La poda. Un relato de Manuel Pastrana Lozano

SIN  TÍTULO

Hoy (día) –no sé por qué-, tal vez por la  persistente lluvia y la (fuerte) borrasca, recuerdo (de memoria) un hecho sucedido hace mucho tiempo (atrás). (Yo mismo estuve presente, fui testigo presencial y lo vi con mis propios ojos). Aquel día me llamó (poderosamente) la atención una persona que contemplaba desolada en medio del lodazal (de barro) los destrozos ocurridos en su (pequeña) casita anegada (por las aguas). Era imposible que entrara (otra vez dentro) en ella. Tiritaba (aterido de frío por la humedad de la lluvia y el granizo) –parecía estar muy resfriado–, a menudo se sonaba (la nariz),  (a cada rato, cada vez que  estornudaba). Además, afligido, lloraba (con abundantes lágrimas que salían desde sus ojos empañados). Muchos objetos volaban (por los aires) empujados por el (fuerte) ventarrón.  Yo lo conocía (personalmente) y sabía de su vida. Era el profesor de mi hijo (varón) en la escuela comunal. Daba clases  de literatura  (en un curso mixto de jóvenes de ambos géneros), y casi siempre, ante ciertas preguntas de duda, decía “(vuelvo a repetir)”  y reiteraba (de nuevo) las explicaciones y las complementaba con un (breve) resumen de las materias. Usaba una peluca (postiza que le cubría toda la cabeza) y solía tener muy mal humor.  En ocasiones, a un alumno impertinente, le gritaba furibundo un: “¡Cállate! (la boca)”, y lo amenazaba con los puños (cerrados). Y a otro poco imaginativo y torpe le decía: “tu mente es como un desierto (sin agua)”. A veces, cuando estaba de buenas –en muy  raras ocasiones-,  les perdonaba algunos errores (involuntarios) (a los alumnos). Otras, si estaba de malas –lo más frecuente–, con un (falso) pretexto (cualquiera) se iba del aula dando un (fuerte) portazo. Era (muy) extremo en sus decisiones.

Todo eso me lo contaba mi hijo. Quería erradicar (de raíz) los malos hábitos de sus alumnos. Pocas veces calificaba de (muy) óptimos, (muy idóneos), los resultados de las tareas que encargaba (para la casa y que se las entregaban  de vuelta en sus propias manos). Hacía (especial) hincapié en mantener buena conducta (disciplinaria). Su intención era optimizar (al máximo) el rendimiento de sus alumnos y que siempre progresaran (positivamente) en su manejo del lenguaje, la base (fundamental) de su trabajo.

Obtuvo un premio por un libro (suyo) de cuentos históricos (del pasado) sobre la (particular) idiosincrasia de algunos (antiguos) pueblos aborígenes. Luego del veredicto (final) (de todos y cada uno de los jueces) –no lo había previsto (con antelación), ni se consideraba un favorito (a priori), no tenía antecedentes (previos) como escritor–, en un salón de conferencias lleno de espectadores (por completo), (totalmente abarrotado), exclamó orgulloso (improvisando sobre la marcha) y con una sonrisa (en los labios): “¡Qué magnífico honor es para mí el premio que se me ha otorgado, ha sido por consenso (unánime)!”. Recibió una fuerte ovación y largos aplausos (claqueando con  las manos repetidas veces). Era una sorpresa (inesperada), tal vez una obra perdurable (en el tiempo) –se dijo– (a sí mismo). Un amigo lo felicitó y le señaló convencido: “Era (claramente) obvio”. Y recibió un ejemplar autografiado del libro como  regalo (gratuito).

Un día decidió gastarse una broma e hizo una réplica (exacta) de su original con otro nombre y se autoacusó de plagio. En otra ocasión  repartió este texto que están leyendo, que le había  enviado (yo mismo)  como un ejercicio de estilo para que primero lo leyeran de corrido, sin considerar los paréntesis. La segunda lectura  suprimiendo las palabras entre ellos. Una estrecha mayoría (de los estudiantes) prefirió la primera  versión (con los pleonasmos, las redundancias), defendió las repeticiones viciosas, las licencias literarias, le daban más vigor al texto sin el estorbo de los paréntesis, según ellos.  La minoría (más purista) guardó silencio (sin decir palabra, no hizo comentarios). No quiso entrar en polémicas. Pero uno de los estudiantes de la minoría –que aspiraba a ser profesor de literatura, como su padre–, rompió el silencio y dijo (por su parte) categórico y convencido  que podando las palabras entre paréntesis el relato (sin duda) era más fluido, conciso, directo, menos ampuloso, no perdía expresividad ni fuerza.  Le puso el título y lo dejó así:

                                                       LA  PODA  

Hoy –no sé por qué–, tal vez por la persistente lluvia y la borrasca, recuerdo un hecho sucedido hace mucho tiempo. Aquel día me llamó la atención una persona que contemplaba desolada en medio del lodazal los destrozos ocurridos en su casita anegada. Era imposible que entrara en ella. Tiritaba –parecía estar muy resfriado-, a menudo se sonaba. Además, afligido, lloraba. Muchos objetos volaban empujados por el  ventarrón. Yo lo conocía y sabía de su vida. Era el profesor de mi hijo en la escuela comunal. Daba clases  de literatura y casi siempre, ante ciertas preguntas de duda, reiteraba las explicaciones y las complementaba con un resumen de las materias. Usaba una peluca y solía tener muy mal humor. En ocasiones, a un alumno impertinente, le gritaba furibundo un “¡Cállate!”, y lo amenazaba con los puños. Y a otro poco imaginativo y torpe le decía: “tu mente es como un desierto”. A veces, cuando estaba de buenas –en muy raras ocasiones-, les perdonaba algunos errores. Otras, si estaba de malas –lo más frecuente-, se iba del aula con un pretexto  dando un portazo. Era  extremo en sus decisiones.

Todo eso me lo contaba mi hijo. Quería erradicar los malos hábitos de sus alumnos. Pocas veces calificaba de óptimos los resultados de las tareas que encargaba. Hacía hincapié en mantener buena conducta. Su intención era mejorar el rendimiento de sus alumnos y que siempre progresaran en su manejo del lenguaje, la base  de su trabajo.

Obtuvo un premio por un libro de cuentos históricos sobre la idiosincrasia de algunos pueblos aborígenes. Luego del veredicto –no lo había previsto, ni se consideraba un favorito, no tenía antecedentes como escritor-, en un salón de conferencias lleno de espectadores exclamó orgulloso y con una sonrisa: “¡Qué magnífico honor es para mí el premio que se me ha otorgado, ha sido por consenso!”. Recibió una fuerte ovación y largos aplausos. Era una sorpresa, tal vez una obra perdurable  –se dijo. Un amigo lo felicitó y le señaló convencido: “Era obvio”. Y recibió un ejemplar autografiado del libro como regalo.

Un día decidió gastarse una broma e hizo una réplica de su original con otro nombre y se autoacusó de plagio. En otra ocasión, repartió este texto que están leyendo que le había enviado como un ejercicio de estilo para que primero lo leyeran de corrido, sin considerar los paréntesis La segunda lectura suprimiendo las palabras entre ellos. Una estrecha mayoría  prefirió la primera versión,  defendió las repeticiones viciosas, las licencias literarias le daban más vigor al texto sin el estorbo de los paréntesis, según ellos. La minoría guardó silencio, decidió no entrar en polémicas. Pero uno de los estudiantes de la minoría  -que aspiraba a ser profesor de literatura, como su padre-, rompió el silencio y dijo categórico y convencido, que podando las palabras entre paréntesis el relato era más fluido, conciso, directo, menos ampuloso, no perdía expresividad ni fuerza.

Y  así quedó.

Manuel Pastrana Lozano. Leer otros textos suyos en Narrativa Breve.

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