Vivir del aire y otros poemas | Un cuento de Miguel Bravo Vadillo

Cuando las musas me dijeron «Lo sentimos por ti, chaval, pero hemos decidido que serás poeta, concebirás versos en tu seno y darás a luz un poemario al que pondrás por título Vivir del aire y otros poemas», yo, como es natural, me conturbé por aquellas palabras y traté de discurrir sobre el sentido último de su mensaje. Pronto caí en la cuenta de que las gráciles siervas de Apolo no empezaron, precisamente, con el bíblico saludo –«Alégrate, lleno eres de gracia»–, y eso me hizo sospechar que de su embajada no cabía conjeturar motivo alguno para ser optimista.

¿Por qué yo?, ¿por qué a mí? No dejaba de preguntarme qué ignominia podría haber cometido en esta u otra vida para merecer aquella maldición. Para colmo de males, a partir de ese momento debí buscar un sitio adecuado para escribir, lo cual se convirtió para mí en una desconcertante odisea que habría de durar más tiempo de lo que en un principio me pareciera razonable (aunque reconozco que la de Ulises fue un pelín más larga y accidentada). Por otra parte, me vi obligado a leer más que el resto de mis amigos, lo que me obligó, a su vez, a cambiar su amistad de carne y hueso por la amistad de los libros. No se puede cultivar la amistad de los vivos cuando uno está todo el día cultivando la de los muertos, ya saben; y yo, como Quevedo, no hacía otra cosa que vivir en conversación con los difuntos (reconozco que leía poco a los escritores vivos, quizá porque con los clásicos era más difícil equivocarse). El caso es que, ni corto ni perezoso, traté de solventar lo mejor que pude aquellas exigencias del ilustre oficio de escribidor.

Con la lectura no tuve demasiados problemas, pues, aunque llena de lagunas ejemplares, pude acceder a algunas obras de prestigio gracias a la pequeña biblioteca de mi barrio. Más difícil me resultó encontrar un lugar adecuado para escribir. Y es que, por aquel entonces, yo era muy joven y aún vivía en casa de mis padres. No podía escribir en mi habitación, porque tenía que compartirla con mi hermano mayor: un troglodita que siempre estaba metido en nuestra cueva escuchando una especie de ruido infernal con el que se aporreaba el cerebro a todas horas. Tampoco podía escribir en el salón porque aquel era el pequeño feudo de mis padres, y allí el televisor estaba constantemente encendido, al tiempo que ellos no paraban de discutir sobre las cosas más nimias que puedan perturbar la felicidad humana. Supongo que por esta razón siempre me he preguntado cómo se las apañaba Jane Austen para escribir en el salón de su casa paterna, expuesta a todo tipo de interrupciones e intempestivas algarabías (claro que los Austen no tenían un aparato de televisión, y ese era un buen punto a su favor). Como ya se habrán percatado ustedes, es obvio que los adolescentes con ínfulas literarias también necesitan, como ya escribiera Virginia Wolf con respecto a las mujeres, una habitación propia en la que refugiarse para dar rienda suelta a sus menesteres creativos; y yo, mal que me pese, no la tenía.

Así las cosas, y a falta de una habitación propia, no me quedó más remedio que empezar a frecuentar una pequeña y trasnochada cafetería, la cual era mucho más silenciosa que la susodicha biblioteca pública. Mi apreciado lugar de retiro tenía mesas de mármol, y carecía de máquinas tragaperras y de otros artilugios vocingleros. A mediados de los ochenta, aunque difícil, no era imposible encontrar una cafetería que cumpliera semejantes requisitos. Por suerte, tampoco su clientela era vulgar y ruidosa: todos los parroquianos eran gente educada y muy creativa –artistas, por lo general, ensimismados en su propio mundo–. Aquel era, por tanto, un sitio ideal para escribir; y me gustaba creer que así habrían de ser las cafeterías que frecuentaban Joyce en Trieste o Hemingway en París, donde sin duda alguna tomarían café de alta graduación y escribirían cuentos de escaso beneficio económico (al menos por aquel entonces, cuando aún estaban vivos y los buitres que dirigen las editoriales no podían aprovecharse de las ventajas que ofrece el prestigio de un cadáver exquisito). Lástima que, apenas transcurrida una semana, no se me permitiera volver a poner los pies por allí; porque la interesada dueña de tan literario local (a la que yo, en mi quijotesca imaginación, había tomado por una benefactora de las artes) no entraba en razón y quería que le retribuyera mis exiguas consumiciones con dinero contante y sonante, en lugar de con poemas de amor que componía en loor de sus ojos, de su boca, de su cuello, de sus hombros…; pero no sigamos por ahí. Sin un duro en el bolsillo, no tardé en darme cuenta de que, si debía pagar siquiera un café diario, el negocio de la escritura, a falta de inminentes ingresos, acabaría dejándome en números rojos. Y así fue como me vi obligado a buscar un nuevo escritorio.

Tras varias semanas de infructuosa búsqueda, hallé aposento a mis delirantes ensueños en la casa de mi abuelo materno, que tenía en el segundo piso un pequeño desván destartalado, algo así como un viejo cuarto de juegos. Allí, entre juego y sueño, escribí mi primer libro de poemas, que por supuesto titulé Vivir del aire y otros poemas. Por suerte para mi futuro prestigio internacional nunca vio la luz. Aprovechando tamaño golpe de suerte, di aquí por finalizada mi carrera de poeta y acabé dedicándome a otra suerte de comercios, donde, por supuesto, no había que cultivar el poco fiable trato de las musas. Y aunque estas, cual sirenas malintencionadas, continuaron durante algún tiempo hostigando mis delicados oídos, pronto aprendí, auxiliado por algo de filosofía epicúrea, a hacer oídos de mercader (otros dicen oídos sordos, gajes del oficio) no solo a las equívocas insinuaciones de las sopladoras deidades del Parnaso, sino a todo cuanto no fuera de mi agrado y conveniencia. Debo constatar aquí que nunca me he arrepentido de ello.

Puede que la Providencia vista y dé de comer a los hombres (yo no soy quién para enmendar la palabra del Altísimo Ilustrísimo); pero, desde luego, ni viste ni da de comer a los poetas: será que a estos los tiene en menos estima que al pájaro y que al lirio. En cualquier caso, no hay motivos para quejarse si uno goza de buena salud en el cuerpo y sabias disposiciones en el alma. Y a mí, después de todo, no me va tan mal como vendedor ambulante.

Miguel Bravo Vadillo

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