Un cuento infantil que nos advierte contra el egoísmo: La perrita traviesa

Había una vez una perrita muy linda, de color canela, llamada Pluma que vivía en un hermoso valle con prados verdes, frescos bosques y un lindo riachuelo.

Pluma era una perrita muy vivaz, juguetona y alegre, y tan tan traviesa que todos los perritos del valle no estaban nada contentos de cómo se comportaba Pluma.

Pluma gastaba bromas pesadas al resto de perros, les molestaba cuando dormían su siesta, les quitaba su comida para hacerlos rabiar y, lo peor, a menudo se burlaba de algunos perritos, los cuales estaban muy tristes por el modo que les trataba Pluma.

Un día Pluma se estaba acercando a una perrita que descansaba sobre una roca al lado del riachuelo, con la intención de empujarla y tirarla al agua ¡dándole un buen susto!, cuando un viejo cuervo llamado Brux se interpuso en su camino y le dijo a Pluma:

–¿A dónde vas, Pluma? Seguro que ya estás maquinando alguna trastada. ¿Por qué eres tan pesada?

A lo que pluma, mirándolo con cara picarona respondió:

–Yo solo quiero divertirme, quiero pasar mi vida lo mejor posible, y esto que hago me hace sentirme bien.

El viejo Brux la miró con enfado y exclamo molesto:

–¿Pero no te das cuenta que esto que haces molesta a los demás y en muchas ocasiones hasta les lastima la manera en que les tratas?

A lo que Pluma, con aire indiferente respondió:

–A mí los demás perros no me importan, allá ellos con su vida, yo quiero divertirme y lo que piensen o sientan los demás no me importa.

Brux, moviendo la cabeza con resignación pensó: “Esta perrita no tiene remedio…”, y se alejó despacio, girando la cabeza de vez en cuando mirando hacia Pluma, que ya se estaba dirigiendo a la orilla del riachuelo para culminar su travesura.

Cuando llegó sigilosamente al lugar donde descansaba la perrita en la roca y ¡ZAS! le dio un empujón y la pobre perra cayó al agua muy sobresaltada y alborotada.

Regresando a la orilla grito:

–¡Pluma! ¡eres muy mala!

Después de sacudirse el agua pareciendo un aspersor, gruñó:

–Agggggg, Pluma no tiene remedio, yo ya no puedo más con ella… ¡No puedo más!

Pluma se destornillaba de risa mientras otro perro recién llegado contemplaba la escena y Pluma le gritó:

–¿Y tú que miras? !Tienes las orejas tan grandes que parece que vayas a volar! ¡Qué feo eres ! ¡¡JAJAJA!! –se alejaba riendo a carcajadas.

Llegando a una pequeña loma, Pluma se sentó a contemplar el paisaje mientras suspiraba con una sonrisa pensando: “¡Ayyy, qué divertido es esto, me lo paso pipa!”.

Pensando en su nueva travesura, un profundo sueño la invadió. De lo cansada que estaba de tanto hacer y maquinar trastadas, y recostándose en la hierba, se quedó dormida.

Al poco rato empezó a soplar un fuerte viento – FiUhhhhhh…FiUhhhhh…- y todos los perros corrieron a refugiarse.

–¡Corre, corre vete para casa que parece que vamos a salir todos volando con este viento! – decía uno.

–¡Vámonos al establo! –gritaba otro–, ¡que este viento es de armas tomar!

Todos fueron alertados, todos menos Pluma, con la que nadie quería tratos por todas las trastadas y burlas que les había hecho. Pluma, profundamente dormida, no se dio cuenta del vendaval que se estaba levantando.

El viento sopló cada vez más y más fuerte, hasta que un fuerte remolino, cargado de polvo y paja, pasó por encima de Pluma, y haciendo honor a su nombre, se la llevó volando como a una pluma de paloma, surcando los cielos haciendo mil y una piruetas en el aire.

Antes de que pudiera darse cuenta, Pluma estaba sobre la cima de una alta montaña.

Con los ojos como platos sin saber qué había pasado, se encontró en aquel lugar, sola, por encima de las nubes. Empezó a correr asustada montaña abajo con la intención de regresar al valle, pero al llegar a la neblina, no podía ver absolutamente nada, y aterrada, regreso a la cima, donde brillaba el sol.

Allí en la cima de la montaña, pasó varias horas, sola y asustada, hasta que el sol se fue a dormir y en ese momento, invadida por la angustia de estar sola allá arriba en lo alto de aquella montaña, se metió en el hueco de un árbol, donde pasó la noche, suspirando y lloriqueando.

–Sniffff Sniffff que desdichada que soy… Ayyyy que sola estoyyyy…

Al día siguiente, con los primeros rayos del Sol, salió del hueco del árbol, miró hacia todos lados, y descubrió que las nubes seguían allí abajo, por lo que le sería imposible adentrarse en la neblina sin perderse, y empezó a sollozar:

–Ayyyy, ¿qué voy a hacer? ¡estoy aquí sola y nadie me va a ayudar!

De repente, volando por los aires apareció una silueta negra que rápidamente

Pluma reconoció «¡es Brux!», pensó «¡estoy salvada!».

Brux se posó en el suelo al lado de Pluma.

–¿Qué haces aquí? –le preguntó a la perrita.

–Creo que el viento me ha traído aquí, me pilló por sorpresa mientras dormía.

Brux se la quedó mirando con los ojos entrecerrados, como pensativo, sin decir nada durante unos segundos, y de repente dijo:

–Ah, bueno, no pasa nada, como no te importan los demás, seguro que puedes apañártelas tú sola perfectamente y sabrás regresar al valle sin problema.

Pluma exclamó:

–¿Pero qué dices? ¡Si no veo nada al adentrarme en la niebla y me voy a perder!  Necesito que los perros ladren para saber hacia dónde dirigirme…

–¡Qué va! –dijo un cuervo moviendo la cabeza en expresión de negación–. ¡Tú no necesitas a nadie y te las vas a apañar muy bien tu sola! Además, seguro que lo pasas muy divertido intentando encontrar el camino de regreso a casa sin ayuda de nadie, y por el camino seguro que encuentras alguna ardilla o conejo de quien burlarte para hacer más ameno tu camino.

Levantando el vuelo, el viejo cuervo se alejó volando.

Pluma comenzó a gritar:

–¡No te vayas! ¡No me dejes aquí sola! –mientras veía al cuervo Brux alejarse y perderse entre las nubes.

Pluma comenzó a llorar y llorar, cada vez más desconsolada, hasta que ya no le quedaba ni una lágrima. Empezó a pensar en todo lo que había hecho todo ese tiempo atrás desde que era apenas una cachorrita, en todas las trastadas, bromas y burlas que les había hecho a los demás perros del valle, y empezó a recapacitar “Ayyyy… no debería haberles hecho todas esas cosas, no es divertido estar aquí sola, y seguro que no es divertido tampoco para ellos todas las trastadas que les he hecho y todas las burlas que les habrán hecho sentir mal”.

Triste y desconsolada pensó que aquello sería su fin.

De pronto, vio aparecer de nuevo a Brux, con su hermoso y negro plumaje oscuro como la noche.

–¡Hola, Brux! ¡Cómo me alegro de verte!

Brux la miró y dijo:

–¿Todavía estás aquí? ¿Por qué no has regresado al valle?

–¡No puedo! –exclamó Pluma–. Necesito que los ladridos de los perros me guíen hacia el valle, o terminaré perdida en la ciénaga o camino al desierto del otro lado de la montaña –dijo con lágrimas en los ojos–. No sé hacia dónde ir.

El viejo cuervo la miraba fijamente con su penetrante mirada, hasta que con voz firme le dijo:

–He hablado con los perros del valle y todos me han dicho que ellos hacen su vida y no les importa lo que te pase a ti ni como te sientas…

–Brux no pudo terminar de hablar porque Pluma inmediatamente murmuró:

–He sido muy desconsiderada con todos los demás, no me he comportado nada bien, lo sé, y me merezco que ahora ellos me abandonen sin preocuparse por mí…

Brux la miró apenado y le confesó:

–Pluma, veo que has aprendido la lección. No es cierto lo que te he dicho, todos los perros se han preocupado mucho por ti y quieren ayudarte.

Levantando el pico al aire el cuervo emitió un largo y fuerte silbido que invadió todo el aire. A los pocos instantes, decenas de ladridos de perro comenzaron a escucharse montaña abajo, provenientes de debajo de las nubes.

–Guauu, Guau, Guau, Guauuu, Guau…

–Sigue el sonido de sus ladridos –dijo Brux– y llegarás al valle.

–¡Oh, gracias! ¡No sabes lo feliz que me siento! Jamás en mi vida me había sentido tan feliz, ¡ni con todas las travesuras que he hecho hasta ahora!

Pluma comenzó a bajar por la ladera de la montaña, en dirección a los ladridos, con cuidado de no estamparse contra ningún árbol, ¡porque no veía más allá de su hocico!

Pronto llegó al valle, encontrándose a todos los perros reunidos al pie de la montaña.

–Os quiero mucho –dijo a todos los perros–. Os quiero pedir perdón por todas las trastadas que os he hecho y sobre todo por las burlas que os hayan hecho sentir mal.

Los perros la rodearon, la olieron y le lamieron las orejas, mientras Pluma lloraba de la emoción de estar de vuelta y de sentir el cariño de todos. Había aprendido la lección, había comprendido que lo que no quieras para ti, tampoco lo quieras para los demás y que vivir en comunidad y armonía con los demás, te aporta mucha más felicidad de la que te aporta tu propio bienestar egoísta.

Desde ese momento Pluma fue amable y respetuosa con todos los perros del valle, y todos juntos continuaron su vida y sus aventuras felices por el resto de sus días.

Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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