Ernestina y el señor de la perrita | Un cuento de Miguel Bravo Vadillo

Una preciosa mañana de primavera, Ernesto –un hombre todavía joven, recién divorciado y sin empleo fijo; que vive en la calle Menacho, muy cerca de Rafaello– salió a la calle con su perrita de Pomerania para pasearla por el parque de Castelar. Pero en lugar de tomar la ruta más corta (tal como era su costumbre), decidió, guiado por un súbito presentimiento, ir por otro camino más largo.

Si Ernesto hubiese escogido el camino más corto, se habría topado, justo delante de la librería Universitas, con una joven desconocida llamada Ernestina –una muchacha de serena belleza y apariencia encantadora, alumna de último curso de Grado en Matemáticas–, que se habría detenido para preguntarle (no sin antes acariciar a la zalamera y sumisa perrita) en qué tienda había comprado aquel bonito collar que la Pomerania lucía. Ernesto habría respondido que se dirigía, precisamente, a la tienda donde realizó la compra y que si lo deseaba podía acompañarlo. La chica, que se habría sentido atraída por él desde el primer momento, lo acompañaría encantada, y durante el trayecto entablarían una conversación por la que descubrirían que, además de compartir el nombre (coincidencia que ambos tomarían como una señal de buena ventura), tenían aficiones e intereses comunes.

Una vez en la tienda, ubicada en Plaza de Portugal número siete, Ernestina compraría un collar ancho de color rosa pálido, adornado con brillantes abalorios: una auténtica monería, según sus propias palabras. Por su parte, Ernesto, ni corto ni perezoso, compraría un hueso de goma a juego con el collar de Ernestina. Por suerte para ellos, la dependienta los retendría unos segundos para hacer algunos mimos a la agradecida Pomerania. Ese tiempo sería más que suficiente para que, poco antes de salir, oyeran un estrépito en la calle. Al abrir la puerta comprobarían que se había desprendido un pedazo de cornisa del edificio y que, sin mayores consecuencias, había caído justo delante de la entrada al establecimiento. Ligeramente alarmados por lo que les hubiese podido suceder si la dependienta no hubiera acariciado a la perrita y ellos hubiesen salido de la tienda apenas cinco segundos antes, se despedirían con la estimulante sensación de haber sobrevivido juntos a una experiencia peligrosa.

Ernesto pasaría el resto de la mañana en el parque, lanzando el hueso de goma a su fiel mascota y recordando el alegre y expresivo rostro de Ernestina: su intensa mirada, su boca voluptuosa… Por su parte, Ernestina pasaría la mañana jugueteando con el collar, distraída en ensueños de diversa índole, y sin poder concentrarse en los apuntes de topología.

Unos días más tarde, en un segundo y fortuito encuentro, Ernesto habría aprovechado el hecho de conocer a Ernestina con anterioridad para acercarse a ella y saludarla en una sala de los cines Conquistadores, poco antes del inicio de la película. La sala habría estado casi vacía, y, aunque ella iría acompañada de una amiga, invitaría a Ernesto a sentarse a su lado. Al finalizar la película, la amiga de Ernestina pondría la excusa de que debía irse a casa porque necesitaba repasar unos apuntes –«para la clase de Estadística de mañana», según sus propias palabras–, y Ernesto y Ernestina cenarían algo ligero en un restaurante de comida rápida. Durante la cena, él comentaría que la película le había parecido muy entretenida, aunque su guion hacia demasiadas concesiones al capitalismo más desaforado; ella, por su parte, admitiría que le había parecido una historia muy romántica, y le confesaría lo mal que lo había pasado durante su última relación sentimental. Después de hablar sobre la posibilidad de un nuevo encuentro que no llegarían a concretar, Ernesto se despediría de ella regalándole una rosa blanca, y Ernestina la aceptaría con modestia y agradecimiento: no hacerlo, se diría a sí misma, hubiera sido una descortesía tan innecesaria como caprichosa. Un beso fugaz en la mejilla bastaría para sellar una tácita amistad, al tiempo que dejaba abierta la puerta a mucho más.

Tras este segundo y breve encuentro, ella adoraría de él su simpática torpeza y la absoluta despreocupación que manifestaba por los bienes materiales y las pompas de este mundo, y él apreciaría en ella su pasión por la vida y su despierta inteligencia. Así mismo, Ernesto habría visto algo familiar en aquella chiquilla amable y extrovertida, como si la conociera de toda la vida; y Ernestina se sentiría emocionada por la facilidad con que se había sincerado ante un completo desconocido. Habría surgido, en definitiva, la chispa del amor.

Después de haber jugado durante varias semanas a encontrarse sin buscarse (algo que ella había leído en Julio Cortázar, y él en André Breton, el mismo que escribió que «el azar objetivo es una forma de la necesidad exterior que se abre camino en el inconsciente humano», signifique esto lo que signifique), decidirían intercambiar sus números de teléfono para citarse con mayor frecuencia. Unos meses más tarde estarían viviendo juntos en el piso de Ernesto, cuya perrita estaría esperando cachorros.

Pero Ernesto no cogió el camino más corto, sino el más largo (como ya dije), y, justo cuando él y su perrita pasaban por delante del Centro Veterinario Castelar en dirección al parque, un pedazo de cornisa cayó al vacío y mató a la infortunada Pomerania. Nada pudo hacerse por ella, salvo un pequeño arreglo estético. Ernesto lamentó mucho la muerte de su compañera canina, pero nunca lamentó no haber conocido a aquella gentil muchacha estudiante de último curso de Grado en Matemáticas. Tampoco lamentó –de hecho, jamás lo supo– que la joven muriera cinco meses más tarde en un accidente de tráfico, durante un viaje que de ningún modo habría realizado si él hubiese escogido el camino más corto aquel día.

Ahora, Ernesto tiene otra perrita que ni yo mismo, a pesar de poseer la clarividencia propia de un narrador omnisciente, soy capaz de distinguir de la primera.

Miguel Bravo Vadillo

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