Maggie O’Farrell escribe ‘Hamnet’ para la humanidad

La octava novela de la escritora británica Maggie O’Farrell es una obra maestra de la literatura de nuestro tiempo. Se titula Hamnet, apareció en su idioma original en 2020 y fue traducida al mío espléndidamente por Concha Cardeñoso Sáenz de Miera un año más tarde. Estoy todavía conmovido por su lectura, incluso ahora que me tomo la libertad, como una obligación moral, de escribir sobre su inconmensurable poder evocador para perturbarme maravillosamente como pocas creaciones humanas, especialmente las no musicales, son capaces de lograrlo.

Hamnet, que no es en modo alguno una novela histórica, al menos una novela histórica al uso, comienza con un texto de la autora encabezado con el marbete referencia histórica, un breve texto que sitúa la obra y dice así:

“En la década de 1580, una pareja que vivía en Henley Street (Stratford) tuvo tres hijos: Susanna y Hamnet y Judith, que eran gemelos.

Hamnet, el niño, murió en 1596 a los once años.

Cuatro años más tarde su padre escribió una obra de teatro titulada Hamlet”.

Seguidamente, citando al experto shakesperianista Stephen (Steven en la edición que leo, sic) Greenblatt, la autora norirlandesa nos aclara que Hamnet y Hamlet “son en realidad dos formas perfectamente intercambiables de un mismo nombre”.

Ya sabemos o creemos saber dónde, cuándo y con quién estamos. Comenzamos a leer y…

“En las cartas, su padre habla de contratos, de largas jornadas, de muchedumbres que arrojan cosas podridas si no les gusta lo que oyen, del gran río de Londres, del dueño de otro corral de comedias que soltó un saco de ratas en el momento culminante de su nueva obra, de memorizar versos y más versos, de vestuario perdido, de incendios, de ensayar una escena en la que se baja a los cómicos al escenario con una cuerda, de lo difícil que es encontrar comida por los caminos, de un escenario que se cae, de accesorios que se pierden o se estropean, de carros que se quedan sin ruedas y lo vuelcan todo en el barro, de tabernas que les niegan camas, de dinero ahorrado, de lo que necesita que haga su madre, con qué persona de la villa tiene que hablar de un terreno que le gustaría comprar, de una casa que sabe que está a la venta, de un campo que deberían adquirir para arrendarlo, de lo mucho que los echa de menos, de que les manda su cariño, de lo mucho que le gustaría poder besarles la cara de uno en uno, de que no ve el momento de volver junto a ellos”.

Hamnet es, a su manera tenebrosa y bella, una historia de fantasmas. No sé. Fantasmas que antes de serlo le pueden susurrar a su moribunda hermana gemela: “tú te quedas y yo me voy; quiero que te quedes con mi vida, es para ti, te la doy”.

La manera con que O’Farrell nos traslada a la Inglaterra de hace más de cuatro centurias es asombrosa. Como historiador, tengo la sensación de que es capaz de llevarnos a ese país extranjero (no hablo de Inglaterra, por descontado) que es el pasado como necesitamos ser transportados: como si fuéramos capaces de reconocerlo sin más extrañeza que la del recién llegado. La del viajero que cree saber a dónde va. Aquel mundo en el que la muerte era un personaje habitual, pero también portador de desdicha. La extrañeza del dolor presentido.

Maggie O´Farrell

“Qué difícil envolverlo. Qué difícil levantar la sábana por las esquinas y cubrirlo, ahogarlo en su blancura. Qué difícil pensar, saber, que después de esto nunca volverá a ver esos brazos, esos nudillos, esas espinillas, esa uña del pulgar, ese callo, esa cara”.

La verdadera protagonista de la novela es el prodigioso personaje que es la esposa de Shakespeare (no aparece una sola vez el apellido familiar en la narración, ni sabemos que él se llame William tampoco): Agnes. La sinestésica Agnes, que “sabía lo que iba a pasarle a una persona con solo mirarla fijamente”. A través de cuyo amor, cuyo dolor, atravesamos el portentoso libro que O’Farrell escribe con una sensibilidad a menudo enfebrecida, siempre en un estado de gracia fantástico.

“La fosa es toda una conmoción. Una grieta profunda y oscura en la tierra, como si la hubiera hecho al descuido una garra gigantesca. Está al fondo del cementerio. Más allá, el río describe un meandro lento y ancho y sus aguas cambian de dirección. Hoy está opaco, trenzado como una soga, corriendo siempre hacia delante”.

Dice de Hamnet su autora (concienzudamente informada de lo necesario) que “es el resultado de mis vanas especulaciones”. Maggie, no. Vanas especulaciones son las de las miles de novelas históricas que van al pasado a saquearlo sin más arte que algunas infructuosas pretensiones literarias. Esta novela tuya es el asombroso resultado de tus especulaciones artísticas, talladas ejemplarmente por medio de tus palabras sobre la imaginación del mundo.

José Luis Ibáñez Salas

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José Luis Ibáñez Salas es escritor e historiador. Visita su blog Insurrección

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