‘Perdido en el Atlántico’, de Pedro Menchén (Prefacio y Capítulo I)

Os presentamos, como adelanto editorial, las primeras once páginas del libro Perdido en el Atlántico, de Pedro Menchén (Sloper, Palma de Mallorca, 2022), que incluyen un breve prefacio y el primer capítulo.

PREFACIO

Mi padre, Billy Allen White, desapareció de mi vida cuando yo tenía tres o cuatro años. No lo sé exactamente. Sólo sé que durante un tiempo tuve padre y luego ya no lo tuve. Lo recuerdo muy alto, joven, prácticamente un adolescente, jugando con una pelota en el patio trasero de la casa. Recuerdo su alegría inocente, casi infantil, y su entusiasmo atolondrado por cualquier cosa que hacía; recuerdo que aquel día golpeó con la pelota la espaldera que él mismo había pintado unas horas antes; mi madre lo vio casualmente y comenzó a gritarle furiosa; entonces él dejó de jugar, cogió la pelota manchada de pintura blanca, la arrojó por la ventana del sótano y se quedó allí, en medio del césped, con un gesto de resignación o de desaliento que me conmovió, un gesto cuyo significado sólo entendería muchos años más tarde. Es curioso, pero de entre tantas cosas como debieron ocurrir durante el breve tiempo que mi padre vivió con nosotros, eso es lo único que yo recuerdo de él.

Después, mi padre ya no estaba allí. Cuando quise darme cuenta, se había ido. Pasó algún tiempo, algunos meses o un año (no estoy seguro), hasta que regresó. Venía acompañado por una mujer rubia, muy risueña, que parecía una estrella de Hollywood. Mi padre quiso que subiera con ellos en el coche para darme una vuelta por la ciudad, algo que a mí me entusiasmó, pues mi mamá aún no tenía coche, pero ella no se lo permitió. Billy me dijo, con un gesto de complicidad, que volvería después a buscarme. Sin embargo, mi mamá nos llevó a mi abuela Lena y a mí al cine aquella tarde y, cuando regresamos, por la noche, él no estaba esperándome en la puerta de casa, como yo había imaginado que haría. Confié que volvería a verlo al día siguiente, pero ya no se presentó nunca más y, al final, me olvidé de él.

Cuando fui a la escuela, todos los muchachos tenían papá, excepto yo, y no sabía por qué. Mi mamá decía que él no estaba en casa porque era un egoísta y un irresponsable, un perezoso, un holgazán, uno de esos tipos que se desentienden de su familia y sólo piensan en divertirse. Si yo no andaba con cuidado, acabaría siendo como él. Durante mi infancia tenía el convencimiento de que mi padre era un hombre malo y de que mi destino era seguir sus mismos pasos si no hacía lo que me decía mi mamá.

Yo quería mucho a mi mamá. Ella cuidaba de mí cuando estaba enfermo y todas esas cosas. Aunque, en realidad, como ella tenía que ir a trabajar y se ausentaba de casa la mayor parte del día, era mi abuela Lena la que cuidaba de mí. Mi abuela me trataba con cariño y ternura, mientras que mi mamá, sin saber por qué, me trataba con brusquedad e impaciencia y siempre estaba de malhumor.

Luego todo cambió durante mi adolescencia. Para entonces, mi abuela ya había muerto y yo empecé a observar la vida de otro modo. Empecé a pensar por mí mismo y a tener mi propio criterio sobre las cosas. Quería escapar. Quería descubrir el mundo, pero mi madre intentaba retenerme y me imponía cada día nuevas exigencias. Inevitablemente, había conflictos entre nosotros y, cuando discutíamos, ella siempre me decía: «Eres igual que tu padre. No puedes evitarlo».

Cuando era niño esas tácticas suyas funcionaban, pero ahora yo me daba cuenta de que mi madre intentaba manipularme y me preguntaba hasta qué punto habría manipulado también a mi padre. No era fácil para mí convivir con ella y comprendí que no debió de ser fácil tampoco para él.

Tenía diecisiete años cuando decidí ponerme en contacto con mi padre. A través de mi abuela Mary Anne, quien vivía en Port Lavaca, Texas, conseguí su dirección y le escribí. Él me respondió e iniciamos una relación epistolar de la que no llegó a tener conocimiento mi madre. En la primera carta que le escribí a Billy le dije que le perdonaba todo lo que me había hecho a mí, pero no lo que le había hecho a mi madre. Ahora lamento haber escrito aquellas desafortunadas palabras, ya que eran totalmente equivocadas. Abandonarme, olvidarse de mí y no enviar dinero para mi manutención, eran cosas que estaban mal y que yo podía reprobar, pero lo que le dije sobre mi madre carecía de fundamento, ya que en realidad yo ignoraba lo que había pasado entre ellos dos, si él le hizo algún daño o no y quién tuvo la culpa de su separación.

En cualquier caso, continuamos escribiéndonos y yo siempre me alegré de tener noticias suyas. Aquel día de octubre de 1966, poco antes de que Billy se presentara en nuestra casa de McCready Avenue, en Louisville, Kentucky, después de veinte años, le confesé a mi madre que había mantenido correspondencia con él y ella se enfadó mucho conmigo y me acusó de deslealtad. El reencuentro entre ellos dos fue muy tenso, ya que mi madre no paró de zaherirle con sarcasmos y él no dejó en ningún momento de mostrarse irónico y arrogante.

A veces me he preguntado cómo hubiera sido mi vida si mis padres no se hubieran divorciado. Mis hermanos, los hijos que tuvo con su otra esposa, Sue, dicen que Billy era un buen tipo: un vividor, por supuesto, una especie de soldado de fortuna, aficionado al juego y a la bebida, pero simpático y afable. No tienen ningún recuerdo negativo de él. No obstante, pensándolo bien, tal vez haya sido mejor que mi madre y él se separaran. A decir verdad, me siento bien conmigo mismo y me gusta ser como soy. Quiero decir que, si hubiera tenido un padre mientras crecía, mis experiencias habrían sido distintas, no sé si mejores o peores, pero distintas, y yo no sería ahora exactamente tal como soy.

CAPÍTULO I

Mi madre, Gladys Schoedinger, era de origen alemán. Es decir, sus antepasados eran alemanes, aunque ella nació y vivió siempre en Louisville. Los antepasados de mi padre, sin embargo, eran británicos: ingleses y escoceses. Vivían en Estados Unidos desde antes de la Guerra de la Independencia. Se asentaron en el sur: Virginia, Tennessee, Mississippi y Texas. Mi padre nació en Petronila, Texas, que es una refinería de petróleo, cerca de Corpus Christi, pero creció en Port Lavaca, un pueblo de la costa del Golfo de México, entre Houston y Corpus Christi, donde sus padres tenían una pequeña granja. Mi madre, sin embargo, era urbana y de clase media. Siempre me he preguntado cómo es posible que se conocieran dos personas tan diferentes. La respuesta está en la Segunda Guerra Mundial. Mi padre, como muchos hombres jóvenes, se había alistado en el ejército y se hallaba en Fort Knox, a unas treinta millas al sur de Louisville, esperando que lo enviaran al frente. Era primavera y los Estados Unidos no entraron en la guerra hasta diciembre de 1941. Mientras tanto, mi madre colaboraba como voluntaria en la United Service Organizations (USO), una especie de ONG creada aquel mismo año para procurar ayuda de tipo moral, ocio y entretenimiento a los soldados, lo que propició que ellos dos se conocieran, se enamoraran y se casaran.

En realidad, mi padre no estuvo todo el tiempo en Fort Knox, como yo creí al principio. Lo enviaron después a Bowman Field, el aeropuerto de Louisville, en el que había un destacamento de la Fuerza Aérea, llamada entonces Cuerpo Aéreo del Ejército, donde aprendió a volar. Desde principios de 1941 había muchos militares en Louisville y, como he dicho, abrieron un centro de la USO en la ciudad, cerca de la estación de autobuses, al que acudían los soldados y también muchas mujeres jóvenes como voluntarias. Gladys, mi madre, iba a aquel centro dos o tres noches por semana. Se relacionaba con los chicos e incluso llegó a salir con alguno de ellos, aunque sin comprometerse con ninguno. Hasta que conoció a Billy y se enamoró de él. Mi madre tenía entonces 22 años y él 19. En aquella época esa diferencia de edad entre un hombre y una mujer podía ser decisiva, así que él la engañó y le dijo que tenía 23 años. Billy era un chico del sur, alto y delgado, con mucha personalidad y una encantadora sonrisa. A ella, desde luego, le pareció distinto de los demás y enseguida se sintió atraída por él. Ignoro cuánto tiempo duró su compromiso, pero sí sé que, mientras tanto, mi padre iba de acá para allá con los aviones de suministro y que, finalmente, mi madre y él se casaron el 4 de julio de 1942 en la iglesia baptista de Port Lavaca.

Durante la guerra mi padre estuvo dentro y fuera de los Estados Unidos, dedicado a los aviones de suministro. Después de un cierto tiempo en Bowman Field, lo destinaron a Love Field, en Dallas. Cuando acabó la guerra, mi padre dejó el ejército y comenzó a trabajar en Brownsville, al sur de Texas, como piloto de un avión fumigador. La empresa le proporcionó una casa, cerca de aquella ciudad, y allá nos trasladamos mi madre y yo (que tenía unos tres años) para vivir con mi padre. Pero cuando mi madre vio la casa, se plantó en medio del salón y dijo que no estaba dispuesta a vivir en un lugar semejante. No sé exactamente lo qué pasó. El caso es que mi madre y yo regresamos a Louisville, donde seguimos viviendo con mi abuela Lena, en la vieja casa que mi abuelo Edward Schoedinger había comprado en una subasta cuando mi madre era aún una niña. Mi padre nos siguió hasta allí poco después y trató de encontrar un empleo, al parecer sin éxito, y finalmente regresó a Texas. Se divorciaron y, aparte de aquel día en que nos visitó con la mujer rubia de Delaware, yo no volví a verle durante veinte años. Mi madre siempre estuvo convencida de que la culpa de que se separaran había sido de mi padre, pero yo creo que si ella lo dejó escapar es porque no lo quería de verdad, que tal vez pudo más el orgullo que el amor que sentía por él.

Años después, Billy se casó de nuevo con una mujer de Texas, llamada Sue, con la que tuvo dos hijos: Mike Steven y James Patrick. Todos ellos vivieron durante algún tiempo en Liberia (un país de la costa occidental de África). Ignoro cómo y por qué llegaron hasta aquel país. Tan sólo sé que Billy era copropietario de una línea aérea, cuyos aviones eran tan pequeños que podían aterrizar casi en cualquier sitio.

Aquel domingo de octubre de 1966 en que Billy llegó a Louisville, me llamó desde el aeropuerto. Estaba de paso por la ciudad, dijo, y le gustaría verme. Mi madre se opuso enseguida a aquel encuentro. Pero yo me enfrenté a ella y lo invité a venir a casa. Era la primera vez que desobedecía abiertamente una orden de mi madre.

Billy se presentó, pues, en la vieja casa que mi madre había heredado del abuelo Edward Schoedinger, en McCready Avenue, y estuvo con nosotros una hora y media aproximadamente. Todavía era un tipo alto y joven, de poco más de cuarenta años, aunque no tan delgado como yo lo recordaba. Mi madre no lo trató con demasiada cortesía y él le plantó cara con sarcasmos e ironías, sin perder en ningún momento el buen humor, algo que me produjo admiración. Yo había pensado que ella ni siquiera querría hablarle, pero al final habló más que nosotros dos. Todavía estaba enojada con él y se comportó como un juez que interroga a un convicto peligroso. Quería saber si bebía o si jugaba, si aportaba dinero para los gastos de sus hijos, si éstos iban a la iglesia y todo lo demás. La situación fue muy tensa y desagradable. Mi madre también estaba muy enfadada conmigo por la confesión que le había hecho un rato antes sobre mi relación epistolar con Billy, así que guardo un doloroso recuerdo de aquel encuentro y siempre he lamentado que él y yo no nos hubiéramos visto en otro lugar, sin la presencia de mi madre.

Después, acompañé a Billy con mi propio coche al aeropuerto. Hablamos durante el trayecto de Liberia, de mis hermanos (a quienes yo todavía no conocía), de los aviones y de su compañía, la Major & White. Decidí entonces que algún día tenía que visitarle en Liberia, pero no le dije nada. Creía que aún tendríamos tiempo de sobra en el futuro. Cuando llegamos al aeropuerto, mi padre me mostró su avión: un pequeño Beechcraft de color amarillo, de unas seis u ocho plazas, con el distintivo de su compañía. Pero yo no manifesté apenas interés por aquel avión y supongo que eso le decepcionó.

A decir verdad, en aquel momento yo estaba muy preocupado por mi madre, pues la había dejado en casa muy enojada conmigo, así que me sentía nervioso y quería regresar. Pienso ahora que mi madre ha envenenado los mejores momentos de mi vida con su afán manipulador. Me despedí de Billy antes de que despegara del aeropuerto y no sé si salió inmediatamente o si se quedó algunas horas más en la ciudad. Sea como fuere, tengo la sensación de haberlo dejado demasiado pronto, pues no recuerdo que él tuviera prisa por partir o por separarse de mí. El caso es que me marché y nunca más volví a verlo. Un mes después, recibí un telegrama de Sue diciéndome que el avión de Billy había caído en el Atlántico, cerca de las Azores, y había desaparecido. Jamás se encontraron restos de él o del avión y se le dio por muerto.

Sue y los chicos regresaron a los Estados Unidos en 1967 y se establecieron en Corpus Christi, Texas, donde los visité, por primera vez, en 1968, cuando me hallaba cumpliendo el servicio militar en Fort Sam Houston (San Antonio). Simpatizamos desde el principio y nos hicimos amigos. Aún hoy seguimos siendo amigos y nos visitamos o nos llamamos a menudo, a pesar de la oposición de mi madre, quien nunca quiso conocerlos ni tener trato con ellos.

Pero ese no fue el fin de la historia de Billy. Mi madre le tenía tanto odio (no justificado, a mi entender), que durante muchos años dudó que hubiese muerto. A veces decía:

—Realmente, sería muy propio de tu padre simular su muerte y darse por desaparecido.

En julio de 1998 estaba yo en Corpus Christi, pasando unos días de vacaciones, y una noche, mientras cenábamos en casa de mi hermano Patrick, le repetí este comentario y él me dijo:

—Siempre he creído lo mismo.

Le pregunté por qué y Patrick me contó que, cuando vivían en Monrovia, papá tenía la costumbre de volar sobre la casa al regresar de sus viajes. Ellos oían el ruido del avión y corrían enseguida al aeropuerto para recogerlo con el coche. Pues bien, aquel último día, cuando oyeron el ruido del avión, fueron al aeropuerto, pero en vez de Billy se encontraron con un tipo que no conocían de nada, llamado Victor Schrager, piloto de otro avión, y con los oficiales del guardacostas, los cuales les dieron las tristes noticias. Por lo visto, el avión de Billy había desaparecido dos o tres días antes. La fuerza Aérea y la Guardia de Costas le habían estado buscando sin ningún resultado. Como es lógico, deberían haber informado enseguida a la familia, pero nadie les dijo nada hasta aquel mismo momento y eso le dolió mucho a Sue. La cuestión, en cualquier caso, es: ¿quién voló, entonces, sobre la casa e hizo la señal habitual de saludo? Hay que tener en cuenta que la casa estaba lejos del aeropuerto, a una hora de distancia en coche, más o menos, y que no era un lugar por el que pasaran los aviones. Patrick estaba convencido de que había sido Billy y de que aquél había sido su modo particular de decirles adiós. En tal caso, pienso yo, la visita que me hizo a mí, un mes antes, en Louisville, habría tenido también el mismo propósito.

Patrick me confesó después que durante toda su vida había sentido la presencia de nuestro padre, como si hubiera estado observándolo a cierta distancia. Yo nunca he tenido tal sensación, pero, a fin de cuentas, era un adulto cuando él desapareció, mientras que Patrick todavía era un niño de diez años, predispuesto, por tanto, a este tipo de fantasías.

Un año más tarde tuve una extraña conversación con Frank Johnson, un primo de Carolina del Sur, el cual estaba convencido también de que Billy no había muerto en 1966. De hecho, aseguró haberlo visto algunos meses después de su desaparición.

—Quizás esté muerto ahora —me dijo con un tono de misterio en su voz—, pero no murió entonces.

A continuación me contó una historia fantástica, una historia que yo sólo me creo en parte, según la cual mi padre trabajó como agente de la CIA y su compañía de aviones, la Major & White, había sido tan solo una tapadera. En algún momento tuvo conocimiento de cierta información demasiado peligrosa y, ante el temor de ser asesinado, prefirió simular su propia muerte y desaparecer sin dejar huellas.

Pedro Menchén

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