; y si a tu madre el ánimo la mueve a casarse, vuelva al palacio de su muy poderoso padre y allí le dispondrán las nupcias y le aparejarán una dote tan cuantiosa como debe llevar una hija amada. También a ti te daré un prudente consejo, por si te decidieras a seguirlo: Apresta la mejor embarcación que hallares, con veinte remeros; ve a preguntar por tu padre, cuya ausencia se hace ya tan larga, y quizás algún mortal te hablará del mismo o llegará a tus oídos la fama que procede de Júpiter y es la que más difunde la gloria de los hombres. Trasládate primeramente a Pilos e interroga al divinal Néstor; y desde allí endereza los pasos a Esparta, al rubio Menelao, que ha llegado el postrero de los argivos de broncíneas lorigas. Si oyeres decir que tu padre vive y ha de volver, súfrelo todo un año más, aunque estés afligido; pero si te participaren que ha muerto y ya no existe, retorna sin dilación a la patria, erígele un túmulo, hazle las muchas exequias que se le deben, y búscale a tu madre un esposo. Y así que hayas realizado y llevado a cumplimiento todas estas cosas, medita en tu mente y en tu corazón cómo matarás a los pretendientes en el palacio: si con dolo o a la descubierta; porque es preciso que no andes en niñerías, que ya no tienes edad para ello. ¿Por ventura no sabes cuánta gloria ha ganado ante los hombres el divinal Orestes, desde que mató al parricida, al doloso Egisto, que le había asesinado su ilustre padre? También tú, amigo, ya que veo que eres gallardo y de elevada estatura, sé fuerte para que los venideros te elogien. Y yo me voy hacia la velera nave y los amigos que ya deben de estar cansados de esperarme. Cuida de hacer cuanto te dije y acuérdate de mis consejos.»

306 Respondióle el prudente Telémaco: «Me dices estas cosas de una manera tan benévola, como un padre a su hijo, que nunca jamás podré olvidarlas. Pero, ea, aguarda un poco, aunque tengas prisa por irte, y después que te bañes y deleites tu corazón, volverás alegremente a tu nave, llevándote un regalo precioso, muy bello, para guardarlo como presente mío, que tal es la costumbre que suele seguirse con los huéspedes amados.»

314 Contestóle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «No me detengas, oponiéndote a mi deseo de irme en seguida. El regalo con que tu corazón quiere obsequiarme, me lo entregarás a la vuelta para que me lo lleve a mi casa: escógelo muy hermoso y será justo que te lo recompense con otro semejante.»

319 Diciendo así, partió Minerva, la de los brillantes ojos: fuése la diosa, volando como un pájaro, después de infundir en el espíritu de Telémaco valor y audacia, y de avivarle aún más el recuerdo de su padre. Telémaco, considerando en su mente lo ocurrido, quedóse atónito, porque ya sospechó que había hablado con una deidad. Y aquel varón, que parecía un dios, se apresuró á juntarse con los pretendientes.

325 Ante éstos, que le oían sentados y silenciosos, cantaba el ilustre aedo (mester) la vuelta deplorable que Palas Minerva deparara a los aquivos cuando partieron de Troya. La discreta Penélope, hija de Icario, oyó de lo alto de la casa la divinal canción, que le llegaba al alma; y bajó por la larga escalera, pero no sola, pues la acompañaban dos esclavas. Cuando la divina entre las mujeres llegó adonde estaban los pretendientes, detúvose cabe a la columna que sostenía el techo sólidamente construído, con las mejillas cubiertas por espléndido velo y una honrada doncella a cada lado. Y arrasándosele los ojos de lágrimas, hablóle así al divinal aedo:

337 «¡Femio! Pues que sabes otras muchas hazañas de hombres y de dioses, que recrean á los mortales y son celebradas por los aedos, cántales alguna de las mismas sentado ahí, en el centro, y oíganla todos silenciosamente y bebiendo vino; pero deja ese canto triste que me angustia el corazón en el pecho, ya que se apodera de mí un pesar grandísimo. ¡Tal es la persona de quien padezco soledad, por acordarme siempre de aquel varón cuya fama es grande en la Hélade y en el centro de Argos!»

345 Replicóle el prudente Telémaco: «¡Madre mía! ¿Por qué quieres prohibir al amable aedo que nos divierta como su mente se lo inspire? No son los aedos los culpables, sino Júpiter que distribuye sus presentes a los varones de ingenio del modo que le place. No ha de increparse a Femio porque canta la suerte aciaga de los dánaos, pues los hombres alaban con preferencia el canto más nuevo que llega a sus oídos. Resígnate en tu corazón y en tu ánimo a oir ese canto, ya que no fué Ulises el único que perdió en Troya la esperanza de volver; hubo otros muchos que también perecieron. Mas, vuelve ya a tu habitación, ocúpate en las labores que te son propias, el telar y la rueca, y ordena a las esclavas que se apliquen al trabajo; y de hablar nos cuidaremos los hombres y principalmente yo, cuyo es el mando en esta casa.»

360 Volvióse Penélope, muy asombrada, a su habitación, revolviendo en el ánimo las discretas palabras de su hijo. Y así que hubo subido con las esclavas a lo alto de la casa, echóse a llorar por Ulises, su caro consorte, hasta que Minerva, la de los brillantes ojos, le difundió en los párpados el dulce sueño.

365 Los pretendientes movían alboroto en la obscura sala y todos deseaban acostarse con Penélope en su mismo lecho. Mas el prudente Telémaco comenzó a decirles:

368 «¡Pretendientes de mi madre, que os portáis con orgullosa insolencia! Gocemos ahora del festín y cesen vuestros gritos; pues es muy hermoso escuchar a un aedo como éste, tan parecido por su voz a las propias deidades. Al romper el alba, nos reuniremos en el ágora para que yo os diga sin rebozo que salgáis del palacio: disponed otros festines y comeos vuestros bienes, convidándoos sucesiva y recíprocamente en vuestras casas. Mas si os pareciere mejor y más acertado destruir impunemente los bienes de un solo hombre, seguid consumiéndolos; que yo invocaré a los sempiternos dioses, por si algún día nos concede Júpiter que vuestras obras sean castigadas, y quizás muráis en este palacio sin que nadie os vengue.»

381 Así dijo; y todos se mordieron los labios, admirándose de que Telémaco les hablase con tanta audacia.

383 Pero Antínoo, hijo de Eupites, le repuso diciendo: «¡Telémaco! Son ciertamente los mismos dioses quienes te enseñan a ser grandílocuo y a arengar con audacia; mas no quiera el Saturnio que llegues a ser rey de Ítaca, rodeada por el mar, como te corresponde por el linaje de tu padre.»

388 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Antínoo! ¿Te enfadarás acaso por lo que voy á decir? Es verdad que me gustaría serlo, si Júpiter me lo concediera. ¿Crees por ventura que el reinar sea la peor desgracia para los hombres? No es malo ser rey, porque la casa del mismo se enriquece pronto y su persona se ve más honrada. Pero muchos príncipes aquivos, entre jóvenes y ancianos, viven en Ítaca, rodeada por el mar: reine cualquiera de ellos, ya que murió el divinal Ulises, y yo seré señor de mi casa y de los esclavos que éste adquirió para mí como botín de guerra.»

399 Respondióle Eurímaco, hijo de Pólibo: «¡Telémaco! Está puesto en mano de los dioses cuál de los aqueos ha de ser el rey de Ítaca, rodeada por el mar; pero tú sigue disfrutando de tus bienes, manda en tu palacio, y jamás, mientras Ítaca sea habitada, venga hombre alguno a despojarte de los mismos contra tu querer. Y ahora, óptimo Telémaco, deseo preguntarte por el huésped. ¿De dónde vino tal sujeto? ¿De qué tierra se gloría de ser? ¿En qué país se hallan su familia y su patria? ¿Te ha traído noticias de la vuelta de tu padre ó ha llegado con el único propósito de cobrar alguna deuda? ¿Cómo se levantó y se fué tan rápidamente, sin aguardar a que le conociéramos? Dado su aspecto no debe de ser un miserable.»

412 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Eurímaco! Ya se acabó la esperanza del regreso de mi padre; y no doy fe á las noticias, vengan de donde vinieren, ni me curo de las predicciones que haga un adivino a quien mi madre llame e interrogue en el palacio. Este huésped mío lo era ya de mi padre y viene de Tafos: se precia de ser Mentes, hijo del belicoso Anquíalo y reina sobre los tafios, amantes de manejar los remos.»

420 Así habló Telémaco, aunque en su mente había reconocido a la diosa inmortal. Volvieron los pretendientes a solazarse con la danza y el deleitoso canto, y así esperaban que llegase la obscura noche. Sobrevino ésta cuando aún se divertían, y entonces partieron y se acostaron en sus casas. Telémaco subió al elevado aposento que para él se había construído dentro del hermoso patio, en un lugar visible por todas partes; y se fué derecho a la cama, meditando en su espíritu muchas cosas. Acompañábale, con teas encendidas en la mano, Euriclea, hija de Ops Pisenórida, la de castos pensamientos; a la cual comprara Laertes en otra época, apenas llegada a la pubertad, por el precio de veinte bueyes; y en el palacio la honró como a una casta esposa, pero jamás se acostó con ella a fin de que su mujer no se irritase. Aquélla, pues, alumbraba a Telémaco con teas encendidas, por ser la esclava que más le amaba y la que le había criado desde niño; y, en llegando, abrió la puerta de la habitación sólidamente construída. Telémaco se sentó en la cama, desnudóse la delicada túnica y diósela en las manos a la prudente anciana; la cual, después de componer los pliegues, la colgó de un clavo que había junto al torneado lecho, y de seguida salió de la estancia, entornó la puerta, tirando del anillo de plata, y echó el cerrojo por medio de una correa. Y Telémaco, bien cubierto de un vellón de oveja, pensó toda la noche en el viaje que Minerva le había aconsejado.

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