Nadie tiene derecho | Relato corto de Antonio Cerezo

Sé que es la ley de la vida y la acepto. He envejecido. No tengo la misma agilidad de antes, mi cuerpo está cansado, mis ojos ya no ven bien. La tristeza que siento no es por eso: es por los desplantes que ahora me hacen, por la indiferencia que me manifiestan, por la manera despectiva como me miran. Realmente no es justo. Tantos días, tantos años de convivir, de querernos, de ayudarnos, no son para echarlos por la borda, para despreciarlos así de esa manera. Desde que llegué a esta casa me sentí contento. Eran palpables la felicidad y el cariño; la alegría por la vida. Ah, ¡cómo sabíamos gozarla!, los paseos por el campo, los baños en el agua tan limpia del río —nuestro río— a tan poca distancia de la casa, los juegos bajo la lluvia… En verdad, una niñez maravillosa, unos años inolvidables que se prolongaron bastante, por los que puedo afirmar que en realidad la vida vale la pena. Esos goces, esos placeres indescriptibles de nuestros años mozos justifican plenamente la existencia. Añoro los paseos de los domingos durante los cuales visitábamos la finca y podíamos corretear a nuestro sabor y antojo; abundaba la comida. Qué manjares tan deliciosos los que comíamos. Hay mucha diferencia con lo que ahora como; no tanto por la calidad de la comida, que sigue siendo buena, sino por la manera como lo hago; por el ambiente que se siente tan pesado y con un silencio que pesa. Le he perdido el gusto a la comida. La vida es así; va cambiando a los humanos poco a poco, tanto que los vuelve como si no fueran las mismas personas, como si tantos años de vivir juntos, de compartirlo todo, pudieran echarse tan fácilmente al olvido, a la profunda oscuridad de la noche. Yo sé que cada quien debe formar su propia familia; es lo normal, lo correcto. Sin embargo aún recuerdo el tremendo golpe, la gran tristeza que sentí cuando Jorge se fue de la casa; cuando se casó. Cada vez que venía a visitarnos era para mí motivo de fiesta: jugábamos, nos hacíamos sentir nuestro cariño. Aprendí a querer a su esposa y ella me profesaba también gran amor. Los años fueron pasando. Los rostros de mis seres queridos se tornaron serios, como si constantemente se mantuvieran con problemas. No sé por qué la gente es así: parece que no acatara la realidad, que no aceptara que los años pasan. Parecen no sentir satisfacción por ver el sol y las estrellas, los árboles verdes y los pájaros que cantan. No los entiendo. Sus pequeños hijos fueron el aliciente de esos días: sobre ellos pude volcar mi amor y mi amistad. Realmente no es problema estar viejo; siempre se encuentran razones para amar la vida. Lo que añoro de esa época es la amistad, el cariño, la comprensión que siempre nos tuvimos. Jamás nos importó que no hubieran vínculos sanguíneos; crecimos como hermanos, nos protegimos siempre los unos a los otros. Recuerdo que no podía ver —y aún hoy, aunque mis reflejos no sean ya los mismos— que alguien se acercara a los miembros de mi familia con aviesas intenciones, ni siquiera con un simple signo que denotara poca cordialidad, porque me abalanzaba sobre ellos para proteger a los míos. Tenían que calmarme y yo, pese a mi desconfianza, cedía. Sin embargo permanecía siempre alerta, dispuesto a defenderlos. Ahora me da tristeza verles sus caras, sus actitudes. Ya no son lo mismo. Parece como que la vida se les hubiera vuelto pesada. Como si siempre cargaran sobre la espalda un sinnúmero de problemas. Ya no tienen tiempo de compartir, de brindarse unos a otros. Me hiere mucho que cuando deseo hacerles cariño me desprecien, que me vuelvan a ver con indiferencia y hasta con rencor, porque yo, pese a los años que tengo encima, a tantas situaciones que me han dolido, los sigo queriendo como los primeros días, como en los días de nuestra juventud, como siempre. Sólo la muerte podrá hacer que los deje de querer. Y quién sabe, creo que aun después de muerto los seguiré queriendo. Me da tristeza verlos tan solitarios, tan taciturnos. Y lo malo es que no sé cómo salir de esto. No hay nada peor que vivir entre gente que no habla, que no tiene tiempo para querer. Ya ni la comida me llama la atención. A veces no como y es por eso: porque la tristeza que hay en el ambiente me espanta el hambre. Porque ya no como con gusto. Porque no es lo mismo que le den a uno la comida con cariño a que se la tiren casi con desprecio. Estoy triste porque los veo caminar como muertos, porque nadie tiene derecho a menospreciar a otros, de comportarse de manera tan absurda, de encerrarse en las sombras sin paredes, de no ver la belleza de la vida. Nadie tiene derecho. Ni ellos que son simples humanos, ni yo que sólo soy un perro viejo y cansado.

Antonio Cerezo

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