Relato de guerra de Rafael Garcés Robles: Casas de zinc

Las quince casas esparcidas por la ladera con sus techos cubiertos de zinc eran vistas desde el avión de guerra cual espejo roto, cuyos pedazos brillaban regados en desorden ante el sol canicular del agosto veraniego. El objetivo militar era bombardear desde el aire el caserío y atacarlo por tierra con la infantería. La orden contundente de Valencia, el “presidente de la paz”, durante el Frente Nacional de Colombia era arrasar a Marquetalia y a todas esas repúblicas independientes de guerrilleros.

Al día siguiente, la prensa anunció al país la victoria de la democracia al abatir a veintiún bandoleros, y el presidente en su alocución anunció además que el ejército, en un gesto humanitario y de sobresaliente solidaridad, había rescatado a dos menores de tres y cinco años de edad, quienes habían sido entregados a las damas grises de la capital para su cuidado y su educación.

María y su hijo Floro, quienes en el momento del ataque se encontraban en la huerta, tuvieron que esconderse durante tres días entre los matorrales y las rocas, ante el temor de ser encontrados y asesinados; al salir de su escondrijo y al volver a la vereda, se encontraron con el macabro panorama de muerte, cenizas y destrucción total; en vano buscaron entre los escombros algún indicio de Antimo y del pequeño Aurelio;  ¡a los difuntos se los llevaron de trofeo y a los niños se los llevaron para bautizarlos!,  gritó desde la sombra del arrayán doña Nicaubles y, al tiempo que se abrazaron en un solo llanto, continuó diciendo, me vieron tan vieja que les dio pena gastar un tiro, había sido mil veces preferible que me hubiera caído encima ese avión asesino y no ver caer acribillados a todos, a mis familiares, a mis vecinos; a su hijo Aurelio y a Toñito mi nieto, se los cargaron.

María, abrazada de su hijo, le habló y le habló sin parar durante muchas horas en el camino que emprendieron con rumbo a ninguna parte: Nos pusimos la soga al cuello el día que fuimos todos los campesinos de la vereda a reclamarle al alcalde que nos arreglara el camino y nos nombrara un maestro; y le juramos que de lo contrario no votaríamos por nadie; ¡o votan o votan!, nos gritó y nos mandó a sacar con la policía a empujones y a golpes; allí fue cuando Antimo se emputó y cachetió al policía, luego de ver que me pateaba en el piso; de no haber sido por el curita que se metió, en el parque frente a la iglesia nos habían matao a todos.

¡No descanse Floro en buscar a su hermano Aurelio!”, fue lo último que dijo María antes de morir; tres meses soportó María el dolor de la tragedia, sólo tres meses; la mataron los disparos que se habían anidado en su corazón.

Casi terminando la niñez, Floro buscó en la serranía a los muchachos del comandante Guadalupe y se enroló en sus filas; Floro empezó como guerrillero raso, pero con el ímpetu del hambre por encontrar a su hermano y con la sed por vengar la muerte de sus padres, alcanzó prontamente lugares de privilegio en las filas insurgentes; aunque no fue a la escuela, él sabía leer el tiempo, la desconfianza y las pisadas del enemigo; y así como sus padres con amor le entregaron la pala para trabajar la tierra, recibió también con rencor el fusil de la venganza hasta lograr ser comandante del escuadrón “Fulgencio Rojas”. A pesar de los sobresaltos, de los ires y venires, de las huidas en estampida durante noches interminables, de los traqueteos y de los ruidos de los helicópteros perseguidores, Floro tenía momentos para recordar los abrazos de su madre, la reciedumbre de su padre enseñando las labores del campo, repasaba las reuniones con la  comunidad donde se repartían sus pobrezas y criticaban el abandono del estado, añoraba  los ratos de juegos correteando las aves o los cosquilleos que le hacía a su hermano Aurelio, levantando su camiseta para verle ese lunar azuloso que tenía alrededor del ombligo, el cual con las risotadas transformaba la mancha en una laguna ondeante al igual que al runrún de los vientos.

Ya han pasado veinte años, veinte años con la obsesión de encontrar a su hermano; con regularidad, Floro enviaba emisarios de su escuadra a indagar y a espiar a la capital en los posibles lugares donde podrían tener noticias de Aurelio; guardaba alguna esperanza de cumplirle el último deseo a su madre; aunque sospechaba también con desesperanza que Aurelio ya no sería el Aurelio de su infancia, que Aurelio era un difunto más de su aniquilada familia; a Floro le hervía la sangre y la impotencia le hacía acrecentar más odio, el odio acumulado a través del tiempo y de los recuerdos.

Uno de los campesinos milicianos del escuadrón insurrecto logró comunicarse con el comandante Floro para informarle de que había visto movimientos raros en la zona y a personas extrañas preguntando por nombres inexistentes de la región. Los insurgentes se alertaron, se replegaron y se prepararon para una posible confrontación, no sin antes haber revisado las minas “quiebrapatas”, haber puesto hombres en lugares estratégicos de vigilancia y con presteza para el combate; Floro sospechaba por su experiencia bélica que el ataque podría darse en la madrugada del sábado siguiente, puesto que el ejército podría aprovechar el tiempo favorable del clima paramuno que se daba por esos días; se replegaron a esperar con paciencia al enemigo; Floro estaba seguro de que la tropa caminaría a tientas porque desconocían el terreno que pisarían y peor aún, no sabían con exactitud la ubicación de su escuadrón ni sus movimientos.

¡Llegó la noche del gran ataque, la explosión de una mina “quiebrapatas” anuncia el inicio de la confrontación y la delación del territorio por donde se desplegaba el ejército! ¡Ya sabía la insurgencia hacía dónde debían sus armas apuntar sin cesar! ¡La intensidad del combate en medio de las tinieblas de la noche hacía por momentos clarear la escena del enfrentamiento! ¡La batalla duró algo más o algo menos de una hora! ¡De pronto, los fusiles se callaron!  ¡De un militar se oyeron los gritos de retirada, y por el sendero del riachuelo se escuchó la estampida!  ¡Volvió el silencio del miedo, de la zozobra y el temor de la espera!

Con los primeros rayos del sol, salieron cautos en grupos a inspeccionar la zona y un grito de triunfo retumbó en los oídos de los guerrilleros:

–¡Mi comandante Floro, acá hay un enemigo muerto con todos los fierros puestos, es un soldado con un lunar azul tatuado en el ombligo!

Rafael Garcés Robles

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