Por el camino | Relato corto de Antonio Cerezo

Estaba cansado. Llevaba ya casi tres horas de ascenso por aquella pendiente en lucha constante con el lodo y las piedras. El sol aún no había comenzado a desplegar sus rayos, pero se encontraba empapado de sudor; de ese sudor hediondo que se impregna en las ropas volviéndolas pegajosas y picantes; pestilentes, asqueantes. Pese a todo conservaba el paso. Iba rápido pues sentía a sus espaldas el andar presuroso de sus perseguidores. Lo que menos deseaba era ser atrapado. La experiencia anterior había sido terrible: nueve meses de cárcel. ¡Ah! cómo había sufrido. Ese día en que los atraparon a él y a Mario pensó que sus vidas se apagaban: la carrera desesperada, los disparos al aire, la caída. Después llegaron los golpes; cómo dolían aquellos culatazos, las patadas de los gendarmes y los tirones de pelo. El interrogatorio: las cachetadas, los golpes, el hambre, la sed. Cuando logró la cima se encontró de pronto frente a un paisaje impresionante: pinos inmensos que resaltaban su esplendor al contrastar con el cielo azul y el brillo de un sol incipiente; la verdura del pasto y las rocas inmensas bañadas de rocío que despedían luces multicolores, y los pájaros que esparcían en el ambiente el dulce trinar de la alegría de sus corazones por el enorme placer de vivir. ¡Qué carrera aquella! Cuando se vieron descubiertos salieron despavoridos y trataron a toda costa de escapar de sus perseguidores. Estaban a punto de lograrlo cuando aparecieron frente a ellos dos policías e inmediatamente los atraparon. Los llevaron a empellones hacia la residencia del afectado y allí comenzaron los golpes, los tirones de pelo, las patadas. Suplicaron, dieron razones, hicieron promesas, pero todo fue en vano. Media hora más tarde salían escoltados hacia el cuartel de policía más próximo. Perdió valiosos minutos en la contemplación de aquel paisaje. Se sintió elevado a un lugar de ensueño, donde olvidó por un momento el problema. Volvió a la realidad y, como impulsado por un resorte, comenzó de nuevo a caminar. Esta vez con más prisa tratando de recuperar el terreno perdido. Se sumergió en la vereda de la izquierda y entre resbalones, tropezones, rayones de espinas, siguió adentrándose en el bosque procurando alejarse de quienes lo seguían. En el cuartel de policía fueron encerrados en una celda oscura. Perdieron la noción del tiempo. Sentían hambre, frío, sed, flato. Entonces comenzaron los interrogatorios: que quiénes eran sus cómplices, que dónde estaban los objetos robados, que dónde vivían, cuál era el nombre de sus padres, direcciones, etc. se sentían desfallecer, atosigados por tantos problemas, tantas preguntas. Sus cuerpos necesitaban agua, comida, y sus almas calor, comprensión. Pasaron dos, tres, quién sabe cuántos días. El próximo pueblo debía estar ya como a ocho kilómetros. Allí tenía amigos que podrían ayudarlo. Ellos comprenderían. El cielo se tornó gris, el aire húmedo y la tormenta se desencadenó. El barro parecía jabón; le costaba un triunfo avanzar pero su voluntad crecía con cada resbalón, con cada segundo que transcurría. Estaba cansado pero su única alternativa era avanzar y avanzar; poner más tierra de por medio entre él y los de atrás. Un aire puro, impregnado de olores de vida, se le metía por la nariz y por la boca e hinchaba sus pulmones purificándolos; caminaba e inhalaba vida. ¡Qué diferencia!, este aire robustecía su cuerpo. Por fin el aire viciado de aquella celdita pasó al olvido: los trasladaron a la granja penal. Entonces pudieron ver a sus padres. Consultaron abogados, a gente con experiencia, e iniciaron la lucha por su libertad. La granja era amplia: con dormitorios bien equipados, un comedor, una capilla, y áreas verdes rodeando el penal. Por lo menos eso tenían: aire puro, aunque lo respiraran encerrados dentro de aquel círculo de alambre de púas que electrizaban por las noches. Ante sus ojos apareció aquel riachuelo de agua cristalina. Tal parecía que Dios lo protegiera del invierno, conservándolo limpio. En él jugueteaban los pececillos de colores disfrutando de una sencilla libertad, de la pureza del ambiente, del colorido de la vida. Se zambulló como queriendo arrancar de aquel remanso algunos trozos de felicidad; como queriendo lavar su alma con el agua cristalina que corría libre, sin problema, sobre su cauce largo forjado con arena fina cual si fuera un listón de seda. Vio hacia el cielo que seguía derramando agua, cual si quisiera desahogar sus penas y sus preocupaciones. Afortunadamente les asignaron el mismo cuarto. Pese a todo, ahora comían bien, respiraban aire sano, podían ver a sus familias de vez en cuando, y lo más importante, podían luchar por su libertad. Sus padres comenzaron a hacer lo necesario para su defensa: relaciones, abogados, dinero. Iniciaron su convivencia con los demás reclusos e hicieron algunas amistades; recibían consejos: no se junten con ese, cuidado con aquel, el de aquella celda es asesino. La tristeza de sus corazones se hizo blanda; por lo menos ya no los golpeaban ni tenían que soportar aquellos largos interrogatorios y surgía la esperanza de recobrar la libertad. ¡Por fin! allá a lo lejos divisó el pequeño poblado. Parecía que iba a lograrlo. Tuvo el impulso de correr pero las condiciones del terreno no se lo permitieron; resbaló una, dos veces; cayó, se levantó y continuó. Quería llegar, ansiaba llegar, necesitaba llegar. Pasaron dos pájaros volando. Admiró en ellos la facilidad para surcar los aires; los vio planear, descender en picada y posarse en una rama del árbol frondoso que tenían enfrente. Eran libres; no necesitaban esconderse de perseguidores, no sabían huir; aún no los había molestado el hombre. Se detuvo un momento; ya el sol había vuelto a brillar y los destellos que producía su luz al posarse sobre las gotas de agua eran impresionantes. Sintió deseos de sentarse, de acariciar, de palpar aquella felicidad, aquella tranquilidad del ambiente, de la naturaleza. El tiempo transcurrió, los trámites se volvieron engorrosos. Cada vez veía más lejos el día de la libertad. Desapareció casi por completo la posibilidad de una rápida liberación. Tenían ya tres meses de estar detenidos; el ambiente del penal se hizo sentir: luchas entre los reos, homosexualidad, juegos de azar que provocaron atentados, varios de ellos mortales. Se respiraba angustia, desesperación, incertidumbre. Sus familias llegaban a verlos regularmente. Les daban dinero, les llevaban comida, ropa, pero no recibían las buenas noticias que esperaban: la ansiada libertad no llegaba. Sabía que no podía detenerse: sus perseguidores lo alcanzarían y lo llevarían a golpes al encierro. ¡No! deseaba ser libre. Si tan sólo tuviera fuerzas para llegar al poblado. Ahí encontraría quien lo ayudara; tenía amigos, conocidos, familia. Una vaca con su ternero pacían con toda tranquilidad; a un ruido suyo volvieron a ver con lentitud, con indolencia, y siguieron comiendo como si nada. Lo vieron sin importancia; tal parecía que supieran que era un fugitivo; que no podía detenerse, que estaba preocupado por correr, por huir. Ya el poblado estaba a su alcance; sabía que lo lograría; lo sentía. Sus piernas desfallecían pero su voluntad era grande. Un compañero amaneció muerto en su cama; lo acuchillaron. Nadie supo quién fue. La tensión aumentaba: iban al baño los dos juntos, se cuidaban el uno al otro, se mantenían alerta. Por más que trataron de evitarlo, la pelea se suscitó: se enfrascaron en lucha cerrada con otros dos reclusos; se metieron otros, se formó un alboroto. La batalla campal se desencadenó con furia. Se escucharon silbatos, gritos, carreras. Apareció el director del presidio, los guardias, la policía especial, y disolvieron el tumulto de gente a bastonazos, empujones, jalones. Las bombas lacrimógenas comenzaron a escupir el humo asfixiante, irritante, inaguantable. Los árboles de la plaza central le parecieron pilares de alegría que surgían de la tierra como hileras de esperanza. La gente se cruzaba ante él. Algunos lo veían con curiosidad; otros lo ignoraban. Él veía al frente; había llegado al pueblo y ahora debía encontrar a su familia, a sus amigos. Sabía que sus perseguidores llegarían de un momento a otro. El calor lo asfixiaba. El sudor le chorreaba por el cuerpo convertido en ríos de angustia que desembocaban en un mar de esperanza. Casi lo había logrado; lo más difícil había sido vencido. Las represalias no se hicieron esperar: los encerraron en celdas estrechas, la comida disminuyó, los castigos llovieron. Sus familiares llegaron angustiados: indagaron, observaron, opinaron. Los días transcurrieron y por fin los llamaron para ir al juzgado. Viajaron en autobús y en sus mentes llovía un cúmulo de ideas, de esperanzas, de ilusiones. Se presentaron ante el juez: los indagó, estudió sus expedientes y los condenó. Salieron de ahí cabizbajos, arrepentidos, llorosos. Tocó a la puerta y salió ella: la abrazó y lloró. ¿Cómo estás? Preguntas: que por qué vienes así, que por qué no avisaste, que a qué se debe la angustia. Explicaciones, reproches, consejos. La prisa por esconderse no le permitió saborear bien la comida; tragó sin masticar, bebió agua de prisa. ¡No podía ser! Nueve años era toda una vida. Ese juez estaba loco; sus familiares tendrían que apelar aunque las esperanzas estuvieran casi perdidas. Recordaron y comentaron su aventura: el dinero ganado, los viajes, las diversiones; su captura, los interrogatorios, las torturas. Se oyeron carreras en la calle, gritos, bulla. Ellos habían llegado… Su cuerpo sacudido por violentos movimientos que lo sacan de su ensimismamiento; la voz de su compañero de celda que lo invita a formar en la fila para recibir el rancho de los presos…

Antonio Cerezo

Nadie tiene derecho | Relato corto de Antonio Cerezo

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